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EL CINTURÓN NEGRO DE NICOLÁS


Nicolás sabe que pelear no es bueno. Nicolás sabe que sólo grita el que no tiene nada que decir. Nicolás es un niño bueno y tranquilo que le gusta ver películas de karate y le gustaría llegar a ser un día un buen atleta en este deporte.
Sus padres se hallan preocupados por tanta violencia de estas películas y por la mala influencia que podría causar en su hijo.
Pero Nicolás, felizmente, es un niño muy inteligente y que sabe diferenciar siempre lo que está bien de lo que está mal.


- Qué Jackie Chan ni Jet Li. Tú hubieras visto las películas de Bruce Lee –le cuenta su papá- Él sí era el mejor.
- ¿Qué? ¿Quién es él, papá? –pregunta Nicolás salpicado de curiosidad.
- Ahhhh –se admira el señor- Él era el mejor que haya existido. No es como ahora que todo son bombas y pistolas o que pelean porque sí. Bruce Lee siempre destacó a las artes marciales como un deporte lleno de arte y disciplina.
- Yo también quiero llegar a ser así –le cuenta Nicolás totalmente ilusionado- A mí me gusta el karate no por la violencia sino por la disciplina.
- Qué bueno –dice la mamá- Entonces si quieres llegar a ser un buen deportista, además de estudiar mucho, tienes que ser muy aplicado y darle toda tu dedicación.
- Sí, eso voy a hacer –responde Nicolás lleno de ilusiones.


Entonces Nicolás le pide a su papá que lo matricule en clases de karate y éste acepta de buen agrado. Aunque a la mamá un poco como que no le gusta la idea porque piensa que puede salir muy dañado, pero termina aceptando para consentir al engreído.
Y Nicolás termina acudiendo a su primera clase vestido impecablemente de blanco, descalzo y con su cinturón blanco, muy contento con su nuevo atuendo.


En clases Nicolás aprende que el karate es un deporte en el que es necesario ofrecerle mucha entrega, y sobretodo que es un arte que fortalece la disciplina y el equilibrio en la persona. Además le enseñan que las artes marciales no fueron creadas para fomentar la lucha, sino más bien como un medio de defensa personal.
Nicolás se halla emocionado con todo, de regreso a casa les cuenta a sus papás todo lo que lo que va aprendiendo y, frente a un espejo, se para a practicar los movimientos explicados en clases.


Nicolás solo se concentra en aprender y lograr su objetivo.
- Quiero llegar a obtener el cinturón negro –les dice a sus papás.
- Bueno –le dice su mamá, satisfecha con la dedicación del niño- Pero sabes que antes tienes que obtener el cinturón amarillo, celeste, verde y así hasta llegar al cinturón negro.
- Sí, lo sé, mami –le responde Nicolás- Vas a ver que voy a obtener todos esos cinturones. Y no voy a parar hasta ser un sensei.
- ¿Y qué es un sensei? –le pregunta su mamá.
- Ah, un sensei es el maestro de karate –le explica todo muy sabiondo.
- Qué bueno que pienses así –entonces su papá- No pierdas nunca la fe que eso es lo más importante para lograr siempre las cosas –le aconseja.
- No, nunca –le contesta Nicolás.


El fin de semana su papá le da una sorpresa a Nicolás:
- Hijo –lo llama- Mira lo que he traído para ver –le dice.
- ¿Qué es? ¿Qué es? –pregunta el niño.
- He traído unos vídeos de Bruce Lee…
- ¿Síiiiii? –emocionadísimo.
- Sí –le responde el señor- Ahora vas a ver quién es el mejor sensei de todos los tiempos.
Así que papá e hijo se tienden a ver las películas, la mamá les trae refrescos y unos tortas y también se echa con ellos en la cama a ver la televisión.


Adriano es un niño que estudia karate con Nicolás y también en la misma escuela. Es el niño más grande de toda la clase, y por lo mismo se cree más fuerte y valiente.
En la clase no lo quieren mucho porque es muy abusivo y fastidioso. Pero a Nicolás le da lo mismo, él solo está en sus cosas y no deja que otras cosas lo saquen de sus ideas. Él está sólo interesado en conseguir su cinturón oscuro y por eso ya ha pasado y obtenido los otros colores. Siempre con dedicación y mucha disciplina.


Son los últimos días para que Nicolás dé su examen final de artes marciales y así obtener su ansiado cinturón negro.
Adriano también espera su cinturón negro y por eso empieza a molestar más a los otros niños, buscándoles pelea o incluso abusando de ellos como si le resultara gracia.
- ¡Quiero practicar! –grita- A ver chiquitos –los ofende- ¿Cuál de Uds. quiere ser mi títere?
Nadie le responde.
Pero cierto día se mete con Nicolás, lo hace caer dejándole un chichón en la cabeza, y Nicolás defendiéndose le lanza una sola patada que lo deja al otro tumbado en el suelo.


De pronto Adriano se levanta molesto y muy adolorido. Todos los demás niños saben que ahora sí se va a armar la grande:
- Uuuuuhhhhhhh –murmuran todos del temor.
- Así que quieres pelea –le dice desafiante Adriano.
- No –le contesta Nicolás- El que busca pelea eres tú. Yo solo me estoy defendiendo.
- Ahora sí vas a ver Nicolasito –lo amenaza- Vas a ver quién soy yo.
- Ya lo sé –le responde Nicolás- Eres un niño abusivo y malcriado. Pero yo no quiero pelear. Si quieres un enfrentamiento, nos vemos el día del examen final de karate, por el título del cinturón negro.


- Eres un cobarde –le responde Adriano- Porque no peleas ahora, sabes que te puedo vencer.
- No es necesario pelear para demostrar la valentía –le responde Nicolás.
Todos los niños que hasta ese momento se encontraban mudos del susto, de pronto comenzaron poco a poco a gritar:
- Nicolás, Nicolás…!!!
Y a Adriano, rojo de la cólera, no le quedó más que irse cabizbajo y casi derrotado, no sin antes amenazarlo nuevamente:
- El día del examen de karate no te me escaparás Nicolasito –y se pasó el índice extendido por su cuello- Ese día te quedarás sin tu cinturón negro y quedará demostrado quién es el mejor.


En el colegio y en la escuela de artes marciales todos no dejaban de hablar sobre el gran duelo del siglo: el gran Adriano y Nicolasito. Todos no dejaban de exagerar cada vez más la gran patada que le propinó Nicolás al grandulón. Así que desde ese día empezaron las apuestas.
Adriano entrenaba con toda la cólera que guardaba dentro, se lo veía correr kilómetros de kilómetros y lanzar golpes contra un toro decían los que lo habían visto.
Nicolás en cambio, muy tranquilo y sereno, no descuidaba sus estudios, seguía entrenando todos los días, pero esforzándose cada momento más por conseguir el ansiado cinturón negro, y no por el desafío que le había hecho Adriano.


El día del examen de karate se vieron muchas patadas voladoras, puñetes, giros, y ningún diente roto, felizmente –por ahora.
Todos aguardaban la gran final, la final tan anunciada: el enfrentamiento entre Adriano y Nicolás. Cada uno por su parte había logrado los méritos suficientes para llegar a la gran final y obtener como premio el título de cinturón negro.
Llegada la hora, los dos niños se pararon frente a frente, Nicolás se agachó como muestra de respeto y saludó, pero el orgullo de Adriano no le permitió corresponderle con el mismo acto. El sensei pitó el silbato y la lucha empezó.


Hubo mucho respeto y disciplina en los movimientos de Nicolás. Excelente adiestramiento de la técnica y mucho respeto por el rival.
Adriano, en cambio, peleó más por la cólera y fue fácilmente vencido con solo algunos golpes que lo dejaron tendido en la colchoneta. Nicolás le tendió la mano para ayudarlo a levantarse.
- Te felicito –le dijo su mami a Nicolás cuando celebraban el triunfo en un restaurante- Has demostrado tu gran respeto y disciplina en este deporte –y le dio un sonoro beso como admiración.

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