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EL SEÑOR LÓPEZ: UNA BREVE INTROMISIÓN A SU VIDA PRIVADA

“No se engañe: aunque lo esté viendo en blanco y negro y aunque el señor López no sea alto, moreno, de ojos verdes, fogoso, audaz y exquisito, y aunque tenga una arpía por mujer y un jefe gritón y vaya todos los días a una oficina convencional, él es el portador del color, los héroes y el misterio”
(Angélica Gorodischer, en el prólogo para «
La puertitas del Sr. López» de Trillo / Altuna)

El señor López es un personaje caricaturesco, en blanco y negro. Plagiado, atrapado y dibujado para ser puesto en circulación como matutino diario por todas las calles de la ciudad. Caminando como cualquier otro ciudadano, pasitos cortos y chuecos, con las manos a la espalda, mirando los edificios y a todas partes cuando se va a trabajar. No tiene auto, por lo que siempre toma el autobús. Se sienta en cualquier asiento, de preferencia al lado de la ventanilla. Paga con monedas de corte simple y baja en la esquina del paradero, camina algunos pasos, saluda con venias de antaño al portero de la entrada y sube los escalones hasta llegar al quinto piso. Siempre llega temprano, un cuarto de hora antes que el jefe, se dirige al baño, orina en el urinario, se lava las manos con jabón y se las seca con el pañuelo blanco de su bolsillo posterior del pantalón. Se sienta en su escritorio, ordena cada una de sus cosas en su respectivo sitio, y espera a que lleguen todos los demás.
El señor López trabaja de ocho a seis sentado en una silla de fierro con las aposentadoras acolchadas, y frente suyo se halla colgado a la pared un reloj redondo que cada segundo hace tic y al otro tac. Las horas le parecen muchas veces interminables mientras los días se suceden en el calendario, sacando cuentas en el calculador, el jefe que todo lo quiere para ayer, y si es para antesdeayer mejor, la secretaria cada vez más pintada y apretada, o más calurosa y en minifaldas a gogó, los compañeros de trabajo comparten el silencio, un café a media jornada, y vuelta al escritorio, los momentos pasan, apuntes y papeles se van acumulando sobre la mesa, presiones habituales, la muchachita que le gusta se pasea entre sus angustias y quehaceres, el jefe que grita más, que le piden cosas, apuros, se saca las gafas, desafloja solo un poco el nudo de su corbata, también piensa en otras cosas, mientras intenta respirar una pausa a ver el tiempo pasar sentado en su escritorio, la máquina de escribir a un lado, papeles, fólderes, informes, clips, saca grapas, papel calca, engrapador, cuentas, lapiceros y un calculador con el papel en un rollo, en la pared de enfrente el reloj, en la otra el calendario en el día de hoy, los demás también en sus puestos, sentados, parados, caminando de un lugar a otro, la gorda secretaria con el teléfono en la oreja, hablando, un compañero sirviéndose el café, otro con la cabeza gacha en su escritorio, la practicante con el jean ajustado, las bastas anchas, la camisa a medio abotonar, el pelo suelto, lo mira cuando pasa a su costado y el agacha la mirada. El señor López se inclina hacia un lado al frente y saca el pañuelo de su tras, limpia los cristales de sus anteojos y el sudor de su frente. Mira su mesa, observa los papeles y los números, y luego mira la puerta de su tras, el baño; separa un tanto su silla del escritorio, se levanta de su asiento, y decide ir al baño; atrapa la manija, revisa a ambos lados como para que nadie lo vea, y entra.
Puede ser cualquier fantasía, cualquier lugar o hecho inesperado, cualquier encuentro deseado por supuesto, también, su propio sueño. Solo sale…
Porque cuando vuelve, vuelve a casa luego del trabajo, su mujer gorda lo espera jodidísima y en ruleros, la comida que tiene que calentar, en camisón, pantuflas, y calzones anchísimos, y a veces, en la oscuridad de las sombras de la noche, mientras le da la espalda a la hora de dormir, ella lo busca para hacer el amor. El señor López, o se sube las sábanas hasta el cuello haciéndose el dormido o se despierta para irse al baño.

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