Saltó la tapia
despacio, sin mucho ruido se hizo paso entre las sábanas que colgaban en el
tendedero, llegó hasta la puerta apolillada, y se detuvo un momento para
atrapar su aire nuevamente. Miró alrededor, arriba la luna, las nubes que se
movían muy despacio; con la vela encendida hizo una cueva con su mano para que
no se apagara y observó tras la ventana. La cocina estaba oscura, el piso
ajedrezado bien trapeado y las sombras de cada artefacto en su respectivo
sitio, una mesa al medio, solo dos sillas de aluminio picadas, una bolsa de pan
en la panera y un keke hecho en casa tapado con un mantelito bordado a crochet.
Cogió el manubrio de la puerta, y se empinó para tirar abajo ajustando todo el
cuerpo; qué suerte, abrió; y en silencio, avanzó sigilosos unos pasos, de
puntitas casi, caminó unos metros, y con la vela a la altura en su mirada, echó
un vistazo para adentro de la casa, puras sombras solamente y la flama que
encendía un haz de luz en el techo; volvió a su labor y sacó una bolsa que
llevaba en su bolsillo trasero; fue guardando algunas latas, abrió el
refrigerador, la mantequilla, la leche, el queso cajamarquino; dejó el yogur
porque la última vez le había caído mal al estómago.
Al día siguiente, con
los primeros espasmos de la madrugada, doña Rosita se levanta de la cama,
arroja su pichi de la chata en el inodoro, y luego se lava su cara y cepilla su
dentadura. Cuando va para la cocina recién canta el gallo del vecino. Toma su
desayuno con Kirma y leche de vaca que le trae el lechero bien temprano, y
luego se agacha con cuidado para sacar del último cajón los guardados porque
sabe bien que ya no hay nada; moja el pan con mantequilla en su tazota –no hay
mermelada este día, así que habrá que pedirle a Ernestito, su hijo, piensa–,
mientras va soplando el humo y la grasa brillosa de encima, para luego sorber
un bocado de pan remojado. Mira el reloj y acaba con todo a la volada; recoge
las cosas y barre con su mano las migajas de la mesa; se pone a lavar la tazota,
el platito, la cucharita, el cuchillo, los escurre y los seca con un mantel
pequeño; guarda cada utensilio en su sitio, el Kirma en el repostero y la leche
y la mantequilla nueva (de nuevo) en la refrigeradora, sus pastillas en el cajón
de la derecha, guarda el individual que ella misma tejió a crochet y tapa la
bolsa de pan con un pisito bordado de flores. Luego, sale con una bolsa de compras
al mercado, pues no vaya a ser que esta noche vuelva el pobre ladrón y no
encuentre nada para que lleve de comer a su familia.

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