
Ella se lo dijo luego de los pinchazos, los barbitúricos y los humos mezclados, mientras se palpaban calatos luego de haber fornicado una vez más. Él solo la hizo a un lado, se vistió, el jean el polo las zapatillas y hasta se olvidó los calzoncillos, y sin decir ni un carajo, se marchó. Abrió la puerta, ella detrás de él, exhibiéndose, desconcertada, y hasta si se quiere casi impertinente en ese momento, le jaló del polo y él solo media vuelta y le estampó tremendo cahetadón a mano abierta, y al suelo, y sin remordimiento alguno empezó a patearla, la cabeza el culo el vientre, la sangre. De la agitación, parecía un toro endemoniado, sudoroso, pasó el brazo y mano por su frente, alzó pie derecho y pasó encima de ella. Como siempre, él se fue otra vez…
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