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TE PIENSO Y TE VEO

El cielo celeste celeste como pintado con un plumón, el sol brillante, brillante, brilla en el mar. Te pienso y te veo. Te recuerdo, mejor dicho, te sueño, mejor dicho, mejor dicho nada. Eres así, con la mirada coloreada con un Faber-Castell y con una catarata ensortijada sobre tu rostro. Te pienso y te veo. Una palomilla que llega y se posa en el cable de alta tensión, se detiene y se va, volando. A veces pareces un verano dentro de un invierno. No hay bronceador ni lluvia friolenta pero corre su airecito. Se lleva el polvo, se lo lleva una escoba a un recogedor y luego al tacho y luego al camión y luego al basurero y luego… ¿y luego adónde? Luego, te sigo pensando y te sigo viendo. Solo pienso y veo, siempre. Ah, pero también como y duermo. Y te vuelvo a pensar y te vuelvo a ver. La misma hora, el mismo bus. Bajas en la esquina, el autobús se va, volteas a ambos lados y la catarata en tu pelo se menea, cruzas la calle y pasas por mi avenida. La acera una pasarela y tú la última novia. Caminas entre flores y tus pasos sobre algodón. Mi alma se estremece, mi corazón se entumece y pues es un pum pum pum contra mi pecho. Es mágico y yo solo quiero una mirada, un abrazo, un beso. Te pienso mil veces y te veo. Dos piernas, una falda suelta, dos senos sin sostenes y se te nota pues tus pezoncitos, la catarata negra y tu mirada tras lo hechizado. Pasas. Pasas y te vas. Tus gustosas caderas, tus largas piernas y tu falda suelta que se te menea con tus pasos. Una catarata negra escurrida por tu espalda, una mano la lleva por tu tras. Pasas y te vas. Llegas a la esquina, volteas a ambos lados y la catarata se menea, cruzas la calle y te alejas de mi avenida. Te vas. Te vas y el ensueño también. El alma vuelve a su lugar y el corazón palpita solo para engordar. Y ya pasaste. Te fuiste. Ahora te pienso y te veo. No me queda más, te recuerdo. El cartero llega, de lejos, los zapatos sucios, con mucho polvo, la suela gastada e hinchada hacia un lado por atrás. Toca el timbre, sale María, firma el recibo y recibe una carta. Se cierra la puerta y el cartero se va, cansado, pesado, cargando un viejo maletín de cuero. Suda por la nuca, el cuello de la camisa cochino. Llega hasta la esquina y se detiene. Los autos pasan, un bus, otro bus. Descansa y sacude el pañuelo de su lomo, seca el sudor de su cuello y lo estira para acomodárselo nuevamente en su nuca; cruza la calle y se va. Lo veo y pienso y te pienso y te veo. No sé. Solo te pienso y te veo. Te recuerdo. Todas las veces. Estás almacenada como dentro de una alcancía. Todas tus faldas. Todas las telas hincadas por tus pezones. ¿Serán de qué color? Solo sé que están paraditos como un biberón. Y me excito. Vuelves por la avenida, caminando con tus tacones altos. Se acerca un auto, te acercas a la ventanilla, se dicen algunas cosas y subes. Un perro chuscón husmeando las bolsas de basura. También pasa. También se va.

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