
la inmortalidad del mosquito
perdura en el porvenir de una manzana
o de un plátano mosqueado
agiliza sus alas
tenues más allá de cualquier viento
ventarrón o ventisca
de olla al plato o en el tacho de basura
suelta sus pedos de angustia y remilgo
sobre la caca del perro en el parque
y se asusta de terrores
en un instante de sinsabores
frente al ataque certero de un manotón
cargado de un matamoscas
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