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LIMA PARCHADA

       Lima es una ciudad de parches.
 
Lima es una ciudad parchada.

EN DONETSK, UCRANIA







En Donetsk, Ucrania, sobre una mesa de escritorio de una sala ambientada para arrimar lo que entre de una casa, una mujer cocina y su hijo la observa, mira la escena con cara de hambre, la mujer pica una col sobre una tabla de madera, de una bolsa plástica salen un par de zanahorias, por ahí otra col más, al lado una olla grande y negra por lo quemada, se está cocinando un caldo de algo, bastante col menudita, el muchacho acaba de llegar o ya se va, carga una mochila al hombro, hay otra mujer más, se la ve por el espejo, y también tiene su tabla de picar y un cuchillo chico, en la sala también hay un lavamanos, pero ya no hay caños debajo del espejo, a un lado un estante repleto con todo y nada, uno sobre otro, afuera, la otra mujer lleva la comida a la olla, que se quema con un fuego alto contra la pared de la calle, unas cuantas leñas y un palo largo para cuidar el fuego, el rostro es incierto, hay calor en esta temporada al este de Europa, en medio de una terrible guerra civil que se viene dando desde hace ya buen tiempo, por eso el chico está con un polo sin mangas, las manos en los bolsillos, desconsolado, con hambre, carga una mochila, la madre tiene un vestido floreado y lleva también puesto una casaca por el viento helado bajo las sombras, al picar hace fuerza con las manos, con la cabeza gacha, aprieta la col y la pequeña sierra de carnicero, por eso salta más rápido la verdura picadita a la mesa, hay un catre arrimado contra una pared, bidones de agua, un par de bicicletas, todo está destruido pero se intenta mantener todo limpio, las tazas, la mesa, los utensilios, el piso barrido y, sobre todo, la dignidad para la olla común.


(Tomado de unas fotos de Reuters en El Comercio web. Recuperado el 27/ago/2014.)

NO PASA NADA

este
es el país 
del
no pasa nada



SUSY

SUSANA IVÓN DIAZ DIAZ
al pomo, pelos largos despeinados, cepillo nomás
al vuelo,
cerquillito en la frente
blanca blanca y con polvos
cholita bien apretona que cuando la vemos
se nos viene la arrechura
por pensar que está buena pa'remojar
un rato

diva de la farándula nacional lorcha


y todavía fue congresista
XXXXXXXXXXXde la República

APÓYAME

APÓYAME

EN ESE SENTIDO...

SUFRIDO



"Sufre peruano, sufre"
(Abelardo Gutiérrez Alanya)





el peruano es sufrido... ya lo demás es
antropología

sicología
arqueología
siquiatría...

RUBIAS





en mi país
las mujeres
son rubias, blondas y amarillas
de tanto tinte

CHOLO

“Al hijo de negro y de indio o de indio y de negro dizen mulato y mulata. A los hijos destan llaman cholos; es vocablo de las islas de Barlovento; quiere dezir perro, no de los castizos, sino de los muy vellacos, moscones; y los españoles usan de él por infamia y vituperio…”
(Garcilaso de la Vega: Comentarios Reales, L. Nono, Cap. XXXI)

Historia
Es con el Inca Garcilaso que cholo queda regentado como la más baja denominación en clasificación de una sociedad de castas colonial. A la última generación de peruanos en la escala valorativa se los compara con perros, y no de cualquier raza sino de los más chuscotes de las Pequeñas Antillas. También, sus rasgos étnicos son gracilmente diferenciados en la colonia dominante de piel blanca y barbas crecidas, por lo tanto, sujetamente despectiva.
En el mismo siglo XVII del inca cronista, el padre Ludovico Bertonio, en su Vocabulario de la Lengua Aymara, configura el término “ccholo” como perros mestizos de mastinazo y perrillo, o sea, mestizaje de un perro grande y robusto criado para la defensa con un escuincle de perro flaco. Más adelante, Jorge Juan y Antonio de Ulloa, en su Noticias Secretas de América, contacta cholo como unos “indios muchachos”. Durante la etapa emancipadora, la aceptación es también relacionada al plano animal, pero confundiéndose con “auquénido” por pertenencia al ámbito geográfico andino.
Otra figuración se encuentra como individuo autóctono, análogo al gaucho argentino o al huaso chileno. En 1959 en el Seminario Peruano de Antropología, el Dr. Jorge C. Muelle redacta en su tesis que la palabra cholo conlleva un origen mochica y que, en el tiempo colonial, éste servía para designar a los indios que cumplían servicio doméstico en casa de españoles. Durante el período republicano la expresión se sitúa en la diferenciación de mestizos que se hallan en una condición social no privilegiada, ya sea por su condición popular o sus características de rasgos andinos.

Proceso
La sociedad peruana se caracteriza por encontrarse en una continua transición. Su estructura socio-cultural se halla establecida por elementos que proceden de muy diferentes sociedades y culturas. Estos elementos no coexisten, ni superpuestos ni yuxtapuestos, simplemente son inestables por naturaleza, lo que permite constantes conflictos culturales, y uno más significativo: el racismo.
Del proceso de conflicto y la interinfluencia cultural surge una aculturación que se da de la población aborigen y de las modificaciones de culturas globales originales, como un proceso paralelo y convergente al proceso de modernización de la cultura occidental criolla. Fenómeno de cholificación, como lo designan los analistas.
En la cultura global, dos culturas superpuestas aún no integradas en la totalidad de la población mantienen una continua pugna tratando de ahincar su presencia: el cholo, sector de la población diferenciado al mismo tiempo de la población indígena y occidental que busca espacio para llevar su estilo de vida.

Cholo
Estrato social en formación que sobresale del campesinado indígena y que empieza a diferenciarse de ésta por una serie de elementos que incorpora a su cultura desde la cultura criolla. Puede considerarse como lo más bajo de la clase media urbana y rural. La literatura lo identifica como un grupo aparte (Arguedas, Alegría, Ribeyro, entre otros), mientras la música y el cancionero popular lo sitúa socialmente ambivalente pero con referendo orgullo.
La “cultura chola” no se halla globalmente estructurada, se encuentra en proceso de institucionalización, su perenne innovación socio-cultural desea adaptarse pero su personalidad extremadamente conflictiva, sumada a una insondable inseguridad y frustración, escepticismo, cinismo y falta de respeto por lo establecido no permite su legitimización.
Aunque con su participación activa en todos los campos socio-culturales no deja de ser una cultura en formación. El cholo y sus actitudes marginales se enfrenta, sin más, al mundo globalizado que va recabando sus cualidades; el cholo, mientras, busca su conciencia de grupo, se va aceptando –porque mirarse al espejo también cuesta, y el mundo global no se va dando cuenta o no desea reconocerse en lo adquirido. Lo que para los cholos es tradición, para los demás es folklore, por ejemplo.
Lo degenerativo, en consecuencia, más que del uso del vocablo que ha pasado por distintas significaciones, es la no aceptación del mismo como unidad congregatoria para toda la sociedad peruana. Lo cholo está dejando de ser discriminación étnica para compilarse en un insulto legalizado: ser lo más bajo en lo social y cultural.
El cambio se puede concretar con la comprehensión y la tolerancia del asunto.

Conclusiones
* Sumado a los factores económicos (falta de trabajo, bajos sueldos), sociales (pues no acceden…), culturales (todo cuesta…), migratorios, la condición del cholo se revierte en marginalidad y resentimiento que se ve reflejado en la insolencia contra las instituciones, contra otros grupos o contra sí mismos.
* El racismo contra el/lo cholo se subvierte por la falta de integración y aceptación por parte de la población entera. Lo cholo es un insulto a flor de labio, todos nos choleamos sin entender todavía que el Perú es sobre todo un cholo de mierda y que cada uno de nosotros es el Perú intentando ser nación –si es que la hubiere y se puede.



Bibliografía
· Garcilaso de la Vega: Los comentarios reales de los Incas. México/Lima: Fondo de cultura económica, 1991.
· Hildebrandt, Martha: El habla culta (o lo que debería serlo). Lima: Peisa, 2000.
· Quijano Obregón, Aníbal: La emancipación del grupo cholo y sus implicaciones en la sociedad peruana. Lima: UNMSM, tesis, 1965.
· Sánchez, Luis Alberto: El Perú: Retrato de un país adolescente. Lima: Peisa, 1987.

PERRO CHUSCO

El perro tercermundista es por antonomasia el perro chusco. El perro chusco es el perro que quiere ser pero nunca llega a nada, es la mezcla de otros en polvos aguantados de los propios amores perros. Es el perro que más se muere de hambre, que si no anda no come y, por ende, el más recursero. Es el perro que se lo halla oliscando por ahí en los mercados, en los basurales y en las carretillas de menú ambulante. Es el perro más arrecho, olfatea puras perras, lame sus papitas coloradas y se las clava con apuros de reprimido; luego terminan pegados, sexo contra sexo, y con los hocicos avergonzados; hasta que alguien por ahí de buena gente les echan agua caliente. Es el perro que mientras más golpes, patadas, piedras, le arrojan, más se pega a uno. Es el perro más fiel, compañía de locos y pastrulos por empatía más que por solidaridad. Es el perro más humilde, casi cohibidito, que se esconde cada vez que hablan de él o cuando lo miran no sabe cómo morderse la cola. Es el perro con la mirada más triste y transparente. Es el perro con el pelaje más rudo, tosco y pulgoso. Mea levantando una pata junto a cualquier árbol o neumático de auto recién lavado. Caga en cualquier parte, sentado en sus cuatro patas y con cara de compungido. Es el perro más solitario; no anda en manada más que para perseguir el olor de una perra. Es el perro clásico de barrio y, por consiguiente, es el perro más barrio. Ladra, ladra pero no muerde. Es también el perro más cobarde, que, cuando aparece uno más fiero, su ladrido se le engalla, y se va corriendo nomás, con el rabo entre las piernas. Duerme en cualquier lado, husmea por todas partes y no es de nada dueño más que de su sombra. Es el perro que sobrevive por estos lares, perezosísimo e indiferente, convive sorteando suertes y tan idéntico como perruno, bien peruano.

MI CIUDAD

mi ciudad
son calles que se cruzan y se unen
para ir a ningún lugar
cuando las pistas y veredas
tienen huecos y ambulantes
mi ciudad
tiene rostros, gestos, maneras
la gente anda por aquí y por allá
el perro chusco
va siguiendo al ropavejero
mi ciudad tiene un clima
indeciso y vengativo, lastimero
es verano cuando hay sol
y es un trapo húmedo los demás días
que se hunde en un balde de pintura con agua
y se extiende para escurrirse cayendo un chorro
y gotones para lavar el tico amarillo
mi ciudad
se va en una combi rauda y asesina
en un bostezo apretado en un micro
mi ciudad
tiene mil colores y sabores
y lo principal también aromas
y también pestilencia
como cualquier ciudad
el humo negro del escape
se funde con la neblina
que tapa todo y olvida todo
desde Chorrillos hasta el Callao

LA VEZ PASADA ME PUSE A PENSAR...

La vez pasada me puse a pensar, así como quien no quiere la cosa, no? ¿Y qué significa, pues, el Perú? Obviando su 1’285.216,62 Km² y la banderita flameando en los techos de fines de julio, con discurso presidencial y parada militar en todos los televisores. Me puse a cavilar y de mi cabeza intenté abstraer a todos los héroes –con sus disculpas don Miguel, don Francisco- y todos los incas –con sus disculpas, también, Inka Pachacuti- de la historia. Luego, dejé de lado también Machu Picchu y el Manu, el Señor de Sipán y una tremendísima jarana de rompe y raja con el Sambo Cavero y el maestro Avilés, Tiwinza y, por último, Arica y Tarapacá. Me entretuve como andando de regreso a casa y por mi mente andaban realidades: mis realidades. En una esquina me detuve, estiré un brazo, subí a una combi y me senté en cualquier asiento, agazapado y entre olores. Y, pues, ¿qué significa el Perú, no? Miré a través de la ventanilla y otras combis pasaban, se pasaban, 4x4 y apuradas, la gente caminaba, de aquí para allá, las calles grisáceas y las pistas con baches y sumideras, miraba, pensaba, alucinaba: la llama del Parque de las Leyendas que escupe, el árbol de la quina que no conozco y la cornucopia desparramando monedas de esas que entregan de vuelto en los supermercados para la colecta. Lo más parecido a los símbolos patrios es la coca secándose en el Huallaga y la grandísima concha llenándose maletines repletos de corrupción, y ahí mismo pensé, pensé en el Congreso (¡Ay!) y en sus congresistas (¡Ay! Doble ¡Ay! ¡Ay! Miles de Vallejo), pensé en la niña de la lámpara azul en los semáforos, con su bolsita de caramelos y descalza, cochinita. Vi mis calles, duras, apestosas, pintarrajeadas, vi colas, vi drogas, Wong, el Jockey, Mega Plaza, Plaza San Miguel, Norkys, un montón de chifas, putas, cabros, drogadictos, hampones y fumones, también más niños. Escuché sonseras, mentiras de habladurías. Floros, floros monses. Vi guachimanes en cada calle enrejada, dizque más residencial. Las calles enjauladas en el zoológico urbano. Escuché los silencios más resignados y atragantados. Vi los gestos más raros y arrugados. Y pensé, el Sublime y la Inca Kola también es el Perú, no? Un cebiche, tallarines, chaufa y papa a la huancaína en un mismo plato, también. Y también los Tico amarillo y la música del Grupo 5. La Sarita Colonia, el rosario de pelotero y un cidí colgando del retrovisor. La criollada. La pendejada. También el desgano. Los taxistas más instruidos del mundo. Las rubias al pomo con las raíces negras y canosas, la ondulada de cabello y las patillas trinchadas. El pelo color cucaracha cuando ya se va acabando el tinte. El aeropuerto Jorge Chávez, las lágrimas, el aguante en un nudo en la desbordante emoción. Una pelota disparada veinte metros arriba del arco, en la ventana del vecino, a la tribuna. El uuuuuuuuuuuuuufffffffffff. Y pensé, pensé también en los anticuchos y unos amigos alrededor de unas cervezas. Las sonrisas en carcajadas. Las jodidas, y pensé entonces en la espalda de esa carcajada, tras lo dientes (alguno picado seguramente) y la garganta (aguardentosa). Esas bocas ya cerradas y silenciosas en cualquier día. Estudiar, trabajar, cargar los días, sentir los dolores y el cansancio y buscar, seguir buscando trabajo. Buscar trabajo para no ser esclavo de las resignaciones. A mal tiempo buena cara. Fingir la sonrisa, si se puede. Porque Diosito siempre sabe por qué lo hace. Y una esperanza para cada momento. Los silencios se vuelven eternos. Terribles. Y la mirada que ve ya no sabe comunicar otra mirada sin enterrar su mirada. A las conversaciones se las lleva el viento también, a las palabras mejor dicho. Mejor es una parca mueca para salir del paso. Arrojamos la basurita en la calle y meamos en cualquier parte. Como cortados de la misma tijera, todos somos idénticos, iguales, pero no nos reconocemos ni frente al espejo.

ESTAMOS HASTA EL CULO...

Estamos hasta el culo. Vivimos en un mundo irreal donde no podemos creer que lo real pueda ser verdad. Y no nos damos cuenta. Seguimos creyéndonos ganadores cuando no ganamos nada. Antes de jugar un partido ya lo ganamos, pero recibimos tremenda goleada e igual continuamos frente al televisor. Pretendiendo ser entrenadores cambiamos todo el fútbol peruano alrededor de unas cervezas. Y meamos bajo cualquier árbol y conducimos pasándonos todas las luces rojas. Conducimos en diagonales, freno y claxon. El papelito lo arrojamos abriendo nomás la ventanilla, para que el aire se lo lleve volando y caiga por el sucio asfaltado. Las calles son duras y los niños, muy cochinos, limpian lunas y estiran sus manitas por cualquier morisqueta: cagándose de hambre, frío, calor, sin juegos ni escuela, la calle es su escuela y también su recreo. En nuestro mundo no existen reglas, cada uno las inventa. Como un tacutacu, tallarines, ceviche y papa a la huancaína en el mismo plato, en una carretilla de paradero, con el perro chuscón por los pies, olfateando los sobrantes. Es que el hambre es gigante como en paila. El Mc Donald’s se llena, hacen cola y en la puerta, un matón con el rostro seriote y a lo FBI vigila la jauría para que no traspase la pirañada. Afuera son muchos, son pequeños también y se mueren por el hambre, las barrigas así cómo estrujan, hasta con eco. Adentro también son muchos, somos cholos y nos choleamos. El chofer de combi, crespón y de patillas trinchadas, grasoso, marrón, choloemierda, le dice al del mototaxi, en plena avenida, colorado y chaposito el otro, rayita al costado engominada, choloemierda, nomás se amarga, la ley de la jungla de cemento gris, le mete la combi y le cierra el camino, veloz y a todo volumen, cumbia o reguetón en el zigzag de los neones; en el retrovisor, un disco compacto, un rosario de pelotero y la Sarita colgando. Nuestro mundo está lleno de individuos pero todos somos una misma masa. No sabemos adónde vamos pero solo queremos largarnos. En el Jorge Chávez las colas son llorosas, todo un barrio yendo a despedir, hasta con el perro en la foto, y se va solo uno, con sus mejores galas desteñidas, con la duda de que tal vez pueda ir mejor, por allá, lejos, bien lejos. Y no aquí. Porque en nuestro mundo, que todavía lo creamos nosotros mismos, ya no podemos creer más en él. Por eso también tenemos muchas religiones y es que en cualquier cosa necesitamos ya creer. Y hasta creemos. Creemos en cualquier cosa. Y por eso siempre nos agarran de cholitos, nos ilusionamos rápido como al llegar a la capital. Porque en verdad, somos cholitos, cholos, por eso sí no lo podemos creer. No lo podemos aguantar, no lo podemos permitir. Así somos. Así eres. Así soy. ¿Qué se le puede hacer?

LIMA SE HA CONVERTIDO...

Lima se ha convertido en una ciudad inundada de pordioseros y ambulantes nómades. Así sean discapacitados o no, lo cierto es que la gente necesita dinero, y ante la falta de oportunidades laborales lo más pronto es recurrir a las calles. En pocos segundos, lo expreso es mostrar las miserias más extremas por las que se puede ir pasando, el por qué se recurre a este artilugio, subir al micro, o tirado en la acera, estirando una mano. Bien puede ser de frente, en un choque extremo de indagación de quien extiende la palma de su mano de manera tímida y directa, entre faltas y carencias, entre la suciedad y la podredumbre misma: ciegos, cojos, mancos, tísicos, niños, despedidos del trabajo, abuelos, mujer gorda y desesperada que hace su colecta para la válvula puddens para su hijita que está en el Hospital del Niño, enseña sus papeles con el sello del hospital y la receta en una mica de plástico, su pelo desteñido, del color de la cucaracha. Se cuentan las historias más miserables de la cotidianidad, siguen: el drogadicto, el huérfano, el excarcelario, el rehabilitado, el loco, la madre abandonada, el artista. Ninguno tiene trabajo, o mejor dicho estos son sus trabajos, así se ganan la vida, así se cachuelean, así se vive. Lo que se pretende es impactar de sobremanera y sobrecoger el ánimo del pasante, el que pasa en ese momento por su vida que pueda cambiarle sino la vida misma al menos el día, lo que buscan es congraciarse con el otro por una moneda; los mejores publicistas no están en la televisión. Las calles se han vuelto color de hormiga, y el cuento contado, con la tristeza en la garganta y la mirada de angustias, será cierto, será verdad, se dice, pienso, también, no se mira, mi día tiene otro día, ojalá solo sonrisas en mi camino, la ciudad es celeste solo cuando se despeja en verano de calentamiento y los más atardeceres hermosos en cielos limeños, el resto del año es gris, con neblina en el moquito convertido en una gotita en la punta de la nariz, y el pordiosero, ahí, con miradita de cambiándote el ánimo en tu vida, entra en mi vida, al menos unos segundos o minutos, saco o no saco la moneda, la culpa religiosa, cada uno tiene su vida, sus suertes, mi suerte.

EN UN PRINCIPIO....

En un principio
nuestros dioses fueron nuestros miedos y nuestra madre nuestra tierra. Éramos muchos, éramos iguales y, juntos, sabíamos compartir muy en grata armonía. No éramos tranquilitos, éramos terribles y sangrientos, y por nuestros dioses y nuestras madrecitas, hasta moríamos y matábamos. Fuímos grandes, hicimos cosas inmensas. Y nadie se moría por hambre, en el pasado.
Pero un mal destino hizo mella entre nuestros conflictos y barbudos de otros lares, tan tan lejanos, llegaron a apropiarse de nuestros suelos y nuestras vidas.
Nos conquistaron. Y nos saquearon y nos bautizaron. Nos llenaron de infinitas culpas. Llegaron bravíos y ambiciosos, fanáticos totales, guerreros y ganadores, alzaban la copa con la emoción de purito oro, y nos mal llamaron indios (tal por desacertados cálculos como por despectivas diferencias). Vieron en nosotros ingenuos seres de leyendas no civilizadas y nos educaron, en su lengua, a cocacho, y duro todavía, porque somos tan necios peores que la mula. Nos desarraigaron de nuestras creencias, a empellones y puntapiés,
nos vistieron a su usanza, nos encandilaron con su verbo florido e imperioso y se quedaron conviviendo con nosotros. Sus hábitos los acoplamos a nuestras costumbres y presumimos de nuestra nueva identidad, adorando a un único dios divino tan diferente y distinto como nuestras pieles.
Y nos tomó tiempo alguno soportar nuestro apremio. Fue tarde
pero nos desligamos.
Y hasta nos sentimos libres y republicanos. Nos las agenciamos con nuevas empresas y picamos nuestros derroches. Los gobernantes pasan, alforjas llenas y sonrisas de pendencieros, mientras, nosotros, jodidos más que jodidos, sabemos de problemas pero no los solucionamos. Nos insultamos, en silencio, con la envidia en el apretón de dientes y en disimulo, nos pisamos el uno al otro solo por construir nuestro propio altar de cuchicheos y puritas exageraciones... y siendo todavía muy iguales en diferencias...

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