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ESTAMOS HASTA EL CULO...

Estamos hasta el culo. Vivimos en un mundo irreal donde no podemos creer que lo real pueda ser verdad. Y no nos damos cuenta. Seguimos creyéndonos ganadores cuando no ganamos nada. Antes de jugar un partido ya lo ganamos, pero recibimos tremenda goleada e igual continuamos frente al televisor. Pretendiendo ser entrenadores cambiamos todo el fútbol peruano alrededor de unas cervezas. Y meamos bajo cualquier árbol y conducimos pasándonos todas las luces rojas. Conducimos en diagonales, freno y claxon. El papelito lo arrojamos abriendo nomás la ventanilla, para que el aire se lo lleve volando y caiga por el sucio asfaltado. Las calles son duras y los niños, muy cochinos, limpian lunas y estiran sus manitas por cualquier morisqueta: cagándose de hambre, frío, calor, sin juegos ni escuela, la calle es su escuela y también su recreo. En nuestro mundo no existen reglas, cada uno las inventa. Como un tacutacu, tallarines, ceviche y papa a la huancaína en el mismo plato, en una carretilla de paradero, con el perro chuscón por los pies, olfateando los sobrantes. Es que el hambre es gigante como en paila. El Mc Donald’s se llena, hacen cola y en la puerta, un matón con el rostro seriote y a lo FBI vigila la jauría para que no traspase la pirañada. Afuera son muchos, son pequeños también y se mueren por el hambre, las barrigas así cómo estrujan, hasta con eco. Adentro también son muchos, somos cholos y nos choleamos. El chofer de combi, crespón y de patillas trinchadas, grasoso, marrón, choloemierda, le dice al del mototaxi, en plena avenida, colorado y chaposito el otro, rayita al costado engominada, choloemierda, nomás se amarga, la ley de la jungla de cemento gris, le mete la combi y le cierra el camino, veloz y a todo volumen, cumbia o reguetón en el zigzag de los neones; en el retrovisor, un disco compacto, un rosario de pelotero y la Sarita colgando. Nuestro mundo está lleno de individuos pero todos somos una misma masa. No sabemos adónde vamos pero solo queremos largarnos. En el Jorge Chávez las colas son llorosas, todo un barrio yendo a despedir, hasta con el perro en la foto, y se va solo uno, con sus mejores galas desteñidas, con la duda de que tal vez pueda ir mejor, por allá, lejos, bien lejos. Y no aquí. Porque en nuestro mundo, que todavía lo creamos nosotros mismos, ya no podemos creer más en él. Por eso también tenemos muchas religiones y es que en cualquier cosa necesitamos ya creer. Y hasta creemos. Creemos en cualquier cosa. Y por eso siempre nos agarran de cholitos, nos ilusionamos rápido como al llegar a la capital. Porque en verdad, somos cholitos, cholos, por eso sí no lo podemos creer. No lo podemos aguantar, no lo podemos permitir. Así somos. Así eres. Así soy. ¿Qué se le puede hacer?

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