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CHARLIE + BLUE MAN + HOOCHIE COOCHIE MAN Y PULPITO


A Blue Man le gusta el blues. Le encanta ese vaivén melancólico que todo el santo día escucha con los audífonos pegados a los oídos del walkman que lleva colgado a la cintura. Esa música le desgarra el espíritu. El Blue Man siempre usa blue jeans, polo blanco, anteojos azules de carey, un pucho en los labios, y pasea por donde sus polvorientas botas lo lleven y el alejamiento en sus pensamientos es su mejor manera de soportar sus silencios. El Blue Man recuerda mucho los jam sessions que realizaban antes en el parque. Recuerda a los trovadores de barrio que con una guitarra y una harmónica, armaban la noche, tomando ron hasta que saliera el sol. Todos esos momentos los guarda muy bien en la memoria de un baúl para nunca olvidar. Al Blue Man lo han visto ahora por el río Rímac, andando por donde la corriente lo deje llevar, acompañando el humo de los negros esclavos de Vitarte, tratando de desclavizarse de emociones entre cuerdas de metal.





Pulpito juega con Hoochie Coochie. Juegan a lanzarse la pelota. Hoochie Coochie con un guante de béisbol la recibe y Pulpito se la lanza con alguna de sus ocho patas. Así uno y otro. Pulpito juega con Hoochie Coochie el man a lanzarse la pelota y es de día. El cielo muy azul, las nubes muy de algodón y el campo muy verde, voluptuoso. Juegan los dos, y nada más, la pelota de aquí para allá y de allá para acá, y nada más, las nubes en el cielo. Tranquilidad. Sosiego. Un día como cualquier día, sin ocasiones ni oportunidades. Por allí llegó Won, un chinito recontrajodido. Apareció montado en su mula Matilda y se detuvo detrás de Hoochie Coochie. Él no volteó, siguió en su juego nomás, como todo un man. Won encendió un cigarrillo, y el humo se lo arrojó por detrás de una oreja de Hoochie Coochie, acercándosele de a tantitos y sin bajarse de Matilda, que ya se la veía muy hastiada y aburrida. Hoochie Coochie en su juego y nada más, Pulpito recibe la pelota y se la lanza nuevamente. Won fumó todo el cigarrillo y el pucho lo arrojó haciendo presión entre el índice y el pulgar lejos de él, sobre el verde gramado, deslizándose sobre el prado y el humito como serpiente hindú yéndose para arriba. Luego, desenfundó su revólver y, con parsimonia, acomodó las balas que sacó de una bolsita que colgaba de su cuello; giró el cilindro con un movimiento de la mano a un lado, la otra corrió el seguro. Apretó el gatillo y la bola se deshizo en el aire con un boom. Con el siguiente disparo el chinito Won cayó, de espaldas con un orificio en media frente. El césped verde empezó a teñirse de rojo. Hoochie Coochie guardó el arma en su cinto.






El Blue Man no sabe tocar ningún instrumento, porque dice no tiene oído. A las justas toca la puerta, porque siempre entra nomás y cae bien parado. Pero tiene un alma que siente el vibrar de las cuerdas de la guitarra patinando con un vaso de vidrio, muy sigilosamente, proyectándose allá por el río Mississippi mientras camina siguiendo el curso del río Rímac, acompañando las historias e historietas de locos y pastrulos que viven en las orillas.






Charlie es un borracho de porquería. Un grandísimo ebrio de la gran puta, pero sobre todo un grandísimo amigo. Pasea su inflada barriga de alcoholes, eructos y pedos, tropezándose siempre con la misma piedra, por las calles eructa respiros y arrastra sus mocasines rotos y de otra talla. Las noches son un bálsamo de alivio y un elixir que mea por toneladas métricas, abrazando algún poste de luz o sosteniendo alguna pared que cree se le viene encima. Cuando su alma besa el pavimento, él cae rendido pues donde cayó ya no hay nadie quien lo levante. Algunos dicen que es un estropajo viviente, y les da toda la razón, se voltea, baja sus pantalones y les grita que le besen su culo peludo, cagándose de la risa con sus pocos dientes que le quedan. Su vida la pasa entre bares de mala muerte y burdeles de medio pelo. Ahí su presencia es más que bien recibida, es huésped honorario. Para nosotros, Charlie es un viejo que nos hace reír contándonos historias pasadas, y creemos firmemente que hubo algún tiempo que ese hombre fue un hombre de bien. Pues como nos lo hizo saber Jim, cuando uno se pone a tomar con él, resaltan sus modales recatados, nunca mendiga una cerveza y siempre sabe cómo tratar a una dama, sea mujerzuela o pastrula. Pero como también nos lo hizo saber Jim, nosotros somos muy chicos para darnos cuenta de ello, especialmente, para beber alcohol.






Dejaron de jugar porque Pulpito ya se había cansado, aburridote igual que Matilda que seguía con cara de ¿y ahora? Y, bueno, Hoochie Coochie dejó de jugar. Volteó bocabajo al chinito Won y se sentó encima a descansar, a ver simplemente pasar el día. Pulpito se le acercó, dejó la pelota en el grass y se sentó a su lado. Hoochie Coochie le pidió algo de hierba y Pulpito sacó de su morral muchas cosas: naipes, espejo retrovisor, canicas de colores, peine, gorro (se lo puso), cometa, un paco, otro peine, calculadora… ah, sí, el paco. Guardó todo y dejó el paco sobre el pasto, abrió el envoltorio de papel platina y esparció la hierba. Sacó un moño, con cristales, peludito, sin pepas, y se puso a desmoñar. Metió otra vez una manota a su alforja, rebuscó y tanteó. Sacó una cajita y de ahí un papel para rolear. Hizo un porrito perfecto como todo un molusco marino muy entendido en la materia, y se lo pasó a Hoochie Coochie que, ante todo, tan solo observaba el horizonte: el cielo azul y verde el prado. Este le hizo una seña, como diciendo y ahora con qué lo prendo, pero Pulpito, después de buscar y rebuscar y vaciar de nuevo su morral, le respondió también con otro ademán: no hay, meneando la cabeza. Hoochie Coochie le rebuscó al chinito Won por sus bolsillos y encontró una cajita de fósforos. La abrió y no había nada. La guardó nomás de nuevo en su bolsillo. Buscó con la mirada lo que su olfato le llamaba la atención y vio con un leve humito que se atragantaba. Cogió el pucho que todavía seguí encendido y prendió el porrito.





Nuestros padreS siempre nos andan aconsejando que nos alejemos de Charlie, que él es una mala influencia para este pueblo. Especialmente mi madre y la tía de Micky, que todo el día se la pasan en la iglesia orando junto al reverendo Huxley para ahuyentar a todos los demonios y pecadores de Pander Town. Por supuesto, Charlie es uno de aquellos demonios. Otros son el Gobernador Wagner y las señoritas de la casa de citas. Mi padre, por su parte, no me dice nada casi; solo me pide que lo salude y nada más, pues sabe que en el fondo es un buen tipo. Pero esto me lo dice cuando estamos los dos solos, cuando le ayudo a componer el auto o cuando nos vamos de pesca. Porque cuando le quiero sonsacar más cosas sobre Charlie, rápidamente me cambia de tema o se queda callado simplemente.




Ah, qué inmenso placer. Fumaron y las sonrisas les embriagaron los sentidos. Se levantaron a cuestas de lo que se estaban tendidos en el grass y se fueron caminando. Matilda, seguía inmóvil, con cara de ¿y ahora? El chinito Won se hallaba tendido, tieso. El cielo permanecía muy azul, las nubes continuaban muy estáticas, como algodones de hospital, y el campo verde, que cada vez se iba tiñendo y empapando de rojo, de un rojo muy rojo. Los dos se marcharon y un blues salía de las notas de una guitarra. Era Pulpito tocando un blues del alma y la nostalgia, todo un sentimiento de pañuelo de resfriado. Hoochie Coochie, en silencio, como todo un man, escucha nomás cada nota muy atento. Y los dos se iban caminando, como navegando alejándose.




Blue Man entra a una cantina de Los Barracones del Callao. Pide un shot de pisco, seco y volteado, y con un movimiento de ceja pide que le dejen ahí nomás la botella del acholado, sobre la barra. Como fondo musical de la pocilga, BB King y Lucille. Cuando Blue Man habla, los demás escuchan. Y cuando los demás hablan, el Blue Man siempre los escucha muy atento con la mirada. Ahora él está rodeado de andrajosos que no piden monedas, porque, aparte que saben que más bien tendrían que donarle al Blue Man, no tienen, y solo desean la atención del Blue. Él le presta suma atención a cada uno. Y las historias entonces salen como trucos del sombrero de Merlín: como la historia, por ejemplo, de un tal Malvern Gasperone, un clásico vendedor de automóviles del sur de Nevada, que en las noches de luna llena y cuarto menguante se reunía junto a los Louisiana Gator Boys, en el garaje de su casa, para compartir acordes de sensaciones y piel de gallina; hasta dicen por ahí que llegaron a competir en una batalla de bandas versus los Blues Brothers. Las copas se alzan y estrellan de licor ante cada anécdota. Blue Man espera que el silencio atrape un momento a la juerga y abre la boca no para libar ni para brindar, sino para contarles la gran historia del Boy King de la calle Blues.




Para nosotros, para la banda de Los Mochicas, Charlie es una especie de ídolo que comparte espacio junto a Acuamán y a Billy The Kid ahí en la pared de los personajes ilustres. A un lado está el póster de Acuamán bien plantado, con las manos a la cintura, en tamaño natural, afiche que ganamos a Los Shades en el primer juego del mini Tazón; y en el otro extremo, el vaquero más bravo de todos los tiempos, en una lámina grande, en blanco y negro, que la compramos juntando todos nuestros ahorros por un dólar cincuenta y cinco en el almacén del gordo Keats. Y en medio de ambas personalidades, el autógrafo que Charlie nos regaló. En las demás paredes del Club hay recortes de moleskines apócrifos de Charlie Melnick –que Jim para jurando que es su primo hermano–, Jack Kerouac, Lowry, Westphalen, Jack Daniel’s, James Dean, Johnnie Walker y, por supuesto, la maravillosa Marylin Monroe.





Llegaron al barrio y se estacionaron en la esquina. Hoochie Coochie le pidió una Inca Kola a la tía de la bodega y se sentó en el murito a tomarla tranquilamente, con cañita. Pulpito seguía tocando la guitarra, sentado en el suelo contra la pared de la tienda, tocaba las cuerdas y el blues salía en mustias notas hacia el aire. I’m your Hoochie Coochie man, cantaba, y ta-nana-ná aullaban las cuerdas. Hoochie Coochie escuchaba atento, mirando al frente, al edificio del Bar El Tufo. Vio salir a Margarita y se quedó contemplándola paso a paso, cada movimiento de caderas, cada bamboleo de sus senos, como en cámara lenta. Saboreó su gaseosa e hizo un ruidito cuando la acabó, ella pasó por su lado, con la mirada al frente, y Pulpito seguía cantando nomás a grito desgarrado. Margarita compró unas toallas higiénicas con alas y la tía se la entregó envuelta en papel periódico, dijo gracias y dio media vuelta. Toparon miradas y Hoochie Coochie, como todo un man, no le bajó la mirada, en cambio Margarita, timidona ella, sí la bajó y la volvió a subir suavemente y de nuevo se la bajó. No sabía qué hacer, si abanicar sus tres pares de pestañas rápidamente, muy coquetona, como en El Tufo para llamar la atención, o morderse la uña del meñique del pie derecho; como locomotora apurada su corazón, porque por fuera, normal nomás, serena morena. Pulpito, cantaba y tocaba su guitarra.





Charlie es un grandísimo borracho pero un gran amigo, eso sí. Es un borracho de mierda, así como dice Jim, pero, así se cague de la angustia por una botella, como el agua bendita para un exorcista, preferirá siempre a un amigo verdadero, leal, con quien hablar. Porque habla y habla que nadie lo detiene, la boca la lleva seca, por eso moja la lengua con licor de fantasía, sus comisuras blancas de su boca, blablablá, mil y más historias desfilan de su imaginación, y Jim nos sentencia que son ciertas, que todas las ha vivido, que ha chupado tremenda tranca con el Blue Man, hasta le enseñó a tocar la guitarra (y todavía con vasito desgarrando las cuerdas), el piano, la batería, la pandereta, el xilófono, la harmónica y el cajón peruano, todo a la vez, a Pulpito. Le creemos. Y emocionados salimos en su busca a preguntarle es cierto? Conoces a Johnny Cash? Es verdad que escribiste Hallelujah junto Leonard Cohen? Y que te ibas de farras con Humareda donde putas a La Parada? A estas horas, Charlie toma su caldo de gallina en el mercado, sorbiendo el cucharón, sudando a borbotones, la nariz roja, le echa más ají, limón, mastica un pan. O puede estar tirado también en la esquina del callejón. Eructa.

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