En Donetsk, Ucrania, sobre una mesa de
escritorio de una sala ambientada para arrimar lo que entre de una casa, una
mujer cocina y su hijo la observa, mira la escena con cara de hambre, la mujer
pica una col sobre una tabla de madera, de una bolsa plástica salen un par de
zanahorias, por ahí otra col más, al lado una olla grande y negra por lo
quemada, se está cocinando un caldo de algo, bastante col menudita, el muchacho
acaba de llegar o ya se va, carga una mochila al hombro, hay otra mujer más, se
la ve por el espejo, y también tiene su tabla de picar y un cuchillo chico, en
la sala también hay un lavamanos, pero ya no hay caños debajo del espejo, a un
lado un estante repleto con todo y nada, uno sobre otro, afuera, la otra mujer
lleva la comida a la olla, que se quema con un fuego alto contra la pared de la
calle, unas cuantas leñas y un palo largo para cuidar el fuego, el rostro es
incierto, hay calor en esta temporada al este de Europa, en medio de una
terrible guerra civil que se viene dando desde hace ya buen tiempo, por eso el
chico está con un polo sin mangas, las manos en los bolsillos, desconsolado,
con hambre, carga una mochila, la madre tiene un vestido floreado y lleva
también puesto una casaca por el viento helado bajo las sombras, al picar hace
fuerza con las manos, con la cabeza gacha, aprieta la col y la pequeña sierra
de carnicero, por eso salta más rápido la verdura picadita a la mesa, hay un
catre arrimado contra una pared, bidones de agua, un par de bicicletas, todo
está destruido pero se intenta mantener todo limpio, las tazas, la mesa, los
utensilios, el piso barrido y, sobre todo, la dignidad para la olla común.
(Tomado de unas fotos de Reuters en El Comercio
web. Recuperado el 27/ago/2014.)



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