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EL SUEÑO DE HERMELINDA

(recomendación para leer esta nouvelle: copiar el texto en word para no marear la lectura con la letra blanca y el fondo oscuro)

“En estas regiones cálidas de las noches galvánicas, de las selvas impenetrables, hierven innumerables organismos; se diría un mundo subterráneo, por lo denso de sus entradas sesámeas. En tales espesuras se descubren nuevas formas animadas.”
(José Ma. Eguren)

“Ella durmió
Al calor de las masas
Y yo desperté
Queriendo soñarla
Algún tiempo atrás
Pensé en escribirle
Que nunca sorteé
Las trampas del amor”

(Soda Stereo)

Ella, era una mujer atrapada por su pasado. ¡Suéltame, Pasado! Corría huyendo, corría por calles y avenidas y también corría olas. Se corría unos tremendos olones. Era local de las playas del norte. Hasta que un día se cansó, se hartó de correr y se detuvo. Se paró en una esquina y esperó a que el semáforo cambiara de color. Se quitó sus tacones altos y los arrojó muy lejos y en distintos opuestos; se masajeó entonces por un breve tiempo sus piesecitos pequeñitos, sus deditos sin honguitos y cada uñita sin cochinadita; luego esculpió su ondulada cabellera al agobiante sol, y siguió esperando un cambio. Pero el cambio nunca llegó, y ella ya tenía casi una hora y cuarto esperando y se encontraba pues bien aburrida. El semáforo se hallaba malogrado desde hace muchisisísimos muchisisísimos días, pero a nadie se le había ocurrido avisarle en ese instante y menos en ningún otro. Y, para colmo de males, no había un solo policía de tránsito: todos se hallaban de vagaciones. Habían tomado un tour a una de esas islas muy exóticas que hay por allá más allacito del Aeropuerto De los que solo llegan, y hasta ahora no regresaban los muy prófugos. Y todavía, el Pasado ahí, detrás suyo, jalándole de la faldita. Por eso, para que no la jodiera más, volteó su mirada, y también todo su cuerpo, y se le enfrentó. Le mostró sus larguísimas uñas que hacía rato se las había desesmaltado –y que para ese preciso instante dieron la impresión de ser unos filudos colmillos de cocodrilo anestesiado– y no le dijo nada. Por eso quizá el Pasado no se fue nadando; qué se iba a ir nadando también si no sabe nadar; sino, más bien, se marchó agazapado, arrastrando sus piesezotes como bailarín de tap juanetudo, y ocultando, sabe algún dios por dónde, una mirada, más que vengativa, truculenta y más o menos siniestra.
Ella, Hermelinda se llama, por el vals ese que dice Acuérdate Hermelinda, Acuérdate de mí, se acordó pero no de sí misma –ni de ti ni de mí tampoco- sino de la tetera con agua que había dejado para que hirviera, pero que a estas alturas del relato hace tiempo no solo ya habría hervido sino también evaporado. Y quemado la tetera, también, y también, por supuesto, la cocina, la sala, el dormitorio, el baño, todo el departamento Setenta Ge, todo el piso setenta, todo el edificio número trece del Complejo Habitacional… Bueno, creo que ya mucho, no? Los vecinos ya han de haber apagado el fuego, pensó así Hermelinda. Por ello no volvió a tomar su cafecito. Ya no, pues, ya no se sentiría en esa casa –su casa– una persona ilusa pero muy muy triste a la vez. Por eso no regresó, porque qué podría valer una vida sin una taza de café. Un café negro, negrísimo y amargo, como la melancolía de un alma impura y encerrada en días que ya fueron, con olorcito a naftalina y que sigue y persigue y también jode, mucho, muchísimo.
Dio quizá unos cuantos pasos, cruzando a la otra acera mismo sapito de Atari, y se sintió cansada, muy muy cansada. Dejó su cuerpo caer, desparramarse como cualquier cosa, como por ejemplo marioneta a quien le han cortado los hilos, y se quedó echada, echadita. Durmió largo y extendida. Durmió tan rico, pero tan rico, como un bizcocho grande, grandote y dulce, muy dulce y esponjoso, y con chispas de chocolate y azúcar en polvo encima. Tan bien durmió en esa acera dura de pasos y de inclemencias que hasta se dio el lujo de soñar. Y todavía en este mundo donde se encuentra terminantemente prohibido soñar. Siempre llegaba a su casa, temprano en la mañana o pasado el mediodía –eso depende, y tomaba una tacita de esas de adorno de sala repletita con café bien cargado. Luego, dormía. Se echaba en su cama de veintiséis colchones de cartón mojado, trepándose al más puro estilo que cualquier alpinista ciego, y caía rendida, como con un k.o. de boxeador amateur. Aunque durante sus horas de descanso no descansaba realmente, porque dormía mismo obrero endeudado. Se tapaba con sus sábanas negras y huecas y remendadas y se volvía a destapar al ratito, volteaba la almohada buscando la frescura de las plumas de pelícano pero nunca la encontraba, se iba para la derecha para la izquierda y para arriba y para abajo, de diagonal, bocabajo bocarriba, pero nada de nada.
Ella, entonces, ¿nadaba entre insomnios?, preguntó alguien que pasó por ahí ya de mañana y dirigiéndose seguramente a su trabajo. Y ¡sííííííí!, pues le respondieron al unísono en coro de tragedia griega todos los que por ese instante se hallaban pasando entre las calles Adams y Azul, ahí cerquita al Castillo del Rey, frente nomás del edificio del Sindicato de Profesores sin alumnos y Alumnos sin profesores, en la puerta misma del Edificio Burocrático de la calle Azul.
Y soñó. Soñó que soñaba. Soñó horas; qué digo, días. Soñó a que no despertaba.
Algunas de las personas que pasaban por ahí la reconocían. Si es Hermelinda, decían. Ay, pero qué sucia que está, debe ser la intemperie; y un perro se codeaba con piernas y rodillas que ya habían formado un tumulto alrededor y levantaba su patita y la meaba; a veces le caía en la cara y se mezclaba el orine con la babita que le chorreaba por un costadito de su boquita de caramelo de menta. Y ella, igual, sin querer, sin poder despertar.
La gente por eso se compadeció o no sé qué. Tal vez Hermelinda representaba ya una especie de lunar feo para la sociedad, uno no muy grande ni uno muy pequeño, por cierto, pero sí notorio, y carnoso y peludísimo como tarántula en penitencia, y a la vez negro, negrísimo como el café que siempre tomaba y que en cada sorbo le daba la impresión de verse reflejada en la inmensidad de un mar nocturno en apagón y sin estrellas, un lunar pues como de bruja vieja y arrugada en un rostro para nada angelical. Por eso, para que no contrastara con los colores comprimidos de la ciudad, un día apareció por ahí una delegación del Ejército de Limpieza con baldes repletos de agua y jabón y también con toallas. La desnudaron y la bañaron ahí mismo, en el cruce de la segunda de Adams con la segunda también de Azul. Le quitaron su vestidito rojo pasión y le enjuagaron por todas partes: por detrás de las orejas, por la nuca, por la espalda, la cintura, el ombligo y hasta le acariciaron como en los otros días nomás, como en los tiempos que pertenecen al Pasado, que se había disfrazado con el overol característico del Ejército de Limpieza, que, apenas se dieron cuenta que ese enano mañosón no pertenecía a la delegación, lo mandaron a rodar bien lejos, como quien arroja una bola de bolos y la estrella contra los tachos de basura que siempre se hallan al final de todas las ciudades.
Y bueno, al término del día, con los colores dispersos de un atardecer púrpura hoguera, Hermelinda se halló impecable, casi reluciente, y hasta se le notó un brillo, quizá de gratitud, en su sonrisa. Se le vio buenamoza, guapachosa, pero no guapa guapa, porque Hermelinda nunca fue una muchacha guapa ni mucho menos linda, nunca fue la simpatiquita del barrio, tan solo una chica apetecible y nada más, agraciada con ciertas curvas de desierto voluptuoso y con un rostro que fácilmente podía olvidarse. Pero desde aquella vez, y más precisamente desde que se quedó dormidita en la acera, nunca más se la pasó como detective privado encubierto, ocultando su simpleza. Sino más bien quedó ahora sí como un lunar sexy de alguna modelo o actriz de moda, de esos que andan por ahí junto a los moldes de unos labios sin carmín.
Quedó vestidita, arregladita, y con el overol bolsacho que le pusieron los del Ejército de Limpieza antes que se marcharan. Limpiecita, fresquita, y con unos toques de agüita de colonia para después del baño; muy fragante, pero un poco flaquita, demacradita en esas facciones que no lograba disimular ni con los polvos ni colores con que la habían dejado maquillada.
Y fue su madre quien se dio cuenta de aquello. La madre, siempre la madre, siempre son ellas las que se percatan de las nimiedades en la naturalidad de todo lo infinito, las que dicen esta está con los ojos rojos, saltones, el cuerpo hecho pellejo; no estará, acaso, drogada?
No, señora. Su hija no es una drogadicta. Aunque bien lo parece, no? ¡¿Qué?! No, no, nada, nada. Ah, ya… Uf, felizmente… qué susto. Lo que sucede es que Hermelinda tiene horas, qué digo, días, semanas, sin comer, sin tomar siquiera su pobre cafecito.
Y como siempre, también, las madres, las que dejan de llevarse algo a la boca por dar a sus pichones, separó bien sus maxilares y empezó a engullirle galletas de animalitos, las mismas con la receta de las galletas de la suerte hongkonesas y con antiguos cuentos prohibidos dentro. Se las embutía y jugaba con su mandíbula de arriba abajo bien rapidito, rechinándole sus dientecitos con cada bocado, y dándole sorbos de algún líquido que le pasaron muy bondadosamente por ahí, porque cuando le quiso dar de lactar de su teta no le pudo salir ni un chupo; le empinaba la cabeza como soldado herido en el último sorbo de la cantimplora y, Hermelinda, pasaba nomás, sin ahogarse, sin atragantarse, sin dar luego un último suspiro.
Y a partir de esa fecha, al otro día, y también los demás días, hasta donde pudo, la madre de Hermelinda llegó con la exactitud de un gallo turuleco a darle de sus alimentos a su pobre hijita. Desde su covachita que lindaba con el Muro de los Lamentos, al pie de la Montaña Telúrica, llegaba la viejecita en el tren de las seis y cuarto de la tarde, cargando unas pesadas canastas de paja que le dejaban marcas en las manos; sacaba unos ollones humeantes y muy guisados para el olfato y los sabores, le servía a su hijita –que mal que bien todavía lo seguía siendo- en un plato hondo, blanco, con bisel azul, y le daba de comer con avioncito a chorromotor, pero Hermelinda, ni así saboreaba, tan solo pasaba nomás, nada de ñam ñam ay qué rico, la comida le resbalaba como tobogán de piscina sin agua y más o menos una hora y cuarto le duraba la digestión y ahí nomás el Comando Conjunto del Ejército de Limpieza aparecía para acomodarle una bacinica y limpiarle con papel higiénico por donde se hubiese hecho.
Ah, de paso, la viejecita se puso a vender mismo ambulante de feria: rachirachi, anticuchos, pancitas de crustáceos, mollejitas de pollo, bofe, hígado, cúcaros fritos, mondongo, tripa, tripita y suris selváticos a todos los mirones a quienes la barriga les sonaba como a tambores de hojalata en rituales sin eco.
Y ahora sí, a Hermelinda se la veía guapachosa, linda. Aunque todavía no muy hermosa. Le faltaba un poco, un poquitito. Pero aunque sea ahora se la veía rosadita, como rosita para el día de la madre, cachetoncita, con mucha gracia, con mucho salero, con mucho swing; mucho mejor que en sus más sobradas épocas. Si hasta dormía con una sonrisa tan ancha pero tan ancha como faja de elefante en dieta. Dormía pues con un rostro de muchacha satisfecha.
También llegó por ahí su papá. Llegó dejando sus labores cotidianas y con la amante del día del brazo, y, también, con los catorce hijos de esta que se mantenían cogiditos muy fuerte de la mano en fila india para que no se perdieran, porque ya era tanta la gente que iba llegando con la noticia de que había una mujer que tenía ya un verano durmiendo sin poder, y sin querer, despertar, que si uno se ponía a buscar una aguja se iba a dar cuenta al desesperanzarse que no era más que parte de un pajar.
Venían de todos lados, de todos los rincones y recovecos de la ciudad, desde el Bosque Country llegaban los duendecillos tardones y hasta de las Cloacas Subtes aparecían los príncipes que alguna vez supieron vestir trajes azules muy a la medida, las damiselas que ya se hallaban gordas y muy viejas y demasiado feas, las hadas madrinas que no tenían ya ningún ahijado por estos lares, los héroes calatos con espada de madera al cinto y alguna que otra reina muy henchida de amor perdido. Las brujas revoloteaban desde El Mirador de la Montaña Quietecita (y un poco atrasadita pero muy adelantadota) en sus aspiradoras inalámbricas, y los gigantes de un solo ojo llegaban trepados encima de cualquier tren que pasara por ahí, chucuchucuchucuchucuchú y jalaban el silbato al bajar a la carrera. Igualmente, aparecieron por allí un par de sirenas en representación de todas las demás, llegaron nadando hasta la playa y continuaron contra corriente de la desembocadura del río Negro, cruzaron a codazos los meandros tumultuosos y por ahí a la Plaza Chin Chin, torneándose y aleteando siguieron por las alcantarillas de la Calle Azul hasta la esquina más popular. A su paso, intentaron cirear con cantos melodiosos al Caballero del Rey pero este no les hizo caso, tenía cosas más importantes que hacer, como por ejemplo, descascarar los huevos de avestruces cojos que ya no podían empollar.
En fin, ya casi toda la ciudad se hallaba presente, rodeando a Hermelinda –pero los Subtes solo un momentito, echaban una miradita y se iban; no eran ningunos chismosos, tan solo curiosos, nada más- se amontonaban y se quedaban ahí, mirándola, apreciándola, ya muy pegados ya, todos embobados, con la baba colgada hasta el piso, la boca abierta y los incisivos secos, y la mosquita que verde leva entre los olores, distraída y azuzada, como por una cueva con estalactita se choca contra las amígdalas, tose, escupe, y se aviva de su ensimismamiento para pasarse a otro, ingenuo, mirando, preguntándole que cómo podía ser posible que durmiera tanto y no lograse despertar siquiera para un leve bostezo. Pero, Hermelinda, no contestaba, estaba dormida, pues, no? Y ella no es de las que habla cuando duerme; qué va, eso es para los sonámbulos con doble lengua albina.
Ella, se encontraba dormidita, tan dulce, tan tierna, como el sueño de un bebé. Y ellos –la gente, pues- haciéndose preguntas. Y algunos hasta se respondían, ah; pero siempre incongruencias. ¿Qué soñará?, era lo de siempre, y se ponían a mirar el cielo como si ahí estuviese escrita la respuesta; miraban con la cabeza virola y el cuerpo rígido como de santo en rezo; pero nada tampoco, nada de nada, ni siquiera una iluminación que aguzara la curiosidad; más bien, eso sí, cayó una lluvia más o menos insípida, una garúa como chisguete de carnaval pasado; y cayeron, también, las hojas de los árboles pomposos, junto con húmedos resfríos y con las despedidas de las últimas caquitas de palomas retrasadas que se iban para el norte. Es decir, cayó el otoño y el cielo se tiñó de gris. Ah, también cayó un viejo con unas alas muy enormes; pero eso pertenece a otra historia, esa harina es de otro costal.
El tumulto desapareció en un dos por tres igual a seis, con la velocidad de una locomotora, y Hermelinda quedó sola, solita otra vez, sola como la propia Soledad, que esta vez le vino a hacer compañía y a cuidarla muy bonito, casi casi como una linda enfermera de Calcuta. Le acomodó pañitos de bórico por donde los recuerdos de la erisipela habían dejado su huella y le cantó arrullos de ensueños a la hora de quedarse dormida a su lado –porque lo que era Hermelinda bien dormida que se encontraba. Le untó luego, otro día, trementina en polvo a la hora de lavarle la cabeza y le quedó suavecita como la seda y obviada de todo pasado, suavecita como turrón de la avenida Tacna y, después, le enjuagó con champú de hierbas naturales y con reacondicionador de zumos vegetales, le fue cortando los pelos hasta la altura de sus hombros y le fue pintando también unos rayitos luminosos. De paso le hizo una manicure y pedicura, le cambió sus mudas cochinas por un vestidito azul marino chiquitito y muy coquetón, un tanto escotado; y, finalmente, maquilló solo algo su rostro porque como recién había acabado el verano se hallaba muy bronceadita –también, si se encuentra al aire libre, y expuesta al sol, a los rayos ultravioleta, bajo el hoyo de la capa de ozono, totalmente a la intemperie– y ya muy muy hermosa. Dormía con su brazo como almohada y su rostro bocabajo, su cutis parecía que llevaba la tersura de una mar serena, con pecas sexys como islitas en la inmensidad de su espalda; me quedé observándola y ella tan solo dormía; Buen trabajo, no?, me dijo entonces Soledad, y me pareció por un momento –por un breve instante nada más- que todavía llevaba consigo ese orgullo de hada madrina que siempre saben guardar los Subtes como melancólicos adioses; pero no, me equivoqué, me entregó una tarjeta con su número telefónico por si necesitaba alguna vez de sus servicios y se marchó; se acomodó su chamarra de muchos cierres, se ajustó su casco de Hormiga Atómica, y de un gran salto encendió su moto: una motazo: una verdadera Harley-Davidson de exhibición. De pronto me quedé solo y la vi, la contemplé, la admiré, y me enamoré, mucho, muchísimo. Hermelinda: aaaaaaaaahhhhh. Pensé entonces que sí se puede vivir en un sueño, y por siempre. Me acerqué con un paso y luego con otro, la veía y no lo podía creer, un autógrafo pensé –es que ya es tan famosa- pero no, no, qué idiota, caí más bien rendido a sus pies, arrodillado, y me puse a acariciar la ternura de sus piesecitos cuasi limeños, muy suavecitos, subí por sus lindas piernas donosas, muy perfectas, subí por su espaldita descubierta y sus pequitas y lunares me volvieron loco. La besé, la besé, y desperté. Una multitud de reporteros me rodearon, me hicieron a un lado y finalmente me despojaron de la ilusión. Pero qué maldita mala pata. La realidad, las libertades de una simple realidad, Esta realidá tan pos realidá, ‘mano, y órale, Juárez, Poh Poh!, un par de balazos y el bigotón haciéndose presente en la narración, tan fugaz y tan así como muy repentino, dos disparos y ay, mamita, mi ilusión, la realidad, la bendita realidad.
Entonces todos los periodistas llegaron y yo ya no me hallaba más junto a Hermelinda, mi musa. Simplemente llegaron e hicieron toda una revuelta alrededor de esta realidad que se estaba volviendo ya loca pero de remate. Porque los ambulantes del mismo modo se asomaron y todo –todo– remataban; Llévese dos por uno: uno, llévese tres por dos: seis, gritaban e iban ofreciendo, eufóricos: rollos de cámara de aro veintiséis veintiocho, aguja e hilo, gaseosas, pulitón, maca, manteca de tiburón, válvulas puddens, kiwicha pop, mariposas disecadas y tecnicolor, sánguches de pollo, caballitos de totora, calzón con berrinche de Hermelinda, frutas exóticas, tunas peladas, pilas, linternas, quinua, calendarios, emoliente, pan con torreja, noticias, obleas rellenas con maní, naipes, caramelos de limón y, qué más, fotos, suvenires, todo, todo de todo tenían y vendían estos bazares andantes de suelas gastadas y pantalones roídos.
Bueno, la cuestión fue que los periodistas llegaron y nadie sabe cómo es que se enteraron, nadie. Es cierto que ya mucha gente –demasiada ya- venía y se quedaba a mirar a Hermelinda. Todos hipnotizados, imantados. Era ya vox populi lo de la muchachita en la acera, la que con cada sueño que soñaba se volvía más más hermosa. Pero nadie da razón o desea levantar la mano para decir yo fui, yo soy el vocero, yo soy el chismoso, a ver, línchenme, pues. Porque hubiese sido mejor guardar el secretito en el silencio que no sabe guardar el papel. La noticia llegó a los medios de comunicación –aunque primero a la redacción de deportes- y ahí nomás les pasaron la voz a los corresponsales más cercanos para que se apersonaran hasta el mismo lugar de los hechos, con cámara al ojo y micrófono o lápiz en mano según el caso, y joder… perdón, digo, preguntarle a Hermelinda que cómo era posible que no lograse despertar después de tantos meses, que en qué soñaba, que cómo se le había ocurrido descansar en esa esquina y no en otra, que si se encontraba saliendo con alguien últimamente, que si le quedaba algún diente de leche, que si no era mucha molestia invitarla a tomar una tacita de café y etcétera etcétera tetera ya bien quemada.
Hermelinda no les contestó tampoco a ellos. Se encontraba dormida, pues, no? Ay, pero qué babosos. Y por eso no les quedó otra que entrevistar nomás a los curiosos que regresaron apenas vieron a Hermelinda por televisión o en alguna primera plana colgada en el kiosco de paradero. Buscaron bastante y encontraron a sus familiares, a sus allegados, a los ayayeros, a los que le echaron ojo alguna vez, y hasta a los que le echaron mal de ojo alguna otra vez también. Lo gracioso es que todos dicen ser lo uno y lo otro, o lo otro y lo uno, y por tal motivo les hacen un reportaje a cada uno; qué más da, si hasta los Subtes que nada tienen que hacer en el rollo Kodak saldn sonriendo y platicando de lo más animosos.
Charlaron con su madre, a la hora del arrebol, y fotografiaron cada bocado, cada sorbo, que ella le servía a Hermelinda, y como chiquita, la viejecita buscaba pajaritos en los clics sin sus dientecitos de leche. Entrevistaron también a su padre, vestido impecablemente de albo holgado, con su crucesota de oro bajo su único pelo en el pechazo de dios griego medio camionero medio llenador de techo (tiene un tatuaje de la Sarita en el pecho); lo grabaron cuando contaba los momentos que nunca habían sucedido y los que sí deseaba narrar. Además, interrogaron por otro lado a las amantes de cada día del padre, y hasta con algunos hijos de estas, que recién conocían a esa desconocida a la que nunca habían conocido, con sus compañeras de labores, de ajetreos, y hasta con el bendito Pasado, que supo muy bien colarse entre los rostros que pugnaban por mostrarse a las cámaras. Felizmente hubo una mano que apareció de repente y lo sacó de un certero empujón en la cara a ese petiso gordinflón, misma cachetada de payaso. Fuera de acá, cara de asco.
También conversaron con Upa, el unicornio que tenía como mascota y mejor amigo en la época de su niñez, y hasta le llegaron a hacer un reportaje –fíjate nomás. Lo localizaron en su tierra natal, al otro lado del amanecer, donde se quedó a radicar con sus parientes olvidados luego del cumpleaños número once de Hermelinda, cuando después de cantarle el Happy Birthday to you a la niña, esta sopló las velitas de la torta de zarzamoras y fue corriendo a encerrarse al baño. Se levantó el vestidito floreado y se bajó el calzoncito de bobos bolsachos. Se sentó en el trono y esperó. Parecía toda una princesita, con su vestidito rojo floreado que le había cosido la abuela antes que falleciera y con una corona de cartón sobre su cabecita. Se quedó quietecita, sentadita, y esperando lo que andaba esperando, porque había sentido que se le venía así tan de repente. Y se le vino pues todo. Chorreó poquito pero con fuerza; sintió calorcito y friecito a la vez, y dolor también. Echó ojo tras sus fustes y se dio cuenta entonces que no había orinado, se dio cuenta que era sangre el bolondrón ese del inodoro, se dio cuenta también que no se había cortado por ninguna parte porque simplemente no hallaba dónde ponerse la vendita; y se dio cuenta además, antes que se echara a gritar, chillar y hacer su pataleta, que su papá les abrió la puerta a todos sus amigotes, porque la fiestecita de infantil ya no tenía pues nada de nada.
Upa se fue también, metido por ahí entre los muchachones del ayer y las muchachitas de siempre que iban ya saliendo, se fue andando por las calles coloridas con la misma soberbia que cualquier equino cachudo y no arrojó siquiera una sola lagrimita, solo lanzó su sombrerito de fiesta al aire en un relincho nostálgico y se fue yendo hasta quedar oculto por medio del Bosque Country.
Pero ahora, mírenlo ve: sale por televisión, canta en todas las radios de la región, su foto aparece en todas las tapas de las revistas de moda, y todavía, se da el lujo de firmar autógrafos… bueno, de estampar su huella en hojitas de carta de Hello Kitty. Pero ni siquiera cuando se acercó a ella para lamerle el rostro, ni cuando le hincó –muy despacito- con su cuerno, Hermelinda logró despertar. No, pues, no había nada más qué hacer, a Upa se le fueron sus quince segundos de fama y Hermelinda más bien se acomodó buscando una mejor posición.
Hermelinda dormía, quietecita a veces, otras, se movía aunque sea un poquitito, pero siempre en su sitio, muy sosegadita, sin preocupaciones de ningún motivo, como pastrulo por calles del centro, pegado a su suelo y a su sueño; nada de pagar la renta cada fin de año, nada de calentar la tetera, nada de sentirse observada, nada de saber que millones de pares de ojos –ojo, digo pares, porque los tuertos con legañas, los gigantes de un solo ojo, y a los que se les ha metido polvo al ojo, no ven, son ciegos, solo saben sentir- la observan, la contemplan, la curiosean, como antes, como siempre, desde el primer día cuando lloró porque la tuvieron que dar de nalgadas por calladita, por taciturna, por muy timidona como era cuando nació –no digo los años porque sino Hermelinda es capaz de torturarme hasta que la muerte haya de encontrarme; por ejemplo, podría quizá morir de risa, amarrado a una silla coja, con las piernas estiradas y los pies descalzos, y ella, ahí debajo, a mis pies, con una pluma de ganso coquetón haciéndome cosquillitas tersas; por eso no es bueno preguntarle a una mujer por algunas de sus discreciones, y menos presionar su edad; así que mejor no despertarla por esos asuntitos, no?... y… este… bueno, en qué iba?... Ah, sí, contando la historia… Hace millones de millones de años el hombre por fin pudo andar erecto, usar el pulgar, tener un campo de visión de ciento ochenta grados y… perdón, perdón, ahora sí, voy a contar: uno, dos, tres, cuatro… perdón, perdón, es la técnica, diré el ajetreo, ahora sí:- Hermelinda, en plena sala de controles del Aeropuerto De los que solo llegan, salió de la panza de su mamá y lo primero que vio fue las luces intermitentes del mando de operaciones y el radar dando vueltas, mirando todo de cabeza, porque el capitán que fungió de partera la sostuvo como merlín en exhibición de pesca, y ella, tan calladita, tan timidona e inconsolable, se chupaba solo un dedito.
Y la madre, bueno, la madre, no sabía qué ocurría, no sabía qué se encontraba haciendo por allá, con decir que ni sabía qué cargaba en la barriga; simplemente sintió dolor, y respiró con más ímpetu y rapidez y sintió como que algo dentro de su ser, dentro de su barrigota que se le había hinchado y tenía soportando ya siete meses, tenía que expulsar. Y no era ningún pedo. Entonces, gritó, chilló, y se alocó. Bueno, ya estaba loca. Se tiró en cualquier mesa y abrió sus piernesotas, porque eso le dijo el capitán que hiciese luego del par de bofetadas con reveses que le propinó, y pujó. Pujó tanto tanto que Hermelinda salió oliendo a pichi de gato. Cortaron el cordón que las unía y bañaron a la pequeña en el lavabo del baño de hombres –ya que el de mujeres se hallaba descompuesto, se encontraba muy mal el pobrecito. Hasta ese momento Hermelinda muda, contemplativa. Ah, me olvidaba, recordó pues el capitán y le dio unos cuantos palmetazos. Y Hermelinda recién lloró ahí; charquitos inundaban el suelo con gotitas de su llanto, chillaba harto, y por eso la entregaron a los brazos de su madre para ver si así se callaba, porque chillaba tanto como si le hubiesen dado una golpiza de esas de borracho espeso que no quiere pagar la cuenta. La señora, felizmente ya más calmadita, le dio su pecho mientras veía cómo aterrizaban y despegaban los aviones, hasta que la urgencia y cargosidad de cobrador usurero que tenía el capitán le hizo perder sus casillas no tan habituales y la hundió en el más profundo silencio de melancolía impura, enferma tengo el alma y herido el corazón, mirando tras los cristales empañados tu rostro peregrino refleja en su cristal una lluvia que apareció de repente y una noche que oscureció así también sin un por qué –tal vez para la toma, no?, para la damisela que mira sin mirar y para el capitán que pregunta y, señora, ¿qué nombre le ponemos a la niña?, y como entre nieblas, la ventana, y el otro, vamos, piense uno, yo me llamo Agustín, el capitán Agustín Lara, piense, Agustina quizá, ¿no?, no mire el calendario por favor, vamos, porque no tardaba en irse a pilotear su Decediez el hombre y toda su tripulación. Pero el vals sonaba por una radio a pilas, para calmar la duda que tormentosa crece y la madre, mirando sin mirar, escuchando sin escuchar, pero oyendo como muy muy a lo lejos, “Acuérdate Hermelinda, Acuérdate de mí”. Y así quedó pues: Hermelinda, sin ton pero sí con mucho son.
La gente ahora sí no abandonó la vigilia, seguían más bien más tercos que abuelo con rabieta. Todavía, algunos –que con eso sí que se pasaron de la raya que no había- se hallaban tan pero tan cerquita de Hermelinda que hasta le pisaban con un pie, con otro, mismo héroe con bandera para la figurita, como subiendo un escalón, un peldaño, como queriendo ver de un poquito más arriba todo, o como sin querer queriendo también le pisaban una mano, una pierna, el ombligo, una teta… (N.A. Ese fue el mañosazo del bendito Pasado).
Por eso, y más por razones estrictamente reales, el Ejército de Limpieza tuvo que rodear a Hermelinda con polvitos de cebolla sin olor para que no terminaran por arrollarla. Una circunferencia de noventa y cuatro dedos meñiques con la uña larga del pie izquierdo del Rey era el diámetro oficial y nadie podía traspasar. Un delito mayúsculo: la muerte el que por ahí ostentara cruzar la línea demarcadora: Oh, sí: la horca, calcinamiento o el tumbacráneos en medio de la Plaza Chin Chin, y mirando a la Catedral de Endenantes, para ver si así se puede aguardar ojalá un último perdón de algún dios bondadoso, así como manda la tradición, así como para hacerlo más benévolo el asunto, porque lo que es el Rey, ni hablar, como mudo, esperando nomás a que su Caballero le toque el timbre y le deje en alguna puerta la fuente que él tanta degusta: las aposentadoras del sentenciado al carbón, con papas fritas, ensaladas, todas las cremas, y para tomar?, un cáliz con la sangre bien caliente. Y como siempre, irrevocable en todo lo que dice, o no dice, Rey como cualquier Rey, pues.
Aunque una noche, dice él, así me contó la vez pasada en una de esas partidas de póker que tenemos muy de vez en vez, y que por cierto, me ganó también en aquella oportunidad, que ya se había percatado de todo lo que pasaba, sí, de todo, de toditito toditito, desde el cuento ese de la abejita que le pica a la mamá y que luego de nueve meses a esta le revienta su barrigota para que le salga un lindo bebito, hasta el cuento que le mete la esposa al embajador de Nueva Zelanda para irse a tomar café con el bongosero de la Orquesta Sinfónica de Londres que por ahora está tocando en el Teatro de las Ilusiones Perdidas. Había visto a la gente, me contó el Rey, en total vigilia, pero no sabía el por qué. Caminaba por la azotea de su castillo en uno de esos paseos nocturnos cuando el insomnio ya no sabe por dónde andan las ovejas, y se quedó mirando, dice, de un momento a otro con dirección sudeste: las sombras se encendían y apagaban como velas litúrgicas al compás de las lluvias andróginas. Entonces se preguntó –para sí mismo nomás, pues se halla solito, y con frío, y con miedo y valentía de viejo decrépito, senil y muy demente– qué pasa ahí, cariño. Miró luego al otro lado, al noreste, y el otro Edificio Burocrático, el de la Calle Del Medio, se hallaba igual que siempre, sin novedad en el frente, ni en la retaguardia, ni por ninguna parte. Miró de nuevo entonces el mismo Edificio Burocrático que había visto de un momento a otro pero en el otro momento, el de la Calle Azul, y sí, algo pasaba. Miró luego el otro, y de ahí el otro, así unas veinte o treinta veces, no recuerda bien, pero ahí estaban, los dos Edificios Burocráticos, frente a frente, alrededor de la Plaza Chin Chin y junto a la Catedral de Endenantes y al Castillo del Rey, en las intersecciones, los edificios de la Biblioteca de Lenguas Babélicas, el Museo del Mañana, el Sindicato de Alumnos sin Profesores y Sindicato de Profesores sin Alumnos, y el Correo, me contó, así, que una no muy muy lejana vez, un arquitecto pichirruchi le fue mostrando en su imaginación la total alucinación de un mundo tan parecido a un sueño, montañas, nevados, un bosque, una extendida playa, una isla, un desierto, cielo, edificios todos gigantescos, gente, vida, y mientras, el Rey, atrás nomás de una ventanita de uno de los portones-puente, le escuchaba mientras ojeaba el catálogo que le iban mostrando.
El arquitecto… de nombre… este… ¿se llama?... ¿su nombre es?... esteeee… es un tal… bah, no recuerdo, qué más da también. Lo que recuerdo es que –y muy bien- el tal arquitectucho ese se hallaba caminando por ahí después de cruzar el Bosque Country y de repente se encontró pisando cráneos y huesos que pronto se hubieran convertido en olvido a no ser por el foquito que se le prendió encima de su revoltosa cabecita de pelos disparejos, y pensó pues entonces, un cementerio. Y la cuestión era que no había cementerio alguno por ahí, ni una tapia siquiera, mucho menos alguna piedra negra sobre una piedra blanca, la cosa nomás era que simplemente él había pensado en construir en esa zona de arenas gélidas un camposanto.
Echó un vistazo alrededor y se halló solo con un gran gran castillo bien al fondo casi como un espejismo. Uno de un estilo muy medieval en los primeros tiempos del precerámico y demasiado gótico también en lo más clásico del kitsch, por cierto, tirando un poco a lo muy moderno y otro poco a lo muy tribal; o sea, un mamarracho de castillote más solitario que lobo aullando a la luna, entulado de arenas libres en los vientos de los mil demonios, y magnificente y muy como aparte y en su nota como cualquier escultura de museo. El Castillo del Rey, rezaba en grandes tubos de neón encima de cada uno de sus cuatro portentosos portones-puente. Por el Oeste, no tan lejano, el mar baña las orillas; llegando por el Sur encontramos la bahía voluble, que con el paso del tiempo se mandó a edificar allí el Aeropuerto De los que solo llegan, y las islitas exóticas que andan alrededor; yendo para el Norte el agua se vuelve bien pero bien brava, lo pobladores andan con chavetas en sus bolsillos traseros y algunos con anzuelos en los pulmones, las olas son de siete u ocho metros en bajamar y de quince a treinta metros en pleamar; por el Este cruza una cordillera: dos montañas, la Montaña Telúrica y la Montaña Quietecita (y un poco atrasadita pero muy adelantadota), y tres nevados, el De la Derecha, el Del Centro y el De la Izquierda, dando cada uno origen a tres ríos: el Amarillo, el Azul y el Rojo que desembocan en el Río Negro que pasa por las alcantarillas del Castillo del Rey.
Más allá, fuera de los límites de este mundo, o sea más allá del Desierto Olvidado, nadie sabe, nadie más conoce. Aunque se paran diciendo cada cosa…
Después, el pingajo del arquitectucho ese le fue construyendo todo un pueblo en miniatura, una maqueta que fue montando con los cachivaches que iba sacando de su morral, mientras, el Rey, embelesado totalmente, igual que pordiosero en la vitrina de una pastelería, miraba todo con ojitos saltarines, y hasta se llegó a entusiasmar tanto tanto con cada cosa que este le iba ofreciendo que hubo un momento que ya no pudo más, ya, ya, no más, por favor, pidió clemencia. Toma, le dijo, y le entregó una moneda de oro que sacó de uno de sus calcetines. El arquitectucho mordió el metal y salió corriendo de regreso al Bosque Country, a intercambiar el oro a los duendecillos tardones.
De ahí, con los materiales suficientes, se erigió la ciudad: de quincha y barro y lunas polarizadas.
Y bueno, el caso es que el Rey ya nunca más se la pasó aburrido, contando los segundos exactos que podía durar un atardecer. Sino, pudo ahora sí contemplar un pueblo –su pueblo- y las vidas que acá pueden habitar y convivir. Como aquella vez, que se hallaba saltando y empinándose desde un rincón de la azotea por saber qué es lo que pasaba con esa muchedumbre. Telefoneó a su Caballero y le preguntó Qué pasa, cara de ajo, mientras él seguía brincándose y encabritándose un ratito nada más porque ahí mismo sus uñeros le impedían seguir de puntitas y, pues, caía. Al otro lado de la línea el Caballero, Una joven, su Excelentisisísima Majestad, le responde, Se ha quedado dormida aquí, su Grandeza, desde el mismo lugar de los hechos, En plena vereda se ha quedado echadita, su Excelsa Señoría, absolutamente lisonjero, No logra despertar, Inminente Nobleza, casi indulgente, Y ya lleva así horas; qué digo, días, semanas, meses, y hasta va por la última estación, su… perdón… Excelencia… sí, sí, un, dos, tres, probando… debe ser el celular, no capta bien… tu tu tu tu. Colgó.
Suficiente, el Rey declaró no molestar a… ¿Cómo se llama la joven?... Hermelinda, su Magnificencia… sí, a Hermelinda, y nadie puede acercarse a ella sin encontrarse debidamente acreditado. Los salvoconductos pueden ser requeridos en el Edificio Burocrático de la Calle del Medio, en el décimo tercer piso, ventanilla ocho, quinta fila, detrás de los revendedores de cola.
Así, de esta manera, dejaron a Hermelinda casi en paz. Digo casi porque la multitud continuó rodeándola, atrás nomás de los polvos de cebolla sin olor pero ahí de todas maneras, junto con los periodistas que se habían agolpado en los edificios cercanos transmitiendo exclusivas y soltando clics a diestra y siniestra desde todos y cualquiera de los ángulos.
Ya a fines del invierno, ni con las últimas lluvias andróginas ni con el pesado frío de los mil demonios que soplaban con gran estrépito, los curiosos lograron marcharse. Seguían todos, desde el primero que llegó hasta el que no llegó segundo ni tercero ni siquiera cuarto, sino más bien fue el número algo así como trece mil y tantos, porque con el tráfico que se había armado en las calles por no haber un solo semáforo en buen estado y tampoco un solo policía de tránsito, además, por el barullo que está congregando Hermelinda, cualquiera llega último, hasta el mismísimo último, que no hace mucho acaba de arribar, cargar su equipaje y encaminarse hasta el lugar exacto donde indica el folleto de la agencia de viajes, para siquiera poder comprarse un suvenir, porque ya la vio que tomarle una foto va a ser más difícil que caminar por todo el Desierto Olvidado sin terminar con alguna ampolla en la planta del pie derecho; y eso que él había salido de su ciudad con la intención de ser el primer extranjero, pero como acabo de contar, no pudo ser; felizmente no se siente desdichado el hombre, porque ya no es último sino el penúltimo… perdón, fuentes migratorias me acaban de dar el último control de aduana, el señor de la camisa floreada y la cámara colgada al cuello es el antepenúltimo… perdón, una vez más, me rectifico, anterior al antepenúltimo… perdón, antes del antepenúltimo… perdón, ya perdí la cuenta.
En fin, los mirones eran muchos, muchos, muchos, y Hermelinda no hacía otra cosa que dormir, dormir, dormir, ooooooooaaaaaahhhhhh, muy pacífica, como banderita blanca flameando entre dos ejércitos, muy calmadita, como muñequita de niña a la hora de la siesta, reposadita, con los ojos pegados al ensueño, mirando –tal vez– a la fantasía. Sí, viviendo en otro mundo, con su vida en otra parte, en la imaginación, en la libertad. Nada de que hay que pagar el teléfono y al chino de la esquina. Nada de recoger agua de un solo caño y una vez por día. Nada de huelgas, nada de ir a gritar en medio de la Plaza Chin Chin con altavoces y pancartas, pidiendo mejores tratos, mejores salarios, mejores horarios, mejores colchones y más zapatones. Y el Rey, que no les hacía caso, sordo pero no tanto tampoco, pero sí muy viejecito, porque él siempre había pensado que los gritos que escuchaba como murmullos de piedras a lo lejos era un nuevo huaico de la Montaña Telúrica, y ante eso, telefoneaba de inmediato a su Caballero quien es el único caballero con una mesa redonda para él solito y le mandaba a seguir levantando con ladrillos el muro de alrededor de la montaña, para que así los pobrecitos de los vecinos que viven en las faldas no tuvieran más que devolver las rocas a la cima.
El siguiente huaico, uno de a de veras, trajo consigo el nombre del muro. Lo trajo escrito en un papel que quedó pegado a media altura, visible por ese entonces: El Muro de los Lamentos. Aunque no hace mucho, en un simposio sobre religiones, un arqueólogo manifestó que el nombre se debe al sonido que emiten las rocas al chocar contra la barda. Parecen lamentos, dijo, y luego nomás, lo apuñalaron por detrás, ay, nada más pudo quejarse el hombre.
Dormía profundamente, tanto y más que cualquier abismo negro y tenebroso, tanto así como el desconocimiento mismo, y también, como un café cargado y sin azúcar. Llevaba ya casi un año y ni siquiera un pequeñito ah como bostezo. Sería un año que volvería a ser de nuevo otro siguiente año y ella ni siquiera se daba cuenta. Y si no se percataba de aquello menos aún de lo que ocurría a su alrededor. Qué iba a saber que durante esas ocho millones setecientas sesenta mil horas y contando… que se hallaba en otra realidad, en otro mundo, ida sin haberse ido, este mundo seguía siendo este mundo, los días pasaban, las personas también, se quedaban, y sus vidas, también, por supuesto.
En uno de los tantos congresos que se realizaron por el aniversario de El Sueño de Hermelinda, Hermelinda fue declarada La Bella Durmiente (parte II), entre tantos otros títulos con que fue expuesta por la emoción la algarabía el entusiasmo y la pasión con que el Rey se pronunciaba desde su azotea –por teléfono– a través de su Caballero de la Orden Desordenada.
Ese día, recuerdo, el Rey vitoreaba y saltaba y saltaba y vitoreaba desde la azotea de su Castillo cada vez que veía al vulgo que también se emocionaba con sus mandatos. Salud, salud, y se emocionaba mucho. Su naricita, rojita, parecía la de un payasito en calzoncillos largos y bividí ceñidote a su guatita, los tirantes del cinturón descolgados. La botella en mano y hip, empinaba el codo, y hip, eructaba, y hip, bailaba, y hip, tambaleándose, tomando agüita amarilla bien macerada en una pipa que le dejaba su Caballero en cualquier portón del castillo.
La Bella Durmiente la llamaba la multitud, y el carnaval continuaba, como para siempre, con más desenfreno que en Río de Janeiro y más ebrios que en Cajamarca.
En cambio a mí, esa designación me dejó consternado. La Bella Durmiente. Porque Hermelinda ya es bella, preciosa, hermosa, mucho, muchísimo, tan única como un amor platónico, tan grande, tan ensalzada, tan idolatrada como una simple mirada, como una linda sonrisita, como un deseoso sueño. Pero y qué dice la belleza, qué sucede cuando un poeta la sienta y la columpia sobre sus piernas. ¿Finge de ventrílocuo?
Hubo una mañana, bien tempranito, que un joven de nombre Gian Pierre Vivianne Mont Du Trussardi III –creo- se dirigió al Edificio Burocrático de la Calle Adams, subió los doscientos veinticinco escalones (porque el ascensor se encuentra descompuesto hasta ahora –sigue sientiéndose muy mal el pobrecito) y llegó al piso número trece; se encaminó hasta la octava ventanilla, se paró en la quinta colita, esa serpenteante, y le compró un lugar a un revendedor de colas; esperó a las treinta personas más o menos que se hallaban delante suyo, llegó a ser el primero, y le entregó todos los requisitos necesarios para obtener el salvoconducto a la señorita que se hallaba tras el vidrio y que, sin mirarlo, masticaba chicle peor que una llama, se limaba las uñas ya bien limadas, hablaba por teléfono con no sé quién, se sacaba sus tacones con sus mismos pies para refrescarlos con el único ventilador del piso, ojeaba un catálogo de cosméticos y saboreaba una gaseosa light con un sorbete de colores. La respuesta, no pudo ser menos indiferente: No seas sonso, es en el otro edificio, con letra apurada y en un papel pegado a la ventanilla. Pucha, que el chico no sé cómo se habría sentido; impotente, seguramente, impotente por no haber sentido un espasmo realmente en su vida. Pero como es más testarudo que una mula, hizo lo mismo en el Edificio Burocrático de la Calle Del Medio. Encontró mayor aglomeración, claro está, pero luego de ser pimponeado más que billa de pimball, el muchacho logró obtener su fotocheck y sus visores ahumados.
Para cuando llegó hasta donde Hermelinda, no recordaba para qué había ido. Se quedó pensando un buen rato, mordiéndose una uñita recién pintadita, sacando cadera y temblequeando una pierna. Oh, sí sí sí, se dijo a sí mismo muy rapidito y chasqueó los dedos, muy alegre. Luego, se puso a contemplarla, desde todos los ángulos, desde todas las proximidades, desde todas las lejanías; la fotografió, la dibujó; trajo telas de todos los recodos, de todos los mares, de todos los vuelos y de todos los colores. Hasta que la vio de nuevo, de un poquito más lejos y de un poquito más cerca también, hasta con lupa, meneó su cabecita y no, no, no, dijo (un poquito más lento), y se habría dado cuenta de algo porque le quitó todo, todo todito, y listo, dijo ahora sí, con esa vocecita de angelito traviesón que tiene, dio media vuelta, al tropel, al público, a su público, muy feliz, muy gozoso, completamente realizado, arrojando una lagrimita, dos, tres, muchas, y la multitud aplaudiéndole a rabiar, chiflando a raudales, aullando tanto como una jauría furiosa pero de agradecimiento. Y yajúaaaaaa…
Pues sí que Hermelinda se encontraba más que bella, muy atractiva, exquisita, exótica, tentadora, natural. La Bella Durmiente. Y no había príncipes azules que la vengan a rescatar, efelizmente. Me quedé observándola, apreciándola, muy detenidamente, el tiempo se detuvo, tan rápido, tan sin darme cuenta y, de repente, en un sueño, se está en otra parte pero se sigue quedando uno ahí mismo, en el mismo sitio, y todos paralizados, hasta las mismas palabras que se las podía ver flotando tan estáticamente por el aire quieto pegadas en líneas seguidas en un papel. Revolví mi cabeza y logré volver en sí. Sí, sí es mentira, es completamente real. Me acerqué hasta donde Hermelinda dormía y la toqué. Juro que me asusté. Sí, es ella, es Hermelinda, y no estoy lagrimeando. La volví a tocar. Sí, es Hermelinda. La acaricié, suavemente, como arrullando a una virgen. Le dí un beso, un besito en su rosada mejillita. Sí, parece de porcelana, si hasta brilla su sonrisa, su mirada recogida. Es real. Es Hermelinda. Tomé asiento y crucé mis piernas, mis brazos se apoyaron en mis rodillas y el encandilamiento sobre mis manos. Qué hermosa que puede ser la verdadera hermosura. Como si los dioses –todos– en consenso, se hubiesen puesto de acuerdo en una iluminación perfecta para obsequiárnosla muy bondadosamente a nosotros –a mí, y a usted: sí, a ti y a mí– como una verdaderísima musa. La musa. Es que ella es. Perdón, se notará, pero es la emoción que me embarga, es como el Todos vuelven para los exiliados. Pero es que ella, Hermelinda, estaba ahí, conmigo, a mi lado, y la podía ver, de muy cerquita, la podía tocar, oler, y no sabía qué hacer, qué decir, qué pensar. Es el amor. O tanto pensar en ella. Me quedé como un imbécil y todo volvió como antes. Igual que en un sueño. Las luces se volvieron a encender, y Juárez, me miraba desde un rincón, riéndose nada más, ja, ja, ja, Poh Poh!
Oooooaaaaaahhh… A su madre, qué mejunje es ese, denme el nombre, por favor. Ya, después. Ok, bróder. Bueno, prosigamos. En qué íbamos. Ah, sí, ya. Era tanta pero tanta la gente que se había agolpado alrededor del círculo de polvos de cebolla sin olor que el Rey tuvo que tomar una gran decisión. Una especie de ser o no ser para un restaurador, algo así como destruir o dejar todo tal como esté y esperar nomás que de un momento a otro todo se desplome y ¡Cataplún Burundún! Edificio abajo. Qué digo, edificios abajo. Sí, porque no solo el Edificio Burocrático de la Calle Adams se viene abajo, sino también se vienen abajo y ¡Cataplún Burundún!, el Manicomio Mochales y Hnos., y ¡Cataplún Burundún!, el Consejo de Artistas, también, puede ser, quién sabe. Y todo por no tomar las medidas convenientes a su debido tiempo.
Por eso, pues, el Rey tomó su decisión: su gran decisión. ¡Cataplún Burundún!, dijo y se adelantó a los otros cataplunes burundunes que podrían haber ocurrido. Se comunicó con su Caballero –que en ese preciso momento se encontraba de espantapájaros carroñero en el techo del Hospital General de Todos– y le comunicó su pedido: tráeme veinticinco cartuchos de dinamita, quince tractores Caterpillar, un par de tapones para los oídos, unos binoculares infrarrojos (para ver de noche, tras las nieblas y a través de una selva espesa y sin Tarzán ni Chita, solo con Jean, y para mirar también tras las ropas y epidermis), una gran campanota de cristal de noventa y cuatro dedos meñiques con la uña larga de su pie izquierdo como diámetro de base y sin badalejo (para que no suene ningún tlin tlin como señorona gorda teutona, tetona y con nariz puf puf muy aristocrática y de alta alcurnia llamando a su mayordomo flaco, alto, de guantes blancos y también bien puf pero por un pedito apretado y muy bien engominado para atrás), un bidón de agüita amarilla bien macerada, un sánguche mixto sin tomates, una pizza sin anchoas, un pedazo de torta del último cumpleaños celebrado al Papa, un chupetín de tamarindo, CDs de salsa sensual y de la brava como las de Pedro Navaja y Juanito Alimaña con mucha maña y toda la colección de música de Charly García, una beca por correspondencia telegráfica para aprender a bailar mambo, tango, salsa y chachachá, un cubo mágico (para las aburridas), toda la colección de muñecos de Star Wars, The Master of the Universe y Dragon Ball Z, y un kahir con las alas quebradas.
Pero no sé cómo, pero el mequetrefe del arquitectucho ese se enteró del pedido del Rey y de lo que este pensaba hacer –con pormenores y todo– y de sus avatares habituales dio media vuelta y de nuevo enrumbó al castillo a tocar cualquier timbre, ring-ring. Para esto, dicen que luego de edificar la ciudad, el mamarracho del arquitectucho ese viajó a una de esas islas exóticas que hay por allí alrededor del Aeropuerto De los que solo llegan, en donde la vida es consolada por la fantasía, dicen, también, que por ahí se encontró con los policías de tránsito y que pasó con ellos unas noches de juergas crapulosas, dicen, también –porque eso sí a mí no me consta– que regresó porque se le acabaron las suertes y principalmente porque sus bolsillos ya andaban bien huecos y sin remendar. Él dice que es mentira todo eso, falsas y calumnias todas las aseveraciones; él se hallaba en peregrinación absoluta por el arco iris, caminando descalzo y en puntitas mejor que cualquier balerina rusa, orando y meditando en todo instante, cuando en medio recorrido, allá donde se confunden los colores, recibió una señal, una luz cegadora, dice, una lucecita como de linterna que se quiere acabar, chispeando y tamboleando como luces de bengala Mariposa, y fue como una revelación, cuenta. Por eso regresó, y se tiró como de un tobogán grandote y luminoso de siete colores. Por cierto, nadie le creyó. Baaaaaaahhh, lo abuchearon todos.
En fin, tocó uno de los portones del Castillo del Rey y el puente bajó de un solo golpetón. El Rey se alegró de verlo una vez más –pues sabía muy bien que este solito podía solucionar tamaño problemón– y el piraya ese del arquitectucho que le iba a contar por dónde había estado, qué alucinadas había pasado, pero el Rey que lo calla y que empecemos de una vez, le dijo, y lo tiró del brazo para adentro. Sabes, le confesó, quiero sacar unos cuantos edificios de por aquí, le dijo, subiendo las infinitas escaleras de caracol; llegaron casi mareados hasta la azotea y la ropa se encontraba asoleando en el tendedero –el Rey se avergonzó por sus calzoncillos (pues los usa de talla small y con figuras de superhéroes) y se los escondió bien rapidito en uno de sus bolsillos traseros. Pues bien, este es el problema, le dijo en una esquina y le pasó los binoculares. El majadero se puso a mirar a la esposa del embajador de Nueva Zelanda con el del trombón, el Rey se dio cuenta, y le movió el catalejo hacia más abajo. Había mucha gente agolpada a las ventanas y por todas partes tratando de mirar aunque sea un ratito y un pedacito de Hermelinda, y por eso, todos los edificios parecían reproducciones a gran escala de la Torre de Pisa –por lo inclinadote, pues.
No hay problema, le respondió el entremetido del arquitectucho ese, dame una manguera de una pulgada y media nomás y listo, se acabó tu cau cau, sin mover a una sola persona y sin ahogar a ninguna hormiguita distraída. Todo bien confianzudo el cuchitril ese del arquitectucho. Pero bueno, resolvió el problema. Aunque también se tuvo que necesitar a un ángel bien forzudo porque por ninguna parte se pudo conseguir una escalera doble tan tan alta en ninguna ferretería y menos en los alrededores. Y al fin, el Edificio Burocrático de la Calle Azul, el Sindicato de Alumnos Sin Profesores y Sindicato de Profesores Sin Alumnos, el Centro Comercial del Hueveo y el Manicomio Mochales y Hnos. cayeron derretidos en un par de semanas mismos helados de chocolate dentro de un horno microondas, quedando derrumbados sin llegar a ser derrumbados totalmente sino descuajeringados solamente y sin haber movido a una sola persona y sin haber ahogado siquiera a una pobre hormiguita tal vez muda. ¿Cómo lo hizo? No lo sé. ¿Cuál es el secreto? Sepa usted. El birrio del arquitectucho ese dice que es tan solo purita fe. Por cierto, felizmente, nadie le salió creyendo. Un nuevo Baaaaaahhhh! por parte de todos y todo volvió como antes.
Con eso, la gente ya no tuvo un lugar alto y cercano por dónde divisar mejor a Hermelinda y, por eso, pusieron sus jetas largas y empezaron a mirar mal al entelerido ese del arquitectucho que, por lo bajo, con el índice hacia un lado, señalaba al Rey que se mostraba muy firme y orgulloso, tal como superhéroe en la cornisa de un rascacielos sin decir nada ni mirar a nadie. La gente trataba de comérselo con la vista pero aceptaba muy roñosamente –era el Rey pues y nada más, su palabra es ley, así su trono fuese un inodoro blanco y no tuviese reina ni nadie quien lo defienda, igual así él seguirá siendo el Rey (y con ranchera y sombrerote de cuate). Y ahora, lo más cercano para poder divisar mejor a Hermelinda entre todo ese mar de gente es el Edificio del Consejo de Artistas, el que está en la segunda de la Calle Azul y toda la Calle Adams, el mismo al que toda la gentita –entre ambulantes, periodistas, seguridad, servicio de inteligencia, DEA, perros policías, SWAT, Ejército de Limpieza, Lee Oswald, la CIA, Michel Minning y un mirón más, se acercaron hasta sus inmediaciones y los artistas lucharon ahí peor que troyanos, nadie entra, carajo, y se plantaron como robles en la puerta principal, bien encadenados, igual que huelguistas de magisterio. Los periodistas les ofrecieron pagarles, bajarles billete, hacer un trato, tan solo por una ventanita, la del baño de servicio siquiera, aunque sea; pero los artistas nada. Un atentado contra sus libertades. Cerraron las puertas y corrieron las cortinas y nadie salió. Por ahí dicen se abre alguna ranurita de vez en vez pero nada más. Algunas de las personas que quedan por el lugar andan diciendo que se escuchan voces, ruidos, toses, risas, ecos, ajetreos, como de fantasmas atormentados, y que de vez en cuando, de alguna ventanita, esas de allá de arribota, se escapan humos trabados muy comprimidos, que luego se esparcen y se confunden con el ambiente. Huele rico, dicen.
Todos –así, todos– tenemos –sí, tenemos: tú y yo, y los otros también, y también los demás– un no sé qué que nos da por quedarnos contemplando algo o a alguien. Un voyeurismo en mayor o menor proporción sea el caso, pero de todas maneras con algo o mucho de escrutinio cauteloso y a veces hasta plenamente muy directo. Igual nomás como toda esa gente que se encuentra aplanada sobre los restos de quincha, sobre algún adobe deforme o simplemente sobre cualquier montículo de lodo ya bien duro y tratando de ver aunque sea un pedacito de Hermelinda, tal vez su oreja izquierda, el mango del esternón o simplemente su culito. Ahí está, no hay mejor ejemplo que el mismo Pasado, que sin ir muy lejos andan diciendo que es un ser casi indomable –sí, el bendito Pasado–, inclusive más que Plata sin el Llanero Solitario –y sí, estoy hablando del mismo pequeño negrito negrito tal como sombra dentro de una cueva de murciélagos, pero no como las cuevas de las faldas de los nevados, no como la Cueva del Futuro, no como la Cueva del Presente y menos parecida a la Cueva del Pasado (que por si acaso no es la Cueva del Pasado, porque el Pasado no tiene nada de nada)… Perdón, me olvidé la letra… ejem.
Bueno, bueno, el Pasado es rechoncho y muy ñoño, tiene grandes manos –pero tan tan grandes que parecen copas de palmeras datileras muy muy peludas, tanto o más que un escobillón viejo, con vellos alborotados después de un baño y pasadita de toalla… ¡Corten! Ese no es el guión, ese no es el camino, esa no es la vena, ok. Do you understand? Sí. All right, pues; come on, come on, entonces.
Bueno, basta de describir al Pasado, de ese bendito pasado de Hermelinda del que ella no se siente para nada orgullosa, ni siquiera una pizquita, solamente un pisquito y hip, en una copa, hip, un pisco peruano, hip, eso sí, hip, eso sí… Perdón, ya vuelvo, voy a conversar con Hugo, un momentito… ¡Huuuuuuuugoooooo!!!!!.... ¡Huuuuuuuugoooooo!!!!!.... Aaaaahhh; ya; limpiadita con manga de camisa y un escupitajo bien asentado contra el piso de aserrín. Bilis en el sabor. Por favor, prosigamos, una copa de pisco y empinar el codo con el brazo en escuadra, seco y volteado, aaaaaaggghhh y Hermelinda con su rostro hace una mueca amarga, fuerte, arrugada, peor que chupando limón verde. El hombre que la sienta sobre sus piernas se ríe, se burla, se carcajea para arriba y para atrás y todos los presentes en el bar El Tufo hacen lo mismo, sus hermanas del alma y las de a de veras también, los mismos ebrios de cantina, el barman Bruno Díaz, Sam, el pianista negro y bembón y pelado y que no tiene ni un dedo (en el pie), y los dos grandulones de la puerta –de quienes no conozco sus nombres ni apellidos ni apodos ni me interesa en lo más mínimo conocer (ya que la última vez me invitaron a salir primero con el cuento de que “solo para socios”, pero como insistí e insistí me dijeron ya, pues, está bien, se reserva el derecho de admisión, chau, compadrito, pero como seguí y seguí jodiendo, me arrojaron con una certera patada hasta el Hospital General de Todos –felizmente queda al frente, caí tendido sobre una cama alta de fierros fríos y las enfermeras supieron atenderme de las mil maravillas, mejor que Circe a Ulises, con uvitas en la boca y una rama de palmera como ventilador, aunque lastimosamente, todo tiene su final, nada dura para siempre, tenemos que recordar que no existe eternidad, escuchaba el Rey en un walkman y a mí me dieron de alta y listo, así de simple, puede ir Ud. a su casa, me dijo el doctor Barragán Iglesias, me apagó todas las pasiones y el otro doctor, simplemente, yo soy barrigón y gracias, chau, nos vemos, me dijo, bien loquito, con su sombrerote de Napoleón y los ojos enredados, y sí, pues, chaucitos también les tuve que decir a Sole y a Mari, mis queridas enfermeras, mis antalginas contra el dolor de cabeza, chaucitos y sus respectivos piquitos en la boca, y así, con la frente más alta que de costumbre, regresé más espeso que político en reelección, me paré bien firme en el umbral de esa cantina de medio pelo y les iba a decir a esos dos peleles que no sabían con quién se habían metido, que no sabían quién era yo, yo soy… solo logré decirles y más rápido que de inmediato me mandaron a mi lugar, hasta el Olimpo de los dioses, el reino mismo de los narradores, burdel de títeres y marionetas de los escritores, donde se encuentra toda esa otra gentita, la manchita brava, según dicen, los muy cancheros, los eternos adolescentes, las manos en los bolsillos y el pucho ajustado hacia un lado, con un Levi’s 505 o tal vez un smokin a la medida, de corte inglés, con sombrero de alta copa o con gorrita para atrás, con chivita o muy bien afeitado, en una esquina, parado con un pie apoyado a una pared).
Bien… este… ¿de qué estaba hablando? Ah, sí, ya… sí, sí, ya recuerdo, estaba contándole acá a tu querido lector –sí, tú, a tu necesario lector –sí, tú también (porque es necesario un receptor si hay un mensaje –aunque por si acaso esto no pretende para nada llevar algún mensaje, para eso están los carteros y los padres de familia, porque ni los curas)– que… ¿qué estaba contándote?... ah, sí… ya, ya. Bueno, pero no te enojes… ¡Yaaaaaaaaaaaaaa!!!!! Estaba diciéndote –¿a mí?– que en todo ser existe un cierto promedio de su tiempo para la contemplación, por el oteo, por el ojeo y que todos –sin excepción– tenemos un no sé qué por quedarnos pegados observando algo. O sea, que todos tenemos algo de chismosos. Había dado como ejemplo al Pasado, que es más mirón que iguana rellena plantada sobre una rama, todo un mirón desvergonzado –con decirte nomás que no es el Pasado, así en masculino, sino más bien la Pasado, así en femenino; no ves que es el pasado de Hermelinda; solo que para no estropear la sintaxis se le llama sencillamente el Pasado, y así con mayúscula para no confundirlo con otros pasados.
El Pasado mira –y toca, también– sin tapujos, ve de frente, va derecho a la acción, va directo al grano, lo aprieta, hay dolor pero se aguanta, lo sigue apretando, ayyych, lo aprieta cada vez más poquito a poco y splash, la pus cae como chorro desatorado en el espejo, deja traslucir su imagen, al revés pero su imagen de todas maneras, un rechoncho calvito con cara de sardina frita quemada, todo descuidado, sin afeitar, desaliñado, con unas tremendas manos muy pegajosas, como moquito medio aguado medio espeso, separando lentamente el índice del pulgar, muy asquerosamente repugnante, uaj, uácala, puf, qué cochino este Pasado, dios mío y solo mío, mío y mío. Así pues luego sale al balcón, mira la playa, tasa las olitas, escucha por radio el reporte del mar y se rasca el trasero mientras va para la cocina a prepararse un cafecito. Regresa y se desnuda, con la tacita en la mano. A veces arroja su ropa para abajo así porque quiere, así por las costumbres, como dejando todo, y hay veces entonces de esas veces que le cae a alguien, como aquella vez de su primer día de trabajo, cuando unos minutos antes de salir para allá decidió soltar con más parsimonia que una santa su blusa de color del sol al mediodía, su brasier –el que se abre por el frente, su microminifaldita roja pasión, su panty con bobos a la entrepierna y su calzón con hueco. Los fue soltando todo uno por uno y ya, tan monótonamente. Luego, en la oficina, cuando conoció a su jefe –uno de a de veras, con saco y corbata y con unos pocos pelos que se notaban estar muy bien engominados y abrillantados (solamente que no se le percataba mejor porque llevaba un calzón como guardamitra de piloto de segunda guerra mundial, una panty por una oreja, una blusa por un hombro, una microminifaldita sobre el otro y un brasier como clavel en el bolsillo del pecho)– se dio cuenta entonces que su jefe no se había dado cuenta de lo que llevaba encima –seguramente le había caído todo eso por encontrarse paradote en el paradero de la calle Trece esperando el tren de la siete y cuarto de la mañana, mientras ella tomaba su café y se desnudaba sin más de sus últimas estampas–, además y sobre todo también se dio cuenta que adonde fuese, adonde vaya, así sea a cagar o a Saturno, siempre tendrá recuerdos, siempre tendrá nostalgias, siempre tendrá alguna lagrimita por un tiempo que supo cargar sus maletas y marcharse también apenas acabó su tiempo. Entonces, de ahí, después de haberse dado cuenta de todo eso y de que en el techo había una arañita grandota y muy peluda, lloró. Lloró mucho, muchísimo muchísimo, lloró a mares, sí, tanto lloró que el jefe tuvo que abrir la caja fuerte que tenía detrás del retrato del Rey de Namibia, rapidito nomás, porque llegaron a ser tantas pero tantas las lágrimas que terminaron inundando la oficina número ochenta y seis del piso doscientos ochenta y siete del Edificio Burocrático de la Calle Azul, y con las justas logró sacar el bote salvavidas e inflarlo con todititas sus fuerzas hasta más no poder para subir primero a Hermelinda y trepar luego con los remos de madera. Pero cuando su secretaria –de chismosa, de curiosa, de preocupada, también– abrió lentito la puerta para saber lo que pasaba adentro –porque por debajo de la puerta el agua se iba escurriendo en ríos caudalosos y las paredes se iban rajando con el agua chisgueteando casi igual que en represa que se quiere romper y en cualquier momento que sí lo hacía– y se vino con todo para atrás, el agua la empapó y casi la ahoga –pero esto no llegó suceder felizmente porque gracias a la generosidad de algún dios bondadoso en la sala de espera se encontraba un salvavidas de riachuelo y, bueno, ya debes conocer la historia, le da respiración boca a boca, ella vomita el agua en escupitajos, tose, lo ve, le da las gracias, continúa aún un poco aturdida, tose de nuevo, él le desenmascara sus anteojos de poto de botella y le parece una actriz de moda, ella se achuncha, él la acaricia, bien suavecito, bien galante, tal como papacito de barrio en la intimidad, ella entonces se deja de vainas y sacude su cabeza y también su cabellera al aire como en comercial de caspa, ah, ah, y lo ve de nuevo, es hermoso, piensa, lo acaricia, y lo coge con sus manitas dóciles de secretaria bien cumplida y ordenada, un Tarzán de parque de suburbio, un Acuamán de piscina municipal, lo besa y lo lleva contra su pecho, lo aprieta, lo aprisiona, no lo suelta, sus latidos suenan como a cabalgata de potros salvajes, y colorín colorado, viven felices para siempre, desplumando perdices. Lástima que en el caso de Hermelinda no se pueda decir lo mismo, porque el bote salió disparado por el corredor y luego por las escaleras de servicio como trencito de montaña rusa hasta ir a parar a la calle, varada y extenuada. El jefe por un lado y ella encima de un árbol, exhausta. Ahí el Pasado la encontró y por fin logró nuevamente atraparla, ¡ja, ja, ja, ja!, se mofó muy lúgubremente, ya te tengo de nuevo, le dijo, no te me escaparás. Pero Hermelinda no sé cómo hizo –se habría untado mantequilla de cacao o vaselina en polvo, de repente– porque logró zafarse y echó a correr.
Hermelinda corrió, corrió por calles y avenidas, corrió por todas las pistas y veredas como fondista tercermundista y corría también olas –como ya te dije. Subía a su tabla y con sus brazotes de albañil bien papeado remaba y remaba mar adentro hasta llegar al point, se sentaba en su hawaiana y esperaba, como todos, a que apareciera una muy buena racha. Y, pues, una buena racha son olas de doce o quince metros, una especie de maremoto pero un poco más calmadita la cosa –así que una muy buena racha, alucínatela ya, Lisboa-Dakar o el Indy, las piernas temblequean peor que quitasueño en tornado pero ahí bien dura está ella, con temple de acero inoxidable. Las olas revientan bien al fondo y kilómetros más unos centímetros de la orilla, tienen dos secciones, una de tubo largo y otra muy potente con un tubo seco y cuadrado donde si uno no sabe deslizarse más que excelente o no sabe siquiera dónde está parado simplemente se encuentra con la muerte, cara a cara, estampado contra los arrecifes de coral o contra algún erizo despistado. Ah, y también hay momentos que las izquierdas y las derechas se dirigen hacia un mismo punto y luego no les queda otra que chocarse, igual que las derechas y las izquierdas cuando también se estrellan y todo un spray sale reventando para arriba. Esto siempre es portentoso, uno sale disparado más veloz que bala humana de circo de Las Vegas y cae siempre donde no debe caer, como por ejemplo, de cabeza contra alguna duna del Desierto Olvidado.
A Hermelinda le encanta todo eso, le divierte, le fascina, le entusiasma, necesita encontrarse al filo de la navaja oxidada y columpiarse, jugar rayuela o simplemente caminar por ahí sin extender los brazos para el equilibrio, con las manos atrás, en hang ten. Ella sencillamente anda sin miedos, sin tapujos, vagabundea como pirañita bajo el puente y sí, en la mar se encuentra libre, totalmente abandonada, como un verdadero pez en el agua, gozando de la más grata e infinita libertad, más que protagonista de los sueños de un recluso. En la mar la vida es más sabrosa, en la mar se goza mucho más, se escucha en una radio a pilas un viejo bolero. El Pasado no entra ahí, ni a la orillita, ni siquiera encaja en este mundo, y aunque tenga cara de sardina frita y cuerpo de cachalote desahuciado, él, felizmente, no sabe nadar. No sabe nadar ni nada de nada pero ahí bien que le gusta entrometerse, meter su cuchara, joder, jalar la pita, pita, pitita, ya no la jales más, y aparecerse en donde nadie lo llama.
Hermelinda en cambio sí sabe nadar, y muy bien –excelente diría yo. Se queda dentro del agua hasta la hora del crepúsculo, hasta los instantes sangrientos del arrebol y, muchas veces, no hay cuándo salga. Se pone más arrugada que sábana en luna de miel y más morada que ojo golpeado pero igual sigue ella, sigue totalmente empapada y más salada que cualquier calzoncillo de pescador pero sigue en la mar. Y qué se le puede hacer si eso es lo que le gusta: correr tabla. Llega a la playa después del desayuno –una tacita de café, y si queda un extra, un pan remojado– y se pone a respirar el ambiente. Una gran aspirada –y aire puro, mar azul, cielo despejado, naturaleza viva, una gaviota bajando a comer…– y luego exhala todo muy lentamente, muy muy lento todo, despacito –lo demás, ya se olvidó. La mar cristalina y ella ingresa previos ejercicios de calentamiento. El agua la purifica, dice, la bautiza, dice, se zambulle, y la moja totalmente. Es libre, completamente libre, toda la tarde, y solo por las tardes, porque después, cuando cree ver un queso grandote y muy albino, se va, es la luna, llegó la noche y tiene que irse al Bar El Tufo. Se saca en esos instantes unos conejos de la espalda del cuello de la nuca de la cintura y ella misma se masajea los hombros porque sí que le duelen las tensiones y esto, al fin y al cabo, siempre la termina de aligerar aunque sea en alguito su pobre y triste existencia.
Al Bar El Tufo va todo el jet set del hampa Subte, los más bravucones de los ladronzuelos (los que llevan anzuelos en los pulmones), los que te roban la palabra, el aire que respiras y hasta la idea pérdida de la página en blanco. Solo la Flor y Nata de Leche con un poquito de café logran ingresar sin ser ellos habitantes del mundo Subte; porque de ahí, a todos los demás, los arrojan si es que no muestran algún tipo de invitación; los echan con certeras patadas de dolor justo exacto en el mismo huesito de la felicidad, donde uno finge reírse con una risita de biblioteca pero en el fondo qué bien que duele, hasta con lagrimita. No lo sabré yo acaso.
El Bar El Tufo es la más grande metrópoli vertical de despojo animado, el más grande barullo de altivez consumista que pueda hallarse en una ciudad donde el caos y la insensatez oportunista imperan como régimen abstractista –¡¿qué?! El Bar El Tufo es uno de los más grandes laberintos parados que congrega a los más variados especímenes de allá abajo, esos personajes que un tiempo fueron excelsas pompas de jabón pero que ahora no son más que inmensas lagunas de longevidad canchera. Seres casi imaginarios que con Hermelinda gozaron de las más premiadas ilusiones pasajeras y a escondidas en los juegos de la oscuridad y los neones azulados. La correteaban, y misma niñita juguetona, al hombre de turno, te ampayé te ampayé, le decía, y saltaba y le brincaba muy radiante, muy contenta, muy pueril, pero luego nomás, el hombre que venga para acá mijita, y ella muy sabionda, yo no soy su hijita, y sí, lo sé, le contestaban, pero tu papito me encargó que te cuidara, así que hazme caso, y ella, muy inocentona también, ya pues. Entonces, muy bien, hazme caso. Y aaaaaaaaaaaaayyyyyyyy!!!!, dolor, el recuerdo, cuánto pues puede doler la memoria que también duele demasiado, tanto más acaso que un jodido dolor de muelas a la hora de los sueños. Y además, también, el bendito Pasado que siempre llega y no se anuncia, igual que paracaidista en guerra nazi, cae, la toca, muy conchudamente, ahí, secándole las gotitas de sudor ya que por estos últimos días el sol se encuentra ardiendo peor que plancha calentada para un ejército, y ni así, ni una sola persona aunque sea se marcha del lugar. Qué sería pues, la admiración o ya la costumbre, no lo sé.
Los pocos artistas que al final quedaron miraban todo esto medio julepeados, medio denodados, medio entre la puerta y la pared y, ¿qué cosas, no?, decían y nada más, orates y muy serenos. Pero Aníbal sí que se iba al extremo, se arrodillaba en el pórtico de una ventana, una cualquiera, una de cualquier piso, la del ciento diecisiete por ejemplo, y se ponía a mirar tras los cristales a toda la multitud de allá abajo, con unos binoculares con zoom aerodinámico y limpiaparabrisas para los días lluviosos, como suicida que no se quiere suicidar, dejaba a un lado los gemelos y se mordía las uñas que casi ya no tenía, miraba a la gente que ni caso le hacía –¿quién pues también va a voltear a ver un edificiote ahí bien parado teniendo ante sus ojos a Hermelinda?; y peor todavía, para voltear a ver el Edificio del Consejo de Artistas, cuando hacía un tiempecito había pasado esa época del atrincheramiento y momentos aquellos cuando todo el mundo les paraba pelota (Adidas, y del Mundial)– aunque solo algunitos por ahí sí le echaban su miradita de vez en cuando, como quien dice ve este loco, así por simple curiosidad y nada más. Y Aníbal, en el extremo, gritando peor que bostezos de elefante bullanguero, aullando peor que lobo desdichado, rugiendo más que leona en celo, y nadie lo escuchaba –¿quién pues lo iba a escuchar?, si las ventanas las llegaron a soldar luego nomás del último incidente, y los otros cuatro que también se encontraban dentro: Enrique, Ugo, Orlando e Ignacio, se hallaban por cualquier lado dispersos, y solo los llegó a conocer recién la vez que se juntaron como por instinto y se encadenaron a la puerta principal, porque el otro tiempo cada uno con su tema; son trescientos pisos, pues, imagínate ya, más las habitaciones y los baños y los corredores y las escaleras, a su madre!, más grandazo que el Windsor. Pero Aníbal preocupado, ya vienen, ya vienen, decía, como psicópata perseguido por marcianos, ya vienen, ya se acercan, y la gente como que sí pues, se acercaban, pero sin intenciones de conquista ni de virreinato, nada de ayuda interplanetaria ni para saber cómo son los terrícolas, simplemente necesitaban más espacio, cada vez eran más los que llegaban y qué pues podía hacer el Rey, solo llamar al piquichón ese del arquitectucho y sí, dile que venga, en este preciso instante, y cambio y fuera, mi Omnipotentísimo Reycito y cabalgaba cabalgaba en su caballito de juguete para nada infantil –puesto que el cuerpo es de palo de escoba picada pero la cabeza sí que es de verdad, huele a podrido y las moscas vuelan alrededor– el Caballero se acerca al Aeropuerto De los que solo llegan y le avisa al cretino del arquitectucho ese lo que tiene que hacer en el oído, porque él es el único que sabe que con el dinero que recibe el estulto del arquitectucho ese se va a vacilar bien chévere, porque para los demás se halla en meditación, por las apariencias, tú sabes, no? Después andan diciendo por ahí que uno es maricón tan solo por actuar como tal y no saben que es toda una verdadera profesión, así pues me dijo de repente el bendito Pasado y se fue, calato y con el calzón en el grito, perseguido por la batida de policías.
Bueno, el canijo del arquitectucho ese llegó y antes de mandar a abrir el caño les gritó a los artistas: –Perdón, pero yo sí saqué un título, y entonces el agua les ahogó hasta la inspiración misma: humillándola, vejándolos, sobajándolos; y a los artistas no les quedó otra que ir a llorar al río –como siempre, no?, totalmente embarrados, cayeron de rodillas y se lanzaron a advertir misericordias, lucharon contra los seres de sus propios seres y siguieron llorando, suplicaron, Aníbal como loquito, de un lado para otro, perseguido, persiguiendo a Orlando, a Ignacio, y como loquitos también ellos, y como desequilibraditos también Ugo y Enrique, como chifladitos de siempre, y de repente, unas sonrisas de payaso en sus rostros y las lágrimas a sus penas como si no hubiese pasado nada, se secaron con manos y como si no hubiese sido más que un chiste gracioso todo. Luego empezaron a reír, se emocionaron y saltaron, se abrazaron, les dio la amiguera y abrazaban a quien encontraban al lado, al del otro lado, al de más allá, al de atrás, al de más más atrás, ya váyanse para atrás les decían y ellos hasta atrasote, ya casi casi en las faldas de novicia rebelde del Nevado de la Derecha, en la puerta misma de la Cueva del Futuro, respirando ese olorcito de restaurante de seis tenedores, cuatro cuchillos sin filo y mil doscientas tres cucharitas de plástico que mmmmmmmmmmmamá mía, qué delicia, entraron y pidieron la especialidad de la casa: –Concolón con un huevo frito de tres yemas, ¿Y para tomar?, déjenme, yo pido, les dijo Aníbal a los otros (con esa misma malicia de psicópata perseguido por los marcianos que tiene) y ordenó: –Un vaso con agua hervida fría para cada uno, por favor, y se puso a aplaudir, recontra feliz, muy orgulloso, sacando pechito y mirando a todas partes, mirándose en todos los espejos, en los infinitos espejos del restaurante.
Ya en los días en que volvieron a caer nuevamente las hojas de los árboles pomposos y alguna que otra gotita de llovizna llamada garúa, la gente se vestía con lo que encontraba a su paso, con pieles dejadas por animales que ya habían mudado, con las hojas caídas de plátano o maguey, con plumas de cacatúa sorda que perdió su vuelo o con algún cuero de vaca lechera. Era así porque ya no había dinero, ya no había trabajos, no existían asalariados, menos tarjetas de plástico y, más bien, toda la gente se la pasaba mirando a Hermelinda que ni fu ni fa, con ella nada. Solo dormía dentro de esa gran campanota de cristal opulento que mandó a cubrir el Rey para mayor protección y pues no había ninguna piedrita bambolera que hiciese un tlin tlin muy agudo agudito del tesorito, de la hucha de su madre, la prefiguración precisa de lo más deseado e inalcanzable, más que la manzana del árbol –porque ni que uno fuese Newton para que le venga a caer en la cabeza una manzanita roja, brillosa, y que no se le haya podido tocar ni empinándose ni saltando sobre una jaba de madera. Y así, ni siquiera su madre se acercaba ya, no podía tampoco, se había muerto el sábado anterior. Murió de un simple resfrío y en un ataque de estornudos se desmoronó y ahí nomás quedó. No se hallaba tan vieja la pobre viejecita pero bueno –te contaré: sesenta y cuatro hijas regadas por cualquier lado y encima cada una de distinto padre, y más los incontables favores que supo ofrecer siempre por gratitud y nunca por necesidad (puesto que ella nunca tuvo necesidad de nada, ni de pedir permiso ni de largarse a mudar con un morro de mudas envueltas en un pañolón colgado de la punta de un palo de escoba sin escobillón, porque simplemente era loquita, y decía ser hija del Rey, cosas que nadie tomaba en consideración, puesto que como era huerfanita y se había criado con las monjitas canadienses, nadie pues quería decirle largo de aquí, loca de mierda, no, pobrecita, la dejaban nomás con su tema y ella pues se iba de aquí para allá olvidándose de sus hijitas que daba de lactar un momentito después de parir y de ahí nada más) qué quieres también, que siga paradita. Aunque paradita se encontraba en la puerta de su covachita junto a su comadre, contándose la misma vida de siempre mientras veían pasar el mismo tiempo en otro tiempo, cuando estornudó y ya, ah, salud, le dijo su comadrita (que también era loquita pero no tanto como la otra), y luego otra vez, salud, y de nuevo, salud también, ¿salud? ¿Comadre? ¿Comadrita?, pero la comadre ya estaba boca abajo, su último estornudo provocó un nuevo huaico y una piedrecita que cayó de la cima saltó El Muro de los Lamentos y clic, en la cabecita, en el parietal que aún no se llegaba a soldar completamente, le reventó los remeses y la pobre viejecita murió y nadie se dio cuenta, solamente su comadrita que se avalentó con gran templanza y la cargó sobre su hombro como si fuese piedrota que en antiguos días volvía a subir hasta la cima o como un simple saco de papas tipo cargador de mercado central y llevándosela así por toda la calle Roja, caminando lentamente –porque la comadre también está viejecita pero ahí todavía está, cargándola con pasos abiertos de procesión, cargando unos simples huesos ya bien fríos que pronto serán cenizas, se detuvo un momentito para arrodillarse ante la puerta de la Catedral de Endenantes pero más por la artritis de sus rodillas que por la devoción y los que ya ocupaban ese lugar la botaron, la echaron, vaya a buscar su sitio le dijeron y ella lo encontró en el cementerio de Todos los que ya murieron, escarbando la tierra y las arenas gélidas junto a un perrito chuscón, enterró a su comadre y la despidió: un tierno recuerdo, una perpetua sonrisa y un pasajero hasta luego, ya nos vemos, muy prontito; luego regresó a su covachita, deambulando con nostalgicones pasitos de plomo, pasó por entre la gente arremolinada por todos lados y no volteó, no miró y no conoció ni por intriga siquiera a Hermelinda, y menos aún la lagrimita que a ella se le resbaló en ese momento por su rosada mejillita como rocío por el pétalo de una rosa, sencillamente dejó atrás todo y siguió. El barullo de improviso se silenció y de un lapso a otro la gente también enmudeció. Hermelinda dormía, tan natural, tan vestal, tan desnuda, y la gotita no hizo más que deslizarse por su suave rostro, cristalina como agüita de nevado andino, muy muy brillante, más que cualquier diamante de trono egipcio, cayó, y demoró, tardó en caer pero cayó al fin y al cabo, ploc, hizo porque se escurrió metamorfoseada como piedrita, una piedrita extremadamente fina y brillante, casi fulgurante, muy irritante, por eso el Caballero –con la debida autorización del Rey por supuesto– se acomodó unas gafas de soldador universal y se tendió a alzar la campanota de cristal muy lánguidamente –como si la campanota pesase demasiado, qué va, un par de kilos a lo mucho, pero él con mucha cautela, comunicándose en todo instante con su Eminentísimo Rey, saca el diamante con cuidado, sudando frío, helado, pero si Hermelinda no muerde, le susurraban, pero él cállense caraxo, ssshhhh, y con la izquierda alzaba la campanota y con la derecha tanteaba, trémulo, palpitante, alucinando a Hermelinda como un rötweiller a quien le van a quitar su Ricocán –la gente decía de él que andaba en ácidos, arranchó la lágrima y echó a correr, raudamente, muy presuroso, agitado, con las manos muy cerradas y muy sudorosas, se abrió paso entre la multitud mismo jugador de fútbol americano y se dirigió hasta el Castillo del Rey, le abrió las manos huesudas y aquí está, mi estimulante Reycito, le dijo, pero este, que asombrado la recibió en un principio, la quedó observando un poco más, muy detenidamente, sacó su lupa de joyero, irradiante y centelleante por naturaleza, la tiró para arriba y luego la recibió, la pesó con su diestra, la mordió con sus molares y finalmente la arrojó sobre su hombro. La lágrima de Hermelinda cayó dentro de un cofre, un cofre de piratas verdaderos que andaba junto a la caja de juguetes allá en la cocina, y se acomodó por ahí, junto a los demás tesoros, encajando en un sitio cualquiera.
Hermelinda se mantenía pernoctando en esa esquina que seguía siendo una esquina asfaltada de color azul y no le interesaba siquiera las profecías que algunos andaban anunciando. Como esas que decían que el mundo iba a desfondarse por las realidades al tercer ladrido de un perro afónico, o como también aquellas que decían que habría mil noches de lluvias fueguinas y mil días de lluvias andróginas, o que todo empezaría a irse a la mismísima mierda con un simple bostezo de oso perezoso.
Y, como buenos incrédulos, nadie les creyó.
Hermelinda nomás dormía, sin necesidad de comer, de cagar, de vivir. Tal vez porque el sueño no es más que un remedo de la propia muerte; pero solo eso, un simple calco nada más, porque ella seguía respirando su mismo airecito que la gente andaba diciendo que era más puro que cualquier amanecer de puerto provinciano, más puro incluso que el amor de una madre, más puro todavía que el aroma de una rosa en primavera, más puro que su propia virginidad, dijo uno por ahí, el Pasado creo, y soltó solo una carcajadita, porque todos voltearon muy rápidamente en posición te vamos a linchar, pero para no estropear el instante Kodak, tuve que decir más puro que el alcohol de El Tufo y ahí sí todos nos echamos a reír.
Hermelinda dormía apartada de todo, habría sido la campana quizá lo que nos dio a comprender su lejanía, eso sí nadie lo sabe, pero sí queremos creer que fueron los dioses, porque sí es cierto que ya no tuvo necesidad alguna, ni de cepillarse los dientes tres veces al día porque estos eran tan blanquísimos como de cualquier mulata nigeriana y todavía sin una caries, así, pues, fue de repente por simple casualidad nomás, porque el enfermizo del arquitectucho ese no tuvo nada que ver, aunque él diga por donde vaya a peregrinar como dice que dice que fue una grandilocuente iluminación, una señal, una luz cegadora, cual inspiración que le llega de improviso al poeta; así, pues, nadie le cree, ni cuando dice que va a separar todos los granos de estaño y calamita del Desierto Olvidado para ver si así encuentra polvo en oro en las arenas movedizas, y todavía descalzo. Por supuesto todos, baaaaaahhh, fuera de acá, y le dan la espalda.
Los últimos habitantes del Complejo Habitacional La Orilla abandonaron sus casas y todo lo que no pudieron llevarse consigo, como por ejemplo los cortaúñas sin filo y los batracios en cubetas de cianuro, cuando el otoño se encontraba en todo su esplendor, cuando parecía una postal europea con los árboles desnudos, sin vergüenzas y con las hojas caídas y naranjas y que llegan hasta las rodillas y chirrían con cada paso. Para esos días el Rey había ordenado que en el Central Park in a Corner se podía acampar; pero eso en estos tiempos es mandato sordo, o sin importancia, porque como uno bien sabe –y así deberían entender también los gobernantes–: el gobierno es del pueblo y su base se debe a sus necesidades y por eso la gente ya había invadido el parque, al igual que el Cementerio de Todos los que ya murieron, donde tomaron por asalto el camposanto como desembarco insurgente y lucharon contra los fantasmas que por ahí merodean y también contra sus propios fantasmas, sus demonios, sus temores y que yo no tengo miedo, yo no tengo miedo, en la oscuridad, con la niebla de comienzos de junio, mismo lobo en las calles de París, aullando, asentándose sobre la arena fría, sin mover tapia alguna y sin marchitar claveles amarillos con el mal aliento, más bien compartiendo cualquier lugar convenido, y ahí también, en la Plaza Chin Chin, alrededor de la Catedral de Endenantes y del Castillo del Rey, donde el Rey, afligido, no habían monedas, faltaban monedas de algunos de sus cofres, que no será el estólido del arquitectucho ese que se hallaba regando los trece edificios habitacionales uno por uno, mirando cómo se desintegraban, muy feliz, muy contento, maquinando ideas malignas seguramente en su cabecita revoltosa, porque se reía solo, solito, y ya no más edificios, ja, ja, ja, se reía, ya no más avenidas, se volvía a reír, ni la avenida La Orilla ni la Avenida La Otra, las que siempre tuvieron el color de la brea seca y dura, por donde pasaba el corso primaveral cada invierno. Adiós pues edificios, adiós pues número trece, adiós piso doscientos ochenta y siete, adiós apartamento doscientos ochenta y siete G, adiós pues casa de Hermelinda, el único vestigio de propiedad inmueble y muebles que quedaban como nostalgia, adiós paredes que secreteaban sus palabras y también sus secretos, sus momentos, adiós, adiós, a dios hay que pedirle decían los sacrificados; pero a cuál, a qué dios bondadoso, y subían por mientras los tres mil seiscientos escalones de la escalera de caracol de fierro oxidado, oscuro lo demás, bien oscuro como una tacita de café bien cargado, hasta llegar por fin al Baldershage, el gran púlpito del último piso de la Catedral de Endenantes, del segundo piso mejor dicho, arrodillados, pidiendo clemencia como último deseo, que yo quiero un habano y que me vendan los ojos al mejor postor, el siguiente, yo solo quiero despertar, luego, yo solamente un cafecito bien cargado, otro, yo paso, y el último que yo quiero acostarme con Marilyn Monroe. Luego se los llevaron hasta unos metros de Hermelinda, en la antigua Plaza Chin Chin –porque esta ya se encuentra íntegramente derruida. Y ahí, en el centro, les prendieron fuego. Por Hermelinda, gritaba entonces la gente, Por Hermelinda, y ellos también gritaban pero porque los estaban calcinando, gritaban y nadie los escuchaba, porque sus gritos eran como de hormiguitas cacofónicas frente a los de la gente que eran como de coro de hipopótamos tenores. Hermelinda, gritaban y parecía un mitin de general en golpe de estado; y hasta el mismo Rey jijeaba por Hermelinda y desde la azotea de su castillo, empinando una pipa de agüita amarilla bien macerada, miraba al pueblo –su pueblo, nuevamente– que saltaba enardecido de gozo, entre bramidos y sudores, misma barra popular en estadio de fútbol, completamente enajenados, ¡yeeeeeehhhh! ¡yeeeeeehhhh!, gritaban, ¡qué viva el Rey! Y los cinco artistas que un día lucharon por sus libertades quedaron hecho trizas, cenizas que se llevó un viento de los mil demonios que pasó por ahí como quien no quiere pero sí desea, como para la toma, como para la eternidad, dispersados como polvo lunar de algún cometa, y todo porque se pusieron de acuerdo en otro instante de inspiración repentina y conjunta, que el sueño de Hermelinda no era más que una triste realidad.
El Rey se sentaba a veces en su trono, en ese blanco como la simpleza de un apuro, el de la cadenita al lado zurdo cuando ya se está de pie y muy complacido, en las noches de tormentas tumultuosas de truenos, relámpagos y centellas, Batman, que no te imaginas, y se ponía a pensar, sería verdad o no. Creía que le robaban su oro –solo su oro y nada más, creía que la virginidad producía cáncer (porque así le habían dicho) y que si ya era tiempo de cobrar algún tipo de impuesto, y si salía a cuenta en dólares o en billetes de monopolio. Luego se daba cuenta de que no debía ser verdad todo eso, no debía, no debía, no debía dudar pero dudó. Lee bien esto por favor: el Rey dudó, y fue como un dado que cae dentro de un vaso de whisky con el seis encima, ploooc, en cámara lenta y con luces de Las Vegas, una caquita chiquitita, como de conejo estreñido; se limpió el trasero con la indiferencia de la naturalidad, y se subió sus pantaloncitos de bombero torero, mmmmm, se puso a pensar, como maquinita de reloj su cerebro, caminando como genio incomprendido, con los pocos pelos de coronel jubilado desgreñados y con el índice en la boca, el medio entre los incisivos, el anular en los labios, el meñique sobrando y el pulgar escondido, debajo, abajo, andando por los corredores de su castillo, de su enorme castillo, de su enorme enorme y muy muy solitario castillo. Llegó así hasta la azotea, cansado y extremadamente exhausto –pues son trescientos pisos, el ascensor está descompuesto (también se halla muy mal el pobrecito), la cañería de un baño está que inunda todo un piso, otro está atorado y completamente cagado, huele a mierda, puf, o sea, solo queda el de servicio del primer piso en buen estado, aunque de vez en cuando tiene que llamar al Caballero para meter mano para desatorarlo; por eso, ya pues, cómo quieres que llegue por las escaleras hasta la azotea, si no es extremadamente exhausto y cansado; aunque de llegar siempre llega, porque el Rey no fuma y baila solito su salsa, eso sí, y al fin y al cabo llegó y se sentó en un rincón, en una cornisa, con sus piernecitas de chinchilla flotando en el aire. Hermelinda dormía, la gente en vigilia, sentados todos como sombras de mejicanos descansando dentro de una manta, como muy ponchos, y el Rey que se queda viéndola entonces, muy cachazuda ella, indiferente, y muy bella también, La Bella Durmiente, tenía razón, sí, la bella durmiente, y se le veía como una dulce armonía que flota por los mares muy lejanos, le mandó un besito volado con el primer airecito que pasó, sopló y el beso voló como una mariposita muy contenta que va a la escuela en primavera, se pegó al cristal y quedó estampada como pájaro en el parabrisas; y eso es lo que vale, el gesto, el alzar la pipa y brindar por ella, por la mujer de sus sueños, por la mujer de su vida, de toda la vida, de todititita todititita la vida; por Eva.
Hermelinda hacía recordar muchas cosas, hacía olvidar muchas otras, también, hacía pensar y soñar muchísimo. Todavía, en este mundo donde está terminantemente prohibido soñar, y peor aún, despierto. Al Rey no sé por qué pero le hacía recordar a Eva, su antiguo amor, su primer amor, su único amor, y no había nadie quien le sacase esa idea de la cabeza, para qué además, si no hacía mal a nadie, la comparaba y nada más, no la confundía en ningún momento, siempre decía Eva era así y Hermelinda también, o Hermelinda es asá y Eva no, felizmente no estaba con que Evita, Evita, Evita, despiértate, por favor, porque sabía muy bien que Evita ya había muerto hacía algún tiempo ya bastante, cuando él era todo un galán en proyecto, cuando por esa época le andaban diciendo que era el soltero más codiciado, el Rey más pretendido; pero, baaaaaahhh, eso nunca sucedió. Eva solo lo miró un momento, cuando alisó sus cabellos largos con olor a caléndulas y tomillos silvestres y continuó roñando a Caincito y secándole las lagrimas con sus faldas de hojas secas al pobre de Abelito; en cambio él, prendado, Cupido lo había asaltado por la retaguardia y le había mandado tremendo flechazo de esos de hierro forjado, no como los de ahora, que parecen agujitas de ambulante bandido, hincan nomás un ratito y ya, un beso y listo, si te veo no me acuerdo.
Hermelinda es como esa primera mujer, como la única mujer, como la mujer que más se ama con la distancia, con la que llega a cualquier hora, en cualquier momento, en el recuerdo, en el sueño, siempre presente, siempre cálida, muy tierna, tanto como sonrisita de niño traviesón, casi como la fragancia de un domingo de primavera, sentado al pie del umbral de un gran castillo, mirando simplemente al tiempo, sin darme cuenta de toda esa gente que vive y aguarda no sé qué, tal vez un bostezo, otra lágrima o un guiño, pero no, nada, las personas continúan nomás sus vidas, como toda una grandísima comunidad, como en un festival de conciertos de nunca acabar, como una multitud ante el ídolo, alrededor, rodeando a Hermelinda que duerme suspendida en un sueño, como encantada, como hechizada, volando por ahí por su sitio estrellitas de varita mágica, de una hada tal vez, de una hada madrina que aparece de improviso y tic, la toca, muy despacito, un suspirito ventoso y Hermelinda despierta y la hada que se esfumó, desapareció, como mariposita que regresa a la ilusión, muy traviesita, recontra vivaracha, dejando a Hermelinda a mi vista, y a su vista de mi vista. Se despierta, muy adormecida y con marcas en el rostro porque su brazo fungía de almohadón, un poco hinchada, toma asiento y me mira, extrañada, me sigue mirando, y yo a ella. Llevaba casi dos años y se levantó media droggie y media chinita, bien entumecida, me mira, y yo a ella, y los demás como si nada, como dibujados, parecen una escenografía de teatro pobretón, al fondo, como fondo, muy al fondo, al fondo ya bien lejos, tanto como si no existiesen, como si nunca hubieran existido, y blanco todo, blanco y negro, como en un cómic, dos personajes al libre albedrío; eché a correr hasta donde ella estaba y ella encerrada, no podía salir de su domo, como sirena dentro de una burbuja, corrí y corrí, parecían kilómetros de kilómetros, logré sentirme fondista tercermundista, corriendo porque atrás persigue la policía y es el único pan que queda, pero luego en otro momento caí en la cuenta de que estaba enamorado, alargaba el paso como balerina narcotizada y alzaba los brazos como angelito maricón, un pasito, luego, otro, después otra vez, un pasito, y luego, otro, y así plop de repente, me tropecé contra la campanota y me vengo a caer de bruces, la nariz hinchada, roja, y ay, carijo, qué dolor, me caí de la cama, Poh Poh!, Juárez y los disparos, los balazos de la ingrata realidad.
No, nada de hadas madrinas ni de que Hermelinda despertó. Todo fue un sueño, es mentira, las hadas madrinas hasta ahora siguen viviendo debajo, en el Mundo Subte, y solo salen por las noches como lobos aulladores entre grietas peñascosas, se filtran por los huecos subtes como sombras de cianuro y aparecen en El Bar El Tufo con sus trajes de gala añejos y estropeados, con olorcito a naftalina, a guiso de menudencias y a colonia de mercado; ya son viejas, ruinosas, muy bichocas, están jubiladas todas, viven de recuerdos a resignaciones a largo plazo porque hace tiempo que no reciben pensión alguna, ya no tienen trucos, no vuelan, están gordas, obesas, como matronas de burdel nomás queda alguna o como limpiadoras de baño de canecos seniles; así como Campanita, pues ella sigue menudita y flaquita como mujer bonita pero muy arrugadota, su varita la usa para espantar a las ratas groseras y la estrellita que llevaba en la punta se perdió en una cacería por callejones lluviosos de agüita amarilla y bien mal de la próstata.
Lo de Hermelinda fue otra vez un sueño. Cosas del autor –a propósito, ya me está cayendo muy pesado, peor que pedo de elefante y más espeso que avena de puericultorio chino. Pero fue tan real, como que a veces confunde, no? Cuál es la vida? Cuál es el sueño? Dos mundos, dos realidades, muchas realidades, muchos mundos, y cuál es el de uno?... mmmmm, filosofar: Dios existe? Es hombre o mujer? Cuántos años tiene?... ya, ya no más… está bien, solo esta última, en verdad ve todo?... ya, ya, yaaaaa!!
Bueno, bueno, se iba a celebrar el segundo aniversario por el sueño de Hermelinda –y también su cumpleaños– y ella que no se despertaba para celebrarlo; qué chica, dios mío y solo mío y de nadie más, porque cada uno tiene el suyo.
Pero para qué se debería de despertarla, por qué también. Si estaba bien así, dormidita, sin saber nada de lo que pasaba en este mundo, sin enterarse de nada, nada de Fulanito dice que Sutanito le dijo que Menganito le había dicho que qué cosas, no? Nada de estar preocupada tampoco por saber quién será el hombre de turno, si será grande, grueso, morocho, un chico de moda, el autor quizá, porque dicen que está buenazo, como para comérselo a pedacitos, mientras el bendito Pasado metido ahí como siempre y en cualquier instante, en el peor o si por ahí queda uno bueno en el bueno entonces, jodiendo en todo momento, y más desde que te dije que no era él sino ella, uy, hubieses visto como se puso, regia, regia pero para su propio estándar de regitud, claro está, mmmmmuá, besaba a diestra y siniestra, yo sabía que esto que llevaba entre las piernas no era mío, decía y sííííí!!!, gritaba, dichosa, misma ganadora por mejor actriz de reparto, emocionadísima, no lo podía creer, decía y lloraba, una lagrimita, luego dos, agradezco a Hermelinda, decía y seguía con el llanto, porque sin ella, sollozaba y sonaba el moco, sin ella nunca hubiese podido… y se quedó ahí nomás, porque ya eran tantas las lágrimas como muchedumbre que rodeaba a Hermelinda que terminaron por inundar el Teatro de las Ilusiones Rotas; ciento veinte muertos por ahogo, por ataque cardiaco, por algún pisotón y por una flecha de hierro forjado que traspasó un corazón muy muy henchido de amor herido. Los demás, se salvaron, felizmente.
Y en fin, el Pasado –o la Pasado, ya– la embarró, como siempre, la fregó. Pero si solo Dios y los imbéciles nunca cambian.
Bien, dos años era ya y Hermelinda creo que poniéndose al día por las horas que no había podido dormir y seguro por las que vendrían también. Creo que todo su tercio de vida, si es que hubiese tenido una vida normal, estaba poniendo a buen recaudo en un tiempo compacto. Dos años y la gente y ahora qué hacemos, ahora quién podrá ayudarnos, acaso el Chapulín Colorado. No, nada que ver, él hace mucho tiempo que colgó sus pantimedias rojas; no, pues, no había nadie, nadie quién piense, quien pueda dar una opinión y decir yo sé cómo. Entonces, ante la falta de grandes mentes, de grandes pensadores, y de grandes cabezas; pues no he visto alguna vez cabezones por estos parajes, solo grandes cabeceadores, les dije ¡ya sé!, muy emocionado yo, como al terminar de un examen con la seguridad de que está bien resuelto; y ellos que voltean a verme: y tú, ¿quién eres?, me preguntaron; y yo, pues, con la templanza que requiere esta vocación, les contesto: el narrador; ¡¿Quién?!, se admiraron todos, muy desdeñosamente; pero yo sin bajar ni media micra de mi moral y autoestima, sino más bien más alta que de costumbre, me puse en pie, pues me hallaba sentado al filo de la cornisa del Castillo del Rey, como a veces él se sienta, columpiando sus piernecitas, y salté desde ahí mismo, desde la azotea, y la gente con que ya se mató, ya se suicidó, hoy comemos narrador asado, decían, pero yo como plumita, o como cóndor, planeando, escuchando las voces que siempre no faltan por ahí que dicen un avión, y otro no, una bala, no Supermán, y yo que caigo paradito a unos centímetros de este, frente a frente, y le digo no seas ingenuo, Supermán es un Subte, si es que aún no ha muerto.
Pero bueno, llegué, ellos asombrados, y entonces las clásicas preguntas, cómo hiciste eso, y las clásicas admiraciones, oh, guau (como gringo turista o perro chuscón) y las clásicas idioteces también, a que no puedes hacerlo otra vez. Y yo, que si le sigo la corriente, me hubiese electrocutado.
Pues bien, les expliqué qué era un narrador, qué funciones cumplía, qué tipos había; por ejemplo, hay altos, les dije, de ojos azules, con el físico de un atleta, y el Pasado que se entusiasmaba a mi lado, sííííí?, me decía, zapatones, sííííí?, sí, de grandes palabras, sííííí?, sí, así como yo, les dije, y baaaaaahhh, me contestaron todos en mancha, como en gremio sindicalista. Muy bien, les dije, son dos años ya y Hermelinda aún no despierta; es un milagro de los dioses bondadosos, les contesté –debo contar que por un momento, por un breve instante nada más, me creyeron un dios bondadoso que había aprendido su lengua y que llegaba a darles un notición, una revelación, el número ganador de la lotería de Babilonia, la fórmula de la Coca-Cola o tal vez el secreto de los Moche; pero no, ni uno ni otro, les dije, no soy un dios, los dioses no andan por ahí contando historias, solo soy una voz (¿la voz que no quiere pronunciar el propio autor?), la voz que grita enmudecida en el desierto, ¿qué? ¿En el Desierto Olvidado?, me preguntó un pequeñín que andaba aferrándose a mis piernas, no exactamente, le respondí, y todos de nuevo emitieron un baaaaaahhh, y me mostraron sus espaldas. Está bien, está bien, les dije y a continuación les expliqué, caminando de un lado a otro con pasos de teatrista canchero, firmes y seguros, Hermelinda es una mujer que antes de empezar a dormir tooooooodo este largo tiempo, nadie daba por ella ni dos reales, con las justas un centavo, y eso, ah; pero ahí estaban algunos pidiendo por sus servicios prestados y las fantasías cumplidas en El Tufo; sí o no?, les pregunté; pero ellos mudos, asentían nomás con la cabeza o con la mirada; sí, pues, les dije, y ahora sus vidas darían por ella, o no?; y el Rey que se encontraba escuchando todo lo que decía porque su Caballero me había puesto el celular como si fuese político saliendo del Congreso, pronunció ahí mismito un decreto que el Caballero se encargó en promulgarlo casi al segundo. Los voluntarios que deseen ser sacrificados por placer en honor a Hermelinda, y yo yo yo yo yo dijeron al toque todititos, sin falta, hasta los pequeñines que se sacaban el chupón por cantar dedodododo dedadadada en sus medias lenguas, pero el Caballero siguió, un hombre y una mujer, y entonces el joven Gian Pierre, el Pasado y unos –¿o unas?– cuantos más por ahí hicieron su pataleta, que tengan entre quince años recién cumpliditos y diecinueve con once meses y veintinueve días y algunas cuantas horas más, continuó, y todos los que no cumplían con ese requisito hicieron una rabieta, solo una, beeehh y listo, pueden acercarse al Edificio Burocrático de la Calle Del Medio, añadió el Caballero y siguió con los requisitos y demás datos.
A mí ya no me tomaron en cuenta; más bien se me acercó un lunático, un antiguo miembro fundador del Manicomio Mochales y Hnos. –lo supe distinguir porque todavía llevaba consigo el clásico uniforme verde ámbar del hospital (Manicomio Mochales y Hnos. decía escrito en el pecho y atrás el número de jugador que era, por ejemplo uno cero, o dos tres cuatro, o tres, o cualquier otro, dependiendo de la posición y el piso en que le tocaba jugar) que lo llevaba amarrado a la cintura como taparrabo y que andaba desde la primera destrucción por acá, por las antiguas calles coloradas y por las ahora fértiles arenas comunales, y pues me dijo –antes de caer yo ya muy antipático, de esos que la gente dice muchas flores muchas flores pero ni un fruto– mejor sigue nomás narrando, y se fue.
¿Para qué pues bajé? Ya me decía mi madre, nadador vas a ser, y yo, no, mamá, narrador, entonces uy, qué será de tu vida, pero yo, necio, caprichoso, como cholo terco, como mula que no quiere avanzar, fiel a mi vocación me decía a mí mismo, y ya ves, ahora, además de contar una historia, también soy un personaje más de la misma, y todavía uno que mete la pata y ensarta a justos por pecadores. Pobres muchachos, carajo, tenían toda una vida por delante; pero, también, qué se le puede hacer, si ellos se la buscaron; sí, pues, porque fueron hasta la Calle Del Medio, formaron una gran cola, una como de un último concierto de siglo, como la de un brontosaurio, como la cola para comprar el pan, o, como… como también… como no sé qué, como muy vericueto daba la vuelta en una esquina y así rodeaba la manzana, luego volvía y se iba por otra calle, por la quinta de la Calle Roja o por la sexta también, luego pasaba por el Hospital General de Todos, por la puerta principal de la Calle Última, y se iba hasta el fondo, con la muchachita que se llamaba Diana y que era la última y estaba parada en la puerta del Edificio Trece del Complejo Habitacional La Orilla –bueno, donde era el edificio Trece del Complejo Habitacional La Orilla– donde vivía Hermelinda; qué coincidencia, no?, porque ella fue la única mujer elegida, tal como se dice que los últimos serán los primeros, y los primeros seguirán siendo los primeros; sí, porque el primer muchacho que se encontraba en la cola, Jonás, fue también el único varón elegido.
Jonás y Diana, de quince años recién cumpliditos y él de diecinueve más once meses y veintinueve días y algunas cuantas horas más, murieron otro catorce de enero, fecha institucionalizada con las debidas leyes de la época y de la cultura, en medio de una gran algarabía desbordante, tanto más que champagne francés en año nuevo, que se agolpaba a sus lados mientras ellos caminaban con movimientos bahianos, caribeños y de guaguancó, desnudos en su totalidad, muy agarraditos de las manos, felices, acercándose al altar improvisado, sin pudores, impolutos, pues antes les habían preguntado, eres virgen?, sí, muy bien, y tú?, también, muy bien pero por si acaso la prueba del dedito, un mmm pujadito, ajustando el cuerpo, durito, como cuerpo de muertito, el cuello inmóvil y el cuchillo que les corta como lonjas de jamón ahumado, así a uno y al otro, la sangre que chorrea y el Caballero que la recoge en un cáliz, luego les hace una cisura en el pecho y les saca los corazones, después, le lleva el menú a su idolatradísimo Rey y este realiza un gran ágape, a mantel largo y a la luz de un par de velas litúrgicas, puesto que le habían cortado la electricidad por no haber pagado la cuenta.
Hermelinda dormía y no se daba cuenta de nada, ni siquiera de la gran marcha que realizaron los del Ejército de Limpieza por todas las calles, por las que todavía mantenían su color y por las que se hallaban más que embarradas; una marcha donde desfilaron con sus trajes de fiesta y con las clásicas botas de roble apolilladas, retumbando enormes ecos en esta ciudad donde el eco es un personaje más, uno simpático, chiquito y muy parecido a una lombriz con gorrita de New York para atrás. Hermelinda dormía y no necesitaba nada, ninguna ayuda ni S.O.S. en clave Morse, ella simplemente dormía, entregada al sueño, seguramente en los brazos de Morfeo; no necesitaba más de su bacinica ni de comiditas a las seis y cuarto de la tarde ni de trapos con qué cubrirse tampoco, menos entonces de alguien quien le parche un poco, le limpie la cabeza y le cocine guisos de madre, postres de abuela y torres de caramelo, sino, más bien, ella solo precisaba de su propio airecito que respiraba y que luego expiraba y de nuevo volvía a respirar dentro de esa gran campanota de cristal; y, también, de su sueño, por supuesto.
Hermelinda en el mundo de los sueños, viviendo otra vida, como alma recién despojada, cantando otras melodías, hablando en lenguaje de ángeles púberes, recorriendo otros mundos, muchos paisajes, distintos mares, infinitas olas, paradisiacas playas; para qué pues va a querer regresar, ni tonta que fuese; qué va, si ella siempre fue la más vivarachita del salón, la más mosca del edificio, la más pedidita en El Tufo, y la más triste, también, lamentablemente, la más vacía de espíritu, de ganas, ella solo actuaba para los otros, usaba máscaras todas las noches, mismo actor de películas de tercera, o como actriz porno convertida al evangelismo, arrepentida, no podía decir que no, solo muy bien, guapo, qué deseas, y por los parlantes, Roxanne, you don`t have to put on red light, those days are over, y lo cogía de la corbata, se lo acercaba con un guiño, you don`t have to sell your body to the night, Roooxanneeeee y aaaaahhhh, gritaba. Te acuerdas Hermelinda, te acuerdas de esas épocas; fueron tiempos que no se olvidan, fueron momentos del Pasado. Ya sé, tengo que entenderte, comprenderte quizá, qué me queda, toda una María Magdalena, la prostituta bíblica que lloró por el hijo de un dios. Y todo por un desgraciado protocolo de paz.
El Rey tuvo que firmar un mandato en el que se anunciaba que toda jovencita, después de haber pasado una semana de su primera menstruación, se debía apersonar al Bar El Tufo para cumplir con su Servicio de Meretriz Obligatorio, que duraría solo tres semanas, pero que en tu caso eso fue distinto porque a la vigésima primera noche, tu padre, y también dueño de la tasca, se dio cuenta que su hijita querida atraía tanta gente como moscas a la miel, tantos hombres que la ilusión los mantenía como perritos falderos siguiendo a Hermelinda, y le confesaban a tu progenitor, padre he pecado, y no deseo desprenderme de su piel canela; porque tú, eres ya de todos, te gustaban todos desde un principio, no que no, son lindos, decías; pero después, ay, que duele mucho, y no precisamente por lo que te entraba, sino más bien por lo que salía, como aceite en pan con chicharrón a la hora de morder el primer bocado: el arrepentimiento de la carne, de la grasa, los recuerdos, los momentos, en cualquier momento, flashbacks en fotografías rojas, todas sin enmarcar, desperdigadas como en una mesa de billar después del primer tiro.
Pero, felizmente, descubriste el mar. No, no lo descubriste, ya lo conocías, siempre lo habías conocido, nadie te lo había presentado; pues habías nacido en la torre de control de un aeropuerto con una bellísima vista al mar del sur, no?, recuerdas el comercial, qué vas a recordarlo, si eras una bebita, chiquitita, y muy feíta como cualquier recién nacido. Pero bueno, tu primer contacto con el mar fue a los pocos días nada más, después de que te pimponearon peor que granada sin ganchito porque nadie quería tener una responsabilidad contigo, puesto que tu mamacita, luego nomás de haberte dado de lactar, les dijo a los oficiales, un ratito ya, voy al baño, ya regreso, toda loquita ella, no sabía siquiera cómo ni por qué había ido a parar por allasote, se cogía de los pelos despeinados de su cabeza desordenada y se mordía un dedo con cara de cojuda; y los monses, por no decir incrédulos del pelmazo, porque también a quién pues se le va a pasar por la cabeza que una mujer que recién acaba de dar a luz, y que hace poquito nomás ha dado el pecho a su hijita, muy maternalmente, va a bajar los trescientos diez pisos de la torre y subir nuevamente los diez demás porque se había pasado la muy lerda, y escaparse por ahí como diciendo yo no fui, fue teté; pero no, no, no, no, no, le creyeron, ya vaya nomás, le dijeron y siguieron con sus caras de babosos embobados todos a tu alrededor –ya ves, desde el primer día de nacida ya congregaba multitudes, y todavía más que cualquier príncipe heredero o hijo de famoso– cuchi cuchi, te decían y así una hora, dos, un día, una semana, todos desparramados en los sillones, ojerosos, cansados, mucho, casi en exceso, porque te cuidaban muy bien eso sí, te daban la mamadera con leche de tigre y te cambiaban los pañales cochinos, te bañaban, te leían cuentos olvidados y muy secretos que ellos traían de contrabando en sus vuelos a tierras extranjeras, te hacían payasada y media para que no lloraras, y te perfumaban muy rico, con Johnson & Johnson. Hasta que el capitán Lara, el capitán Agustín Lara, por favor, que ya había perdido todos sus vuelos y lo habían echado del trabajo pero él como si nada, dijo, creo que ya no va a venir, y ahí mismito todos se miraron, estupefactos, con unos ojazos grandazos y bien abiertotes –a Josselyn, la aeromoza de una aerolínea turca, se le vio preciosísima con esa expresión: unos tremendos ojos azules y muy chinitos en la redondez de su mirada de anime japonés, con la cara alargada hacia la boca como tomando alguna bebida light con sorbete, dijo, O sea, no, yo no me voy a hacer cargo, y todos le siguieron– a ti te soltaron y te dejaron en medio, se abrieron y se alejaron un poco, no tanto tampoco, no eran ningunos desgraciados, por eso te llevaron hasta la Catedral de Endenantes, subieron hasta el Baldershage contigo cargada en brazos y cada uno pidió un deseo a su dios favorito, que Hermelinda crezca feliz, por favorcito, pidío uno, y otro, sí, que sea alguien grande en el futuro, por favor, y otro que si tiene un hijo alguna vez le ponga como nombre Agustín, y otra, que quiero salir elegida reina de la primavera este verano, y ahí mismo bajaron las miradas junto con sus cabezas luego de las súplicas y te vieron: la luz te caía en el rostro, era un resplandor de catedral, una ventanita dejada abierta por algún monje pendenciero seguramente, un destello te iluminó y se quedaron embobados todos: eras calvita, cachetoncita, con arrugas como letra de secretaria apurada en la frente, muy orejona, con una boquita de caramelo de un penique, y si te hubieran puesto una gran cadena de oro en el cuello con una cruz hebrea en el pecho, enseñándola muy reluciente debajo de un solo pelo en el pecho, a ver, tiene un pelito en medio de las tetitas, dijo Josselyn al abrirte el roponcito, y entonces, el capitán Agustín Lara que dice y si le ponen una camisa blanca a medio abrir y unos pantaloncitos blancos de marinero en tierra, a quién se parece, eh?, preguntó; y todos pensaron un solo instante, nada más, porque ya lo tenían en el recuerdo, se parecería al dueño del Bar El Tufo, le contestaron, y el capitán Agustín Lara, que se la daba los sábados por la noche junto a su esposa de cantador de bolos de bingo, gritó, cooooorrectoooooo; pues por eso te llevaron hasta El Tufo, te entregaron a tu padre y este no pudo decir que no porque eras su misma réplica, así que no le quedó otra que aceptarte; eres su hija, no? Y ese mismo día él cruzó la avenida La Única, pasó el Complejo Habitacional, atravesó la avenida La Otra (o De La Orilla) para llegar a la playa; se puso a caminar por la arena, contigo en brazos, y pensó, pensó, y pensó, qué pues haría con un unicornio, por qué mejor no lo hubiese aceptado a los oficiales de aeronáutica y listo, aunque, qué se puede hacer si es un regalo, se llamaría Upa y se le construiría un corral a un lado de la barra de la cantina.
Pero qué te vas a acordar tú de eso, si eras guagüita todavía, solo agú agú y puro llanto; no, no recuerdas eso, en esos momentos de niñez cuando se vive en distintas realidades como si fuese normal nomás la cosa, uno no tiene una realidad única, sino muchas y ninguna a la vez, porque los juegos son mundos que pertenecen a los sueños, al mar de las historias; por eso en el mar encontraste esos momentos de levedad que buscabas sin buscar realmente, esos instantes que transcurrían como sin transcurrir, periquetes que te llenaban con algo vivo que no podías ni nunca podrás describir, que tú no sabes cómo pero salías gratificada, como un beso de enamorados en la tempestad, era como si el mar fuese tu frazadita y tú buscaras su cobijo, te tapabas y te cubrías de todo, perdiendo ese miedo que se finge al hallar seguridad, como esa vez que sí debes recordar muy pero muy bien; te acuerdas ya?, tú eras una jovencita aún, ya empezaban los dolores y el Pasado te acosaba; miraste por la terraza de tu departamento y lo viste, corría y avanzaba entre las olas, un pez hecho de huanchaco pensaste, lo viste salir del mar y creíste que era un antiguo guerrero moche, se acercó a la cabaña de la tía Tere y le pidió un cebiche bien picante, ¿y para tomar?, una cerveza bien helada, por favor, dijo y tú le pediste que te enseñara, era tarde ya, el cielo se estiraba como chicle de tutifruti sin sabor, él se levantó de su asiento, era alto, muy alto, altísimo, con una piel de cobre curtida, ojos profundos y ganchudos, una mirada que te hechizó, pagó la cuenta y tú solo mirabas sus piernas, gruesas y musculosas, sus pies desnudos, muy grandes, oh, sí, el Pasado se hubiese vuelto loco –o loca, mejor dicho; aunque ya está bien pero bien loca– pero ese no es su territorio, es el tuyo desde ese momento que quedó estancado, como un ensueño, como un bonito recuerdo que se conserva dentro de una cajita musical, entraron los dos al agua, estaba fría la mar pero no se te puso la piel de gallina desplumada, entraste y fue como si andarás después de haberte fumado un pito, te sentiste realmente, te quitaste la ropa y continuaste entrando, estabas desnuda y fue simplemente por la naturalidad, subiste a su tabla y él se bajó de ella, tú remaste y él te ayudó, fueron hasta el point, llegaste cansada, pues son muchos kilómetros mar adentro, y felizmente no había nadie, se acercó entonces una ola, una grande, una grandaza, un tremendo olón, como la ola perfecta que busca cualquier tablista, la viste, era hermosa, majestuosa, pomposa, inmensa, era la única, te quedaste pegada y él te hizo volver en sí con una nalgada, te dio unas cuantas explicaciones finales y listo, remaste con fuerza, con todas tus fuerzas, como si te hubiese estado persiguiendo una turba furiosa, remaste y bajaste la ola, bien parada, bien regular, con convicción, con aplomo, como con inmunidad diplomática y bala de ruleta rusa, bajaste totalmente y se te veía chiquitita junto a esa inmensa pared de agua, era temporada de crecida y tú parecías toda una experimentada, cualquiera que te hubiese visto hubiera pensado que eras una hawaiana, australiana o quizá una mochica, porque con las manos abrazadas a tu espalda, en hang ten, te aturdías de la risa y de la emoción, qué alucinante, y uuuuuuuoooouuu uuuuuuuoooouuu, gritabas muy pero muy sobreexcitada, con un respetuoso vértigo al mar, por supuesto, a la braveza, y entonces buscaste el tubo y lo encontraste, sí, rodeada de agua totalmente, en el túnel, uuuuuuuoooouuu uuuuuuuoooouuu, ululabas, bramabas, extremadamente radical, rompiste la ola a una velocidad inimaginable, qué brava dios mío, Hermelinda, porque hasta hiciste un trescientos sesenta en pleno aéreo, y saliste ilesa, sin un rasguño, sin estrellarte contra ningún coral ni con algún erizo despistado, saliste por la puerta grande y uasu, qué tal ola, dijiste, ya en la orilla. El hombre ya no estaba, habrá sido un sueño pensaste y te quedaste sentada en la arena, contemplando como hacía su aparición la noche. Luego, cuando se oscureció totalmente el firmamento, regresaste a El Tufo. Todo sueño debía despertarse… y Juárez, sí, Juárez, como siempre, Poh Poh!
Uf, qué tal alucinación. Estoy loco o me estoy volviendo loco, no lo sé; pero sí sé que todo es culpa del autor; sí, lo sé, estoy completamente seguro.
Hermelinda iba a cumplir otro aniversario y no despertaba. La gente iba a cumplir otro año más ahí plantada alrededor de Hermelinda y no se marchaba por nada. ¿Qué pues pasa acá, carajo?, preguntó un día antes de la celebración un loco de esos salidos del Manicomio Mochales y Hnos. Recuerdo que se hallaba muy cansado cuando lo divisé, muy monótono, todo un inoportuno sentado entre los maderos de la baranda del Mirador de la Montaña Quietecita (y un poco atrasadita pero muy adelantadota), con una cara de bodoque realizado, preguntó eso, para sí solo nada más porque todos vivían ya otras vidas, y además si alguien lo hubiese escuchado lo hubiese hecho saber al Rey al toque nomás para que lo mandaran a matar con todos los festejos de un desterrado, porque los sacrificios por placer se realizan en fiestas distintas, son rituales como parte de una ceremonia nocturna, a la luz de las velas litúrgicas; en cambio, los sacrificios por penas graves se realizan de día, y pueden ser ahorcamientos, crematorios o tumbacráneos, que es lo mismo que el juego del tumbalatas, solo que en vez de latas son las cabezas de los sentenciados las que se tumban con balas de calibre cuarenta y cinco. Recuerdo que el loco solo cuestionó esa pregunta y no esperó mayor respuesta, sabía que no la tendría, porque lo que pasaba no era cosa de que si algún dios tiene barba o no o que por qué no existe canal uno, sino que esto es cosa del autor y de nadie más. Sí, del que imagina tremenda barbaridad, porque ni que Hermelinda fuese un oso muy perezoso en estado de invernación para no despertar; de paso, también es cosa nuestra –sí, tuya y mía– admitámoslo, porque le creemos. ¿Qué nos queda, no; no nos hace soñar, acaso? Sí, nos hace soñar los sueños de Hermelinda, sueños en blanco porque vienen para colorear, ya sea con plumones, crayolas o lo que sea, si hasta uno quiere con tintes naturales, así como los antiguos. O también con la misma imaginación; sí, ya que por obra y gracia divina el hombre calma su angustiante deseo finito por convertirse él mismo en un ser infinito. Como aquel personaje de Borges que quería construir un mapamundi de tamaño natural. ¿Qué iluso, no?
Por eso creo que la gente todavía seguía así, como momias de museo antropológico, sin dejar de estar presentes, estaban y no estaban a la vez, como Hermelinda misma, su profeta, la Moisés de este raro mundo, con la que van destruyendo poco a poco también su propio mundo –el antiguo mundo ya para muchos– y sin darse cuenta, tan solo por sentir el deseo de libertad, por eso fueron algunos hasta el Baldershage, arrodillados todos, subiendo los escalones remolinados de los trescientos pisos (pero que al final son solo dos, el primer piso y el segundo donde se encuentra el Baldershage), en una especie de pagapu, llevando ofrendas, sus cosechas, papitas nativas, hojas de coca, una vicuña, maca y algunas conchas spondylus del Ecuador dentro de un ceramio colorido. Hasta el más agnóstico llevó sus hojitas de coca y hierbabuena en un manto vetusto, herencia de una cultura que solo queda admirarla, dijo en una entrevista, en una de las últimas transmisiones, y luego añadió que ser agnóstico es estar dispuesto a creer en cualquier cosa, antes de ingresar por la puerta grande, porque de ahí subió como parte de la delegación y cada uno se santiguó frente a su dios favorito, arrodillados, con las rodillas con ampollas, muy rojas, con sangrecita caliente, y se pusieron a orar, oraron días, en ayunas, siempre arrodillados, muy acalambrados, idos totalmente, inspirados, dejándose cada uno caer como de un abismo, en puenting o en paracaídas pero sin sogas ni paracaídas, dejándose llevar simplemente para llegar a ninguna parte y de ahí llegar a todas para finalmente llegar solo a una parte, dejar de ser para volver al ser, al útero, en posición fetito chupándose un dedo, llegar a la verdad, a la verdad de todas las mentiras, y poder de esta manera aislarse del mundo, como fraticelli ermitaño, alejándose uno de este mundo que poco a poco va destruyéndose, desmoronándose como arbustos en otoño, en un otoño que todos esperan y que ansían que llegue para que de ahí siguiese el invierno, porque esta ciudad, de quincha y barro, es un total encierro, muchos edificios, construcciones magnificentes que no dicen nada, sino muchísimo, todo, como rumores chismosos por altavoces gigantescos, con ecos que trabajan más que cantoneses o que cualquier hormiguita honrada, moviéndose de un sitio a otro y de ahí a otro y a otro, a todos lados, dejándose llevar por los vientos, por los susurros que poco a poco se dejaban oír más sutiles, más calmados, como agua de piscina para chiquillos, más tranquilos que la liviandad; no, no tanto tampoco, pero sí muy aceptables, como las confesiones que hicieron los que se presentaron al Baldershage, ya totalmente liberados al completarse la semana, muy concentrados, bajaron luego de las últimas penitencias y cayeron rodando por el suelo porque el cuerpo ya no les daba para más, como si se encontraran hechizados por alguna magia vudú, como zombis resaqueados o como si recién salieran de una última función de cine, les costó trabajo comprender todo de nuevo, pero vieron el Castillo del Rey, y al mismísimo Rey en persona que los espiaba tras los binoculares, y recapacitaron, en un instante, ah? qué?, ah, sí, sí, sí, ya está, listo, dijeron y mostraron sus sonrisas, unas sonrisas adormecidas, pero la gente igual se alegró, se pusieron a bailar, a danzar, muy catárticamente, a ritmo de piedritas, conchitas, palitos, palmadas, silbidos y cantos yorubas, saltaban y se emocionaban, mucho, era una fiesta y todos alrededor, uno tras otro, rodearon a Hermelinda y danzaron la danza de la lluvia, con las diestras tapando y destapando sus bocas, uh uh uh uh, repetían, esperando no a las lluvias andróginas porque estas no traen calamidades y porque saben muy bien que es temporada de primavera, sino que esperaban los manguerazos, los chorros de agua que no se hicieron esperar mucho porque el gaznápiro del arquitectucho ese se puso a regar los edificios, había empezado por la Catedral de Endenantes y casi la multitud enardecida lo maltrata a peñiscones, pero pidió perdón porque en verdad no se había dado cuenta, así que la gente tuvo que aceptar sus disculpas, y entonces dirigió la manguera del parecido de una anaconda y bañó a todos las construcciones de la Calle Del Medio, a la Biblioteca de Lenguas Babélicas, al otro Edificio Burocrático, y al Sindicato de Alumnos sin Profesores y Profesores sin Alumnos; se demoró toda la estación, más los primeros días del verano, pero por fin acabó, muy cansado, morado también, agitado, casi como extenuado, pidió un descanso y le acercaron una silla, tomó asiento y desparramó su encino cuerpecito, su brazo derecho se le churreteó y cayó tieso, muy congelado, ya muy muy cárdeno, parecía un helado de mora que se había caído al pavimento y derritiéndose al sol de un mediodía, algo así como desodorante en sobaco de futbolista; pero lo logró, y un día antes del tercer año.
Por cierto, nadie creyó que lo lograría, qué va decía la gente, será para el diecinueve veinte, máximo máximo, el dieciséis, se burlaban, pero de diciembre añadían, y se reían en su cara, riéndose a carcajadas, con unos jajajás muy aparatososcomo sombras que dan mucho miedo, y eso que con la lamparita del velador encendida y tapándose uno hasta las narices con las frazadas, y ay, papá lindo, qué meyo, qué remedo, qué cara dios mío que les puso el maleante del arquitectucho ese a la gente, aaaaaayyy, esa sí que daba más miedo, un jojolete con la boca fruncida a un lado y los bigotes como alfileres desperdigados y la naricita empinadita al ay, puf puf, la mirada achocolatada y las pestañas a lo Zsa Zsa Gabor, las cejas de Susy Díaz y los pelos disparejos y revueltos, y ah, qué risa, era un simplón pilongo que se la daba de empresario sin empresa y que le anuncíaba a la gente ya van a ver, ya van a ver, mientras se levantaba de la silla y nos daba la espalda para irse por ahí a no sé qué sitio, ya van a ver, y con la mano que le quedaba nos hacía un no se muevan ya vengo, ya van a ver, ya van a ver, y todos que ven un… un… y todos que ven… que ven… ¿Que ven qué?... no sé, no puedo describirlo, no, no puedo, yo no lo vi, y a mí ni siquiera me lo contaron. Perdón.
Tres años y Hermelinda que no se dignaba a levantarse, qué perezosa, diosito mío, decían los más viejos, los que andaban por detrás, con las manos esposadas (pero sin esposas), fumando un pito, o chupando una chelita en lata bien helada, dando pasos cansinos y melancólicos, el tiempo que pasó y el viento que lo alejó; los recuerdos, las historias antiguas, las épocas en que los príncipes vestían sus mejores galas azules para besar a la damisela desprotegida, los días en que los héroes luchaban con espadas de verdad contra dragones inmensotes y muy fulgurantes, momentos que solo serán de ellos. Benito decía, “en nuestros tiempos”, y se refería a los suyos, ya tan tan lejanos, me contó así alguna vez un buen amigo mío, medieval y novicio benedictino, y pues cae a pelo esta aseveración; sí, pues, porque doña Mariluna entendió que sus tiempos ya habían pasado, que los días en que fue la más pedida y amadrinó a tantos ahijados ya habían sido, y estos ingratos de porquería no saben nada, son otras épocas, pues, ya no piden historias para ser leídas, y los libros están por ahí, escondidos entre telarañas y polillas debajo de las camas almidonadas, ahora los niños ya no duermen a sus horas debidas y se rebelan, se quedan viendo la televisión hasta altas horas de la noche, desparramados en sillones roídos y con las manos dentro de los bolsillos con hueco; ya no hay imaginación, ya no hay fantasía, ya no están las abuelas sentadas en un mecedor de mimbre remendando un calcetín con un huevo de gallina clueca en el talón, ni obsequiando tampoco caramelos de limón a la boquita que recibe con los ojitos cerrados, esos días de juegos en burbujas, de sonrisitas pícaras y tiernas, muy ingenuas, ya pasaron al olvido, pensó la pobre viejecita y caminó un poco más, quiso arrojar la lagrimita que no salía, pero siguió con su camino, de espaldas al gentío que vivía un mundo aparte, en una jarana de rompe y raja, con cajón y guitarra, y la viejecita siguió andando, hasta antes del final de la ciudad, pasó por El Tufo y saludó a los dos grandulones de la puerta; por la noche regresaría, a recoger cenizas de habanos turcos y a trapear meados de viejos desvejigados, sí, nos vemos lueguito, les dijo y siguió nomás andando, por la Calle Rosa, llegó hasta uno de los Huecos Subtes y bajó las escaleras con la parsimonia de cualquier sentenciado, dio un bostezo y la lagrimita que no caía nunca más cayó.
Pasaban los días, pasaban las semanas y así también los meses, y Hermelinda, como si nada, dormía, peor que un tronco, y no le molestaban los ruidos de tractores truculentos ni las pachangas de padre y señor mío que armaba la gente todos los días. Dormía en plena acera y parecía como si estuviese echadita en una cama bien tendida, descansando su cocorota sobre una almohada de lana de oveja mofletuda; quizá sea así como ella lo creía, porque dormía con rostro de modelo de colchones para la televisión, tan feliz y tan risueña como Blanca Nieves en las camitas juntas de los siete enanos; dormía internada en dolce far niente. Lejos quedaba ya la realidad –su realidad, el mundo–, su mundo, tanto como de aquí hasta Plutón o más allá de los límites de su propia imaginación.
Tal vez le hayasen dado mandrágora para que se duerma, no?, me dijo de repente un chiquillo que me andaba jalando de la ropa, y yo, sí, pues, quizá, no?, le respondí como excusa y seguí reflexionando en lo que andaba cavilando, pero el muchachillo de nuevo, que me jala la camisa y, o si en el desayuno de ese día habría tomado una infusión de anís, manzanilla o hierbaluisa, me preguntó, mientras leía algo de un cuadernito de notas, y yo, no, solo toma café nada más, y continué en lo mío, pero él, un momentito se quedó pensando, luego revisó sus anotaciones nuevamente, hizo algunos apuntes y me respondió con un no, no puede ser, porque el café contiene cafeína, que es diurético, antiafrodisiaco, y estimula la acción cardiaca y además produce insomnio, así que definitivamente no pudo haber sido el café, sino más bien, algo con lo que acompañó a ese café: azúcar, tal vez?, me inquirió, mientras yo, no, nunca echaba ni una cucharadita y menos algún terroncito, y entonces se quedó callado otro momentito y rebuscó dentro de su mochila azul, sacó un libro grandazo y lo hojeó con mucho ahínco, luego me preguntó si no habría comido algunas tostadas de semillas de girasol, y yo no, nada, con qué además?, pero él siguió, leche hervida con un pedazo de cebolla, y yo no, ni hablar, si su aliento es de flores silvestres en campos de rocío, pero él, no se habría puesto barro sobre el vientre y cubierto con una venda, y yo, no, nada de nada, ella simplemente se sintió cansada un día y se quedó profundamente dormida en una esquina, pero él párvulo no se dio por vencido, abrió nuevamente su mochilita y desparramó todos sus libros sobre el suelo, se ajustó bien sus anteojos rojos y muy redondos y se puso a leer y a leer y a releer, y al rato, me pasó la voz otra vez y me dijo, y si le damos ariento vivo, dicen que resucita a los muertos, ah?, pero yo, medio que me sobresalté también y perdí un poco las paciencias, le respondí déjala que duerma, acaso te jode?, le gruñí, y, de paso, no deberías estar estudiando?, acaso no deberías estar en la escuela?, le pregunté, pero él, muy suelto de huesos, me respondió, cuál? La Escuelita de la Pera?, y se rió, tú sabes la historia, no?, me dijo, y yo, sí, desde que apareció el hombre, este fue desarrollándose y formó pueblos, conquistó imperios, estalló guerras, se burló de los acuerdos, volvió con las guerras nuevamente… pero él, aguanta aguanta, yo te hablo de la Escuelita de la Pera; la conoces, no?, me sonsacó, con esa convicción de estudiante chancón y gavilán pollero a la vez, y yo, sí, le contesté, qué no voy a conocerla, después nomás de haberse edificado la ciudad, que algo le debe a New York, Tokio y más a los Supersónicos, el cominero del arquitectucho ese se puso a jugar póker con el Rey, con el padre de Hermelinda y conmigo, así como para descansar las fuerzas motoras. Nos reunimos en el Castillo del Rey y este nos hizo subir hasta la azotea, donde tenía ya lista la mesita redonda de su Caballero con las fichas y las barajas sobre un mantel verde. Nos sentamos bajo la luz de luna de medianoche y jugamos. Apostamos todo lo que teníamos: el Rey sus cofres de piratas, bien llenos, por supuesto, el padre de Hermelinda sus secretos mejor guardados bajo llaves de cientos de candados azules, el cangallo del arquitectucho ese los cachivaches que llevaba en su morral que nunca se vaciaba ni aunque sea un poquitito, y yo, mis más humildes palabras. Jugamos horas; qué digo, días, noches, una semana entera en total. El padre de Hermelinda tenía ganado uno de los últimos edificios de la ciudad, serviría como taberna y le pondría como nombre Bar El Tufo (por el tufillo que destilaba por su garganta de puritas etiquetas negras, verdes y diablos azules); sus secretos los mantenía todavía muy bien precavidos bajo los cientos de candados muy bien cerrados por los cientos de llaves azules. El Rey tenía dos cofres menos, pero muchos edificios para ofrecer. Yo tenía aún mis palabras y dos cofres de piratas verdaderos bien llenos. El pelele del arquitectucho ese tenía algunos trastos menos pero su morral seguía como lleno y un par de ases bajo las bastas de sus pantaloncillos acampanados; pero nadie lo sabía. Se lanzaron las últimas cartas y yo pedí dos, el Rey tres, el padre de Hermelinda dos también y el chisgarabís del arquitectucho ese tan solo una. Yo no fui en ese juego, el Rey sí y arrojó unas fichas sobre el paño: igual hicieron el padre de Hermelinda y el mamarracho del arquitectucho ese. Los dos primeros pagaron excesivamente bien para ver –pues así es la lujuria– y el chiquilicuatro del arquitectucho ese bajó sus naipes. Un póker de ases y una reina de corazones. El Rey, y más el padre de Hermelinda, se lamentaron casi a moco tendido y estirado como chicle de prostituta parada en una esquina, peor que futbolista que falla un penal en final de campeonato mundial y todavía en el último tiro. Pucha –lo hubieras visto–, el padre de Hermelinda quería llorar, deslizar aunque sea una dura lagrimota por sus ojerotas de elefante noico, pero nada, su orgullo felizmente no se lo permitió. Le entregó el manojo de llaves a mano tumbada y el camasquince del arquitectucho ese la recibió con cierto aire a triunfo. Déjame decirte que se sintió toda un ama de llaves de palacio encantado, feliz, con sonrisita de psicópata anacoreta. El Rey, en cambio, muy sereno, lo invitó a un lado, lo llevó hasta una esquina, y le dijo que escogiera; entonces el sacabuches del arquitectucho ese señaló el último edificio de la ciudad y el Rey le preguntó, ¿cuál, el bar?, y él, no, el otro, ¿la Academia?, volvió a preguntar el Rey, y él, no, el otro, y el Rey, ah, ese, aún no sé para qué puede servir, le dijo, pero el desastrado ese del arquitectucho sonrió nuevamente, también muy maliciosamente, pero esta vez ya como psicópata mundano, y se frotó las manos como mosca sobre la caca, y dijo, yo sí sé, es la Escuelita de la Pera.
Con una escuela, el chafandín ese del arquitectucho quería volver a ser niño otra vez. Quería volver a los días de cuando aprendía a cocachos, allá en una escuela fiscal. Por eso equiparó con mobiliarios los trescientos pisos del edificio con aulas de cuarenta y dos carpetas iguales y contrató a los profesores más lerdos de la región. Mandó a pintar las paredes de blanco y compró un par de fluorescentes largos para cada salón. Matriculó a trece mil cuatro alumnos y recibió las cuatro primeras cuotas del seguro estudiantil y de la asociación de padres de familia, y además, se encargó de diseñar los planos del coliseo estilo romano del octavo piso, la pista de karts del doscientos uno y de la pequeña mezquita que se halla en el sótano (junto a los vestidores de damas) para los hijos de judíos. El primer día de clases, antes del toque de la entrada, los alumnos seguramente habrían de haber estado alguno tomando su desayuno con tecito filtrante y pan con mantequilla derretida, otro yendo de la mano de papi al colegio, mientras, que el primer alumno que llegó a la Escuelita de la Pera, casi con el alba, se encontró con un cartelazo bien grande hecho de cartulina rosa con plumón grueso azul pegado en el portón marrón de madera rústica. Mi amiguito, el acá presente, el de la mochilita azul… ¿cómo?... ah, ya: Jorgito dice se llama, dice fue ese primer alumno en llegar tempranito a la escuela y encontrarse, muy asombrado, por supuesto, con el aviso que decía: Tírense la pera. Firma –abajito– el espantajo ese del arquitectucho. P.D. –más abajito, y con letra más exagerada que la anterior– Para siempre.
De hecho que el redrojo del arquitectucho ese quería recordar sus épocas de niñez: jugar rayuela con una piedrita en la pista (y todavía con la tiza del profe), patear con sus compinches canillas y rodillas de otros y también pelotas de trapo, jugar bolitas, lingo, policías y ladrones, la pega inmóvil, bata, botellita borracha y escondidas con las alumnitas de las madres canadienses, volar cometa –harta cometa– en los otoños cuando el viento de los mil diablos es aún unos soplidos de solo un ciento nada más. De hecho que quería volver a hacer todo eso; y solo lo podía hacer como antes, tirándose la pera, faltando a clases, pagando a los profesores por lo bajo, a la altura de los tobillos más o menos, y mintiéndole a sus pobres padres. Así terminó el colegio y lo mismo hizo en la universidad; solo que en el alma mater no tenía ninguna obligación de asistir a clases, así que para él mejor; se consiguió a un joven que sí quería estudiar y que anhelaba ser un profesional, algo en la vida, pero sin título, porque el enteco ese del arquitectucho le quitó el diploma de honor que tanto desvelos le había costado al otro, pero que al viejo del encuchizmado del arquitectucho ese le costó aún más porque eran sus ahorros de toda la vida y no sabía adónde habían ido a parar, y hasta le hizo a un lado en todas las fotos de la graduación, sonriendo con picardía, y malicia también, junto a sus padres, todo muy bien enternado y engominado.
Perdón, Jorgito, perdón. Me emocioné mucho hablando del harapo del arquitectucho ese y me fui por las ramas antes de contar la historia de la Escuelita de la Pera; pero a mí –tú ya debes saberlo, no?– cuando me sueltan la lengua –o, mejor dicho, la tinta– no hay quién me pare. Pero, bien, ese cartón aún sigue pegado y ningún alumno ha vuelto. Los padres de familia hicieron un par de revueltas en la Plaza Chin Chin pero rápidamente fueron dispersados por el Comando Conjunto del Ejército de Limpieza; los botaron a escobazos y a punta de trapeadores mojados, escurridos con vueltas en trenzas andinas y lanzadas como latigazos a los que intentaban perturbar el cague del Rey. Porque el cague del Rey, por si acaso, es imperturbable, algo sagrado para el pueblo: no debe existir ruido alguno, solo las pujadas del Rey; son los instantes de meditación, y de algún buen mandato, también, claro está. Por su parte, el enclenque ese del arquitectucho se fue a vagar por ahí y se volvió más enclenque que de costumbre y no volvió a engominarse más los pelos. Luego, cuando apareció de nuevo, la gente medio que lo reconoció y medio que no; pero como ya se habían olvidado, y a la Escuelita de la Pera también, a esta más bien la utilizaron como almacén de baldes, trapeadores y escobas del Ejército de Limpieza y de algunas cuantas cositas que no alcanzaban en la mezquita de los hijos de judíos de La Academia.
Jorgito se fue a estudiar, solito, y Hermelinda ahí echadita, descansando la siesta de los dioses, tan satisfecha, tan dichosa, como el pecado carnal, porque mientras más dura mayor es el deseo que se siente en el recuerdo. Sí, así fue su primera vez, quería con todas las ansias locas de monjita que separa bien las piernas montando a la bicicleta que ese momento no acabara, que durara para siempre, tal vez la misma eternidad, así, sintiendo, sudando, gritando, gritando, hasta con lagrimitas; no sé cuántas, pero sí algunas que se confundían con el agua de la mar.
Hermelinda era niña aún, jugaba con muñecas de trapo y armaba castillitos de arena en la playa. Cruzaba las dos avenidas y saltaba el murito para caer sobre la arena caliente. Era conocida, todos sabían quién era, pues su padre era el dueño del Bar El Tufo; así que jugaba siempre solita y nadie se atrevía a hacerle daño; aunque a veces algún hampón mañosón le echaba ojo desde lejos y la observaba, con su ropita de baño de veleros anclados o con la de Minnie Mouse en California, con coletitas, resaltando sus pequeñas tetitas que ya andaban como limoncitos algo maduros, sacando potito, mientras jugaba a armar castillitos de arena. La tía Tere siempre la llamaba desde su cabaña y la invitaba a almorzar, todos los días –su papá pagaba la pensión; luego, por la noche, a la salida de la segunda estrella, llegaba su padre y la recogía. Pero, en aquella oportunidad, justo a la semana de su cumpleaños número once, su padre no fue a recogerla, se había ido a la Catedral de Endenantes a darse de fuertes golpes contra el pecho y se lo hizo saber; ella no quiso que nadie fuese a recogerla, ni los macucones de los porteros de la cantina, tampoco Sam el pianista, porque le daba un poco de vergüenza andar con él, porque caminaba como soldado de tropa, marchando, aunque era muy buena gente, eso sí. Ya se sentía grande además, podía regresar solita, y saber qué contestar a cualquier lobo disfrazado de abuelita si se encontraba por ahí con alguno. La tía Tere ya había hecho pasar las sillas de paja, las mesas cojas y descolgado la pizarrita del menú antes de cerrar la cabaña con candado de carceleta. La llamó y le dijo que si quería la podía acompañar hasta su casa –bueno, hasta el Bar El Tufo– pero ella no, gracias, le contestó, y regresó a la orilla; se sentó en el umbral de su castillito de arena y fue comiéndose con la mirada el atardecer: el cielo era púrpura así como esos moluscos gasterópodos que viven en los mares muy profundos, corría un leve airecito a paso cansado, las nubes se estiraban como algodón de feria y el sol se apagaba lentamente, como fósforo ahogado en un charco inmensototote, las olas venían y volvían a venir y no había cuándo dejaran de persistir. Hermelinda se hallaba despreocupada, pachorruda, con las piernas dobladas y abrazadas con sus mismos brazos, miraba el agua que se le acercaba y mojaba sus pies y se alejaba en espumas y nada más. Miraba la resaca y se relajaba con esa mansedumbre que saben tener los grandes mares que viven toda una sabia eternidad. Los párpados los tenía bien levantados y no se le sucumbían ni por un instante; parecía una drogadicta saciada, o mejor aún, una monjita a quien el dedo de dios le había hecho el favor arrinconándola contra el claustro. Miraba y oveservaba, nada más. Y lo vio, así de repente. Llegó sin un aviso y sin un por qué. Era joven, un mozalbete, mancebo e imberbe. Salió del mar misma Venus pero en versión masculina, dando pasos ronceros y muy sujetos, y se le acercó. Se le paró en frente y ya el sol se había ofendido con tanta libertad. Andaba sin mayores ropas y Hermelinda lo vio; era grande, muy grande, parecía la nariz de Pinocho. Lo vio entonces a los ojos, con una manita en visera, y los dos se vislumbraron. Nadie dijo nada; el cuchicheo era el de las gaviotas, las olas y el silencio. Él le tendió su mano y ella se dejó levantar. Le llevaba una cabeza más o menos. Él le acarició suavemente su rostro, extremadamente muy delicado, como mimando a un angelito, y la besó. Se dieron tan tremendo roce que parecía una película de los años cincuenta, y ella levantando un piesecito para atrás. Se le erizó su cuerpecito y fue como si le hubiera pasado la corriente; le gustó mucho, muchísimo, muchisisísimo. Él le desaflojó el nudo de su ropita de baño que llevaba amarrada a su nuca y ella simplemente se dejó: el traje cayó sobre la arena y cayó también la noche. La luna se hospedó en la oscuridad y brilló igual que la primera estrella que salió y a la que Hermelinda no pudo pedirle su más ansiado deseo. Se enlazaron dentro del castillito y las piernas de él sobraron por afuera. Lucharon a campo desnudo y ambos salieron victoriosos. Se amaron, tanto como dos fieras arañando los placeres. Hermelinda gozó el soplo divino y el Pinocho finalmente se resfrió. Luego, salió de la cuevita arenosa y le dio la espalda para envolverse nuevamente con la agüita de la mar. Hermelinda quedó tendidita; muy feliz, completamente radiante, risueña, dichosa, encantadísima, muda, esperándolo. No podía saber si había sido un buen sueño o no, porque hasta se mojó bastante, y no era orina. Ella tan solo lo creyó, y eso le bastaba. Apeó sus pestañas y durmió. El agua del mar la bañó ya por la mañana y ella despertó. Se desesperezó con los brazos estirados y se sintió mujer, toda una mujer. Recogió su ropita de baño, se vistió, y pateó el castillito de arena antes de regresar a El Tufo. El sol brillaba con toda su furia y las olas galopaban con todo su furor.
Hermelinda dormía, tranquilita, metidita en su sueño, y era como un pollo bróster con papas fritas en foto de una pollería del centro de la ciudad, bien rica, riquísima, como calata de calendario en mecánica automotriz: lo demás, sucio, basura, cochinada. La gente recién se levantaba después de la amanecida y se pateaban unos a otros cuando intentaban desperezarse, de bostezar, de hacer pis y, cuando trataban de buscar algo qué comer y encontraban puras latas vacías de mangos chupados y pepitas de uvas repisadas, se insultaban y se escupían flemitas que iban desde el verde fosforescente hasta el rojo tísico, se lanzaban cachetaditas, primero una, luego otra, en el otro cachete, después una patada, otra más, una tras otra, de ahí los puñetes, mismos contrabandistas de whisky y cigarrillos de Chicago a Malibú, así más puñetes, y más fuertes todavía, como de boxeador grandazo, inmensote, y que quiere mucho a su mamacita; muy eufóricos todos; no hay qué comer y por eso te quito lo que tú tienes, si es que tienes, esa era la nueva consigna que se imponía. Y causaba furor, tengo entendido. Las resacas eran terribles, dios mío, mío, mío y solo mío. Uno se despertaba tardísimo, más que la cigarra o en la casa de la suegra, y uuuuuuyyy, dolor, la cabeza, sí, la cabecita, cómo duele, cómo timbra, uuuuuuuyyyy, ‘mano, ya les habían cortado el agua a todos los edificios que quedaban y no salía ni gota; solo cuando el andrajo del arquitectucho ese salía a regar bien sentadote en las espaldas de un arcángel arcabucero (traído desde el mismísimo virreinato del Perú) le abrían el cañito de media pulgada, el mismo que está junto al interruptor de electricidad que también está fuera de servicio porque nadie ha pagado la cuenta a La Academia. Y sin electricidad y sin agua potable no se puede hacer ni siquiera una limonada frozen. La gente por eso se levantaba malhumorada, secaza, con un dolor extenuante en la cabeza, y uuuuuuyyyy, uuuuuuyyyy, no griten, por favor, silencio. Y la gente callaba un minuto exacto por los desaparecidos que aún no aparecían, y luego empezaban las broncas peores que de comadronas de callejón de un solo caño. Atrás estaban esos días de solidaridad, bien atrás, atrás, atrasote, a la altura de la última raya blanca pintada de la Panamericana. Ya nadie recordaba los días después de la primera destrucción, cuando invadían edificios hasta dejarlos como asentamientos humanos de refugiados del medio oriente, nadie quería ya plantar un árbol y regarlo todos los días, primero porque no había semillas y preferían mejor que les cayese una manzana en la cabeza mientras descansaban bajo las sombras pomposas. La gente como que se había acostumbrado a las vidas de bohemios pachangueros, lujuriosos y muy descabellados. No son como los Subtes, pues, nadie es aquí como los Subtes; ellos no son pelucones porque casi no tienen pelos pero sí se la pasan viendo el MTV en todos los televisores de El Tufo, no andan calatos pero sí les gusta mucho muchísimo ir con diez o quince nenas a algún cuartucho y encerrarse ahí por malditas horas. Ellos solo pasan por los lados de la gente, bordeando las inmundicias desperdigadas que quedan peor todavía que Woodstock, miran y siguen nomás, sin hacer caso, sin prestar mayor atención, cada uno en su mundo y listo, tal como un chico Down. Dan sus paseos y luego vuelven a las Cloacas Subtes, bajan por las escaleras corroídas por la sal marina con cuidado de no resbalarse, y entran en un mundo desconocido, oscuro, como de alcantarillas, conviviendo con mucas y cucarachas, nada de tortugas ninjas, eso es mentira, solo los sapos se convierten en príncipes sin herencia y se quedan con la damisela soñadora; pero eso ya fue también hace mucho muchisisísimo tiempo, cuando la gente creía aunque sea en algo, o en alguito.
Ahora las personas ya no creen en algo verdaderamente verdadero, Hermelinda duerme y todos le creen; eso es cierto. Pero, Hermelinda también sueña, y eso nadie puede creerlo, alucinarlo, imaginarlo o fantasearlo siquiera. La gente ya se olvidó que había una vez, en un mundo no muy muy lejano, una abuelita que sentada en un viejo mecedor de madera les leía cuentos a los niños todititas las noches azules, llenas de estrellas más fulgurantes que las de Belén o la Canis Mayoris que se dibujaban tras las ventanas abiertas y pasando por ahí alguna fugaz y rápida tanto como el correcaminos o Speedy Gonzales, y la luna, también, ahí, flotando en una esquina, con cara de duque albino, mientras, la abuelita, meciéndose despacito y leyendo tras los bifocales, narrando las aventuras que van transformando a los niños que la escuchan, admirados, con las orejotas de Dumbo y con las boquitas que se les cae la baba, los ojotes bien abiertotes, mirando un momento, solo uno, a la abuelita con pelos muy canos, el cuerpo fláccido y arrugado como panca de choclo, un chal sobre los hombros y unas ventanas abiertas de par en par por su espalda, la noche azul y la luna llena con cara de duque donjuanesco y más albina que chocolate blanco y por eso también con muchos granos, muy granítica, con huecotes del tamaño de los volcanes venusinos, y las estrellas, muy brillantes, excediéndose en brillantez cada cual, mismas velas que navegan por las aguas de Okinawa en cada noche de funeral, una vida que vivió y se fue así, sin un sueño, sin vida, tan veloz como el Max 5 o una estrella fugaz, ¿y el deseo?, ahí en voz bajita, casi como una voz ciega que lleva anteojos de carey, la que se deja escuchar como la más atenta y entendida, la de mayor experiencia y fantasía en todititito el infinito del mar de las historias, la que navega mejor que Sandokán y sus bravos tigres de Malasia, o mejor aún que el viejo barbudo que llegó en una balsa chueca desde donde la imaginación crea conveniente que partió hasta llegar a las prominentes tierras americanas, allá en la antigüedad, cuando antes nomás Pablo había abandonado sus redes para creer en lo que bien creía; así, con esa convicción, más que de militar aguerrido, con esa credibilidad a párpados caídos, y con esa fe que requiere cualquier religión o creencia en el beso de un poeta, la abuelita les leía cuentos y los niños le creían, bien sentaditos, con la mirada pegada a la ilusión, como si se las hubieran pegado con Súpergoma o Terokal, volando pajarillos encima de sus cabecitas, rodeando a la nubecita de algodón.
Ahora la gente ya no cree ni en sus propias madres. Algunos ni a mí me creen; qué va, me dicen, ¿en serio?, baaaaaahhhh, y me muestran sus espaldas. Pero con Hermelinda la cosa es distinta. Ella sueña y ellos dicen, muy bien, pues; sueña, creen muy bien que sueña, quieren creer más bien que sueña. Pero no creen en lo que sueña.
El otoño se había acercado nuevamente; la gente empezaba a sentir airecito y calaba este hasta en los huesos húmeros. Era jueves, bien lo recuerdo, y en París llovía un tímido aguacero. Hermelinda dormía; porque qué otra cosa podía hacer; y yo, sentado en el Mirador de la Montaña Quietecita (y un poco atrasadita pero muy adelantadota) miraba toda la ciudad. Ahí estaba Hermelinda, durmiendo, hermosa, maravillosa, más que la Mujer Maravilla en cueros –bueno, por ahí, se dan, creo yo– completamente relajada, más fresca que una lechuga, sus músculos se hallaban tensos y sus hormonas trabajaban al tope, mucho más que los negros de Vitarte. La gente llegaba cada vez en mayor masa, como en zoológico en fin de semana, a mirarla, aunque sea solo una chequeadita, llegaban en manadas, en tribus, en hordas, en bandadas y solitarios, también, muy muy solitarios, con la cabeza gacha y la mirada al suelo. El Aeropuerto De los que solo llegan se había congestionado tanto que ahora último ya no aterrizaban los aviones por la pista que lindaba por un lado del Bosque Country, sino que daban un cuarto de vuelta y desfilaban de frente por todo lo que había sido el Complejo Habitacional La Orilla, donde, después nomás que se habían destruido los edificios la gente se amontonó encima, sobre la arena recién húmeda, parados algunos sobre algún adobe deforme, de esos que parecen que no llevasen paja adentro; llegando a apachurrarse tanto entre todos que los montículos de lo que fue alguna vez el Complejo Habitacional quedó convirtiéndose en una extensa carretera aplanada primero por pies planos y luego por los DeCeDiez que aterrizaban ahí desde la vez que un piloto se dio con la sorpresa de que ya no había sitio en el aeropuerto, pues los otros aviones se hallaban alborotados por cualquier parte, y luego de dar vueltas y más vueltas alrededor se dio cuenta también con la sorpresa que ya no quedaba gasolina, la aguja marcaba casi el vacío, y por ello, para no caer en el vacío o sobre la multitud, se santiguó bien rapidito, al instante que se secaba el sudor de su rostro y limpiaba las lunas con la manga de su camisa (porque no había limpiaparabrisas), y oró, rezó solo un segundo nada más a su dios favorito porque este era muy bonachón, luego sacó a todos los allá apiñados que se movieran de ahí, carajo, bien rapidito, porque el avión caía en cualquier segundo, las llantas se encontraban prestas como garras de rapiña, y la gente entonces que, asustadazos como ante el pisotón de Godzila, ven para arriba y el avionsazo bien inmensototote disponíendose a aterrizar. Felizmente no hubo daños que lamentar, excepto por la rodilla hinchada que se le moreteó a la muchachita que por estar corriendo muy distraída, mirando solo para atrás, terminó tropezándose con una tortuga ecuatoriana que le metió cabe cuando ntentaba cruzar de un lado para otro. Y después de aquel avión, pues todos le tuvieron que seguir; y a la gente no le quedó otro remedio, ni siquiera las frotaciones en el pecho con mentholatum que sí alivia, que mandarse a mudar a otros lugares, como por ejemplo, a terminar de ocupar el Central Park In a Corner, por donde se acomodó el circo de gitanos y por donde se hallaban los juegos de niños, o también por los lados del Mercado de Baratijas o el Banco El Tonel de las Danaidas.
Y tanta pero tanta tantísima era la gente que llegaba hasta allí, totalmente enardecidos, que el ambiente sofocaba tanto como cafetera hirviente y todos parecían millones de millones de hormiguitas alrededor de un solitario grano de arroz. Bueno, así lo alucinaba desde allá arribota, en el Mirador. Miraba a Hermelinda y la sentía tan inalcanzable, que ni empinándome la alcanzaba porque me caía. Es así como un hermoso –un muy muy muy hermoso– sueño del que uno no desea nunca despertar. Y en el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende, no Segismundo? Recuerdo bien tu parlamento: ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es sueño y yo no deseo despertar. Arrojé el reloj despertador al suelo y de un pisotón quedó destartalado, las manecillas rotaron sus últimos momentos en un simple instante y los engranajes y las tuercas se despegaron de sus puestos. Me aferré a las barandas y esperé a la noche. Y la noche llegó, oscura, azulina, como solo ella sabe vestirse, engalanarse. De luto. Las estrellas empezaron a tiritar, una a una, conforme iban modelando, cada cual más coqueta que otra; y la luna, tan grande, tan albina, tan como queso cajamarquino, se dejó vislumbrar tenuemente, al compás del grácil silbido de las nieblas atolondradas que se abren como cortinas de tules árabes. En Londres tal vez ha de haber estado aullando algún hombre lobo suelto en los parques y en los cines de vermut. La noche me rodeaba y me cubría. Vi un destello que zigzagueaba en un puntito rojo por los cielos y luego escuché un ruido como de licuadora con cubitos de hielo que se acercaba. Creí que era un ovni, y me asusté igual que Ignacio; pero recapacité al segundo y me di valor. Cogí una botella de pisco y me la llevé a la boca de un trancazo. Uuuaaasu mare’. Mis tripas me pidieron urgente auxilio. Me incliné a la baranda y medio cuerpo se me fue para abajo. Traté de rascar mis amígdalas con el índice pero al instante se me vino el huaico –y no uno de la Montaña Telúrica, por si acaso; sino, uno desde lo más profundo de mi ser. Tuve una pequeña charla con Hugo y una vez más intentaba hacerme recapacitar, aconsejándome que ya no tomara más, sentí que alguien me llamó con una palmada al hombro y volteé. Creo que era una mujer, pues tenía el pelo largo y un mantón de Manila opaco y muy largo, hasta los tobillos. La vi vidriosa, como dentro de un Volkswagen con todititas las lunas hechas añicos; mis ojos lagrimeaban y de mi boca chorreaba babita de bilis, mismo escupitajo que quiere y no quiere caer. La vi bien, bien bien bien, y sí era una bruja. Hola, me saludó, y me miró con sus lindos ojitos azules; te sientes mal, me preguntó, y me siguió mirando muy sensible, con sus lindos ojos de altamar, sus pestañas entubadas; no, no, le contesté, me limpié la boca con la manga de mi camisa y algunas lágrimas con las palmas de mis manos, muy rapidito; volteé a un lado y eché spray a mi boca –sí, ya sé que daña la capa de ozono, pero el tufillo que destilaba por mi boca era peor que sopita de camote podrido, y, pues, merecía unas gotas de perfume– y luego, le dije, son gases del oficio; y ella ¿qué?, puso una carita de puf angelical, y yo, uy, no, no, quise decir, son gajes del oficio; y ella ahora sí, ah, ya, me dijo, así pues es la vida de un narrador, no?; y yo, uuuuyyy, sí, levantarse antes que cante el gallo, trotar un par de horas, luego nadar y nadar y seguir nadando, y nada de cigarrillos ni alcoholes ni trasnochadas, eso sí, nada de nada; y ella entonces ¿qué?, y me mira con esos lindos ojos azules no llores, llorarás cuando me vaya, juntando y separando sus pestañitas entubadas, bien despacito, casi con ternura; me dí cuenta de lo que le dije y no, no, le respondí, perdón, me equivoqué; pero ella, ya, ya, me dijo, muy dulcemente, casi como un bombón, está bien, te entiendo, y me preguntó: sabes por qué duerme Hermelinda?, y yo, uuuuuuuuyyyyy, esa pregunta ni se pregunta, le contesté, porque tiene mucho muchísimo sueño; pero ella, con su cabecita inclinada a un lado, pestañeó un suspiro y me siguió mirando como santita que guarda paz en su alma, y me dijo, no; y yo, entonces, le habrán dado xantalina, le dije, entre sopores de opio; pero ella nuevamente, no, muy tiernita, como pajarillo dominguero cantando una mañana soleada; y yo, que ahora sí la acierto me dije, más seguro que con condón, es cosa del autor, le respondí. Ella se quedó un momento silenciosa, y divagó su mirada por la noche, la luna grandaza, embarazada, las estrellas como foquitos de navidad, chispeantes, una fugaz que pasó y se fue, como el olvido, y no dijo más; luego volteó a verme, y su rostro que por un momento se notaba afligido, por su tras cambió en relámpago por una inspiración, y me mostró su sonrisa más transparente que la garúa que empezó a chisporrotear así de repente; sus labios finos, de rojo carmín, y sus dientes como perlas del oriente, un par de hoyuelos en sus frescas mejillitas, lozanas; Bueno, me contó, tengo la solución para despertarla, y comenzó a contarme cómo después de que la bruja malvada le obsequió una manzana a Blanca Nieves, esta tenía el antídoto escrito en un gran libro empastado con cuero de toro circunciso, y, pues, por cosas del destino, este vademécum se salvó de los ataques y cayó en manos del dueño del Bar El Tufo, que lo supo guardar muy bien bajo cientos de candados azules, y que además… y no sé qué cosas más dijo porque yo me quedé pensando y ya no la escuché. La apuesta, pensé; y luego volví en sí; después le dije que no, que así estaba bien, durmiendo, tan tranquilita, sin molestar a nadie; por qué caramba algunos querían despertarla. La despaché bien rapidito, así como a evangelista que llama a la puerta; y ella se molestó, mucho. Subió a su aspiradora inalámbrica y puso en on apretando un botón que comenzó a zigzaguear con una lucecita roja. Me echó algunos maleficios y voló. Un puntito rojo uluulaba en la noche. Y la noche seguía azul, muy azul, y la garúa se prolongaba, empapando mi existencia. En París seguía llorando un aguacero bohemio, seguía siendo jueves, un día del cual tengo yo el recuerdo; son testigos los huesos húmeros, la soledad, la lluvia, los caminos…
Hermelinda dormía, tan tranquilita, tan silenciosa, tan tiernita, como el agú de un bebé, y no hacía caso a nadie, en su mundo, en el infinito, mismo astronauta arreglando un satélite en el espacio. Hermelinda, soñaba, tan dormidita. Era ya una de las musas, o si no era todas a la vez. Sus párpados juntitos, sus pestañas mezcladitas, y sus ojitos, ni saltaban en su sitio. Era la misma paz retratada con las manos escultoras de la imaginación, y ya no más con las de su vida. Parecía palomita blanca por las alturas, viajando y mirando todo desde arribota, y si quiere comer, baja, y si quiere dormir, baja, y si quiere amar, cierra sus ojitos y sube y sube y sube como humito de indio para las nubes.
La rosita era linda y rojita y perfumaba el ambiente. Era suave, como la mantequilla. Un rayito de sol se colaba por entre las nubes de algodón y la iluminaba con una aureola sobre los pistilos. El Rey la sostenía y la olía, mmmmmmm, qué aroma. Luego el sol se volvía a ocultar y las nubes griseaban las alturas. La rosita seguía siendo linda y rojita y seguía perfumando el ambiente. El Rey la soltó al vacío y la florecita voló por los aires, con un viento de los mil demonios que supieron muy bien opacar su furia en ese preciso instante para llevarla muy libre, muy encantadora, como orquídea enamorada. Y llegó así, paseandera, por entre las cabezas inclinadas que la miraban todos embobados, todos resaqueados, hasta toparse contra el cristal de la campana; cayó resbalándose, como se resbala una pluma de garza por la ventana de un pent house, y se quedó descansando sobre el cúmulo de arenas. Hermelinda dormía, continuaba durmiendo como es su costumbre. La rosita quedó echadita, solitaria, seguía siendo linda y rojita y perfumando los ambientes. La gente terminó de embobarse, cerraron sus bocotas, se pasaron la mosca que les había entrado a algunos, y agacharon sus miradas. La rosita era linda, suavecita como la mantequilla; alguien se acercó a ella, con extremo cuidado, con tremendo temor, muy trémulo, y la atrapó pero se le resbaló de sus manos al leve tacto; la rosita emprendió vuelo nuevamente y las manos pugnaban cada cual por cazarla, por tenerla. La rosita voló, en esa mañana de gris invierno, voló y se marchó. Se fue por las arenas y se fue con un viento de los mil demonios que soplaron con más fuerza que viejito en fiesta infantil, se fue por los aires y voló por la mar. El Rey la vio, con sus binoculares de rayos infrarrojos; era rojita y el mar azul, triste, ya sin olas –¿qué sucedía?, cualquiera podía saber que las olas alcanzaban muchos metros en esta temporada; pero, ¿y ahora?–, la rosita cayó sin un por qué y besó la mar. Era rojita todavía, suavecita todavía; pero ya no perfumaba ningún ambiente, y nunca más fue linda nuevamente. Estaba ahogada, flotando luego de haber muerto. El cielo se despejó en un simple toque, como trompetas sobre el barranco, muy lustrosas, muy señoriales, y el sol iluminó la tierra, el mar y los aires. De repente una ola apareció, de atrás, de al fondo, como atleta que trae la antorcha, y se la pudo ver majestuosa, inmensa. El Rey la vio acercarse y la vio que llegaba rápida, potente, cargada de agua y espuma, trayendo un tablista. Se lo veía chiquitito detrás de esa enorme pared líquida, salada, muy espumante. Poco a poco se lo vio agrandarse y la ola que abría sus fauces como para intentar comérselo de un solo bocado; pero él, sereno, cobrizo, y muy confiado, seguía nomás con las manos en la espalda, dejándose llevar y apretando bien las plantas y las uñas de sus pies contra la tabla de teflón. El Rey lo vio llegar a la orilla y bajarse de un saltito a la arena y la gente también. Era alto, cuerpón, zapatón, y el Pasado que se le adelantó a unos cuantos pasitos para recibirlo y ofrecerle la bienvenida con un par de besitos en la mejillas y acomodarle una corona de flores sobre sus hombrazos bien bronceados. Pero él siguió adelante, caminó unos cuantos pasos y le entregó una carta al Caballero para que se la llevara al Rey. Este se fue corriendo más que relámpago inmediato, subió los escalones sin descanso y sin desmayo, el Rey lo recibió en la azotea, leyó la misiva muy interesado, y con cara de que algo se avecinaba; luego quemó el papel y las cenizas se las llevó un viento de los mil demonios.
Hermelinda duerme, duerme, y seguro no sabe por qué. Duerme peor que un tronco seco y, seguro, que ni un bombazo de terroristas le podría lograr aunque sea pestañear. Duerme con la paciencia de un volcán ausente y con la lujuria de la más querida ociosidad, duerme tan tranquila que sus sueños –seguro– son los de un cuculí. Duerme porque quiere y felizmente nadie la puede despertar. Duerme seguro porque no sabe otra cosa mejor qué hacer o simplemente porque no desea despertar. Duerme satisfecha, tanto como un eructo después de la Coca-Cola o un pedito en plena pujanza. Duerme porque no hay otra cosa que pueda hacer y porque así seguro los dioses siempre lo ansiaron. Duerme porque así es su mundo, así es su destino y al Pasado quiso alejar. Duerme con la frescura de una hamaca entre dos palmeras y duerme finalmente porque tiene que dormir.
La gente era un montón, el tarugo del arquitectucho ese regaba y Hermelinda pues dormía, más que una oruga en su capullo. Tanta tanta gente y Hermelinda en medio, el ombligo, un aretito y un lindo brillo, chupándose el dedito, en fetito, descaldadita, descalza. El desmejorado ese del arquitectucho, sobre un arcángel colono, regaba ya los últimos edificios –porque una vez, así de repente, el último verano nomás, la gente ya se había hartado de la propia gente que iba llegando cada vez más en manchones, en tropas y cuadrillas, en hordas y pandillas, en familias, en manadas, en sus mundos y solitarios, también, venían, con la cabeza gacha y en martirios, rezando rosarios y penitentes, entre sahumerios, le encendían velitas misioneras y le cantaban añoranzas para no olvidar sus desvelos, y pues eran tantos ya tantos que ni siquiera podían desanudar sus zapatos para sentir el propio alivio después de los mareos, ya que todos se hallaban juntitos y pegaditos tanto que los sudores de todos se mezclaban, y porque además no calzaban nada, pues todos se hallaban desnudos y como muy tupidos por lo juntitos, no por Hermelinda, entonces, así, en lo pegaditos, en lo sudaditos, entre los hedores, Jorgito se le acercó al petiso del arquitectucho ese, y le pidió: Ya bájate ya todo, refiriéndose a las construcciones, porque hasta sus gafas se derretían por el inclemente calor; y pues el arquitectucho de porquería ese, sin más, muy obediente sí para algunas cosas, abrió el caño y le hizo caso– el Hospital General de Todos y La Academia, y luego, El Bar El Tufo.
Felizmente en El Tufo conocían de las falsas idolatrías, de las locas ilusiones que los sacaron de sus pueblos, apagaron los televisores con un monótono toque al control remoto y se subieron los pantalones. Ya no había chicas tampoco, y los Subtes salieron con los mismos pasos a andar hacia el puerto, caminaron en fila por el viejo muelle y treparon por las escalinatas al yate anclado que los esperaba en las bravas aguas.
Con algún vientecito terrible llegado con el invierno la campanota se cayó hacia un lado, sin quebrantarse. Los suelos crecieron, otros se aplastaron y se hundieron; pero Hermelinda, en lo alto más alto, como en una montaña, dormía nada más chupando su dedito, en fetito, bebita, y cerquita de las nubes algodoneras. Otras nubes, muchas muchas nubes, negras, en altamares, en lontananzas; todo un ejército de humo negro. La campanota rodó para abajo. Y fue como el final de la película, el descubrimiento y la revelación. Los dioses nunca dirán el por qué, como muy alzados y cada uno en su nube, treparon a la azotea de la Catedral de Endenantes, y saltaron a su propio entendimiento, como para esperar ahí la última escena. El satinado del arquitectucho ese seguía regando y el padre de Hermelinda conocía ya su propio destino y lo que le aguardaba. Se dejó bañar con los chorros de la manguera y aguardó las primeras lluvias en la puerta principal de El Tufo –derruido ya completamente. No sé si fueron sus lagrimones o las gotas de lluvia verdadera las que sacudió de su rostro, pero respiró más hondo, tambaleó su pesado cuerpo para adelante y con un paso al frente continuó los demás sin importarle el loquerío y ajetreo en el que la gente se encontraba, llovía, los mojaban, estornudaban y se resfriaban, gritaban y de aquí para allá deseaban con qué cubrirse, no mojarse, menos agriparse, porque se hallaban descalzos, y desnudos, igual que Hermelinda; pero ella, en su nube, regia y dormidita, en sus sueños, tranquilita; pero la gente, en barullos, en correteos, chispeando y en piletas sus pasos; el padre de Hermelinda caminaba, caminó así hasta el Castillo del Rey y sopesado y afligido subió los tantos escalones hasta la azotea, donde el Rey, en una esquina, paradote y al viento sus pelos, mismo Beatle al final de la carrera, con las manos a su espalda, tranquilito aguardaba también su fatum. Ya no había nada, todos ahogados y Hermelinda durmiendo, simplemente. El padre de Hermelinda esperó a que el angelote dejara al escuincle ese del arquitectucho, y los dos, con pasos cansinos pero muy seguros, se acercaron hasta donde el Rey, le pidieron su celular y telefonearon a su Caballero –que en ese instante, justo, se encontraba buscando truchas y malaguas en los estómagos de las ballenas varadas– para que lo aprisionase y condujera al calabozo de su propio Castillo. El golpe de estado por fin se realizaba; como esas cosas que siempre tienen al final los sueños y las dictaduras, sin un por qué pero sí con un para qué.
Una gota primero, en invierno. Luego, la lluvia. El diluvio. Subió el nivel de las aguas y crecieron mucho, muchísimo, sobre la tierra, y quedaron cubiertos los montes altos que hay debajo del cielo. Quince metros por encima subió el nivel de las aguas, quedando cubiertos los montes. Murió todo ser mortal que se mueve sobre la tierra; aves, bestias, animales y todo lo que se mueve por espacio de ciento cuarenta días (Gen. 7, 18-21. Gen. 8,1).
Virgen de la Merced, cantaba el Rey, dame tu ayuda, coreaba mientras seguía cavando, con su cucharita de lata que pasa el remedio al dolor, cavaba y cavaba y la tierra salía en puñaditos y entonces la arrojaba por su tras, caía en un montículo juntado en un rincón, y por las noches esparcía todo debajo de su cama de cemento pegada a la pared. Pero, una vez, sentado en una bacinica, mientras hacía sus necesidades más urgentes y necesarias, se le ocurrió una idea; se limpió su culito, se subió sus pantalones e hizo su pedido como cualquier prisionero que demuestra buena conducta –ya que él no hacía huelgas de hambre ni andaba gritando barullo y cuarto con una taza de fierro contra los barrotes. Entonces, el Caballero –su antiguo Caballero ya de otras épocas– tuvo que salir corriendo, buscarle y entregarle un puñado de habichuelas mágicas para su ex Reycito, para que, aunque sea, así, lo perdone, por favorcito, mi pasada Excelencia, le decía y se le arrodillaba, mientras, el Rey, ni de reojo, indiferente, con su orgullo, gracias no más y media vuelta a sus labores, a plantar las semillas y compartir su agüita amarilla –que siempre le dejaban con su fuente de menú (caldo de verduras, arroz mal graneado y rabadilla de pollo)– con la plantita. La regaba y la cuidaba muy bonito; a veces le conversaba y le cantaba salsas sensuales a toda voz tenora; tiene muy buena voz, decía antes la gente cuando lo escuchaban cantar, parece tenor, y entonces se cantaba La Traviata, un aria, un hip hop, un reggae, para terminar siempre con su salsa preferida, y Ven, devórame otra vez, cantaba, devórame otra vez, y castígame con tus deseos más, que el vigor lo guardé para ti, y entonces pensaba en Eva, Evita, ¿y qué será de su vida?, pensaba y ya no más cavaba. Se detenía, se quedaba inmóvil y no se daba cuenta de los tres saltos del Caballero que, tras las rejas, creía que se hallaba jugando y le lanzaba una pelota en la cabeza y se emocionaba al haber acertado y ver a su Reycito en el suelo, con su cabeza contra el piso empedrado, el rostro sorprendido y la sonrisa ensanchada, mismo desmayado en el Chavo del Ocho. Reycito, Reycito, pero el Rey ni contestaba.
Se sentó sobre el almohadón de plumas de gallina vieja (que siempre da buen caldo), se cubrió con la frazada del tigre de bengala, cruzó sus piernas y sacó música de una harmónica con solo soplidos. Tocó un blues con el alma misma y meneaba su cabeza sintiendo la música que lo llevaba, lo transportaba, lo conducía como por nostálgicos caminos. Parado en una carretera, botas sucias, en jeans y con una pesada mochila pidiendo aventón. A lo lejos, un Cadillac rosa del cincuenta y cuatro, con la capota descubierta, unos labios rojos, unos lentes ahumados y una cabellera rubia envuelta en un pañolón de seda floreado. La soñó. Recordó. Y cantó entonces: Desnuda de frío y hermosa como ayer, tan exacta como dos y dos son tres, ella bajó del auto, cruzó las piernas y con tacones muy altos, se le acercó: Ella llegó a mí, apenas la pude ver, aprendí a disimular mi estupidez; se le paró en frente, pisó su cigarrillo, el humo a un lado, se sacó las gafas, sus ojos rojos, y cantó con él: Bienvenida Casandra, Bienvenida el sol y mi niñez…con su dulce vocecita.
Una noche. Una luna llena redonda e inmensa, muy blanca y granítica por no dejar de comer y comer chocolates blancos. Algunas estrellas solamente y unas nieblas estiradas, desanudadas. Música de Misión Imposible como fondo musical y la mecha prendida. El Rey cavaba y casi hasta la China cuando, de repente, hueco, una lampada más con cucharita y pum, cayó, de cabeza y sobre la caca –su caca, no?– porque cayó entre las alcantarillas del desagüe de su castillo y quedó muy embarrado y oliendo a pura mierda. Las cucarachas se paseaban por su lado, las ratas lo levantaban en peso y las arañas le descosían los botones de su mameluco por detrás, colgadas de un hilo, mismo ladrón de negro que entra por el tragaluz del techo para robar un diamante y se cuelga para no ser alcanzado por los rayos infrarrojos. Y con un olor apestosísimo, nauseabundo, peor que vómito de perro chusco y borracho, buscó entre sus bolsillos y sacó un gancho de ropa, se lo apretó a su nariz y alumbró con su linterna las oscuridades. Se echó a correr por el único sendero, por la cañería de desagüe y llovían gotas y ecos nauseabundos que se ahogaban en charcos que pisaba con cada trote. Corrió, corrió igual que preso por su libertad y, de repente, tres desvíos, tres túneles, tres intersecciones. Indecisión. ¿Cuál escojo?, se decía. Desenrolló el plano que llevaba bien sujeto a una mano y lo alumbró, trató de orientarse, buscar vías, accesos, señales que lo ubicasen en el lugar en que se encontraba y listo, dijo. Pero de pronto, el foquito de la linterna comenzó a consumirse hasta quedar todo en tinieblas. Zarandeó la lámpara y nada, sacudió y revolvió y nada, las baterías se habían agotado. Maldijo una lisura y las gotas se precipitaban en los charcos y los ecos retumbaban en los oscuros. Una rata hizo un quisquilleo y se fue raudamente por ahí. Los ojos de las arañas parecían farolitos. ¿Y ahora?, se dijo. Pensó en arrojar una moneda al azar pero se dio cuenta que con las monedas solo tenía dos posibilidades y los caminos eran tres y además no cargaba ninguna moneda para lanzarla al aire. A la mierda, se dijo y esto se escuchó en todititos los rincones –porque lo dijo con tal fuerza y con tamaña convicción que los ecos tuvieron que afinar bien sus gargantas y cuerdas vocales con gárgaras de huevo y vinagre de salmón para gritarlo y anunciarlo con la debida autoridad que se merecía, porque el Rey como que se dejó de cosas y se lanzó a la aventura. Entonces se pintó la cara con rayas igual que cualquier comando (pues como llevaba ajustado el gancho de ropa a la nariz y no olía nada, no le importó la asquerosidad que estaba haciendo); además, en algunos servicios militares a los soldados les hacen hacer lo mismo, pensó. Se fue por cualquier camino y continuó su marcha entre tanteos de ciego reciente; dejó de correr y se puso a caminar sin importarle lo que pisaba. Caminó buen trecho hasta que el cansancio atrapó su fatiga. Se detuvo, se sentó en cualquier lugar, y esperó a que su descontrol se tranquilizara aunque sea un poquitito. Los latidos de su corazón concertaban con las garúas de las tuberías en las reverberaciones de los charcos. Sacó su pañuelo del bolsillo y secó el sudor de su frente y la mierda de su rostro. Las gotas caían y los ecos se confundían con los de un torrente a lo lejos –los ecos, con más trabajo que cualquier obrero hongkonés, se tropezaban y se golpeaban la cabeza unos contra otros para estrellarse en las paredes y volver a rebotar. El Rey afinó su orejita y fue persiguiendo los ecos que se convertían en grandes retumbos y luego en revoltijo para acabar en frangollo. Y una luz, de pronto. Llegó hasta la bocatoma y una catarata para arriba hasta las nubes. Las gotas no caían, saltaban. Se dejó llevar por el torrente de agua y, mojadito, llegó a los cielos. Un Cadillac rosa estacionado en una nube, y una mujer hermosa, bronceadita, y, Casandra, solo murmuró. Se saludaron con un beso en la mejilla y, pues, por dónde has estado, le preguntó el Rey, y ella, por aquí por allá, con la chica de Ipanema, cantando reggae con el Bob, con la madrecita Teresa y tomando sol con la BB en Saint Tropez. Se alegraron de verse –pues años de muchos años que no se veían; de niños jugaban juntos a las escondidas en el Bosque Country y volaban cometa los fines de semana en el Desierto Olvidado; la última vez que se vieron, ella dejaba de ser la nana de Hermelinda por cargar sus chivas y mandarse a mudar por distintos mundos, y él, Rey como siempre, contándole historias también como siempre; ella le preguntó por su recordada Hermelinda, y él le respondió una vez más con más historias, las historias no se irían así ellos se escapasen de sus mundos. Entonces se dieron cuenta de su mundo, se asombraron, se preocuparon y buscaron a Hermelinda con sus miradas.
Hermelinda dormía.
Hermelinda duerme en la más pura inocencia de angelitos pre-natos, escuchando sinfonías de caracoles marinos pegadas al oído, palpitando pumpunes suaves y armoniosos de los humores de hasta más allá de la estratósfera. Simplemente duerme y es una tortuguita dentro de su caparazón. Puede estallar una guerra peor que la de Verdún pero ella nada, en otras, más segura que refugio antibombas y sin importarle nada porque a ella nadie la interrumpe. Ni siquiera una pulga con rascarasca y menos entonces el Pasado. Este es su mundo, ella lo creó, y lo principal, se lo creyó. Puede subir al cielo con una gran escalerota muy alta o por entre los ramajes de una habichuela mágica y ella siempre llegará, contenta y triunfadora, se posará de un salto en rayuela sobre una pomposa nube y creerá ver todito un mundo de fantasías. El sol podría estar sumido como un hielo dentro de un whisky y los limones podrían iluminar los desiertos de Alabama. Una gacela podría inyectarse desvelos de adrenalina y un payaso podría destapar inodoros inundados en los zócalos subterráneos. Podrían oírse los descampados vientos entre las dunas y Hermelinda siempre en su sueño. Mejor que en una cuna de oro y mil almohadones con zurcidos de Disney, sábanas perfumadas, talco Johnson & Johnson y un peludo osito a un lado, un carrusel encimita y un tul antimosquitos en carpa. Luz suave, foco amarillo de veinticinco watts en el velador, un jardín de la infancia en las paredes de pastel, la puerta en una rendija abierta y media en la ventana para refugiar los tenues soplidos de la noche. Con a roró mi niña y sssssssshhhhh, bien despacito y salgamos todos para no despertarla. Upa en la entrada, vigilando sus ensueños. La noche pintada a través de la ventana y la luna grandaza, arrebozada, musa del viejo lobo y diosa de los Moche, las estrellas desperdigadas y un millón y medio de yaxes adiamantados sobre la oscuridad, nubes estrechas y estiradas. Noche oscura y tranquila del alma. Hermelinda duerme y como siempre Casandra, bruja bella y madura, piel tostada –porque siempre veranea en Montecarlo o Copacabana– llega a su hora y la carga con sus roponcitos y la lleva sobre su aspiradora por los aires y por sobre los mares. Dicen que la llevaba a tierras ignotas, lejanas, y que conoció al Principito y le pidió un autógrafo al Papa, le movió las caderas a Elvis Presley y el cucú a Pepe Vásquez. Dicen que con Casandra Hermelinda conoció el amor –aunque hasta ahora no queda muy claro si fue ella quien le hizo la corte con el tablista o fue con ella con quien tuvo su primera vez (o sea, acariciaditas). Dicen también que fue Casandra quien le dio de fumar marihuana la primera vez; cosa que es mentira, fue otro Subte y yo estuve presente en aquella oportunidad. Estábamos en la playa, sentados en la arena más allá de la cabaña de la tía Tere, cuando llegó ese Subte y me apartó de la galantería. Estaba metiéndole letra a Hermelinda y como que desde ya le andaba echando maicito al pollito para cuando creciera, porque siempre se me hacía la coquetona y me miraba y sus ojitos relampagueaban o yo creía eso y cada vez que pasaba, pasaba nada más y no le decía nada, aunque a veces sí que quería decirle algo pero tartamudeaba o perdía el paso y mi corazón se aceleraba más y más y empezaba a sudar un montón, o sea me acobardaba y como siempre al final no pasaba nada. Hasta cuando después de tanta vaina y desahuevina en pastillas y jarabe para la tos con mil cachetadas frente al espejo para ofrecerme valor, porque siempre me había gustado Hermelinda solo que nadie lo sabía, a nadie nunca se lo conté –más que recién a ti en este momento– me peiné con raya al costado y con el cepillo de mamá, y como recién era la primera vez que me había afeitado me eché unos cuantos gotones de la loción de papá; me vi bien, bien bien, me dí valor nuevamente, y estoy guapo, me dije, soy guapo, me dije, me reí, cogí mis huevos y I’m too sexy for my love too sexy for my love, love’s going to leave me, como fondo musical. Ya había fijado todos los detalles a la perfección precisa y salí a lo pactado en mi ardid. Hermelinda jugaba a construir castillos de arena y luego se quedaba sentada a mirar la mar. Cuando se iba, pateaba los castillos hasta destruirlos y quedar solo montículos y dejaba a la noche tras su espaldita. Así todos los días de su infancia. Y aquella vez, me acerqué bien cambiado, bien peinado, bien talqueado, oloroso y con la propina de papá en la billetera –por si acaso se le antojaba un helado de tamarindo, un algodón de feria, una manzana acaramelada, o ya de frente me atracaba para ir a un hostal y yo ya tenía mi condón regalado por el Ministerio de Salud– con pasos tímidos y muy seguros, salpicando arenas, saludé a la pasada a la tía Tere y con el corazón cada vez más a mil y luego a un millón, galopante, avancé. Bordeé el castillo de arena y la vi sentadita en la puerta. Volteó, me vio, y Hola, me saludó. La vi, enmudecí, tartamudeé, y tan solo la pude ver. Ven, siéntate, me dijo, me dio un ladito de su sitio y mi corazón peor que asaltado por el asombro. Me senté a su lado, vi cada pedacito de su cuerpo de reojo y me los grabé en mi memoria, cada lunar y cada peca. Justo le iba a decir algo, no sé qué, tal vez alguna estupidez seguramente y de repente una sombra; alzamos las miradas y era un Subte, con pantimedias, capa y antifaz remendado, muy flaco y huesudo, viejo y arrugado, canoso y con anteojos de carey. Saludó a Hermelinda con un besito en la mejilla, ella le sonrió, me tendió la mano y se sentó al otro lado, junto a Hermelinda. Hablaron de algunas cuantas cosas, se contaron otras, intercambiaron noticias, rumores, chismes y también se rieron, sonrieron, y yo más por compromiso que por las ganas, cuando de pronto, el hombre saca de un envoltorio de papel platina una yerba, se pone a desmoñar y con un papel suave se enrolla un perfecto cigarrillo. Todos fumamos, todos tosimos y de pronto nos reíamos ya de cualquier cosa, hasta del cangrejo que pasaba caminando al revés y haciendo su hueco en la arena. Pasaron muchas cosas, o creí que pasaron muchas cosas, me metí al mar, me bañé, me revolcaron las olas, y de pronto me vi tendido en la arena, con el cuerpo hecho camarón, totalmente seco y muy solo.
Nunca más volví a tener un contacto directo con Hermelinda, pues de ahí se juntó con los pescadores de la zona, fumaba con hippies dizque vendiendo baratijas en las calles y mientras hacía sus barras y abdominales en el gym del parque. Por mi parte, después de esa vez, mi mamá ya no me dejó salir, mi papá me castigó, y me dediqué a estudiar y a conseguir mi título de nadador y a ponerme a contar esta historia cuando el autor me buscó –o yo lo busqué, no lo sé, da igual.
Hermelinda duerme en la cima de una altísima montaña, pegada a los cielos. El mundo de abajo no existe ya, todo es más que tumultuosas olas que revientan furiosamente y vuelven a cargarse e hinchar para volver a reventar. Los Subtes, que llegaron a sobrevivir, cruzaron los siete mares antes de desembarcar y desempacar sus modales y morrales en nuevos mundos, con nuevas historias y leyendas. Dicen que sus herederos volvieron a crear maravillas de personajes y a defender lineamientos y éticas morales entre el caos y el desenfreno de la vida a la luz de reformas políticas y económicas, siempre a la sombra y ocultándose tras un antifaz o una barba bien crecida. Por su parte, el padre de Hermelinda luchó algunos años más contra un cáncer a la próstata en un elegante y frío nosocomio de La Habana, dictando sus memorias a un escribidor punkeke que no podía diferenciar la q de la k ni la s de la z, para que al final, con todo lo escrito, se convirtiera en cenizas de cigarrillos roleados de marihuana tratando de mitigar el inmenso dolor y angustia de las quimioterapias. El arquitectucho de roña ese, cuando ya sintió que el agua de los mares iba mojándole las entrepiernas, dio un silbido y apareció un arcángel arcabucero para llevárselo con una documentación falsa a las puertas de San Pedro. No tocó la puerta; más bien, se atendió con los mejores santeros que pululan milagros y aumentos de busto en las proximidades del cielo pidiendo ser admitidos, pero que ante la falta de transparente religiosidad, traman mesadas y salas de operación ambulante en los alrededores del paraíso. En primer lugar le reconstruyeron un nuevo brazo electrónico como el de Luke Skywalker, le alargaron la apariencia en algunos centímetros, le hicieron una cirugía a la nariz, un peeling por las marcas de acné y le bajaron algunos años estampándole una sonrisa eterna de oreja a oreja con una frente lozana de bótox y, de paso, aprovechó también para cortarse el pelo, rasurarse y asistir al gimnasio siguiendo un estricto régimen de comida balanceada. Luego, se escabulló por ahí, entre las nubes albinas, siempre vestido de blanco inmaculado y rezando el rosario.
Las nubes como algodones son tan blancas como la pureza misma de la inocencia. Hermelinda duerme, y es tan frágil como un dulce bebé que Casandra mece cantándole canciones de cuna, arropándola con mesura y delicadeza. Cuando despertó, del eterno sueño, le mostró una grácil sonrisa a su querida nana, con una cándida picardía de recién nacida; el sueño lo había dejado atrás, muy atrás, tan tan atrás como debajo de un submarino. Casandra le da un beso con suma ternura de madre sustituta y la mirada de Hermelinda relampaguea en suavidades de blancos nimbos; le olió el puf, le sonrió a la bebe y le cambió el pañal. Y ahí nomás escuchó la bocina de un auto. Cuando salieron a la puerta, el Cadillac rosa lo manejaba el Rey que con las justas llegaba a los pedales y a ver por la ventanilla –y eso que andaba con cojín y debajo tres guías telefónicas. Acomodaron a la bebé en el asiento posterior y le alcanzaron un biberón con leche para que se entretuviera mirando los cielos azules y las nubes blancas mientras se iban de paseo con canasta y mantel a cuadros. Así pasaron los años, Hermelinda fue a la escuela y celebraron su quinceañero bajando de las escaleras, hasta que de todos los pretendientes que la iban cortejando, ella decidió casarse con un muchacho de buen porte, vestido siempre de inmaculado, sin pasado conocido, muy religioso, con una cierta pizca de malicia en su mirada que a veces lo delataba, y que anunciaba que muy pronto se graduaría como el arquitecto del sueño de Hermelinda, porque siempre la muchacha andaba como en las nubes.
Huanchaco, martes 13 de abril de 1999, A.M.

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