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MEDIECITAS DE COLORES

Lo que más extraño de ti son tus mediecitas de colores sobre el espaldar de cualquier asiento de cine, en la oscuridad bamboleándose de un lado a otro en los musicales, saltando en las escenas de suspenso, arrugándose en las películas de terror, y estirándose relajada en los romances, con la cabecita y una cola atada de un moño. Tus mediecitas siempre fueron de colores, de rayas, rombos, bolitas, dibujos animados, pasteles, abstractos, y en verano, solo con sandalias. La primera vez que te vi el pie derecho era rojo y el izquierdo azul, calcetines de algodón. Recuerdo la película, el Buena Vista Social Club de Win Wenders. Lugar: Centro Cultural de la Católica. Un domingo en función vermouth. Tus mediecitas llegaron abrigando tus lindos piesecitos y soportando tus All Star chatas, apareciste con una luz al abrirse la puerta y cuando la sala ya estaba a oscuras. Te sentaste unas filas delante de mí, te desaflojaste las zapatillas y tus mediecitas se alivianaron de presiones, alzaste tus piernas y apoyaste tus pies en el asiento delantero. Comías canchita en bolsa de papel y dabas sorbos a una Inca Kola de vaso grande. Eras una sombra en la sala a oscuras, un moño en tu cabello y una cola castaña, media enrulada, y en las escenas de toma abierta tu mielecita de un lado era azul y la del otro colorada. Con tus piesecitos delicados bailaste todos los sones cubanos, y con tus mielecitas de colores como siluetas y boleros muy alegres, muy al paso. Pero te levantaste antes de acabar la función y tus piesecitos, en sus mielecitas, con tu olorcito y tus zapatillas, se marcharon siguiendo tus pasadas, aumentándola con cada paso. Abriste la puerta, la luz te llenó, una cola en tu cabello, pelos castaños y enrulados, y te fuiste. Te busqué. Te busqué por todos lados. Te busqué en mis recuerdos y hasta en mis sueños y no te encontré. Aún no deseabas que te encontrara. Y pensaba, me pasaba días y horas y mediodías, a la hora del almuerzo, pensando, pensándote, recodándote, recordando, tus mediecitas de colores sobre el espaldar de un asiento en función de cine. Volví al mismo cine unas cuantas veces más, vi otras películas y en la cola, solo trataba de rebuscar medias, y es que todas eran tan predecibles, blancas o negras o de nylon, y para los intelectuales universitarios, rombos amarillos en fondos verdes. Compungido, tanto que abatido, ojeroso, pero nunca mellado, siguieron nomás mis pestañas, y soñaba. Te buscaba. Te busqué en las empinadas calles de La Habana Vieja y corriendo por el malecón, el mar saltaba estrepitoso contra las peñas y el muro, te buscaba creyendo poder reconocer tus mediecitas en algunos pies andando por mi memoria y en las avenidas. Así volví al cine. Necesitaba que esa pantalla blanca y extendida me ofreciera más fantasías, necesitaba de la calma. Y angustia que provoca toda oscuridad en una sala de cine. Una amiga del trabajo me invitó y fuimos al cine Pacífico. Sala siete y una película con Jim Carrey. Preparado para el relajo y la carcajada. Y de repente te vi. Vi tu espalda, vi tu cola en un moño y atado tu cabello castaño medio enrulado. Y tus piesecitos, sobre un espaldar delantero, metidos dentro de tus mediecitas de rosas y con dibujo de Bugs Bunny. Sabía que eras tú. Te sentía. Tus mediecitas eran más anchas que de costumbre. Bugs Bunny sonreía, orejón y muy muelonudo, con zanahoria en una mano. Me sentí dichoso nuevamente, agraciado en el entusiasmo, no podía creer las coincidencias. Reí a carcajadas, miraba tus miedecitas, no me interesaba la pantalla y, en mis emociones, se me descubrió un brillo alegre que bien pudo notar la de a mi lado. ¿La conoces?, me preguntó ya después en un café, y yo, ¿a quién? ¿a Bugs Bunny?, me asombré, como no lo voy a conocer, y le sonreí. Con ella, por supuesto, no volvimos a salir otra vez al cine. Pero volví al cine, al día siguiente, Real 2 de Camino Real, y en la cola, como siempre investigando medias en todos los piesecitos de las mujeres de cabello muy castaño. Me senté a un lado y en última fila. Tomaba una gaseosa, te empecé a buscar pero sabía también que llegabas más luego, y en la pantalla, los avances de películas, más anuncios, oscuridad, de repente un destello que se refleja en la pantalla y The Blair’s wicht Project. Y de repente, así, te sentí, eras tú. Sentada a mi lado, esta vez descalza. Tus piesecitos sobre el espaldar delantero. Me quedé sorprendido, advertido, la emoción y el terror no me dejaban ver tu rostro, mi mirada fija en tus pies y el corazón agitadísimo, conturbado; me quede alelado. El miedo por verte me hizo pensar muchas cosas, alejarme de mis decisiones; si te veía se iba la ilusión, porque está de más que la hermosura se representaba en ti; así me puse a observarte, los pies porque era lo que me permitía la timidez mientras miraba la pantalla pero siempre sin mirar, y a olerte también, a sentirte, tratar de escuchar hasta tu respiración agitada, suspendida, por la película de terror, tus piesecitos se acurrucaban, tus pies eran blancos y soleados, limpios, las uñas cortaditas, sin esmalte, dedos pequeños y curiosos, el huesito de tu tobillo, la curva suave del tendón de Aquiles, los músculos de tus piernas, tenías un jean remangado a media pierna, vi tu mano izquierda cuando se levantó para que tomaras una gaseosa helada, escuché un sorbo de líquido y un leve suspiro, tenías un perfume suave y fresco, me llené los pulmones de ti y me decidí a voltear y verte, abrí los ojos y justo timbró tu celular, volteaste a sacar el teléfono de tu bolso, saliste a hablar afuera de la sala. No pensé, salí. No estabas, bajé las escaleras, salí a la calle, miré por todos lados y nada; la gente pasaba y el tráfico cumplía con su semáforo. La siguiente función, de noche ya, fui al City Hall de la avenida Venezuela a ver una película hindú, lloronaza, y entre lagrimones te vi, o mejor dicho vi tus miedecitas de colores, esta vez bolitas rojas y fondo amarillo. Esta vez no me acerqué, ni lo intenté, aceptaba que aún el destino no me dejaba, no quería. Y me puse a pensar que tal vez debía descubrir pistas en las películas cuando escuché que te sonaste con un pañuelo. La película era tristísima y emotiva, todo el mundo lloraba, como desanudando un corbatín así se desparramó el nudo en mi garganta y mis lagrimones no dejaron de para ni cuando te vi partir. Cuando salí de la sala caminé casi corriendo y compré una entrada en trasnoche en el cine Metro, pasaban una película calentona para parejas antes del telo y luego el chifa. Pantaleón y las visitadoras y uf, solo tus miedecitas de colores, un dibujo de Miró, punto rojo y líneas negras y colores, pudieron con los senos de Angie Cepeda. E igual, saliste antes del final, yo salía después y nada. Caminé buscando alguna sala y pensaba sí también tiene que guardarse alguna relación entre la película, el cine y tus medias y los colores y los diseños… me cogió la garúa chisporroteando y tupida y espesa y bajó la neblina limeña y pude divisar por el fondo unas luces como de grifo en carretera y encontré una función continuada de cine prono en la avenida Tacna. Entré nomás, como por impulso y necesidad a la vez. No había mucha gente, unos travestis por atrás y algunos solitarios esparcidos, tú estabas sentada donde siempre, primeras filas, esta vez de pies desnudos nuevamente, delicados, pequeños, suaves, bien formaditos y sensuales, descalza. Estuviste unos momentos solamente, indudablemente por compromiso, y la escena de verte ahí, verme ahí, fue tanto surreal. Esa noche no concilié el sueño, me la pasé pensando, divagando, armando y configurando ideas. Pensé que estas aparecidas y mediecitas de colores no eran más que fetichismos y oneirismos míos que se debían sustentar en cierta lógica. Por ejemplo, se me vino la idea que con sus medias de Bugs Bunny y la comedia de Jim Carrey fue solo para llamar la atención, para que la notase en la oscuridad de la sala; luego, cuando te sentaste al lado en el cine de Camino Real, descalza todavía y en película de terror, era para realmente pensar que todo esto es verdad, tú existes, siento tu aroma, tu respiración, mi corazón se turba, y sin medias para demostrar confianza, naturalidad, cercanía, y la película de terror porque quieres mi protección, deseas que te proteja, pienso, no sé, alucino, eso quiero tal vez pensar, tal vez realizo acuerdos de ideas a mi interés; después, en el City Hall, me demuestras tu sensibilidad y deseas notar la mía además, saber cuándo lloro, y las medias más me parecieron con juego, la invitación al juego, quieres jugar? Sabes jugar?; posteriormente, con la película calentona de trasnoche y el desparpajo de Angie Cepeda, me mostrabas que así también te entregabas, y yo, sintiéndome todo un Pantaleón; las miedecitas artísticas y abstractas me indicaban el arte y lo abstracto de todas estas situaciones, encuentros, cines y medias, todo tan de no creerlo, de que lo ilógico también puede convertirse en artístico por esas extrañezas de según el ojo con que se le mire; para finalmente, en el cine Metro, es que querías, sí, ya, entregarnos tan descaradamente también, tan de instintos subterráneos e inconscientes. Todo esto pensé y más todavía lo que el resto de la noche me dejó de oscuridad para aclararse en toda mi habitación. Miré la hora y faltaban unos minutos para que timbrara el despertador como cada mañana para ir a trabajar. Me adelanté de horario y me di un duchazo, me refresqué dejando que el chorro de agua cayera en mi cabeza, mi nuca, espalda, hombros; me cubrí con una toalla y abrí los cajones del clóset para sacar que ponerme. Me horrorizó por completo cuando vi el cajón de ropa interior, todos mis calcetines eran blancos, hasta los de seda para ternos. Me vestí para el trabajo pero no fui, me la pasé buscando salas de cine pero ninguna se hallaba en función, caminando me encontré con luces que cambiaban de colores por una ventanita, era un colegio, así que inventé cualquier excusa y entré como vendedor de libros, busqué el salón y me metí sin hacer mucho espectáculo pero cuando abrí la puerta trasera entró también la luz que se fue al cerrar la puerta, pedí disculpas y me senté por ahí en una carpeta, y ahora no habían espaldares reclinables por eso te busqué mirando por el suelo, y de entre largas y aburridas medias escolares, resaltaban tus medias de nylon carne con las piernas cruzadas, una pequeña falda, un traje sastre, y tu mirada furiosa que me miraba tras tus gafas y me asusté de pronto, sí, qué sucede, bostecé por impulso y tu dedo índice me indicaba la puerta y tus lindos labios carmesíes hablaron solo para susurrarme en un grito Fuera! Para cuando salí, me sequé la baba que se me había chorreado mientras me había quedado dormido en clase.

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