Andaba
el trompetista soplando pedos para que la música se adelante unos metros de sus
pasos, que cada cuatro, el quinto paso es un salto en correcaminos. Andaba el
trompetista de pueblo en pueblo, de plaza en plaza, moneda en moneda juntaba
contando con su mano las propinas para saciar el hambre. El trompetista tenía
una hija con la violonchela de la Orquesta Sinfónica de Londres, estaban ya
separados, la violonchela había vuelto a casarse con un baterista de un grupo
punk y la niña, mientras estudiaba en un colegio de monjas carmelitas y pintaba
arbustos con el pajarito en una rama, tocaba las puertas y el timbre de las
casas vecinas y al instante se iba corriendo para atrás. El trompetista,
mientras sorbía quemándose la boca su sopa caliente, pensaba en su niña,
remojando un pan tostado, duro, juntaba nuevamente sus monedas, las contaba una
a una, pagaba la cuenta y el resto se lo guardaba en una alforja pequeña que
colgaba de su cuello. El trompetista andaba de plaza en plaza, de pueblo en
pueblo, soplando pedos, sacando música y pensando en ahorrar para pagar un buen
abogado y ganar la custodia de la pequeña.
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