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LA VEZ PASADA ME PUSE A PENSAR...

La vez pasada me puse a pensar, así como quien no quiere la cosa, no? ¿Y qué significa, pues, el Perú? Obviando su 1’285.216,62 Km² y la banderita flameando en los techos de fines de julio, con discurso presidencial y parada militar en todos los televisores. Me puse a cavilar y de mi cabeza intenté abstraer a todos los héroes –con sus disculpas don Miguel, don Francisco- y todos los incas –con sus disculpas, también, Inka Pachacuti- de la historia. Luego, dejé de lado también Machu Picchu y el Manu, el Señor de Sipán y una tremendísima jarana de rompe y raja con el Sambo Cavero y el maestro Avilés, Tiwinza y, por último, Arica y Tarapacá. Me entretuve como andando de regreso a casa y por mi mente andaban realidades: mis realidades. En una esquina me detuve, estiré un brazo, subí a una combi y me senté en cualquier asiento, agazapado y entre olores. Y, pues, ¿qué significa el Perú, no? Miré a través de la ventanilla y otras combis pasaban, se pasaban, 4x4 y apuradas, la gente caminaba, de aquí para allá, las calles grisáceas y las pistas con baches y sumideras, miraba, pensaba, alucinaba: la llama del Parque de las Leyendas que escupe, el árbol de la quina que no conozco y la cornucopia desparramando monedas de esas que entregan de vuelto en los supermercados para la colecta. Lo más parecido a los símbolos patrios es la coca secándose en el Huallaga y la grandísima concha llenándose maletines repletos de corrupción, y ahí mismo pensé, pensé en el Congreso (¡Ay!) y en sus congresistas (¡Ay! Doble ¡Ay! ¡Ay! Miles de Vallejo), pensé en la niña de la lámpara azul en los semáforos, con su bolsita de caramelos y descalza, cochinita. Vi mis calles, duras, apestosas, pintarrajeadas, vi colas, vi drogas, Wong, el Jockey, Mega Plaza, Plaza San Miguel, Norkys, un montón de chifas, putas, cabros, drogadictos, hampones y fumones, también más niños. Escuché sonseras, mentiras de habladurías. Floros, floros monses. Vi guachimanes en cada calle enrejada, dizque más residencial. Las calles enjauladas en el zoológico urbano. Escuché los silencios más resignados y atragantados. Vi los gestos más raros y arrugados. Y pensé, el Sublime y la Inca Kola también es el Perú, no? Un cebiche, tallarines, chaufa y papa a la huancaína en un mismo plato, también. Y también los Tico amarillo y la música del Grupo 5. La Sarita Colonia, el rosario de pelotero y un cidí colgando del retrovisor. La criollada. La pendejada. También el desgano. Los taxistas más instruidos del mundo. Las rubias al pomo con las raíces negras y canosas, la ondulada de cabello y las patillas trinchadas. El pelo color cucaracha cuando ya se va acabando el tinte. El aeropuerto Jorge Chávez, las lágrimas, el aguante en un nudo en la desbordante emoción. Una pelota disparada veinte metros arriba del arco, en la ventana del vecino, a la tribuna. El uuuuuuuuuuuuuufffffffffff. Y pensé, pensé también en los anticuchos y unos amigos alrededor de unas cervezas. Las sonrisas en carcajadas. Las jodidas, y pensé entonces en la espalda de esa carcajada, tras lo dientes (alguno picado seguramente) y la garganta (aguardentosa). Esas bocas ya cerradas y silenciosas en cualquier día. Estudiar, trabajar, cargar los días, sentir los dolores y el cansancio y buscar, seguir buscando trabajo. Buscar trabajo para no ser esclavo de las resignaciones. A mal tiempo buena cara. Fingir la sonrisa, si se puede. Porque Diosito siempre sabe por qué lo hace. Y una esperanza para cada momento. Los silencios se vuelven eternos. Terribles. Y la mirada que ve ya no sabe comunicar otra mirada sin enterrar su mirada. A las conversaciones se las lleva el viento también, a las palabras mejor dicho. Mejor es una parca mueca para salir del paso. Arrojamos la basurita en la calle y meamos en cualquier parte. Como cortados de la misma tijera, todos somos idénticos, iguales, pero no nos reconocemos ni frente al espejo.

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