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CHARLIE + BLUE MAN + HOOCHIE COOCHIE MAN Y PULPITO


A Blue Man le gusta el blues. Le encanta ese vaivén melancólico que todo el santo día escucha con los audífonos pegados a los oídos del walkman que lleva colgado a la cintura. Esa música le desgarra el espíritu. El Blue Man siempre usa blue jeans, polo blanco, anteojos azules de carey, un pucho en los labios, y pasea por donde sus polvorientas botas lo lleven y el alejamiento en sus pensamientos es su mejor manera de soportar sus silencios. El Blue Man recuerda mucho los jam sessions que realizaban antes en el parque. Recuerda a los trovadores de barrio que con una guitarra y una harmónica, armaban la noche, tomando ron hasta que saliera el sol. Todos esos momentos los guarda muy bien en la memoria de un baúl para nunca olvidar. Al Blue Man lo han visto ahora por el río Rímac, andando por donde la corriente lo deje llevar, acompañando el humo de los negros esclavos de Vitarte, tratando de desclavizarse de emociones entre cuerdas de metal.





Pulpito juega con Hoochie Coochie. Juegan a lanzarse la pelota. Hoochie Coochie con un guante de béisbol la recibe y Pulpito se la lanza con alguna de sus ocho patas. Así uno y otro. Pulpito juega con Hoochie Coochie el man a lanzarse la pelota y es de día. El cielo muy azul, las nubes muy de algodón y el campo muy verde, voluptuoso. Juegan los dos, y nada más, la pelota de aquí para allá y de allá para acá, y nada más, las nubes en el cielo. Tranquilidad. Sosiego. Un día como cualquier día, sin ocasiones ni oportunidades. Por allí llegó Won, un chinito recontrajodido. Apareció montado en su mula Matilda y se detuvo detrás de Hoochie Coochie. Él no volteó, siguió en su juego nomás, como todo un man. Won encendió un cigarrillo, y el humo se lo arrojó por detrás de una oreja de Hoochie Coochie, acercándosele de a tantitos y sin bajarse de Matilda, que ya se la veía muy hastiada y aburrida. Hoochie Coochie en su juego y nada más, Pulpito recibe la pelota y se la lanza nuevamente. Won fumó todo el cigarrillo y el pucho lo arrojó haciendo presión entre el índice y el pulgar lejos de él, sobre el verde gramado, deslizándose sobre el prado y el humito como serpiente hindú yéndose para arriba. Luego, desenfundó su revólver y, con parsimonia, acomodó las balas que sacó de una bolsita que colgaba de su cuello; giró el cilindro con un movimiento de la mano a un lado, la otra corrió el seguro. Apretó el gatillo y la bola se deshizo en el aire con un boom. Con el siguiente disparo el chinito Won cayó, de espaldas con un orificio en media frente. El césped verde empezó a teñirse de rojo. Hoochie Coochie guardó el arma en su cinto.






El Blue Man no sabe tocar ningún instrumento, porque dice no tiene oído. A las justas toca la puerta, porque siempre entra nomás y cae bien parado. Pero tiene un alma que siente el vibrar de las cuerdas de la guitarra patinando con un vaso de vidrio, muy sigilosamente, proyectándose allá por el río Mississippi mientras camina siguiendo el curso del río Rímac, acompañando las historias e historietas de locos y pastrulos que viven en las orillas.






Charlie es un borracho de porquería. Un grandísimo ebrio de la gran puta, pero sobre todo un grandísimo amigo. Pasea su inflada barriga de alcoholes, eructos y pedos, tropezándose siempre con la misma piedra, por las calles eructa respiros y arrastra sus mocasines rotos y de otra talla. Las noches son un bálsamo de alivio y un elixir que mea por toneladas métricas, abrazando algún poste de luz o sosteniendo alguna pared que cree se le viene encima. Cuando su alma besa el pavimento, él cae rendido pues donde cayó ya no hay nadie quien lo levante. Algunos dicen que es un estropajo viviente, y les da toda la razón, se voltea, baja sus pantalones y les grita que le besen su culo peludo, cagándose de la risa con sus pocos dientes que le quedan. Su vida la pasa entre bares de mala muerte y burdeles de medio pelo. Ahí su presencia es más que bien recibida, es huésped honorario. Para nosotros, Charlie es un viejo que nos hace reír contándonos historias pasadas, y creemos firmemente que hubo algún tiempo que ese hombre fue un hombre de bien. Pues como nos lo hizo saber Jim, cuando uno se pone a tomar con él, resaltan sus modales recatados, nunca mendiga una cerveza y siempre sabe cómo tratar a una dama, sea mujerzuela o pastrula. Pero como también nos lo hizo saber Jim, nosotros somos muy chicos para darnos cuenta de ello, especialmente, para beber alcohol.






Dejaron de jugar porque Pulpito ya se había cansado, aburridote igual que Matilda que seguía con cara de ¿y ahora? Y, bueno, Hoochie Coochie dejó de jugar. Volteó bocabajo al chinito Won y se sentó encima a descansar, a ver simplemente pasar el día. Pulpito se le acercó, dejó la pelota en el grass y se sentó a su lado. Hoochie Coochie le pidió algo de hierba y Pulpito sacó de su morral muchas cosas: naipes, espejo retrovisor, canicas de colores, peine, gorro (se lo puso), cometa, un paco, otro peine, calculadora… ah, sí, el paco. Guardó todo y dejó el paco sobre el pasto, abrió el envoltorio de papel platina y esparció la hierba. Sacó un moño, con cristales, peludito, sin pepas, y se puso a desmoñar. Metió otra vez una manota a su alforja, rebuscó y tanteó. Sacó una cajita y de ahí un papel para rolear. Hizo un porrito perfecto como todo un molusco marino muy entendido en la materia, y se lo pasó a Hoochie Coochie que, ante todo, tan solo observaba el horizonte: el cielo azul y verde el prado. Este le hizo una seña, como diciendo y ahora con qué lo prendo, pero Pulpito, después de buscar y rebuscar y vaciar de nuevo su morral, le respondió también con otro ademán: no hay, meneando la cabeza. Hoochie Coochie le rebuscó al chinito Won por sus bolsillos y encontró una cajita de fósforos. La abrió y no había nada. La guardó nomás de nuevo en su bolsillo. Buscó con la mirada lo que su olfato le llamaba la atención y vio con un leve humito que se atragantaba. Cogió el pucho que todavía seguí encendido y prendió el porrito.





Nuestros padreS siempre nos andan aconsejando que nos alejemos de Charlie, que él es una mala influencia para este pueblo. Especialmente mi madre y la tía de Micky, que todo el día se la pasan en la iglesia orando junto al reverendo Huxley para ahuyentar a todos los demonios y pecadores de Pander Town. Por supuesto, Charlie es uno de aquellos demonios. Otros son el Gobernador Wagner y las señoritas de la casa de citas. Mi padre, por su parte, no me dice nada casi; solo me pide que lo salude y nada más, pues sabe que en el fondo es un buen tipo. Pero esto me lo dice cuando estamos los dos solos, cuando le ayudo a componer el auto o cuando nos vamos de pesca. Porque cuando le quiero sonsacar más cosas sobre Charlie, rápidamente me cambia de tema o se queda callado simplemente.




Ah, qué inmenso placer. Fumaron y las sonrisas les embriagaron los sentidos. Se levantaron a cuestas de lo que se estaban tendidos en el grass y se fueron caminando. Matilda, seguía inmóvil, con cara de ¿y ahora? El chinito Won se hallaba tendido, tieso. El cielo permanecía muy azul, las nubes continuaban muy estáticas, como algodones de hospital, y el campo verde, que cada vez se iba tiñendo y empapando de rojo, de un rojo muy rojo. Los dos se marcharon y un blues salía de las notas de una guitarra. Era Pulpito tocando un blues del alma y la nostalgia, todo un sentimiento de pañuelo de resfriado. Hoochie Coochie, en silencio, como todo un man, escucha nomás cada nota muy atento. Y los dos se iban caminando, como navegando alejándose.




Blue Man entra a una cantina de Los Barracones del Callao. Pide un shot de pisco, seco y volteado, y con un movimiento de ceja pide que le dejen ahí nomás la botella del acholado, sobre la barra. Como fondo musical de la pocilga, BB King y Lucille. Cuando Blue Man habla, los demás escuchan. Y cuando los demás hablan, el Blue Man siempre los escucha muy atento con la mirada. Ahora él está rodeado de andrajosos que no piden monedas, porque, aparte que saben que más bien tendrían que donarle al Blue Man, no tienen, y solo desean la atención del Blue. Él le presta suma atención a cada uno. Y las historias entonces salen como trucos del sombrero de Merlín: como la historia, por ejemplo, de un tal Malvern Gasperone, un clásico vendedor de automóviles del sur de Nevada, que en las noches de luna llena y cuarto menguante se reunía junto a los Louisiana Gator Boys, en el garaje de su casa, para compartir acordes de sensaciones y piel de gallina; hasta dicen por ahí que llegaron a competir en una batalla de bandas versus los Blues Brothers. Las copas se alzan y estrellan de licor ante cada anécdota. Blue Man espera que el silencio atrape un momento a la juerga y abre la boca no para libar ni para brindar, sino para contarles la gran historia del Boy King de la calle Blues.




Para nosotros, para la banda de Los Mochicas, Charlie es una especie de ídolo que comparte espacio junto a Acuamán y a Billy The Kid ahí en la pared de los personajes ilustres. A un lado está el póster de Acuamán bien plantado, con las manos a la cintura, en tamaño natural, afiche que ganamos a Los Shades en el primer juego del mini Tazón; y en el otro extremo, el vaquero más bravo de todos los tiempos, en una lámina grande, en blanco y negro, que la compramos juntando todos nuestros ahorros por un dólar cincuenta y cinco en el almacén del gordo Keats. Y en medio de ambas personalidades, el autógrafo que Charlie nos regaló. En las demás paredes del Club hay recortes de moleskines apócrifos de Charlie Melnick –que Jim para jurando que es su primo hermano–, Jack Kerouac, Lowry, Westphalen, Jack Daniel’s, James Dean, Johnnie Walker y, por supuesto, la maravillosa Marylin Monroe.





Llegaron al barrio y se estacionaron en la esquina. Hoochie Coochie le pidió una Inca Kola a la tía de la bodega y se sentó en el murito a tomarla tranquilamente, con cañita. Pulpito seguía tocando la guitarra, sentado en el suelo contra la pared de la tienda, tocaba las cuerdas y el blues salía en mustias notas hacia el aire. I’m your Hoochie Coochie man, cantaba, y ta-nana-ná aullaban las cuerdas. Hoochie Coochie escuchaba atento, mirando al frente, al edificio del Bar El Tufo. Vio salir a Margarita y se quedó contemplándola paso a paso, cada movimiento de caderas, cada bamboleo de sus senos, como en cámara lenta. Saboreó su gaseosa e hizo un ruidito cuando la acabó, ella pasó por su lado, con la mirada al frente, y Pulpito seguía cantando nomás a grito desgarrado. Margarita compró unas toallas higiénicas con alas y la tía se la entregó envuelta en papel periódico, dijo gracias y dio media vuelta. Toparon miradas y Hoochie Coochie, como todo un man, no le bajó la mirada, en cambio Margarita, timidona ella, sí la bajó y la volvió a subir suavemente y de nuevo se la bajó. No sabía qué hacer, si abanicar sus tres pares de pestañas rápidamente, muy coquetona, como en El Tufo para llamar la atención, o morderse la uña del meñique del pie derecho; como locomotora apurada su corazón, porque por fuera, normal nomás, serena morena. Pulpito, cantaba y tocaba su guitarra.





Charlie es un grandísimo borracho pero un gran amigo, eso sí. Es un borracho de mierda, así como dice Jim, pero, así se cague de la angustia por una botella, como el agua bendita para un exorcista, preferirá siempre a un amigo verdadero, leal, con quien hablar. Porque habla y habla que nadie lo detiene, la boca la lleva seca, por eso moja la lengua con licor de fantasía, sus comisuras blancas de su boca, blablablá, mil y más historias desfilan de su imaginación, y Jim nos sentencia que son ciertas, que todas las ha vivido, que ha chupado tremenda tranca con el Blue Man, hasta le enseñó a tocar la guitarra (y todavía con vasito desgarrando las cuerdas), el piano, la batería, la pandereta, el xilófono, la harmónica y el cajón peruano, todo a la vez, a Pulpito. Le creemos. Y emocionados salimos en su busca a preguntarle es cierto? Conoces a Johnny Cash? Es verdad que escribiste Hallelujah junto Leonard Cohen? Y que te ibas de farras con Humareda donde putas a La Parada? A estas horas, Charlie toma su caldo de gallina en el mercado, sorbiendo el cucharón, sudando a borbotones, la nariz roja, le echa más ají, limón, mastica un pan. O puede estar tirado también en la esquina del callejón. Eructa.

PURE DE LIGHTNING SEEDS

Me ves. O mejor dicho, me lees. Y yo me creo alguien, cuando soy solo pura letra. Me lees de izquierda a derecha, si es que el lápiz roto no deja de escribirme, y continúo hasta acabar la página y

c

a

i

g

o

como una foto instantánea, un click que me deja ciego para verte, para que me veas, como pucho enterrado en el cenicero. Cuando ya no existo, o mejor dicho, solo existo en esta página, qué más da un apocalipsis de letras y momentos, no decir nada sin decir demasiado. Poco floro y más acción. Descubrimiento que ni Colón al descubrir sin querer su gran mercado. Idolatrías de palabras sueltas, que me creo, que intento que me creas en solo unos pocos minutos. Bastante tiempo para salir corriendo y decirte que, si me lees, es porque no tienes otra cosa más qué hacer.



* imagen del feisbuk de LuchaLibro

LFC

Si en este cielo hay un Dios, que me enseñe a aguantar a este tipo infeliz que llegó para robar. Las lágrimas que duelen más, camino por la arena y te veo bailar, pero es solo una ilusión. Y eso mata más, duele más. Veo tus ojos y me siento más solo que la noche anterior. El tiempo es tan corto para poderte amar. Trato que me entiendas pero mi voz no va. Inspiración que me sale del corazón, no me preguntes no quieras tú saber qué es lo que voy a hacer. Vuelvo a casa temprano, hermano, nada salió como lo esperaba, él fue mejor, se la llevó. Ay, viejo, yo la quiero pero él es mejor, se nota en mi borrachera y en mi mala voz. Y tu maldito novio solo hablará de él, solo de él. El amor no me deja pensar, voy a morirme contigo mujer, contrabando de amor, ya no tengo moral y el planeta va a estallar. Por eso, repito, si en este cielo hay un Dios, que me enseñe a soportar el maldito grabador que no para de sonar en mi cerebro: siempre hay un pez más gordo, siempre hay un pez más gordo, ya no lo mires más, ya no lo mires, contrabando de amor, ladronzuelo de sueños. Camino por la playa, converso con todo el mundo conmigo mismo, busco un bar. Gitana, robaste mi alma, me vuelves loco, tengo el corazón en llamas y los dioses están furiosos, por ti vendería el alma al mismísimo demonio. Eres una daga afilada atravesando mi corazón roto, ay gitana, por qué te vas, mi cruel demonio. La luna en lo alto, alumbrando, el mar rugiente y las arenas a rastras. Siguiendo la luna no llegaré lejos, tan lejos como se pueda llegar. Siguiendo la luna y su vuelta invisible, la noche seguro me alcanzará, no es que tu mirada me sea imposible, tan solo es la forma como caminas. Vamos mi cariño que todo está bien, esta noche cambiaré, te juro que cambiaré. Vamos mi cariño no me des de llorar más, por ti yo bajaría el sol, o me hundiría en el mar. Y esto suena verdad para mí, suena
como un crimen lo que tú me has hecho, deberías ir a parar a la prisión, suena como un crimen que me hayas mentido, que hayas engañado a este corazón. Siguiendo la luna no llegaré lejos, tan lejos como se pueda llegar, son las cuatro de la madrugada, y mi casa brilla cruzando ese mar. Aún no es tiempo de dejar de caminar, golpear las avenidas, dormirse en un bar, mis ojos se ocultan del sol, no quieren ver mi saco sucio de tabaco y roces, mucha cerveza y mis amigos no están. Qué me depara hoy el viento de la noche, alguna chica o ganas de pelear, botellas rotas que no calman el dolor de un golpe. El amor duele más que cualquier bombazo. Voy a tomar por ti, otro trago para olvidar, que el miedo me comió los pies, y que poco a poco me fui yendo de nuestro lugar. Me sienta bien mentir y decir que me fui yendo de otro lugar. Qué es lo que ha pasado con mi corazón, ya no marca el paso que marcaba ayer, nunca fui libre y esa es la razón, siempre fui un idiota para convencer, hablando toda la noche como un boyscout, hablando sobre mi vida como tu papá. Raro es el vacío que has dejado en mí, viento si te busco hay solo viento y se ha quedado aquí, niebla vieja, trompo sin fin, puerta muerta, canción de abril, vientos que se lleva los recuerdos que me nubla hasta tu cara y al final no queda nada, ni la nostalgia ya de poderte recordar. No existe nada, solo el anhelo de soñar, de verte y saber cómo hacer para quedarme siempre allí y nunca más volver. Rara es la esperanza que has dejado en mí, rara y como eterna me condena a esperar hasta el fin, puerta muerta, canción de abril, niebla vieja, trompo sin fin, si mis ojos vieran lo lejos y pudieran yo encontrarte, aunque fuera un instante, descansaría ya de tanto caminar. Tu cara pesa en mi memoria una tonelada de miedo, y se me cierran los puños en esta suerte de desierto. Fuego otra vez en la casa del ayer, siento no sé dónde estoy, el humo cubre las ventanas, escucho el grito del deseo, y permanezco casi inmóvil ante el embate de lo nuevo, porque el hombre siempre sabe cómo escapar hacia la nada. Hoy se enfrentan muchos cientos por tener otro color, hoy detrás de tantos fuegos, cenizas de un amor. Esclavos de un pasado, dueños de un dolor, sus puños miran al cielo y habla su oración. No puedo seguir… no puedo seguir… pensando en que vas a volver, si te quedas a mi lado, que vaya a ser siempre. No puedo seguirte, querida, pues todos me dicen olvida, olvida, ella es una botella de humo, imposible de ser bebida. Ya sabes que nada es verdad, el río no crecerá jamás… todo a mi alrededor dice que nunca estuve tan lejos de mí. Y adónde ir, si el invierno está en todos partes, ya no sé por qué hago estas cosas que hago, ahora veo luces y casas brillantes, veo autos allí en la ruta y veo el mar en tus ojos y me pregunto en qué estoy pensando. Y sigo pensando. Tengo un lugar muy lejos de todo, lejos, nunca nadie estuvo ahí, lo guardo aquí dentro de mí, no hay tiempo ni prisa ni fin. Vivir allí contigo, crecer juntos los dos, olvidarnos todo, morir de amor. Saber si hay vida normal afuera de mí, soledad. No le tengas miedo al abismo, es el vacío después de reír. Ilusiones que iluminan mi camino, ilusiones que me cortan la distancia con la felicidad, ilusión como un sol, como magia en la noche de quietud que calma mi ansiedad. No quiero morir sin antes haber amado, pero tampoco quiero morir de amor. Por qué será que todos guardan algo, cosas tan duras que nadie puede decir, y van todos caminando como en una procesión de gente muda que no tiene corazón. Por qué será que me gusta la noche, porque todo el que queda es un padre para mí, que se anima a decir todo y te enseña a vivir lo que millones no se animan a decir. Se va pasando el tiempo y la vida se te va, solo te pido que vuelvas de verdad, y que el silencio se convierta en carnaval, carnaval toda la vida, y una noche junto a ti, si no hay galope, se me para el corazón. Por qué será que te muerdes la lengua, es el miedo que se para frente a ti, si te ahorca la memoria, no te dejes arrastrar, vamos afuera, qué es lo que pasa con este bar, que nadie atiende, quiero brindar, qué es lo que pasa que ya no estás, es que en la vida me va bastante mal, hace tiempo que dejamos de vernos, por cierto estuve bastante enfermo, por eso atiéndeme por favor, tengo ganas de brindar, me siento como un barco hundiéndome en el mar. Un golpe menos, un golpe más, como dijo la canción: a esta altura me da igual. No sé bien qué día es hoy, solo sé que te vi salir, y en cinco minutos perdí las letras para hablarte. Yo sé que no tengo palabras, y nunca las voy a tener, por eso aprovecho esta noche, ya ves, estoy solo otra vez. Por eso aprovecho esta noche, tal vez lo puedas entender, que no me importa poner las letras, solo me importa mi mujer. Mañana cuando te levantes, y pienses lo que dije ayer, ay, viejo, en este juego a mí siempre me toca perder. Siempre habrá vasos vacíos con agua de la ciudad, la mía es agua de río mezclada con mar. Levanta los brazos, mujer, y ponte esta noche a bailar, que la mía es agua de río mezclada con mar. A ti te quiero decir, no te preocupes mi amor, que yo te voy a entender, que yo te voy a querer. Voy a vestirme de traje aunque me vea mal, voy a saltar toda la noche sin parar de silbar, está lloviendo pero yo no me voy a mojar, pues mis amigos me cubren cuando voy a llorar. Ríos y ríos de lágrimas, forman ríos y ríos de amor, me dijo mientras me besaba la frente y luego me dijo adiós. Ríos de sueños que yo sé muy bien que nunca se harán realidad, fluyendo en mis venas y mi soledad, conmigo para siempre estará. Si un segundo ha durado la vida, yo viví un millón de veces más, y no me arrepiento de haberte querido, sí de no haber matado al otro, matador, dónde estás, matador de ilusiones. Sigo solo por ahí, dormí solo por ahí, te extraño, no llamaste y me fui, dormí por ahí, aún te amo. En mis sueños yo te vi, una estrella para mí, yo te extraño, y el teléfono sonó, y entonces no eras tú, aún te amo. Tanto tiempo te esperé, salí caminando en la oscuridad, llegué a la avenida y me puse a divagar, paré en una esquina, me pongo a bailar, la gente se da vuelta para poder mirar, un paso adelante, un paso hacia atrás, lo único que quiero es poderte hallar. Voy a ver si estás sola, no quiero ni pensar que si vuelvo solo a casa y no estás para cuidarme, yo me voy a emborrachar. Se fue el amor, se fue, solo me dejó, los anillos de mis dedos de repente se llevó, adiós amor, adiós, y no vuelvas más, yo sabía desde siempre que esto terminaba mal, y nunca me vuelvo a enamorar, ni por todo el oro de este mundo esto no me pasa más. El cielo es tan azul, y tan verde el mar, las estrellas que presencian, que ni me dejan pensar, adiós, mi reina, adiós, yo sabía desde siempre que esto terminaba mal. Quiéreme aunque me hagas mal. Soledad, te llamas, soledad no vuelvas, prefiero llorar. Tú, que llenas todo de alegría y juventud, que ves fantasmas en las noches de quietud, yo te pido que te vayas de mí, porque yo, que ya he luchado contra toda la maldad, tengo las manos tan deshechas de apretar, yo te pido que te vayas de mí, vete de mí. Quiéreme aunque me hagas mal. El golpe de tu corazón es el único ritmo que me mueve, es el golpe de tu corazón, y me estoy prendiendo fuego mientras escucho tu voz, mientras te recuerdo, mientras te repienso. La primera vez que te vi, mi nena, mis ojos no creyeron lo que estaban viendo, me volviste loco y adoré tu estilo, entraste en mi vida y cambiaste mi destino, pues la primera vez te di un beso, la segunda vez abracé tu cuerpo, si preguntan cómo aguanto esta vida, yo contesto sin tu amor al ritmo de tu corazón, es el golpe de tu corazón. Espíritu que vives en mí, deja ya de
luchar contra tu destino, en qué mar me vas a hundir, bajo qué suelos yacerán mis huesos. Cómo decirte que no, cómo luchar con tus ojos de ángel, rompiste el espejo es verdad, cortaste contacto con la ciudad, tiempo infinito y pasión, esperando la resurrección, ciego de amor, no puedo pensar, mis ojos no ven, mi boca no puede hablar, zombie de amor y la vida se va por el mismo camino por donde la viste llegar. El tiempo se va, se va para los dos, y si hay que preguntar, seguro preguntaré yo, pero si hay que hablar, seguro hablarás tú. Juntar el coraje, juntar el valor de decirte que el sol se apagó y la vida terminó, yo sé mi vida que vienes a matar lo que queda de nosotros dos, matar mentiras, matar el dolor, a quedarte con mi corazón, me vas a sacrificar, el alma te vas a llevar. No hay nada mejor que volver a empezar, que volverte a enamorar. Mátame pronto que no tengo temor, que en el cielo me espera tu amor, él se fue antes, qué alto se fue, cuando te besé por primera vez, era cuando fuimos dos con un solo corazón. Dame otra vida, yo quiero cambiar, un ladrón que no pueda robar, dime tu condena, voy a pagar la pena, rejas en el alma y después libertad, me vas a sacrificar, mi alma te vas a llevar. Te amo tanto que no veo lo que soy, lo que tengo delante, tantas tardes esperando que salieras, tal vez sea hoy, ah, sería un milagro, sí que te enamorarás de mí, yo solo vivo por ti, tan solo para ti. Solo en la vida me siento sin tu cariño, solo como un paria sin tu amor, si no hay manera de que pueda enamorarte, irme al otro lado es lo mejor. Mujer, no me dejes así, no me dejes tan solo, no quiero sufrir, vivir todo este tiempo sin tu amor me ha sido tan difícil porque estoy herido por un aguijón que es todo tu cariño, y se clavó tan fuerte en este corazón. Tu mirada la llevo encima, la llevo atada a mi corazón, y para siempre se va conmigo, está clavada como un aguijón. Mujer, no me dejes así, no me dejes tan solo, no quiero sufrir, porque vivir es mi amor una tortura para mí, si tú no estás conmigo, no puedo dormir, no puedo respirar, prefiero ya dejar que el aguijón me mate, y así pronto olvidar. Qué voy a hacer, te dejé ir. Qué voy a hacer, solo morir. Dónde quedó tu sabor, se secó el sueño de ser invisibles. Anoche no pude dormir pensando en ti, mujer, pregunto qué hay que hacer para que me ames. Esta noche es hora de que piense en cambiar, el tiempo pasa pronto y todo tiene su final, pasa, pasa, pásame un vaso más, volvamos caminando pero elijamos el lugar, noche de calor en la ciudad, ella me dejó y todo sigue igual. Mil veces y una más, me juré que iba a crecer, y solo una vez más crecí hasta morir sin ver, la fiesta terminó, no me pude controlar, mil golpes y uno más, la noche me volvió a pegar, tomé el vaso aquel, aquel que no debo tomar, salí a caminar, y decidí irla a buscar, mil veces y una más juré no volverte a ver, la fiesta terminó, y ya no puedo mantenerme en pie. En mis venas hay alcohol, y en tu cara hay deseo, en tu cara hay deseo y en mi cuerpo hay dolor. Pero no te vas y te quedas atrás, y me pisas y me pisas el corazón, me aplastas hasta el final. Nunca voy a saber si es mejor soñar, nunca voy a saber si es mejor dejar de hacerlo, por eso pregunto cuándo voy a terminar de estar en esta historia sin principio ni final, y ahora me pregunto qué podría pasar si en vez de caminando te pasara a buscar con auto, con plata y te llevara a bailar. Todo lo arruinaría mi manera de hablar, ya me veo esta noche, muriendo como los demás. Yo llego y te veo pasar abrazada a ese imbécil. Quisiera llevarte conmigo, que la tierra se convierta en el mar, y el mar en nuestra casa desierta. Llevarte conmigo, que nos lleve el mar, y debajo del mar puedas respirar, que yo sea valiente y te pueda cuidar, soltar las amarras y dejarse llevar, y a la ciudad lejana no vuelvas nunca nunca jamás. Sueño que te voy a esperar, tú eres lo único que me importa. Vuelvo por tu amor cada vez, y la soga nunca se corta. Yo nunca fui más allá, quedarme fuera del camino, juro que lo haría por ti, cruzar el horizonte y cambiar el destino. Voy avanzando y no me reconozco, siento que te amo pero estoy muriendo de odio. Nunca me voy a olvidar los días que ya no vendrán, la luna y la arena, las olas besan la playa. Hoy, quizás ya no estés más acá, solo me queda el gusto del champagne y el de tus labios, ay, no puedo más, me voy a intoxicar, tu piel morena quiero besar. Eres la chica de los ojos café, eres mi chica de los ojos café, mami, tú eres muy hermosa, mamacita tú eres original, mami tú me interesas, te quiero mamacita, mami, más y más. Hoy desperté y me sentí enfermo, qué será lo que habré soñado, seguro viejo es lo de siempre, anoche terminé medio tomado. Hoy desperté y te odié más que nunca, porque te amé y me sentí un tarado, anoche yo te apunté con un dedo, los otros tres me dispararon. Todo el tiempo te espero, vuelve a casa, yo sé que esto va a cambiar, yo sé todo el tiempo voy a esperar, solo déjame saber quién eres, y si es por ti que voy cambiando, si fue por ti que ya no estoy. Solo te pido que te quedes, o que me lleves a tu mundo, y que me dejes vivir tus sueños aunque sea por un segundo. Solo sé que no sé nada de tu vida, solo sé que me colgué una vez en el pasado, presenté mis credenciales a tu risa, y me clavaste una lanza en el costado. Creo que no te dejé jugar con fuego, solo nos dijimos cosas al oído. Mi corazón se va a partir aunque no deje de latir, yo me siento morir, esa es mi condena, eso siento que me quema. Las luces del bar empiezan a molestarme, y yo digo que sus ojos están tan llenos de vida, pero no me ven, no me ven… iba a llorar, vasos llenos me interrumpen, quizás ella nunca sabrá que los amigos brindan en una tarde de soledad. Huellas del recuerdo, las hojas muertas de aquel otoño, y las lágrimas que duelen más. No te das cuenta que tú eres lo que más quiero, y eso me hace sentir un chico afortunado. Ahora me muero de ganas de abrazarte. Cuando comienza a irse el sol, y la cerveza ya se empieza a acabar, yo me pregunto por qué, por qué mi amor se fue, y tan solo me dejó, olvidado en un bar. Cómo poder olvidar todas las cosas que ella me dio, dónde poder enterrar, cómo poder olvidar. Necesito un trago, y lo necesito ahora, a veces creo que todo está acabado. No basta solo con una vida para odiarte como yo te puedo amar, los ángeles anuncian la venganza, afuera el viento aúlla, y yo tan solo, brotan en mí deseos de perderte en el mar. Venganza, la triste melodía asesina de un corazón perdido en un bar. Abran la puerta, que no es tan tarde, sírvanme un trago que me desmaye, tenía una novia que no me entiende, ya no me quiere, paso de largo, voy a la playa, largo verano, allí no puedo sufrir. Camino, arrastrando arenas. Nunca pensaste que nos encontraríamos a la orilla del mar, mirando las estrellas… cada una de ellas se ve tan importante. Es otra canción para no ser felices, o es una canción para la mujer que amo, es el fin del amor, de como lo conoces. Yo te avisé, pero tú no me escuchaste…




* Selección de extractos de canciones de Los Fabulosos Cadillacs

CEBICHE

Limón es verde, redondo, oloroso, vive pegado a una rama del limonero y una pequeña flor como sombrilla le sale de su diámetro. El sol abrasador de Chulucanas lo vuelve más hermoso, jugoso de ácido, sudoroso citrus de tanto calor norteño. Julián pasa recogiendo los frutos antes que maduren, con una canasta como mochila en hombros va tirando para atrás, zanjas con hileras de árboles y espinas como lanzas en los ramas, con cuidado de no hincarse, secándose el sudor de su frente, aireándose con el sombrero de paja, respirando el aroma inundante en los pulmones llenos.


Don Pedro zarpa siempre al atardecer. Luego de remendar la red con un punzón y una cuchilla gastada, muy filuda, estira, revisa, recoge, mete punta y jala la pita, desanuda, amarra, su hijo y su sobrino lo ayudan, salen juntos, cargan una pequeña mochilita con unos panes con huevera, café en un termo, chompa, cigarros en cajetilla arrugada y una chatita de pisco, empujan la chalana por la orilla de Agua Dulce y se trepan al vuelo, cuando el sol al fondo va cayendo bajo la tela deshilachándose en olas, se respira purito mar, unas gaviotas van pasando.


Este Ají Limo es rojo, intenso, lagrimoso en ardores y valentías, muy perfumado, se respira un aire pícaro y sugestivo, sazonado, peposo, y está acostado sobre un plástico extendido como cama, es una fotografía interesante de reflejos lustrosos, son muchísimos ajíes limo de todos los colores, un tallito en la cabeza y media luna, rojos, verdes, amarillos, naranjas, morados, surtidos, calentándose una mañana bajo el sol de la selva baja. Cuando se recolecta toda la producción del día se pesa y se cargan en bultos a los camiones.


Hay que bracear recio al inicio, empujar con todo en círculo para adentro, alzar y volver a espolear con fuerza los remos contra las olas, la proa de la chalana para el cielo y cae, así hasta pasar la racha, de ahí ya más calmo llenando los pulmones de mar, las gaviotas pasan en hilera al ras del agua, los muchachos van turnándose los remos, lejos se va viendo ya la Costa Verde, el cielo va mudándose a noche y las luces del litoral van centelleando, la cruz del morro brilla clarito y se distingue el perfil de la virgen en lo alto.


En el valle de Caravelí Julita se agacha para recoger a Cebolla, a cada paso del surco dobla la espalda para abajo y escarba la tierra, las manos terrosas, coge de las hojas verdes y largas como orejas de conejo, jala, y sale una cabeza morada de bastantes túnicas, por debajo los vellos largos encrespados con la tierra.


A cierta distancia sueltan el ancla. Carlito ayuda a cargar la red, y con Beto la lanzan juntos a la mar. Don Pedro, con el cigarrillo en la boca, estira y desanuda el nylon, clava la púa en el muimui, suelta el plomo, da unas vueltas como en rodeo y psssss la tira lejos para el fondo, ploc, cae el plomo, se hunde en el agua, se estiran ondas en discos, don Pedro toma asiento en un tablón y suelta pita. La noche es el techo de las estrellas y una luna, redonda, pintando una alfombra blanca ondulante en el océano, Lima está raramente despejada de humedad y se ven los brillos de las luces como árbol navideño, hasta se distingue el perfil pedregoso del acantilado. El sonido y la fragancia es el vaivén de la mar.


Sacude las piedritas de tierra golpeando contra su mano la cebolla, y luego lo mete a un morral que arrastra de la cintura; su bebe amarrado por su tras, chaposo y cachetón.


Los camiones transportan toda clase de insumos de la tierra y de los arboles, frutos, frutas, semillas, hierbas, en costales llenos y apretados, tejidos con una malla y uno sobre otro en toda la tolva.


Estos limones son especiales por el abundante calor que los hace sudar para adentro, purita acidez de intensidad perfumada. Tienen más jugo, tienen más cuerpo, verdes profundos. Por eso Limón es muy redondo, es distinto, es único, como todos.


Con un par de golpes como arreo se da aviso que ya está lleno el camión, las puertas cerradas y listo para partir. Nolberto, el chofer, enciende con un rugido el motor, deja que se caliente un buen rato mientras arregla papeles y últimos asuntos antes del viaje. Sube con un impulso sosteniéndose del estribo, tira la puerta y, sentado, se acomoda para partir, acomoda el retrovisor de su lado. La ruta ya la conoce, la marginal de la selva, paisajes de sobrecogimiento, verdes de todas las libertades, abundante, el camión por trocha y por pista, puentes, túneles, días de lluvias, comidas al filo de la carretera, música cumbiambera, paradas en el grifo por llantas y combustible, la noche de todos las profundidades, estrellada en la negrura, se echa a descansar sin pestañar mucho por la carga en la tolva, a las pocas horas continua, se siente la subida, se perfilan las montañas, el clima cambia, se pone una chompa, Yawar en los parlantes, caldo de cabeza en la madrugada, bajando Ticlio se saca el chullo, por Chosica cambia de radio buscando una salsa, llega de noche avanzada al mercado de Santa Anita, y entrando, con el ultimo bostezo, lo termina despertando del todo un bocinazo, busca estacionarse y al toque corren los cargueros, baja, abre candado y las puertas.


Limón viaja por toda la Panamericana Norte: Piura, Lambayeque, La Libertad, Ancash, el serpentín de Pasamayo hasta Lima, todo un día de viaje. Limón va madurando, el verde oscuro se convierte casi en amarillo ya en el mercado, la piel se ha suavizado también. La concentración de citrus es mayor.


La yuca puede venir de cualquier parte de la selva, los aguarunas del Marañón tienen como 200 variedades; también se cultiva en la sierra y en la costa, siempre escarbada de la tierra, embarrada, una raizota alargada, marrón, con algunos pelos duros pegados a la piel. Es de tradición antiquísima, ofrendada para acompañar al más allá en las tumbas preincaicas, útil como alimento, bebida y fines medicinales. Se la deja remojar en trozos para suavizar.


Don Pedro pescó unas merluzas, un par de tollos bien grandes y una buena cojinova, y de la red, los muchachos recogen bastante pejerrey, caballa, jurel y perico, la faena no ha estado nada mal, San Pedrito siempre provee, es al frase de don Pedro, mientras filetea el perico sobre un tablón, Carlito ayuda cortando los limones y Beto un ají, lo marinan en un taper y uno por uno le mete diente; con el amanecer van remando de regreso, dejándose llevar por la marea, Beto se pone en pie y en las manos cada remo, se va deslizando sobre una ola.


Andrés se despierta todos los martes, jueves y sábados a mitad de la noche. Se asegura de no hacer ruido para no despertar a Claudia. Coge el reloj, billetera y llaves de su mesa de noche, le da un beso en la frente a su mujer; bipbip, quita la alarma de la camioneta, se abre el garaje, y sedita sale manejando hacia el mayorista.


Nolberto va vigilando lo que baja, contando el dinero que le paga uno de los distribuidores, viendo lo que se lleva, atento a los costales que va facturando también a otro.


Cuando está entrando al mercado casi choca con un camión, tira un bocinazo, busca estacionarse. Es de madrugada pero el movimiento parece de mediodía; cuando llegan los camiones, los cargadores van apurados llevando pesados costales de un lado a otro, un muchachito empujando una carretilla balanceada de montículos, empeñosos empresarios y jefes de compra de restaurantes que vienen como él a escoger mejores precios y productos.


Todos los viajes que va cargando sus cebollas deposita luego en el suelo, a un lado del corral de la casa: ahí están los demás niñitos y la abuela limpiando las cebollas, desnudando algunos primeros pliegues, arrancando mucho pelo disparejo de la cabeza. A lo sumo dan para unos cinco costalitos, por eso también crían pollos, patos y tienen una vaquita flaca que les da leche y queso fresco, que luego Julita vende sentadita buscando su espacio en el mercado del pueblo. Por las cebollas pasa ese mismo día en su camioneta Mariano, paga poco y encima quiere enamorar a Julita, pero esta, con siete hijos, ya sabe bien lo que quieren los hombres para luego marcharse dejándola con los problemas.


Llegando a la orilla los chicos saltan para empujar la chalana, y don Pedro jala de la proa, la arrastran hasta levantarla sobre el muro, pero desde antes la gente está rodeándolos, don Pedro abre la malla de bolsa y realiza el comercio. El pejerrey, jurel y la caballa quedan en los kioscos de Agua Dulce, el tollo y perico suben a una cebichería de Huaylas y la merluza a una casa de Chorrillos; la cojinova y unos pejerreyes se la lleva un cocinero amigo de la familia.


El mercado es el paraíso de frutos y provechos: colores, aromas, gustos, sensaciones infinitas. Mariano aparece a primeras horas de la mañana y deja sus sacos en unos cuantos puestos: cebolla, olluco, papas nativas, choclo y yuca, en fardos apretados y amarrados entre hierbabuena. Nolberto se estaciona al lado y abre nuevamente la puerta trasera para que los cargadores, chatos, recios, con un trapo en el hombro, empiecen a bajar ají, apio, camote, café, espárrago, frutas, manzana, tuna, chirimoya, lúcuma, mango, maracuyá, limón, tomate, yacón, caigua, cebollita china, lechuga, nabo, coliflor, pepino, pepinillo, papaya, plátano, níspero, pacae, albahaca, orégano, más hierbas, perejil, rabanito, zanahoria, un zapallazo grandote, loche, frijol, garbanzo, vainita, pallar, arroz, maca, kiwicha, ciruela, sandía, trigo, cañihua, quinua, maíz, uva, col…


A Andrés solo le falta el pescado para llenar la maletera. Por eso espera a que don Pedro se desocupe de repartir y los chicos de apoyar; se distinguen, se saludan a los lejos, Beto con Carlito corren a alcanzarle la pesada cojinova, luego don Pedro se acerca, Andrés se levanta las gafas oscuras y se aprietan las manos, el viejo pescador le muestra con una sonrisa unos pejerreyes, pues sabe bien que el cocinero de la humildad del pescado hará una exquisita maravilla; Andrés imagina entonces en un tiradito en salsa de ají amarillo.
Luego, con unas almejas y conchas negras también en la camioneta, maneja hacia su restaurante. Sobrio, no es exclusivo, siempre limpio, con buena atención y el sabor distinto. El momento mágico es cuando solo y entretenido se pone a limpiar a Cojinova, la filetea, corta trozos generosos, corta a Limón, lo exprime suave y no todo sobre el pescado, corta en trocitos a Ají Limo y lo esparce sobre un pequeño bol, mueve todo con una cuchara, deja descansar un par de minutos, mientras sirve un plato, acomoda una hoja de Lechuga, echa el preparado con esmero, también encima a Cebolla cortada en pluma, acomoda a un lado un pedazo de Yuca y al otro un trozo de Choclo.
El cocinero se siente dichoso de poder dar de comer a otro, y por eso siempre sirve todo plato con una sonrisa.

MEDIECITAS DE COLORES

Lo que más extraño de ti son tus mediecitas de colores sobre el espaldar de cualquier asiento de cine, en la oscuridad bamboleándose de un lado a otro en los musicales, saltando en las escenas de suspenso, arrugándose en las películas de terror, y estirándose relajada en los romances, con la cabecita y una cola atada de un moño. Tus mediecitas siempre fueron de colores, de rayas, rombos, bolitas, dibujos animados, pasteles, abstractos, y en verano, solo con sandalias. La primera vez que te vi el pie derecho era rojo y el izquierdo azul, calcetines de algodón. Recuerdo la película, el Buena Vista Social Club de Win Wenders. Lugar: Centro Cultural de la Católica. Un domingo en función vermouth. Tus mediecitas llegaron abrigando tus lindos piesecitos y soportando tus All Star chatas, apareciste con una luz al abrirse la puerta y cuando la sala ya estaba a oscuras. Te sentaste unas filas delante de mí, te desaflojaste las zapatillas y tus mediecitas se alivianaron de presiones, alzaste tus piernas y apoyaste tus pies en el asiento delantero. Comías canchita en bolsa de papel y dabas sorbos a una Inca Kola de vaso grande. Eras una sombra en la sala a oscuras, un moño en tu cabello y una cola castaña, media enrulada, y en las escenas de toma abierta tu mielecita de un lado era azul y la del otro colorada. Con tus piesecitos delicados bailaste todos los sones cubanos, y con tus mielecitas de colores como siluetas y boleros muy alegres, muy al paso. Pero te levantaste antes de acabar la función y tus piesecitos, en sus mielecitas, con tu olorcito y tus zapatillas, se marcharon siguiendo tus pasadas, aumentándola con cada paso. Abriste la puerta, la luz te llenó, una cola en tu cabello, pelos castaños y enrulados, y te fuiste. Te busqué. Te busqué por todos lados. Te busqué en mis recuerdos y hasta en mis sueños y no te encontré. Aún no deseabas que te encontrara. Y pensaba, me pasaba días y horas y mediodías, a la hora del almuerzo, pensando, pensándote, recodándote, recordando, tus mediecitas de colores sobre el espaldar de un asiento en función de cine. Volví al mismo cine unas cuantas veces más, vi otras películas y en la cola, solo trataba de rebuscar medias, y es que todas eran tan predecibles, blancas o negras o de nylon, y para los intelectuales universitarios, rombos amarillos en fondos verdes. Compungido, tanto que abatido, ojeroso, pero nunca mellado, siguieron nomás mis pestañas, y soñaba. Te buscaba. Te busqué en las empinadas calles de La Habana Vieja y corriendo por el malecón, el mar saltaba estrepitoso contra las peñas y el muro, te buscaba creyendo poder reconocer tus mediecitas en algunos pies andando por mi memoria y en las avenidas. Así volví al cine. Necesitaba que esa pantalla blanca y extendida me ofreciera más fantasías, necesitaba de la calma. Y angustia que provoca toda oscuridad en una sala de cine. Una amiga del trabajo me invitó y fuimos al cine Pacífico. Sala siete y una película con Jim Carrey. Preparado para el relajo y la carcajada. Y de repente te vi. Vi tu espalda, vi tu cola en un moño y atado tu cabello castaño medio enrulado. Y tus piesecitos, sobre un espaldar delantero, metidos dentro de tus mediecitas de rosas y con dibujo de Bugs Bunny. Sabía que eras tú. Te sentía. Tus mediecitas eran más anchas que de costumbre. Bugs Bunny sonreía, orejón y muy muelonudo, con zanahoria en una mano. Me sentí dichoso nuevamente, agraciado en el entusiasmo, no podía creer las coincidencias. Reí a carcajadas, miraba tus miedecitas, no me interesaba la pantalla y, en mis emociones, se me descubrió un brillo alegre que bien pudo notar la de a mi lado. ¿La conoces?, me preguntó ya después en un café, y yo, ¿a quién? ¿a Bugs Bunny?, me asombré, como no lo voy a conocer, y le sonreí. Con ella, por supuesto, no volvimos a salir otra vez al cine. Pero volví al cine, al día siguiente, Real 2 de Camino Real, y en la cola, como siempre investigando medias en todos los piesecitos de las mujeres de cabello muy castaño. Me senté a un lado y en última fila. Tomaba una gaseosa, te empecé a buscar pero sabía también que llegabas más luego, y en la pantalla, los avances de películas, más anuncios, oscuridad, de repente un destello que se refleja en la pantalla y The Blair’s wicht Project. Y de repente, así, te sentí, eras tú. Sentada a mi lado, esta vez descalza. Tus piesecitos sobre el espaldar delantero. Me quedé sorprendido, advertido, la emoción y el terror no me dejaban ver tu rostro, mi mirada fija en tus pies y el corazón agitadísimo, conturbado; me quede alelado. El miedo por verte me hizo pensar muchas cosas, alejarme de mis decisiones; si te veía se iba la ilusión, porque está de más que la hermosura se representaba en ti; así me puse a observarte, los pies porque era lo que me permitía la timidez mientras miraba la pantalla pero siempre sin mirar, y a olerte también, a sentirte, tratar de escuchar hasta tu respiración agitada, suspendida, por la película de terror, tus piesecitos se acurrucaban, tus pies eran blancos y soleados, limpios, las uñas cortaditas, sin esmalte, dedos pequeños y curiosos, el huesito de tu tobillo, la curva suave del tendón de Aquiles, los músculos de tus piernas, tenías un jean remangado a media pierna, vi tu mano izquierda cuando se levantó para que tomaras una gaseosa helada, escuché un sorbo de líquido y un leve suspiro, tenías un perfume suave y fresco, me llené los pulmones de ti y me decidí a voltear y verte, abrí los ojos y justo timbró tu celular, volteaste a sacar el teléfono de tu bolso, saliste a hablar afuera de la sala. No pensé, salí. No estabas, bajé las escaleras, salí a la calle, miré por todos lados y nada; la gente pasaba y el tráfico cumplía con su semáforo. La siguiente función, de noche ya, fui al City Hall de la avenida Venezuela a ver una película hindú, lloronaza, y entre lagrimones te vi, o mejor dicho vi tus miedecitas de colores, esta vez bolitas rojas y fondo amarillo. Esta vez no me acerqué, ni lo intenté, aceptaba que aún el destino no me dejaba, no quería. Y me puse a pensar que tal vez debía descubrir pistas en las películas cuando escuché que te sonaste con un pañuelo. La película era tristísima y emotiva, todo el mundo lloraba, como desanudando un corbatín así se desparramó el nudo en mi garganta y mis lagrimones no dejaron de para ni cuando te vi partir. Cuando salí de la sala caminé casi corriendo y compré una entrada en trasnoche en el cine Metro, pasaban una película calentona para parejas antes del telo y luego el chifa. Pantaleón y las visitadoras y uf, solo tus miedecitas de colores, un dibujo de Miró, punto rojo y líneas negras y colores, pudieron con los senos de Angie Cepeda. E igual, saliste antes del final, yo salía después y nada. Caminé buscando alguna sala y pensaba sí también tiene que guardarse alguna relación entre la película, el cine y tus medias y los colores y los diseños… me cogió la garúa chisporroteando y tupida y espesa y bajó la neblina limeña y pude divisar por el fondo unas luces como de grifo en carretera y encontré una función continuada de cine prono en la avenida Tacna. Entré nomás, como por impulso y necesidad a la vez. No había mucha gente, unos travestis por atrás y algunos solitarios esparcidos, tú estabas sentada donde siempre, primeras filas, esta vez de pies desnudos nuevamente, delicados, pequeños, suaves, bien formaditos y sensuales, descalza. Estuviste unos momentos solamente, indudablemente por compromiso, y la escena de verte ahí, verme ahí, fue tanto surreal. Esa noche no concilié el sueño, me la pasé pensando, divagando, armando y configurando ideas. Pensé que estas aparecidas y mediecitas de colores no eran más que fetichismos y oneirismos míos que se debían sustentar en cierta lógica. Por ejemplo, se me vino la idea que con sus medias de Bugs Bunny y la comedia de Jim Carrey fue solo para llamar la atención, para que la notase en la oscuridad de la sala; luego, cuando te sentaste al lado en el cine de Camino Real, descalza todavía y en película de terror, era para realmente pensar que todo esto es verdad, tú existes, siento tu aroma, tu respiración, mi corazón se turba, y sin medias para demostrar confianza, naturalidad, cercanía, y la película de terror porque quieres mi protección, deseas que te proteja, pienso, no sé, alucino, eso quiero tal vez pensar, tal vez realizo acuerdos de ideas a mi interés; después, en el City Hall, me demuestras tu sensibilidad y deseas notar la mía además, saber cuándo lloro, y las medias más me parecieron con juego, la invitación al juego, quieres jugar? Sabes jugar?; posteriormente, con la película calentona de trasnoche y el desparpajo de Angie Cepeda, me mostrabas que así también te entregabas, y yo, sintiéndome todo un Pantaleón; las miedecitas artísticas y abstractas me indicaban el arte y lo abstracto de todas estas situaciones, encuentros, cines y medias, todo tan de no creerlo, de que lo ilógico también puede convertirse en artístico por esas extrañezas de según el ojo con que se le mire; para finalmente, en el cine Metro, es que querías, sí, ya, entregarnos tan descaradamente también, tan de instintos subterráneos e inconscientes. Todo esto pensé y más todavía lo que el resto de la noche me dejó de oscuridad para aclararse en toda mi habitación. Miré la hora y faltaban unos minutos para que timbrara el despertador como cada mañana para ir a trabajar. Me adelanté de horario y me di un duchazo, me refresqué dejando que el chorro de agua cayera en mi cabeza, mi nuca, espalda, hombros; me cubrí con una toalla y abrí los cajones del clóset para sacar que ponerme. Me horrorizó por completo cuando vi el cajón de ropa interior, todos mis calcetines eran blancos, hasta los de seda para ternos. Me vestí para el trabajo pero no fui, me la pasé buscando salas de cine pero ninguna se hallaba en función, caminando me encontré con luces que cambiaban de colores por una ventanita, era un colegio, así que inventé cualquier excusa y entré como vendedor de libros, busqué el salón y me metí sin hacer mucho espectáculo pero cuando abrí la puerta trasera entró también la luz que se fue al cerrar la puerta, pedí disculpas y me senté por ahí en una carpeta, y ahora no habían espaldares reclinables por eso te busqué mirando por el suelo, y de entre largas y aburridas medias escolares, resaltaban tus medias de nylon carne con las piernas cruzadas, una pequeña falda, un traje sastre, y tu mirada furiosa que me miraba tras tus gafas y me asusté de pronto, sí, qué sucede, bostecé por impulso y tu dedo índice me indicaba la puerta y tus lindos labios carmesíes hablaron solo para susurrarme en un grito Fuera! Para cuando salí, me sequé la baba que se me había chorreado mientras me había quedado dormido en clase.

ROSAS


“Hacíase querido sin saberlo,
Tenía manos hábiles y voz susurradora,
Hoy ausentes se hacen gesto y ritmo
Y el aire que rodeaba su cabello”
(Renata Pallottini)

Cuando me contaron que Cipriano había sido no me extrañó en lo absoluto, pero puse rostro de asombro cuando mi madre me lo dijo. Ya había examinado todo desde antes, Cipriano y Rosaura se llevaban bien, pero eran solo puras apariencias, porque en realidad vivían en un mundo interior muy confuso. No fueron los celos, porque ellos paraban siempre en casa, Rosaura en la cocina y Cipriano en el jardín. Solo muy de vez en cuando salían algún domingo, más les gustaba parar encerrados en su habitación.

Siempre veía a Cipriano desde la ventana de mi dormitorio, mientras escribía en la computadora algún que otro cuento, y ya la inspiración se iba esfumando, al igual que los cigarrillos; él cortaba las rosas rojas, les daba vida, armonía, tacto, todo un sentimiento especial que mi madre sabía distinguir. Cuando Cipriano notaba mi presencia, me saludaba muy animoso, alzaba su mano embarrada y tosca, y yo le respondía con alguna sonrisa sintiéndome en complicidad también con su particular arte. A Rosaura en cambio me la cruzaba por la casa, siempre menudita y tan meticulosa, limpiando las habitaciones y en la cocina, pero yo siempre apurado, escribiendo alguna historia o yendo a la universidad. Pero en una ocasión en particular, ambos nos detuvimos a observarnos, pero de otra manera extraña para el momento, intrigados nos miramos a los ojos, confundíos, atraídos, intrigados. Yo salía de darme una ducha, iba secándome con una breve toalla, y Rosaura, que en ese momento se hallaba tendiendo la cama de mi dormitorio, simplemente dejó caer las sábanas y se quedó mirándome, los dos nos quedamos viendo, y al volver en sí, se disculpó:
- Perdón, joven –sus cachetes rojos, rojos- Toque la puerta pero nadies contestaba, no me di cuenta que en el baño se encontraba.
- No te preocupes –le dije, calmando el bochorno.
Cuando acabó con la cama, pidió nuevas venias, y no le cuentes al Cipriano, joven, por favorcito, me dijo. Yo sonreí. Esa vez había sido uno de los primeros días cuando llegaron a la casa; con los sirvientes anteriores habíamos tenido muy mala suerte, y con Cipriano las flores iluminaron como nunca el extenso jardín y nadie tampoco podía igualar la exquisita sazón de Rosaura.

Hace casi un tiempo llegué a casa con un hambre de ahogado, Rosaura había preparado un plato casero con un sabor algo especial, entre el fondo del gusto se podía percibir un delicado aroma de rosas frescas. En aquella oportunidad me senté a almorzar en la cocina, pues mis padres ya habían comido y en ese momento se hallaban sesteando. Le pregunté por Cipriano y me contestó:
- Adonde su mamacha se ha ido, Joven. A su pueblo se ha tenido que volver por unos cuantos días nomás. Sia muerto la pobre, y el Cipriano ha ido a recogerle su alma.
- Lo siento –le alcancé el pésame, y pensando en lo que me contó:- ¿Y cómo es eso del alma de su mamá? –le consulté un tanto ignorante en idiosincrasias andinas.
- Es una fiesta, joven, donde se baila con los muertitos de uno. Hay que rezarles, hacerles un pago y agradecer por nuestra vida.
- ¿Y tú por qué no fuiste?
- Porque tengo que trabajar pes, joven.

Y mientras almorzamos juntos en la mesa redonda de la cocina, nos pusimos a conversar, o mejor dicho, me tendí a escucharla. Me pareció una muchacha inteligente, avispada, aunque no sabía leer ni escribir. Yo hasta me animé en enseñarle. Recién desde ese día me puse realmente a prestarle atención, pues mi carácter siempre distante y tímido me mantenía en cierta reserva. No estaba mal la cholita, chinita blanquiñosa y chaposita, y parada se le veían unas buenas piernas y un buen culito; ganado Cipriano, pensé, y sonreí. Me contó que no podía tener hijos cuando le pregunté por cuándo se animaban, y por eso también me dijo que se había ido Cipriano, a pedirle a su mamita para que les dé la mano allá arriba.

Ella tenía diecinueve años y él veinticinco. Estaban casados desde hace un poco más de dos años. Tenían en la ciudad el tiempo que se hallaban trabajando en la casa. Se sentían muy bien, mis padres les parecían unas buenas personas, muy considerados, y en ese momento la casa se hallaba en silencio, y no sé por qué pero me atrajo, no fue un aprovechamiento o un ligue intencional, con algo de atrevimiento le dije que me parecía muy linda, ella se ruborizó, sonrió y ay, joven, cómo dices esas cosas, atrapé sus manos con delicadeza, ella me apartó temblorosa, le dije que no pretendía hacer algo malo, y me pareció extraño sentir sus manos tan suaves, pues con un oficio donde tenía que lidiar con ollas, cuchillos, detergentes y demás enseres, su piel se sentía como pétalo recién florecido. Nuestras emociones agitadas y de pronto, se levantó de la mesa, recogió los platos y se puso a lavarlos, me acerqué por su tras, solo con la intención rellenarme de su perfume, de su aroma, y me sintió.
Después del almuerzo subí a mi recámara para escribir un cuento que había dejado inconcluso. Pero cuando me senté frente al computador mi imaginación no podía divagar en otra realidad, algo me detenía, sino era la falta de ensueño era un olor tenue y profundo, íntimo, una fragancia tan etérea que me llevó livianamente hasta el jardín para perderme entre los rosales, conjeturar con las rosas sangrientas, inhalar sanamente una hechura palpable que me purificaba, sintiéndome casi sin gravedad, flotando tanto como por sobre espinas pecadoras, tentadoras, y así, en la liviandad del edén, percibía ser observado, y no era Cipriano porque él había viajado a su pueblo, mis padres descansaban la siesta, los guardias no entraban a la residencia, y los perros a estas horas en sus jaulas; era Rosaura, vestida solo con tules sublimes en su propia desnudez, no pronunció palabra alguna, solo apareció de repente y sin vergüenzas; no le dije nada, tampoco podía pronunciar lenguaje alguno más que el táctil; nos apreciamos minuciosamente con sentidas caricias, y con inspiración de suaves melodías aromatizadas hicimos el amor. Luego, totalmente extasiados y rendidos, se puso en pie, se levantó del letargo virginal, y se fue, sin decirme nunca algo, el sudor secaba el ambiente, dio unos pasos precisos, rozó con uno de los rosales y una espina le dejó una raspadura en el brazo, y unas gotas de sangre cayeron por el jardín.

La mañana siguiente mi madre me despertó preocupada porque dice había dormido todo el día anterior. Lo curioso es que me encontré desnudo y cubierto con unas sábanas de seda a mis pies.
- ¡Levántate, levántate! –me animó mi madre- Tienes clases a las once y faltan diez minutos.
- ¿Cómo? –pregunté un tanto confuso- ¡Ya voy! ¡Ya voy! –contesté.
- Oye –se admiró de repente llenando sus pulmones con agrado- Qué rico huele tu habitación –profirió extrañada, pero la verdad era que yo no percibía ningún olor exótico.

Lo de Rosaura lo entendí como un sueño, un sopor bonito y húmedo, hasta fragancioso.
Ese día, al llegar a casa ya había almorzado en la universidad, fui a saludar a mi madre que se encontraba recogiendo las flores marchitas del jardín; la saludé con un beso, y me quedé un momento para ayudarle, conversábamos y yo le sostenía el cesto, ella con su sombrero de paja, su camisa floreada, jeans, descalza, con guantes en sus manos y unas tijeras, arrodillada, y a su lado, en el barro y en el grass me percaté de unas gotas muy rojas de sangre, un rastro que seguía un rumbo; me quedé como una paloma en invierno sobre el tendedero, tratando de sostenerme fuertemente sobre la realidad para no caer en el desmayo del total desconcierto.
- Mira qué lindas están las rosas –escuchaba a lo lejos que me hablaba mi madre –pero hay que cuidarlas, y como no está Cipriano, tiene una nomás que hacerlo –creo que me contaba- Cipriano y yo somos los únicos que sabemos darle vida a estas rosas. ¿Verdad que son lindas, querido?
- Sí, sí –le respondí nomás, y casi gritándole creo porque no sabía en ese instante si me podía escuchar.
Y a la hora del lonche estábamos en el comedor, me encontraba aún un poco aturdido todavía, pues no sabía si en realidad había o no sucedido ese episodio tan placentero con Rosaura, pero encontré una solución lógica a todo: una paloma, de las muchas que visitan a diario el jardín, rozó una espina y se desangró; eso había sucedido, o algo así. Cuando de repente mi padre llamó a Rosaura para que le trajese el edulcorante para el café, ella muy solícita apareció con las pastillitas, y en su brazo derecho noté una vendita autoadhesiva. Me sobresalté con tanto estupor que perdí el conocimiento.
Al recobrar la memoria me hallaba en mi dormitorio, rodeado de mis padres y el doctor, quien me recomendaba alimentarme bien, había tenido un vahído por el estrés de los estudios, no había sido más que un susto. Mis padres luego bajaron a agradecer y despedir al médico de la familia, y en un rincón de la habitación, en silencio, observándome muy serena:
- ¿Qué te sucedió en el brazo? –le pregunté- ¿Te cortaste?
- Fue con una rosa, nomás joven, con su espina –me respondió, y yo ya no sabía qué hacer, dónde meterme, qué había pasado…
Y Rosaura, como si nada, silente y misteriosa.

Esa noche dormí intranquilo. Y no tanto por creer que había tenido sexo con Rosaura, porque aunque haya sido tan intenso y hasta tierno, no pensé que fuera cierto, sino, por la casualidad del sueño y la realidad. Cuando al par de semanas Cipriano volvió de su pueblo, después de ofrecerle el pésame, lo busqué para que me ayudase en un problema literario, pues por esos días me encontraba escribiendo un cuento, El matorral, donde el narrador tenía aspectos andinos y Cipriano me podía ofrecer muchas luces, así que le pedí una breve entrevista y él complacido, se prestó con gran privanza a cualquier pregunta que le hiciera.
- ¿Por qué viniste a la ciudad, Cipriano? –le interrogué.
- Mire, joven –me contó- La vida en el campo bien difícil es. Y uno siempre piensa que aquí se pude hallar trabajo. Y tuve suerte, bien buenos son ustedes, el patrón, su madrecita, y tú también, joven.
- Gracias, Cipriano. Ustedes también son muy buenas personas, tú y Rosaura –le dije- Y cuéntame, ¿cómo así te volviste jardinero?
- Porque como la Rosaura sirvienta iba a ser, y yo tengo siempre que acompañarla, pues; y como yo vengo del campo, sé lo que es cultivar, sembrar, patroncito –y alzaba sus manos chatas y robustas- Y su jardín bien bonito es, y bien grande también, se parece masomenos a mi chacrita, joven.
- El jardín está siempre muy floreciente pro ti, Cipriano –le agradecí, comenté por sus labores y sus cuidados con las rosas, y de ahí le pregunté:- ¿Por qué no han tenido hijos con Rosaura?
- Porque no podemos; los apus me dijeron que ella no pueden tener hijos, pero le estamos rezando al alma de mi madrecita para que intercediera ante Papá Lindo. Por eso fui a traérmela.
- ¿Cómo? ¿Cómo así te has traído a tu mamá? ¿No la había enterrado por allá?
- Sí, joven. Pero su almita nomás me he traído, para rezarla, pues.
La conversación con Cipriano me desconcertó por completo. Su idiosincrasia tan distinta a la mía me dio a reflexionar en la pluralidad de este país, y en el respeto que hay que guardar a las diferentes culturas y tradiciones que conviven en nuestro territorio. Gracias a Cipriano pude concluir con mi cuento, y mientras él continuaba embarrando sus manos en el jardín, yo escribía en mi habitación.

Y también, poco a poco, me fui olvidando del sueño erótico con Rosaura. Hasta hace solo algunos pocos meses cuando volvió a ocurrir lo mismo. Se me vino el recuerdo de su imagen descubierta; yo me hallaba echado en mi cama oliendo pasar el tiempo ocioso, ella desnuda sobre mí, palpable, exhalando su aroma rosado, acariciando hasta su más íntimo pudor., sufriendo de suave placer de arriba abajo, padeciendo de gusto de abajo arriba, con parsimonia, dulzura también, arrebato, viciando la fragancia vestal del jardín, embarrando la tierra con nuestro sudor, ocultándonos ya de todo y de todos, hicimos nuevamente el amor y nos tendimos extasiados en la hierba.

Al despertarme no presté mayor atención al sueño, pero me sentí cansado y complacido, con un raro y gustoso perfume de rosas, e intuí que era por haber dejado las ventanas abiertas.

Hasta hace cosa de unas semanas, Rosaura se desmayó en la cocina. Al caer hizo un ruido perplejo con los platos rotos. En ese momento solo yo me encontraba en casa, estudiando, me sobresalté con el impacto y presuroso bajé a ver qué había sucedido. Ella estaba tirada en el suelo desmayada. Pedí auxilio y los guardias me ayudaron a subirla al auto, y de inmediato la llevé al hospital.
El doctor me confirmó que solo habían sido unos simples mareos, pero por las dudas iban a realizarle unos exámenes. Y luego de un par de horas, me confirmó lo que él mismo presumía, la muchacha estaba embarazada. Entré a la habitación para felicitarla pero su desconcierto me dejó más perplejo cuando me contó:
- Pero joven… -eme secreteó:- Yo y el Cipriano relaciones no hemos tenido, desde hace meses que no nos juntamos. Poreso le rezamos todas las noches a su madrecita, tal vez así ha querido que sea Papá Lindo.
¡¿Qué!? No podía ser el Espíritu Santo, esta ciudad no era Belén, y Rosaura no podía ser la Virgen María ni Cipriano San José. Cuando llegaron los demás al nosocomio todos se alegraron, hasta Rosaura y Cipriano que mantenían la convicción que el alma de la madre por fin había intercedido, y se quedaron en silencio, nomás alegres. Aunque a mí no me quedaba nada claro, los días siguientes me atraparon las ideas de qué podía suceder si en verdad había pasado todo lo que hicimos con Rosaura y la criatura se lograba parecer a mí.

Por eso hoy cuando mi madre me contó que Cipriano había asesinado a Rosaura ella no lo podía creer ni entender, se había encariñado tanto con ellos, que no salía de su asombro; mi padre, sereno como siempre, reservaba sus angustias y opiniones para sí, preocupado tal vez ahora pro las noticias en la casa del ministro. Antes que se fueran los oficiales, llevándose a Cipriano amarrocado y lloroso, el teniente me interrogó por simple rutina: yo había estado en la universidad, recién llegaba a casa y me topé con todo el ajetreo, había tenido un examen terrible, estaba muy cansado de tanta desvelada de estudio por lo que luego caí rendido en los jardines del campus. También me contó que a Rosaura la había encontrado desnuda entre los rosedales, con las tijeras de jardinería embarradas de sangre y lodo en su vientre; no hubieron gritos ni forcejeos, y Cipriano era el único quien se hallaba en casa.

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