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DISCULPE SEÑOR


- disculpe, señor –preguntó un tanto temeroso el muchacho
- sí, ¿en qué te puedo servir? –le inquirió también el señor
- ¿me podría enseñar? –le consultó inocente el joven
-sí, por supuesto. ¿qué desearías que te enseñe? –le contestó muy experimentado el adulto
- a vivir –dijo el jovencito, entusiastamente, ingenuo

el hombre se echó a llorar

- disculpe, señor, ¿le sucede algo? –tentosamente se acercó a tocarle un hombro
- sí –contestó el viejo, cubriéndose el rostro con ambas manos- es que tú me has enseñado
- ¡¿yo?! ¡¿a qué?!
- me has enseñado a comprender la vida –y se fue, se perdió

el muchacho siguió avanzando en su camino sin rumbo, sin poder hallar desorientadamente su enseñanza. hasta que se topó con un loco al doblar la esquina, y luego de los insultos y gritos del orate, divisa al fondo de la calle a un anciano de ilustre figura andando pausadamente, apoyándose en un bastón. al cruzar la acera el señor saca del bolsillo de su almilla un longines, el segundero ya mareado de dar vueltas cada minuto, cada hora, cada día, cada semana, cada mes, cada año y cada latente vida guardada al lado izquierdo del pecho, haciendo tal vez una competición por ver quién va a detenerse primero. el anciano echa un vistazo a su alrededor a ver si a quien espera llegará algún día

entonces, el muchacho corre vertiginosamente al alcance del viejo, buscando quizás que sea él quien le responda tamaña interrogante. cruza la pista y es ventilado por el roce de un auto quien lo insulta porque casi lo atropella. no le da importancia y sigue, se topa con una mujer a quien le arroja las bolsas de sus compras, salta encima de un perro y, a unos metros de su interrogante, se detiene, deja que las emociones no lo embarguen, y:
- disculpe, señor. ¿me podría ayudar? –muy agitado, buscando su aire
- sí. en qué te puedo servir –le contestó el anciano cortésmente
- ¿me podría enseñar a vivir? –soltó su pregunta el joven
- ¿la vida o su camino? –inquirió muy solícito el señor
- ¿no son lo mismo? –preguntó más confuso el muchacho
- no
- ¿y en qué se diferencian? –profirió más angustiado
- has tenido caídas, ¿no? –le cambió el tema
- sí, por supuesto, muchas
- y eso que aún eres muy joven –se admiró el mayor- ¿sabes caminar?
- sí, por supuesto
- no creo que me has entendido –explicó- sino, en el camino de la vida
- creo que sí –le contestó aún más confuso
- pues yo pienso que aún no –tajante el anciano- porque me parece que aún no sabes ni gatear
- pero yo quiero correr –prorrumpió el muchacho
- quieres aprender a correr sin antes haber gateado ni dar tus primeros pasos
- ¿y la vida? –volvió con su tema el jovencito
- la vida no es fácil
- ya lo sé –muy sobrado- pero, quiero aprender…
- todos los días lo haces
- sí, pero no de esa manera
- te caes y te levantas y continúas tu camino –le contó- yo no me di cuenta de aquello solo al ver adelante, de vez en cuando que volteaba para ver lo que había dejado y seguir el camino de enfrente
- entonces, ¿así hallaré la respuesta?
- ya la tienes, pero no te das cuenta; hasta que alguien como tú venga a preguntarte por lo mismo –hizo una venia y se marchó amablemente, con una sonrisa y alzando el sombrero

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