
Benny Blanco mató al último de los morriqueños, Carlito Brigante, su ídolo y admiración, y desde ahí se convirtió en historia de la leyenda. Aunque desde antes ya era conocido, había empezado con unos pases que le crearon algo de fama, muchos billetes y mujeres que le rodeaban adonde iba. Regentaba su propia firma y actuaba con pasos seguros y mano firme. Quería ser el mejor, deseaba su propio imperio y mejor destino.

A unas calles de allí, en la funeraria de la calle 109, velaban el cuerpo inerte de Carlito.
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