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UN CUENTO DE NAVIDAD UN TANTO LLAMATIVO...

Entre inmensas montañas y bellos paisajes nevados se encuentra un colegio muy particular, Los Andes High School, donde llamas, vicuñas, guanacos y alpacas estudian aplicadamente en la escuela más alta del mundo.



Entre todos los alumnos de ese gran colegio, hay tres chicos que siempre “llaman” más la atención, ellos son los hermanos: Pocho, Toto y Tutú. Estas tres llamitas son de lo más creídos y soberbios. Ningún compañero los soporta y no se juntan con ellos porque siempre andan presumiendo y burlándose de los demás.
Y para el estudio no son muy aplicados que digamos, pero si de jugar Play Station y jugar al fútbol se trata no hay quién les gane.


Una vez, haciendo una tarea en la biblioteca de la escuela, muy a regañadientes, Toto descubrió en una gran enciclopedia algo que realmente lo sorprendió:
- Las llamas son familia directa de los camellos -leyó en el libro. E inmediatamente corrió a contárselo a sus hermanos.
- O sea que somos primos de los camellos –se asombró Tutú.
- Sí –dijo Pocho también muy contento- y estoy seguro que podremos ser mejor reconocidos en el extranjero. Allá podrán admirar nuestra belleza y elegancia, nuestra finura y delicadeza, nuestra realeza y…
- ¡Vámonos, pronto, a ese lugar a conocer a nuestros queridos primos! –interrumpió Tutú con muchas ganas de emprender el viaje ya ya.


No había tiempo que perder. Buscaron en el Internet, cogieron un mapa y trazaron la ruta que los llevaría a tan lejanas tierras.
Primero: Salir de la Cordillera de los Andes;
Segundo: Viajar hasta la Gran Ciudad y buscar un puerto (porque a esas tierras lejanas debían llegar por mar);
Tercero: Cruzar en barco los océanos; y,
Cuarto: Llegada y saludo de los queridos primos.
Lo que no sabían nuestros amiguitos era que aquel viajecito no iba a hacer algo tan fácil que digamos, pues tendrían más sorpresas de lo que imaginaban y podían esperar.


Para buena suerte de los hermanos, era que todas las semanas salía un camión repleto de lana de alpaca y vicuña, y cruzaba la gran cordillera con destino hacia la gran ciudad.
Las tres llamas esperaron en lo alto de un risco, aguardando el momento, hasta que pasó el camión con el cargamento atiborrado de lana y:
-¡Salten ahora! –les gritó Pocho dando un gran brinco.
Toto y Tutú lo imitaron al instante. Pero solo Toto dio en el blanco y cayó sobre un gran cojín de algodón; en cambio el otro hermano, quedó clavado de nariz y estampado en la carretera, y a duras penas logró ponerse de pie y correr tras el camión, hasta que sus hermanos lo ayudaron, y así los tres viajaron como polizontes.


A la mañana siguiente el ruido de la Gran Ciudad los despertó. Y entre bostezos, saltaron del camión sin que el chofer se diera cuenta. Siguiendo su mapa llegaron hasta el puerto, donde había tal era la actividad y el ajetreo que nadie reparó en qué hacían por ahí tres llamitas aventureras.
Escondidos y en silencio iban mirando y leyendo qué barco se dirigía a qué ciudad y a qué lugar. Caminaron entre muchas embarcaciones y remolques, hasta que se toparon con unos marineros vestidos con túnicas y turbantes coloridos; y según el libro que habían leído y sus investigaciones sabían que así se vestían en el país de los camellos.
- Este es el barco –dijo Toto entonces.
No lo pensaron dos veces, y trepando por una gran soga que Pocho lanzó al aire, subieron al barco, y rápidamente se escondieron en la bodega, quedándose quietos y calladitos.


Cuando se escuchó un gran silbato, el barco inició la larga travesía, y nuestros tres amigos tuvieron que acostumbrarse a los cambios de clima y al vaivén de las grandes olas.
Felizmente encontraron la forma de alimentarse sin que los marineros los notaran. Por las noches se acercaban con suma cautela hacia la cocina, donde un cocinero muy gordo dejaba enfriando la merienda de la tripulación, y rápidamente se robaban algunos platos y corrían nuevamente a esconderse en las bodegas. Así fue que probaron todo tipo de comidas y algunos postres deliciosos, que hasta casi se estaban olvidando del delicioso pasto que comían en los andes.

Pero el largo viaje hacía que Toto, Pocho y Tutú se aburrieran muchísimo. Como solo podían salir por las noches, todo el tiempo se la pasaban sin hacer nada. Y como ellos eran muy juguetones y extremadamente traviesos, de tanto contarse chistes también ya se los sabían de memoria que ni risa les provocaba, y hasta se inventaban apodos y bromas que al final terminaban en pleitos y caras largas. Los días pasaban, el calor aumentaba, y no veían la hora de llegar al lejano país de los camellos.
Hasta que finalmente, y después de muchas semanas de viaje, la enorme embarcación llegó al puerto de destino.


Fue más fácil de lo imaginado el escaparse sin que nadie se diera cuenta en el barco, y hasta se llevaron algunos postres consigo; pero se olvidaron de cargar agua.
Se pusieron a caminar por el desierto hasta que el intenso calor los comenzó a sofocar y aturdir.
-Tenemos que encontrar una tienda de bebidas pronto -decía Toto con la lengua afuera y totalmente seco.
Alzaron la mirada y a lo lejos pudieron distinguir una caravana de camellos que andaban a paso lento.
- Corramos y pidamos un poco de agua –suplicó Tutú muerto ya de sed.
Como no sabían cómo los iban a recibir, poco a poco se fueron acercando hasta colocarse en fila detrás del último camello. Así avanzaron hasta llegar a un oasis lleno de agua y palmeras.

El oasis era como un hotel en medio del camino, una tienda grande y enorme donde los viajeros descansaban y los camellos eran atendidos con agua y buena comida.
Cuando llegaron nuestros amigos se escabulleron dentro del corral, y entre los demás camellos bebieron hasta casi reventar.
Luego de comer bastante y de saciar su sed se presentaron:
- Hola –habló Toto- Nosotros somos unas llamas que venimos de Sudamérica, somos de la realeza incaica –les dijo todo presumido.
Los camellos los miraron un instante como si fueran unos bichos raros, y sin hacerles caso siguieron con su comida. Los tres hermanos se dieron cuenta que sus parientes no les tomaban en serio, entonces se apartaron del grupo y se echaron a descansar por otro lado.


Era de noche cuando, a la luz de una blanquísima luna y una sábana de estrellas brillantes, los camellos conversaban contándose las peripecias de los viajes.
- Nuestros parientes no nos quieren -dijo con tristeza Tutú desde un rincón, dejando resbalar algunas lágrimas.
- Si solo pudiéramos hacer las mismas cosas que hacen ellos –decía muy pensativo Toto.
Mientras tanto, tres camellos que recién habían llegado al reposo, contaban que venían desde muy lejos trasladando a tres Sabios de Oriente que iban siguiendo una estrella, la más enorme y la más brillante de todo el firmamento. Muy vanidosos ellos, decían que eran de la mejor raza de camélidos.
- No creo que ustedes sean tan buenos como dicen –los interrumpió Pocho en la conversación- estoy seguro que nosotros les ganamos.
- ¡Ja Ja Ja! No sabes lo que hablas, llamita presumida –le contestó uno de los camellos- Escoge el juego que quieras y te ganamos hasta con los ojos cerrados.
-¡Traigan un balón de fútbol! –gritó entonces Pocho- Si ganamos nos vamos con los Sabios, si perdemos regresamos por donde vinimos.


Rápidamente todos los camellos hicieron un gran espacio para dar inicio al juego de fútbol. Inmediatamente las apuestas empezaron a correr, y todos pensaban que iba a ser una colosal goleada a los sudamericanos, pues iban a los camellos.
Al sonar el silbato los grandes camellos se movieron con algo de lentitud y pesadez, lo que fue aprovechado por las ágiles llamas que iban de un lado a otro con suma rapidez.
-Gol!!! -gritó Toto luego de marcar el primer gol.
-Gol!!! -gritó Pocho marcando el segundo.
-Gol!!! –otra vez, y ya era tres a cero a favor de nuestros queridos amigos.
No había dudas, las llamas estaban dando una tremenda paliza a sus primos del desierto.


Una estrella muy hermosa y brillante apareció en el cielo nuevamente en el cielo.
Muy apresurado se acercó al corral el cuidador de los animales para preparar las monturas de los Sabios de Oriente, y se sorprendió mucho al ver a las tres llamas en vez de los tradicionales camellos; pero pensó que tal vez así eran los animales en el lejano país de donde venían aquellos sabios. Y sin perder tiempo los dejó listos para partir.
Los tres Sabios salieron presurosos de sus tiendas y se subieron de inmediato sobre las llamas, sin reparar siquiera que no eran estos sus camellos. Con la mirada puesta en la gran estrella emprendieron el viaje siguiéndola.
- Ya estamos cerca, pronto conoceremos al Salvador del Mundo –comentaban entre ellos.
Las llamitas no entendían bien a qué salvador se referían, ellos seguían trotando muy contentos nomás por entre las dunas del camino.

En pleno camino se encontraron también con un grupo de pastores y sus rebaños que iban cantando y sonriendo muy alegres.
- ¿Ya estamos cerca? –preguntó Pocho un poco impaciente a una oveja.
- Sí, ya estamos muy cerca. Anoche un ángel se nos apareció y nos dio la buena noticia, ha nacido el Rey de Reyes –respondió muy emocionada la ovejita mientras caminaban siguiendo el paso de los pastores.
A lo lejos la estrella se había detenido sobre una pequeña ciudad; mientras tanto los pastores continuaban con los cantos:
“A Belén, pastorcitos.A ver al rey de los reyes.Ese niño divino que ha nacido en un pesebre.Es tan precioso, tan lindo y tan belloy tan hermoso como un lucero”
Nuestros amigos seguían andando y caminando llenos de curiosidad por conocer a tan grande personaje.


Ya muy cerca al lugar, las llamas se dieron cuenta que no había un palacio como habían imaginado, más bien era un humilde pesebre alumbrado con pequeñas velas.
- ¿Pero no es el palacio de un rey? –dijo Toto mirando el establo.
- El hijo de Dios no necesita nacer en un palacio para demostrar que es un rey. Él solo quiere vivir en nuestros corazones –le contestó muy amablemente otra ovejita.
Cuando entraron a conocer al niño, en todo el ambiente se respiraba paz y alegría. Los tres hermanos se contagiaron de amor y humildad al sentir la tierna sonrisa del niño en sus corazones.
- Míralo, Toto, es tan lindo –decía Tutú mirando tiernamente al bebé.
- Sí, mira esos ojitos, son muy hermosos -respondió Toto sin dejar de mirar al pesebre.
- Si nunca les he dicho, este es el momento de decirles que los quiero mucho hermanitos –interrumpió Pocho con lágrimas de emoción.
Se abrazaron muy fuerte y llenos de regocijo cantaron los villancicos que los pastores entonaban adorando al niño.

Después de pasar un rato con el crío, los Sabios se despidieron no sin antes dejarle sus regalos al Hijo de Dios.
Cuando volvieron a la tienda los Sabios por fin se percataron que aquellos animalitos no eran suyos, y como eran muy sabios supieron automáticamente de donde venían.
-¿Cómo llegaron hasta aquí estas llamas? -se preguntaban con curiosidad- Tenemos que devolverlas a su país –se decían entre ellos.
Así, los sabios les compraron unos pasajes en avión para que nuestros amigos regresaran a su tierra rápida y muy cómodamente.
- Miren, cómo se ven las nubes, parecen algodones –decía Tutú en pleno viaje mirando por la ventanilla.
- Miren, qué chiquito que se ve todo –decía Pocho mirando para abajo.
- Así debe ser Dios –dijo Tutú pensando un poco- que ve todo desde los cielos, no?
Y las tres llamas sonrieron con agrado.

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