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POR UN PELO

Y si Dalila le cortó el pelo a Sansón, no por restarle fuerzas, sino para ver a su hombre con un nuevo look. El cuidado del cabello tendría en ella a su prístina estilista argumentada en la Historia.
Pero no. No fue así. Y ya en el Egipto de faraones, sus reinas se preocupaban por su mítica belleza, y se teñían con henna para conseguirse distintos tonos, o, en el hastío del Sol y las arenas, se rapaban completamente para facilitarse los continuos cambios de pelucas. En la Grecia antigua el cabello también era preservado con aplicación y se elaboraban tintes naturales. En el Imperio romano de conquistas cotidianas, las influencias de los pueblos domados trajo consigo la moda del pelo rubio y la piel morena: las romanas no dejaban de admirarse cuando Julio César volvió con esclavos germanos. Durante la larga Edad Media, la mujer tuvo que soportar las consecuencias de su época, caracterizada por las frecuentes guerras, epidemias y mayores austeridades. Hasta que de los siglos XI al XIII, al desarrollarse en Occidente las Cruzadas por reconquistar los santos lugares, y ante el contacto con otras culturas, resurge la atención por la belleza y, así, nuevas técnicas sobre afeites y cosmética reemplazan a las ya existentes en Europa. Pero no es hasta el Renacimiento que se reivindica a la estética, y nuevas tendencias salen inspiradas desde Italia para influir en las demás Cortes. El pelo rubio era sinónimo de buen gusto, y para obtenerlo se mezclaban los extractos más increíbles: se sabe que en el siglo XVI, Catalina de Medicis dedicó gran parte de su tiempo a la investigación de ünguentos y cremas, interesándose en todo lo relacionado a la buena imagen; más tarde, al convertirse en reina de Francia, mandó a traer a los más eximios perfumistas de Florencia, trasladando de esta manera el centro europeo de la moda y la estética a la capital francesa. Los siglos posteriores, las mujeres parisinas sufrirán la "fiebre del colorete": labios en forma de corazón, empolvadas pelucas y lunares coquetamente repartidos en sus blanquecinos rostros; además, ceñidísimos escotes qué mostrar. Con la Revolución Francesa todo cambió. Los excesos garbosos de la nobleza desaparecieron y no fue sino hasta la llegada de Napoleón, y gracias a su esposa Josefina, que los cuidados de la belleza renacieron en Francia. Posteriormente, con el Romanticismo, llega la somnolencia, los aires desvalidos, los talles ceñidos y las minúsculas cinturas. Las pelucas desaparecen temporalmente para dar paso a bucles realizados en peluquerías. Con la Edad Moderna, las modas y tendencias acortan sus distancias; lo que antes podía durar unas décadas, actualmente duran una simple temporada de un par de meses, y eso: usar, dejar y, por qué no, reciclar, también.

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