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ROSAS


“Hacíase querido sin saberlo,
Tenía manos hábiles y voz susurradora,
Hoy ausentes se hacen gesto y ritmo
Y el aire que rodeaba su cabello”
(Renata Pallottini)

Cuando me contaron que Cipriano había sido no me extrañó en lo absoluto, pero puse rostro de asombro cuando mi madre me lo dijo. Ya había examinado todo desde antes, Cipriano y Rosaura se llevaban bien, pero eran solo puras apariencias, porque en realidad vivían en un mundo interior muy confuso. No fueron los celos, porque ellos paraban siempre en casa, Rosaura en la cocina y Cipriano en el jardín. Solo muy de vez en cuando salían algún domingo, más les gustaba parar encerrados en su habitación.

Siempre veía a Cipriano desde la ventana de mi dormitorio, mientras escribía en la computadora algún que otro cuento, y ya la inspiración se iba esfumando, al igual que los cigarrillos; él cortaba las rosas rojas, les daba vida, armonía, tacto, todo un sentimiento especial que mi madre sabía distinguir. Cuando Cipriano notaba mi presencia, me saludaba muy animoso, alzaba su mano embarrada y tosca, y yo le respondía con alguna sonrisa sintiéndome en complicidad también con su particular arte. A Rosaura en cambio me la cruzaba por la casa, siempre menudita y tan meticulosa, limpiando las habitaciones y en la cocina, pero yo siempre apurado, escribiendo alguna historia o yendo a la universidad. Pero en una ocasión en particular, ambos nos detuvimos a observarnos, pero de otra manera extraña para el momento, intrigados nos miramos a los ojos, confundíos, atraídos, intrigados. Yo salía de darme una ducha, iba secándome con una breve toalla, y Rosaura, que en ese momento se hallaba tendiendo la cama de mi dormitorio, simplemente dejó caer las sábanas y se quedó mirándome, los dos nos quedamos viendo, y al volver en sí, se disculpó:
- Perdón, joven –sus cachetes rojos, rojos- Toque la puerta pero nadies contestaba, no me di cuenta que en el baño se encontraba.
- No te preocupes –le dije, calmando el bochorno.
Cuando acabó con la cama, pidió nuevas venias, y no le cuentes al Cipriano, joven, por favorcito, me dijo. Yo sonreí. Esa vez había sido uno de los primeros días cuando llegaron a la casa; con los sirvientes anteriores habíamos tenido muy mala suerte, y con Cipriano las flores iluminaron como nunca el extenso jardín y nadie tampoco podía igualar la exquisita sazón de Rosaura.

Hace casi un tiempo llegué a casa con un hambre de ahogado, Rosaura había preparado un plato casero con un sabor algo especial, entre el fondo del gusto se podía percibir un delicado aroma de rosas frescas. En aquella oportunidad me senté a almorzar en la cocina, pues mis padres ya habían comido y en ese momento se hallaban sesteando. Le pregunté por Cipriano y me contestó:
- Adonde su mamacha se ha ido, Joven. A su pueblo se ha tenido que volver por unos cuantos días nomás. Sia muerto la pobre, y el Cipriano ha ido a recogerle su alma.
- Lo siento –le alcancé el pésame, y pensando en lo que me contó:- ¿Y cómo es eso del alma de su mamá? –le consulté un tanto ignorante en idiosincrasias andinas.
- Es una fiesta, joven, donde se baila con los muertitos de uno. Hay que rezarles, hacerles un pago y agradecer por nuestra vida.
- ¿Y tú por qué no fuiste?
- Porque tengo que trabajar pes, joven.

Y mientras almorzamos juntos en la mesa redonda de la cocina, nos pusimos a conversar, o mejor dicho, me tendí a escucharla. Me pareció una muchacha inteligente, avispada, aunque no sabía leer ni escribir. Yo hasta me animé en enseñarle. Recién desde ese día me puse realmente a prestarle atención, pues mi carácter siempre distante y tímido me mantenía en cierta reserva. No estaba mal la cholita, chinita blanquiñosa y chaposita, y parada se le veían unas buenas piernas y un buen culito; ganado Cipriano, pensé, y sonreí. Me contó que no podía tener hijos cuando le pregunté por cuándo se animaban, y por eso también me dijo que se había ido Cipriano, a pedirle a su mamita para que les dé la mano allá arriba.

Ella tenía diecinueve años y él veinticinco. Estaban casados desde hace un poco más de dos años. Tenían en la ciudad el tiempo que se hallaban trabajando en la casa. Se sentían muy bien, mis padres les parecían unas buenas personas, muy considerados, y en ese momento la casa se hallaba en silencio, y no sé por qué pero me atrajo, no fue un aprovechamiento o un ligue intencional, con algo de atrevimiento le dije que me parecía muy linda, ella se ruborizó, sonrió y ay, joven, cómo dices esas cosas, atrapé sus manos con delicadeza, ella me apartó temblorosa, le dije que no pretendía hacer algo malo, y me pareció extraño sentir sus manos tan suaves, pues con un oficio donde tenía que lidiar con ollas, cuchillos, detergentes y demás enseres, su piel se sentía como pétalo recién florecido. Nuestras emociones agitadas y de pronto, se levantó de la mesa, recogió los platos y se puso a lavarlos, me acerqué por su tras, solo con la intención rellenarme de su perfume, de su aroma, y me sintió.
Después del almuerzo subí a mi recámara para escribir un cuento que había dejado inconcluso. Pero cuando me senté frente al computador mi imaginación no podía divagar en otra realidad, algo me detenía, sino era la falta de ensueño era un olor tenue y profundo, íntimo, una fragancia tan etérea que me llevó livianamente hasta el jardín para perderme entre los rosales, conjeturar con las rosas sangrientas, inhalar sanamente una hechura palpable que me purificaba, sintiéndome casi sin gravedad, flotando tanto como por sobre espinas pecadoras, tentadoras, y así, en la liviandad del edén, percibía ser observado, y no era Cipriano porque él había viajado a su pueblo, mis padres descansaban la siesta, los guardias no entraban a la residencia, y los perros a estas horas en sus jaulas; era Rosaura, vestida solo con tules sublimes en su propia desnudez, no pronunció palabra alguna, solo apareció de repente y sin vergüenzas; no le dije nada, tampoco podía pronunciar lenguaje alguno más que el táctil; nos apreciamos minuciosamente con sentidas caricias, y con inspiración de suaves melodías aromatizadas hicimos el amor. Luego, totalmente extasiados y rendidos, se puso en pie, se levantó del letargo virginal, y se fue, sin decirme nunca algo, el sudor secaba el ambiente, dio unos pasos precisos, rozó con uno de los rosales y una espina le dejó una raspadura en el brazo, y unas gotas de sangre cayeron por el jardín.

La mañana siguiente mi madre me despertó preocupada porque dice había dormido todo el día anterior. Lo curioso es que me encontré desnudo y cubierto con unas sábanas de seda a mis pies.
- ¡Levántate, levántate! –me animó mi madre- Tienes clases a las once y faltan diez minutos.
- ¿Cómo? –pregunté un tanto confuso- ¡Ya voy! ¡Ya voy! –contesté.
- Oye –se admiró de repente llenando sus pulmones con agrado- Qué rico huele tu habitación –profirió extrañada, pero la verdad era que yo no percibía ningún olor exótico.

Lo de Rosaura lo entendí como un sueño, un sopor bonito y húmedo, hasta fragancioso.
Ese día, al llegar a casa ya había almorzado en la universidad, fui a saludar a mi madre que se encontraba recogiendo las flores marchitas del jardín; la saludé con un beso, y me quedé un momento para ayudarle, conversábamos y yo le sostenía el cesto, ella con su sombrero de paja, su camisa floreada, jeans, descalza, con guantes en sus manos y unas tijeras, arrodillada, y a su lado, en el barro y en el grass me percaté de unas gotas muy rojas de sangre, un rastro que seguía un rumbo; me quedé como una paloma en invierno sobre el tendedero, tratando de sostenerme fuertemente sobre la realidad para no caer en el desmayo del total desconcierto.
- Mira qué lindas están las rosas –escuchaba a lo lejos que me hablaba mi madre –pero hay que cuidarlas, y como no está Cipriano, tiene una nomás que hacerlo –creo que me contaba- Cipriano y yo somos los únicos que sabemos darle vida a estas rosas. ¿Verdad que son lindas, querido?
- Sí, sí –le respondí nomás, y casi gritándole creo porque no sabía en ese instante si me podía escuchar.
Y a la hora del lonche estábamos en el comedor, me encontraba aún un poco aturdido todavía, pues no sabía si en realidad había o no sucedido ese episodio tan placentero con Rosaura, pero encontré una solución lógica a todo: una paloma, de las muchas que visitan a diario el jardín, rozó una espina y se desangró; eso había sucedido, o algo así. Cuando de repente mi padre llamó a Rosaura para que le trajese el edulcorante para el café, ella muy solícita apareció con las pastillitas, y en su brazo derecho noté una vendita autoadhesiva. Me sobresalté con tanto estupor que perdí el conocimiento.
Al recobrar la memoria me hallaba en mi dormitorio, rodeado de mis padres y el doctor, quien me recomendaba alimentarme bien, había tenido un vahído por el estrés de los estudios, no había sido más que un susto. Mis padres luego bajaron a agradecer y despedir al médico de la familia, y en un rincón de la habitación, en silencio, observándome muy serena:
- ¿Qué te sucedió en el brazo? –le pregunté- ¿Te cortaste?
- Fue con una rosa, nomás joven, con su espina –me respondió, y yo ya no sabía qué hacer, dónde meterme, qué había pasado…
Y Rosaura, como si nada, silente y misteriosa.

Esa noche dormí intranquilo. Y no tanto por creer que había tenido sexo con Rosaura, porque aunque haya sido tan intenso y hasta tierno, no pensé que fuera cierto, sino, por la casualidad del sueño y la realidad. Cuando al par de semanas Cipriano volvió de su pueblo, después de ofrecerle el pésame, lo busqué para que me ayudase en un problema literario, pues por esos días me encontraba escribiendo un cuento, El matorral, donde el narrador tenía aspectos andinos y Cipriano me podía ofrecer muchas luces, así que le pedí una breve entrevista y él complacido, se prestó con gran privanza a cualquier pregunta que le hiciera.
- ¿Por qué viniste a la ciudad, Cipriano? –le interrogué.
- Mire, joven –me contó- La vida en el campo bien difícil es. Y uno siempre piensa que aquí se pude hallar trabajo. Y tuve suerte, bien buenos son ustedes, el patrón, su madrecita, y tú también, joven.
- Gracias, Cipriano. Ustedes también son muy buenas personas, tú y Rosaura –le dije- Y cuéntame, ¿cómo así te volviste jardinero?
- Porque como la Rosaura sirvienta iba a ser, y yo tengo siempre que acompañarla, pues; y como yo vengo del campo, sé lo que es cultivar, sembrar, patroncito –y alzaba sus manos chatas y robustas- Y su jardín bien bonito es, y bien grande también, se parece masomenos a mi chacrita, joven.
- El jardín está siempre muy floreciente pro ti, Cipriano –le agradecí, comenté por sus labores y sus cuidados con las rosas, y de ahí le pregunté:- ¿Por qué no han tenido hijos con Rosaura?
- Porque no podemos; los apus me dijeron que ella no pueden tener hijos, pero le estamos rezando al alma de mi madrecita para que intercediera ante Papá Lindo. Por eso fui a traérmela.
- ¿Cómo? ¿Cómo así te has traído a tu mamá? ¿No la había enterrado por allá?
- Sí, joven. Pero su almita nomás me he traído, para rezarla, pues.
La conversación con Cipriano me desconcertó por completo. Su idiosincrasia tan distinta a la mía me dio a reflexionar en la pluralidad de este país, y en el respeto que hay que guardar a las diferentes culturas y tradiciones que conviven en nuestro territorio. Gracias a Cipriano pude concluir con mi cuento, y mientras él continuaba embarrando sus manos en el jardín, yo escribía en mi habitación.

Y también, poco a poco, me fui olvidando del sueño erótico con Rosaura. Hasta hace solo algunos pocos meses cuando volvió a ocurrir lo mismo. Se me vino el recuerdo de su imagen descubierta; yo me hallaba echado en mi cama oliendo pasar el tiempo ocioso, ella desnuda sobre mí, palpable, exhalando su aroma rosado, acariciando hasta su más íntimo pudor., sufriendo de suave placer de arriba abajo, padeciendo de gusto de abajo arriba, con parsimonia, dulzura también, arrebato, viciando la fragancia vestal del jardín, embarrando la tierra con nuestro sudor, ocultándonos ya de todo y de todos, hicimos nuevamente el amor y nos tendimos extasiados en la hierba.

Al despertarme no presté mayor atención al sueño, pero me sentí cansado y complacido, con un raro y gustoso perfume de rosas, e intuí que era por haber dejado las ventanas abiertas.

Hasta hace cosa de unas semanas, Rosaura se desmayó en la cocina. Al caer hizo un ruido perplejo con los platos rotos. En ese momento solo yo me encontraba en casa, estudiando, me sobresalté con el impacto y presuroso bajé a ver qué había sucedido. Ella estaba tirada en el suelo desmayada. Pedí auxilio y los guardias me ayudaron a subirla al auto, y de inmediato la llevé al hospital.
El doctor me confirmó que solo habían sido unos simples mareos, pero por las dudas iban a realizarle unos exámenes. Y luego de un par de horas, me confirmó lo que él mismo presumía, la muchacha estaba embarazada. Entré a la habitación para felicitarla pero su desconcierto me dejó más perplejo cuando me contó:
- Pero joven… -eme secreteó:- Yo y el Cipriano relaciones no hemos tenido, desde hace meses que no nos juntamos. Poreso le rezamos todas las noches a su madrecita, tal vez así ha querido que sea Papá Lindo.
¡¿Qué!? No podía ser el Espíritu Santo, esta ciudad no era Belén, y Rosaura no podía ser la Virgen María ni Cipriano San José. Cuando llegaron los demás al nosocomio todos se alegraron, hasta Rosaura y Cipriano que mantenían la convicción que el alma de la madre por fin había intercedido, y se quedaron en silencio, nomás alegres. Aunque a mí no me quedaba nada claro, los días siguientes me atraparon las ideas de qué podía suceder si en verdad había pasado todo lo que hicimos con Rosaura y la criatura se lograba parecer a mí.

Por eso hoy cuando mi madre me contó que Cipriano había asesinado a Rosaura ella no lo podía creer ni entender, se había encariñado tanto con ellos, que no salía de su asombro; mi padre, sereno como siempre, reservaba sus angustias y opiniones para sí, preocupado tal vez ahora pro las noticias en la casa del ministro. Antes que se fueran los oficiales, llevándose a Cipriano amarrocado y lloroso, el teniente me interrogó por simple rutina: yo había estado en la universidad, recién llegaba a casa y me topé con todo el ajetreo, había tenido un examen terrible, estaba muy cansado de tanta desvelada de estudio por lo que luego caí rendido en los jardines del campus. También me contó que a Rosaura la había encontrado desnuda entre los rosedales, con las tijeras de jardinería embarradas de sangre y lodo en su vientre; no hubieron gritos ni forcejeos, y Cipriano era el único quien se hallaba en casa.

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