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HISTORIA DE UNA SILLA

Fue construida un día en que nadie recordó la rutina de un árbol caído. De madera ruda y resistente. Era por aquellos tiempos, cuando salió de la carpintería, una silla común y corriente, con cuatro patas, una aposentadora plana y un espaldar largo y serio, que junto a muchas otras idénticas era transportada en un camión a alguna mueblería de la ciudad.
En la tienda fue expuesta en un mostrador callejero para los transeúntes ocasionales. Así pasó una temporada en exhibición, tiempo que sirvió de cómodo asiento a alguno que otro empleado cansado de su sonrisa y los pies hinchados. Hasta que un día apareció un cliente. Era un director de escuela, quien la ver la silla que se mostraba tras el vitral, decidió ingresar al local, porque lo que andaba buscando por calles y plazas acababa de hallarlo. Luego de los regateos necesarios, llevó diez sillas del mismo tipo; gracias a esa compra le obsequiaron un banquito de madera, el mismo que ya está usando su más pequeño nieto cada vez que juega a ser piloto de autos.
La misma silla del mostrador se la acomodó en un aula de cuatro paredes amarillas con techo albino y seis fluorescentes redondos que alumbraban las cuarenta y dos carpetas de metal, delante de la amplia pizarra verde y detrás de la mesa con la que hacía juego por su simpleza; del mismo modo se colocaron las otras nueve sillas en idétincos salones.
En el aula la utilizó una joven profesora, soltera y no menos interesante, que la usaba cada cierto tiempo mínimo, ya que en su juventud no se daba cuenta de las várices que le surgirían en su madurez. Ella iba y venía de un lugar a otro, enseñando por acá, castigando más allá, escribiendo en la pizarra o tomando algún examen y paseándose por el salón. Y fue en una de esas cuando no se hallaba sentada en su puesto de comando, cuando un pendejito alumno de la clase, en un descuido, le dibujó una pichulita con la punta del compás en la aposentadora de la silla. La profesora nunca se percató de la inscripción que le habían dedicado con tanto cariño, ni aún cuando la silla pasó a ocupar un espacio en la casa de la docente, luego de la huelga de maestros en la que cargaron lo que pudieron de la escuela.
En la casa de la profesora, la silla ocupó un lugar privilegiado en la pequeña salita, sitio donde la familia (la muchacha y su abuela) se sentaba a ver las telenovelas. Luego, por la noche, la joven sacaba la silla para que la pobre anciana se entretuviese viendo a la gente pasar; mientras, ella, hacía pasar por la puerta trasera a su prometido. Hasta que una noche de infortunio, esas que llegan y se van de improviso, cuando los jóvenes se encontraban adentro, en pleno éxtasis y ajetreo, y de lo mejor gozaban en el camastro con un trajín fervoroso, ésta se viene cayendo y junto se produce el devastador ruido que llama la atención de la viejecita, quien presurosa en sus pasos lentos anda a ver qué es lo que pasaba adentro, y dejó solitaria a la silla en medio de la calle. Al volver para sentarse nuevamente, ya que el cortejador de la nieta se había escondido entre la ropa sucia, se encontró con la sorpresa y desilusión que la silla ya no estaba, y ni siquiera su grito de niña caprichosa pudo ser atendido por el ladronzuelo que corrió como si hubiese visto al diablo.
Terriblemente agotado el maleante llegó adonde ansiaba llegar, y con la silla en mano hizo el truque con otro flacuchento, que le entregó solo un par de paquetitos en envoltorio cerrado. El ladrón se alejó con desgano, pero con su angustia clamada al menos por ese momento.
El nuevo dueño de la silla no duró mucho gozándola, ya que mientras veía la televisión, descansando en la silla por supuesto, arribaron exabruptamente toda una legión de hombres de ley, que tras revisar y desordenar el inmueble por completo, se llevaron muy acaloradamente al tipo, junto con sus dos sacos repletos de paquetitos y paquetones encontrados bajo la cama.
La abandonada habitación abrió sus huecos para dejar pasar a los nuevos visitantes: cucarachas, arañas, ratas; pero no por mucho tiempo, porque tan pronto los lugareños se enteraron que no había propietario quien cuide sus pertenencias entraron y desvalijaron con todo. A los ocho años de pagar su condena, el dueño ya no halló nada, ni siquiera un asiento donde descansar su libertad.
La silla pasó una corta mañana con un joven quien la entregó al primer ropavejero que pasó por el lugar a cambio de unas simples monedas.
El anciano canjeacosas guardó el asiento algunas semanas, probándola cada anochecer que volvía cansado a casa a ver su televisor de dos colores. En esos instantes, mientras descansaba, se jactaba de su buen comercio; una silla resistente, pensaba, pero cuando empezaron a escasear las monedas y el hambre rondaba con mayores ecos, tuvo que venderla a su amigo el zapatero de la esquina.
Mientras el pegamento se seca por ambas partes de la suela, se embetuna el zapato de taco alto, en la boca se saborean las tachuelas que hay que martillar, el zapatero trabaja apostado toda la mañana y tarde en la silla. Cuántos años sirvió como material secundario pero muy necesario en aquel taller opaco de luz y escaso de aires, entre zapatos, botas y zapatillas, con olores a pisadas de la ciudad. Pero no hay nada en este mundo que resista las inclemencias del tiempo; y por tal motivo, la vejez y las polillas dejaron coja a la poltrona, y así, fue a parar al camión de basura.
El camión la llevó al basurero municipal, y quedó arrojada entre pañales cagados, mimosas desparramadas y comida putrefacta. Pasó sus días así, como apoyo de gallinazos, hasta que un carpintero de la necesidad que merodeaba siempre buscando algo, halló su tesoro. La llevó a casa y la reconstruyó íntegramente, y tan bien quedó que hasta se la obsequió al Presidente de la República en un día que éste paseaba su gobierno por lugares abandonados; ahora, la usa para firmar convenios y dictar leyes, y sin percatarse de la punzante pichulita que él mismo había dibujado en sus años de mataperreo escolar.

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