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LA FALSA ESPERANZA DEL FÚTBOL PERUANO: ANÁLISIS SEMIÓTICO DE AJUSTES Y MANIPULACIONES

“Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y
las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”
(Albert Camus)

“La pelota no se mancha”
(Diego Armando Maradona)




¿En qué se parece el fútbol a Dios?[1]*

Esta pregunta la realiza Eduardo Galeano en el libro El Fútbol a sol y sombra, y la respuesta es por la cantidad de creyentes y por la desconfianza de los intelectuales. Añadiría, porque el fútbol está en todos lados. Es innumerable el tiempo que los medios de comunicación dedican al fútbol, los fines de semana solo es futbol, y luego, durante la semana, más fútbol, pues hasta existen canales especializados solo de fútbol. El fútbol nos cotidianiza y nosotros lo cotidianizamos, todo el santo día hablamos o escuchamos de fútbol, un comentario, en el trabajo, en la escuela, en la televisión, la prensa, hasta en la moda.
¿Por qué? La respuesta globalizada más efectiva, simple y sincera es porque el fútbol es una fiesta deportiva donde se abandona la vida propia –al menos por 90 minutos- para ser parte de la masa, de la comunidad, «sus miembros experimentan una unidad emocional, una intensa adhesión» dominada por la afición (afecto), todos los integrantes se solidarizan para establecer una sola emoción (pasión), bien sea arrebatada de alegría o frustración extrema. «La masa aglomerada en un estadio es a la vez una “masa festiva” y “acosadora” (“provocadora”). (…) Los fanáticos son un grupo de presión», se alienta o se insulta, todos compartiendo un mismo sentimiento; por ello, el fútbol es un carnaval, por lo catártico y lo integrador (Medina Cano, 1999:51).
Todo juego evade la realidad rutinaria para volver luego a la misma una vez finalizado éste; el deporte es la profesionalización del juego. Es la práctica de lo imaginario con capacidad festiva y libertaria, fantástica, pero manteniendo siempre reglas y convenciones aceptadas por los involucrados, donde el placer se encuentra en librar dificultades dadas por los mismos jugadores. Ello también repercute en la incertidumbre de esta actividad. En el fútbol, el espacio se encuentra legitimizado por una cancha rectangular con dos bandos que se enfrentan en beneficio del gol, máxima puntuación, y especulación de un sinnúmero de discursos. El gramado es un ambiente cerrado, con códigos y disposiciones determinadas e implícitas, que conjeturan la interacción no solo entre jugadores de bandos contrarios, sino también entre los espectadores –los del estadio y los de fuera: pegados a la tv, radio y titulares de puestos de periódicos.
Un detalle substancial del fútbol es, a pesar de manifestar un pensamiento moderno igualitario e individualista, también es una actividad socializadora, democrática, no excluyente (al contrario, siempre abierta, acogedora). Característica de toda carnavalización, proveniente de la masa popular-hervidero y adhesiva de burguesía, sin complejos, sin política ni religiones –la religión es el propio fútbol, los jugadores los santos redentores y el balón el ícono dogmático (el gol es el milagro, símbolo de fe), buscando siempre la fiesta, la alegría (no es que se rinda culto tampoco a la tristeza, pero los partidos perdidos pueden ser rituales solemnes de depresión), ansiando siempre la celebración.

El fútbol es una actividad de confrontación, en continua tensión, que aporta un equipo ganador y otro perdedor, emociones distintas, contrapuestas, de aportes solo simbólicos porque no requisan comprobante material ni menos territorial (mas el levante de una copa en algunos casos), sí otorgan prestigios o derroteros emocionales –solo bajo estas premisas es como pueden entenderse algunos partidos de selección, un Perú – Chile como prolongación de la gesta del Pacífico o un Argentina – Inglaterra donde no se lucha por Las Malvinas pero sí Maradona puede crear hasta hoy mayor conflicto emocional con un par de goles burlados en el 86. «El sentido designa, entonces, un efecto de dirección y de tensión, más o menos cognoscible, producido por un objeto, una práctica o una situación cualquiera» (Fontanielle, 2001: 23). La lucha simbólica en el fútbol solo depende de las habilidades de sus jugadores, cada enfrentamiento es nuevo, otro azar diferente, por lo que cualquier cosa puede ocurrir, donde todo puede ser posible, de ahí también el carácter esperanzador y reciclante del fútbol.
La intensidad extensiva de la fanaticada de fútbol muestra una presencia siempre auscultante, tanto dentro como fuera del estadio, una masa vital que por momentos, puede ser fuerte o débil en intensidad según los acontecimientos del encuentro, y concentrada o difusa en valencia de extensión también por los mismos motivos. El resultado es la razón de la celebración o frustración del espectáculo, el mismo que se extiende más allá de los linderos espaciales (estadio) y temporales (90 minutos) del mismo, pues el discurso futbolístico se transporta a la cotidianidad, se traslada a comentarios al otro día o quizás una semana más, un mes o ya queda perenne en el imaginario colectivo, consolidándose como un mito futbolístico. Ello, dependiendo también las consecuencias del fútbol: un partido emocionante y de gran recordatorio, una clasificación al mundial por ejemplo (indirectamente el resultado, pues tanto la gloria como la más absoluta frustración también se mitifican) paulatinamente irá descendiendo en intensidad y por el contrario irá acrecentando en extensión, sobremanera en comentarios y opiniones; por otro lado, un encuentro aburrido y de fácil olvido, un amistoso o uno de campeonato local, puede empezar tal vez con gran entusiasmo, con lleno de tribunas, pero las circunstancias lentas del partido más la nulidad en goles achican la extensión de espectadores e intensidad emotiva, sucediéndose en la inadvertencia.
Los encuentros futbolísticos de gran trascendencia pueden quedar en la percepción colectiva: si el resultado es a favor, los héroes serán los protagonistas; si el resultado es abyecto, los enemigos por siempre serán los mismos. Mientras que un encuentro sin goles y sin mayor envergadura, solo es noticia y comentario para el olvido.

El mundo gira alrededor de un balón
El fútbol es un fenómeno carnavalesco, festivo, que implica un quiebre con la cotidianidad para ingresar a un mundo de magia y excepcionalidad, donde cualquier cosa puede suceder: las más grandes jugadas, los más grandes golazos. Por eso no es vano el comentario común de la emoción al ingresar por primera vez al estadio, de un túnel subiendo hasta las graderías de la cancha para abrirse de pronto el verde alfombrado, ahí nomás cerquita, debajo de uno casi. El fútbol no escapa de esta ritualidad de todo espectáculo circense, las tribunas aullando de emociones desfogadas, toda la comunidad formando una sola pasión –no es ajeno el grafiti Más que un sentimiento, Nos une una pasión. La fiesta es siempre multitud catártica, expresiva, multidiscursiva (la carnavalización incluye música, cantos, caras pintadas, máscaras, banderolas, fuegos de colores, camisetas de ritual, etc.), el grupo representado se reafirma como una totalidad social individualizada –todo lo que hace uno lo repite la masa, la masa repetitiva se individualiza en acciones: si uno canta todos cantan, si uno insulta otro remachará el desánimo y se irá repitiendo como un eco, o la máxima en la alegría del gol, produciéndose así una interacción entre los involucrados en la carnavalización: tribuna (espectador) y jugadores. El diálogo entre jugador y espectador está fijado en una tensión continua, palpitante, acordada. «Los jugadores actúan para ser contemplados, apreciados o juzgados. El jugador ofrece su acciones memorables y el público le paga con su afecto» (Medina Cano, Ibid:49). En el verde de la cancha la simbolización de un épica, mientras que en las tribunas el espectáculo de la hinchada.
En el estadio, espacio sacralizado, el «punto máximo no es la altura, es la profundidad. No mira hacia arriba, hacia lo superior; como las pirámides, es un cono invertido (como el infierno de la Divina Comedia) que se proyecta hacia lo terrenal, hacia la materialidad. (…) Al ubicar su centro hacia abajo permite que la afectividad se precipite, que la emotividad se concentre y encuentre una salida. Los estadios son “sumideros de pasiones”» (Medina Cano, Ibid:53). Esta arquitectura crea una desarticulación con el mundo circundante –pues el espectador se halla de espaldas al mundo real (a la ciudad) y mira solo hacia abajo, en una fase de pausa a su cotidianidad, y al involucrarse en el espectáculo, el estadio carga con fuerzas centrípetas que ajustan tensiones.
Los espectadores, en tensión perpetuamente cronometrada, desean que el compromiso se regule con propiedad, y a la vez, en paradójica oposición, desean que éstas no sean tan reguladas al menos para su equipo, un modo libertino y corrector, donde el azar juega un partido aparte en el mismo encuentro, pues «el jugador tiene toda una gama de posibilidades que le permiten libertad en su desempeño», y además de las aptitudes y actitudes de los seleccionados, «intervienen muchos factores que hacen del fútbol un acontecimiento incierto. Es imposible controlar la buena suerte, las lesiones de los jugadores, el estado del clima (la lluvia o el exceso de calor), las condiciones del terreno, la presión del público, etc.». Cada partido es único y súper tenso: «sobre la cancha se crean imposibles de repetir que parecen impuestas por el destino…» (Medina Cano, Ibid:45).
El azar en el fútbol se da mientras el balón rueda por el césped, mientras la pelota se mueve cualquier cosa puede suceder –o no suceder, los jugadores combaten por obtenerla, conservarla, la redonda es el objeto del deseo, la que da vida al encuentro, el significado del fútbol se basa en que ésta simplemente ruede por el verde, «para poseerla hay que luchar, para conservarla hay que defenderla (…), elemento de poder (…), sensación de autoridad» (Medina Cano, Ibid:46). El fútbol es incierto, impredecible, el jugador busca también el azar, la buena suerte, la providencia que vuelva la probabilidad en oportunidad, la esperanza en realidad. De igual manera todos los actantes del fútbol (sociedad + equipo) buscan la victoria a través del fatum o el folklore –así surgen chamanes y limpias antes de cada encuentro futbolero:
«el fútbol supone la existencia del azar; (…) la suerte puede modificar el curso de un balón como puede alterar el rumbo de una vida. (…) Pero no es sólo en la cancha donde el equipo debe asumir su destino. Al comienzo de un campeonato (por un acuerdo entre las partes) los grupos de equipos, la condición de visitante o de local, se define por sorteo. Al iniciar el partido, como parte del protocolo, los capitanes de los dos equipos se juegan la cancha con una moneda (…)». (Medina Cano, Ibid:63).
El fútbol es una fiesta de intensidades, dialogante, buscadora de destinos. También es representación de una colectividad, portadora de signos para su significante –el equipo de sus amores, la selección nacional: himnos, banderas, camisetas, anécdotas, ídolos, logros… fuentes de relato épico que van acumulando el imaginario/sentimiento colectivo. Uno va vestido diferente al estadio o al ver entre amigos por televisión un partido de selección, desde ya es un ritual distinto y semejante también a otros de nuestra sociedad: por algo se lo asocia a la religión, el templo es el estadio, la eucaristía es el partido… uno se comporta de otra manera a la consciente también, los discursos asociados revelan libertad a disposiciones habituales, al menos por los noventa que dura el encuentro la catarsis nos aleja a otro mundo que gira alrededor de un balón de fútbol.
Este ritual atípico y catártico es considerado como tal porque es una ruptura con lo cotidiano, uno se desliga del mundo habitual por un tiempo determinado para penetrar en un espacio definido, delineado, los comportamientos se liberan de moralidades, y el escenario y los actantes repiten esta configuración simbólica periódicamente, cíclicamente, como los solsticios de la Tierra misma.

Jugando por el placer de jugar*
Para el fútbol se necesita práctica, inteligencia, buen físico, talento, conocimiento del cuerpo, visión, capacidad de improvisación, creatividad, elasticidad… un jugador profesional no se hace de la noche a la mañana ni se limita a una experiencia de noventa minutos solamente, el ser un jugador profesional es la formación de una serie de experiencias físicas, emocionales, intelectuales –muchos clubes europeos tienen una escuela para los juveniles, complementando actividad física con los estudios (preparación integral en general: alimentación, nutrición).
«Para ser deportista hay que ser inteligente y, para ser un mejor deportista, hay que ser más inteligentes aún. (…) Lo emocional y lo cognitivo interactúan directamente en la capacidad de evolución de cualquier deportista. Los aspectos de la personalidad pero también los del entorno, físico, familiar, etc. Intervienen para favorecer o limitar potenciales.» (Caravedo, 2008:52).
Un aspecto importante en el desempeño del jugador profesional es su talante emocional, psicológico, el medio ambiente en el que se desarrolla y cómo se desarrolla. Una jugada excepcional no solo se dan por chiripazos, sobre todo se logra con esfuerzo y práctica, mucho entrenamiento, asimilación de conocimientos, con una capacidad excepcional para descifrar automáticamente problemas que se presentan en el gramado y predecir las secuelas ante cualquier situación. Y además, convivir en un entorno tranquilo que le ofrezca un equilibrio responsable en su vida para un óptimo desempeño deportivo. El seleccionador nacional es, de entre todos estos profesionales, el más ducho y comprometido, el orgullo por ser la representación de un sentimiento nacional –así se concibe esta idea.
La profundidad de campo del seleccionado se verá influenciada por una continua acción progresiva y regresiva de intensidades; lo que acontezca a su alrededor afectará también su desempeño en el campo –hemos visto que no solo es un jugador con los pies en la cabeza, también repercute su psicología emotiva para su profesionalización; los medios y el trato de la tribuna marcará con mayor énfasis sus jugadas: la extroceptividad marcará su propioceptividad en el calor de la lucha simbólica.
«Es una épica sustituta, una épica meramente representativa: los partidos son batallas ritualizadas e incruentas en las que cada equipo defiende un territorio (inexistente en el espacio, pero ritualmente presente en el estadio) y la derrota en la cancha es el equivalente a la muerte. (…) Los jugadores son héroes que disponen de noventa minutos para alcanzar el heroísmo o la ignominia, para elevar a su país a la gloria o precipitarlo al infierno.» (Medina Cano, Ibid:56-57).
El tiempo es otro factor determinante en el encuentro de fútbol, pues no solo se lucha contra el equipo rival (o la barra contraria; en algunos casos, con el árbitro), también se lucha contra el tiempo ignominioso. Con el tiempo no hay devoluciones, es irrecuperable, como la vida misma que se trata de representar. El tiempo lo controla el árbitro vestido de negro (aunque ahora use camisetas de colores, su simbología prevalece), el controlador del campo, el que más corre persiguiendo el balón y la jugada, el único que puede paralizar las acciones y el representante de la normatividad; por ello también el más odiado, porque nos remite a nuestra cotidianidad (nos recuerda a las leyes que imperan en nuestro mundo real y habitual, laboral; además marca las pausas y finales del espectáculo al que ingresamos para ser partícipes de excepcionalidades) con permiso de ser partícipe de la fantasía, al menos el más cercano testigo e inquisidor. Esto crea una tensión angustiante que solo el grito de gol puede aplacar.
En el fútbol, como representación de un lenguaje de comportamientos, el significado es la forma como encara cada equipo el encuentro, la táctica formulada por el director técnico que es movible por las variaciones de esquema que se dan ante la defensa o el ataque; los significantes, por su parte, son los jugadores que certifican mediante su deporte la eficacia de la forma.
«Como en el mito, en la experiencia del partido se narra (se ven, se escuchan) una suerte de hechos concatenados cuya “lectura”, más o menos ritualizada y colectiva según el caso, viene a ser de la épica: desde la antigüedad griega las representaciones agonísticas desencadenan catárticamente en las multitudes deseos de victoria y temores de derrota.» (Protzel, 1994: 50).

Los dueños de la pelota*: la voz de la narración
Actualmente, los comandantes del fútbol no solo son la FIFA sino sobre todo el massmedia, merchandising, showbussines, la prensa, los medios de comunicación. La extrema mediatización futbolística es resultante de un dominio económico más allá del balón rodando por el gramado. La dependencia entre fútbol y televisión, democratiza y extiende las tribunas.
De esta manera no solo se desarrollan diálogos internos –entre los mismos jugadores, entrenadores, tribuna- sino también diálogos externos –banderolas, camisetas, representación en sí, massmedia. El discurso catastrófico, dramatizado en extremo por radio y televisión (así tenga la imagen como comprobante), se luce por mantener la alocución más efectista, de manipulaciones y ajustes, es más, se anulan diálogos internos (la tribuna puede escucharse como una masa con cánticos como fondo musical, mientras que las voces de los jugadores son enmudecidos por completo) dejándolos a la mera suposición u opiniones de los comentaristas deportivos.
«El discurso-fútbol es asumido por el discurso del fútbol. Lo que los actores pragmáticos (jugadores) pueden hablar entre ellos ya no es pertinente. La institución mediática “los calla” para hacerlos decir a otro nivel. Paradójicamente, el partido ya no es mudo: los locutores y comentaristas se arrojan como lobos hambrientos sobre la imagen. La exprimen. Le sacan todo el jugo semántico. La repiten desde varios puntos de vista. La comentan una y otra vez» (Quezada, 1999:165).
«La televisión construye narrativamente el evento, elaborando una galería inmensa de metáforas y de arquetipos que se adhieren a la representación que todo público tiende a elaborar sobre sí mismo» (Porro, 1999:97). Todo evento deportivo representa un discurso narrativo autónomo, más si son competiciones mediáticas. En la cancha «por donde va la pelota va el discurso y, sobre todo, el discurso del discurso, esto es la “narración” construida en el marco de sistemas de representación auditivos (radio) o audiovisuales (TV)» (Quezada, Ibid:164).
«Quizá la gran contribución de la mass-mediación sea la de construir, por un lado, imaginarios futbolísticos, vale decir conjuntos de percepciones, recuerdos y estados de ánimo, y por otro, un discurso con formas de razonamiento y una retórica aceptada e incorporada al léxico común. (…) Sin el rol informativo de la prensa los primeros campeonatos nacionales y también sudamericanos que remontan a las primeras décadas del siglo, éstos no habrían tenido resonancia. Desde entonces la competencia internacional ha nutrido las culturas futbolísticas de América Latina dando referencia de comparación, construyendo imágenes de equipos y de goleadores y sobre todo alimentando sentimientos nacionalistas» (Protzel, Ibid: 57).
La mediatización del fútbol ha creado un nuevo discurso, no solo el dramático del narrador de fútbol o los que conviven dentro y fuera del estadio (grafitis, publicidad, banderolas, ambulantes, etc.), sino además ha permutado a la cotidianidad, «la vida real “comentada” se nutre de la discursividad deportiva» (Mangone, 1999:14). La voz narrativa futbolera se extiende en la realidad, el massmedia otorga una necesidad: el fútbol, que endulza y nacionaliza. Aunque «El apogeo financiero en el deporte mediático debilita las lealtades nacionalistas de los “protagonistas”» (Mangone, Ibid:15), más importa a veces el club quien paga el fin de mes –y más que bien- que el amor por la camiseta nacional. De la lealtad encomiable (y sufrida) de la fanaticada, surge por otro lado, para saciar además la propia necesidad que crea para alimentar (con sentimiento de traición), una tensión extrema entre eticidad y la realidad más cruda: el seleccionado nacional ahora es dueño de percepciones mediáticas más que de sensaciones honorables, y todo para que esta ritualidad que se cotidianiza cumpla una función cíclica, los campeonatos mundiales se celebran cada cuatro años, con eliminatorias de clasificación continuas en el lapso intermedio, más las copas interclubes son campeonatos anuales.
«El gran evento deportivo espectacular se inserta, pues, en un contexto de ritualidad cíclica (…). La periodicidad del evento es una suerte de paso por la memoria colectiva, pero son las específicas performances técnico-espectaculares, reelaboradas en clave épica, las que permiten la fijación en la memoria individual de los espectadores (…). Lo cíclico del evento, con la alternancia de los actores individuales, significa continuidad, construcción y refuerzo de una tradición.» (Porro, Ibid:96).

La pelota lo busca, lo reconoce, lo necesita*
El fútbol involucra lealtad, afecto tribal, comunitario, humanitario, en cada partido se testifica la identidad territorial, se reafirma el sentido de pertenencia, el equipo es la representación idealizada de una comunidad que se halla alentando, en las buenas y en las malas, porque ofrece fidelidad sin reservas y con toda confianza. Aunque tampoco es pasivo y receptivo solamente, también entrega, y bastante, un equipo profesional no se concibe sin barra alentadora, es el número doce alrededor de la cancha, tras la pantalla o parlante muy atento dando siempre aliento a su equipo.
«Para el fanático el fútbol se encuentra dentro del ámbito de su experiencia personal. Esto le permite opinar sobre el encuentro» (Medina Cano, 1999:50). El hincha conoce de estadísticas, se encuentra informado al detalle de los protagonistas, estrategias, ello le otorga un papel activo en el espectáculo, le otorga vivacidad a la fiesta, se encuentra ducho para pronunciarse, se siente experto en la materia, pues hace del fútbol una vía espléndida de comunicación, tanto dentro del estadio –frente a los jugadores- como fuera de éste –entre fanáticos igual que él. Así, el lenguaje del fútbol se cotidianiza, se vuelve parte de la comunicación habitual.
El espectador va al estadio o ve el fútbol por televisión simplemente porque quiere una fiesta, busca una celebración –un escape a su realidad rutinaria. El estadio es el espacio de la ilusión, de la carnavalización, y esos noventa minutos de juego luego se prolongan al espacio público y privado, el recuerdo y las experiencias generadas en ese lapso de tiempo estipulado se vuelven en imaginario colectivo, en representación absoluta: el cañonero Lolo Fernández, los Chumpigolazos, los goles de Cubillas, México 70, Argentina 78, España 82 (y ahí nomás)… así van creándose los mitos en el fútbol, el diálogo se va extiendo, se magnifica a la vez, se eterniza, ritualiza, mitifica, otorgándosele un discurso democrático donde todos tenemos el derecho de ser entrenadores. Aunque esta actividad sea una mera parodia, pues uno mismo sabe que la opinión del fanático no va a cambiar en nada el resultado, podrán exacerbarse las pasiones y comentarios, pero a pesar de esto, la voz del hincha es importante porque alimenta el encuentro, crea notoriedad y presencia al fútbol mismo.
«La afición al fútbol debe ser entendida como un proceso urbano de comunicación cuyos rasgos han ido transformándose conjuntamente con las culturas y la evolución general de las ciudades. (…) Sus héroes, hazañas y fracasos forman por lo tanto parte de los imaginarios urbanos, vale decir, de percepciones y valoraciones selectivamente elaboradas de la vida de la ciudad que al encarnarse en la experiencia propia, estetizan los efectos y sirven de referente para la acción cotidiana» (Protzel, Ibid: 50).
Ser hincha es sentirse representado simbólica y concretamente –signo y significante a la vez. El fútbol compone un espacio de representación nacional, con profundidad semántica: el hincha se identifica con el equipo en representación porque comparte experiencias geográficas y sociales, por ello el fútbol permite diseñar la posibilidad de obtener disímiles significaciones imaginarias. «El fútbol es importante, es nuestra cultura, entre otras razones, porque puede ser el reducto de lo imprevisible» (Alabarces, 1999:36).
Con el mundo globalizándose, las diferencias culturales construyen identidades sociales que van reubicándose también en busca de su afirmación. «Exigir el reconocimiento de una identidad propia significa expresar una diferencia. Un grupo se afirma en oposición o contraste a otros grupos. Las identidades son construcciones sociales formuladas a partir de diferencias reales o inventadas que operan como signos diacríticos», es decir, como una marca registrada que va creándose a partir de experiencias cotidianas. Así, para crear el imaginario de nación no solo intervienen los criterios espaciales, también cultura y tradición, «una comunidad de sentimientos» donde la lealtad pervive en la exigencia ciudadana, pues una nación es un conjunto de ciudadanos a lo que uno mismo es y representa. (Oliven, 2001:17-19).
«Uno de los modos de explicar por qué el fútbol moviliza sentimientos profundos, al punto de que a veces los hinchas apelen a la violencia, se debe al hecho de que los equipos en juego son mucho más que once jugadores y representen sentimientos colectivos de aquéllos que los apoyan» (Oliven, Ibid:20).

La pelota como bandera*
Actualmente el fútbol es uno de los últimos reductos para escapar de la pobreza. Jugar bien a la pelota significa poder huir del destino trágico de muchos jóvenes, el ser contratado por un equipo profesional significa poder acceder a un nuevo mundo de posibilidades, donde muchas veces el auto del año y la ropa de diseñador puede ser considerado la llave del éxito, y si el jugador logra salir al extranjero (sobre todo a Europa) el éxito será aún mayor, como una lotería donde el entorno familiar está asegurado por generaciones (en el mejor de los casos, en las mejores transferencias).
«El deporte es una fuente de distinción social y permite destacar la primacía de los mejores: el deportista es el tipo humano que representa la excelencia, es el modelo que encarna el tipo de vitalidad más pleno. Su belleza, su energía, su perfección corporal provocan, en los que lo rodean, admiración y respeto» (Medina Cano, Ibid:44).
Para llegar a ser jugador de selección nacional, el criterio selectivo no solo pasa por jugar en el extranjero (aunque siempre lo parezca) sino el hecho de ser el mejor en su puesto. Toda selección nacional es representación de los mejores –se supone. En el caso nacional, lo gravitante y de lastimosa realidad es que la buena fortuna o mejores resultados no nos auguran hace mucho tiempo. El no clasificar a un Mundial de Fútbol nos demuestra cada cierto tiempo la crisis de nuestro fútbol, y nos abre la brecha de una herida latente que nos lleva a cuestionarnos preguntas casi metafísicas de por qué no ganamos, teniendo como vertedero siempre el mal estado como sociedad, porque «el gran reto que tenemos como nación es la construcción de un nosotros, en primera persona, sintiéndonos parte de un mismo discurso que nos contenga y compartiendo un mismo sentimiento que nos entrelace, es decir, que cree lazos entre nosotros» (Caravedo, 2008:57).
«La improductividad de la selección nacional frente al arco ha pasado a metaforizar para muchos cierta incapacidad nacional para un desarrollo basado en criterios de eficiencia, en la medida en que la inventiva y la picardía atribuidas tradicionalmente al juego criollo estarían obsoletas. El autoengaño acerca de esas virtudes le cedería el paso a una desgarradora crítica» (Protzel, Ibid: 56). Como selección somos conscientes que antes de cada encuentro, se deja mayormente de lado las detracciones personales para ser mediatizada abiertamente la grandísima ilusión en un nuevo partido: esta vez sí la hacemos, los colores rojiblancos inundan por unos días (o solo unas horas) el sentimiento patrio más que en fiestas patrias, y hasta es uno de los pocos momentos efímeros donde al menos nos podemos sentir como nación –al menos hasta el primer gol en contra. «Las derrotas de la selección nacional son situaciones particularmente propicias para hablar sobre el “alma nacional”. “¿Por qué perdemos?” es la pregunta que todos se hacen, exigiendo una respuesta.» (Oliven, Ibid:24). En este sentido, el alma nacional se traduce en la manera de jugar al fútbol, que no es otra que una forma discursiva entre la multitud dialógica futbolera –no en el sentido de cantidad de emisores, sino en la cantidad de tipos simbólicos en la representación del fútbol.
Y en el caso nacional, buscamos mil chivos expiatorios para el desastre futbolístico:
«Por mucho tiempo se ha justificado los fracasos peruanos aduciendo los déficit que se acumulan en los primeros 5 años de vida, en los que se conforman los fundamentos del desarrollo físico, los cuales dependen de la nutrición, la salud y la estimulación motriz temprana. (…) Sin embargo, esa explicación no alcanza para entender los fracasos (…). Una explicación alternativa la ofrece la sociología. Se dice que el fútbol es una representación simbólica y lúdica de nuestra manera de ser peruanos, que dependemos de cómo se desempeñe el caudillo, que somos muy individualistas y no sabemos jugar como equipo. La desintegración entre peruanos, se reproduce en cada uno de los jugadores y equipos del país». Por otro lado, «se han ensayado también algunas explicaciones psicológicas que dicen que ganar es un asunto menos deportivo de lo que se cree y más un asunto de salud mental social. Se dice que, como producto de nuestra historia de siglos de sumisión y derrotas militares, los peruanos tenemos el complejo de derrotados; somos gente con poco orgullo y baja autoestima nacional, que se doblega ante cualquier responsabilidad. Estando acostumbrados a sentirnos “bien” perdiendo, que es lo normal; nos asustamos cuando vamos ganando y, por eso, aunque empecemos ganando, pronto volveremos a perder.» (Trahtemberg, 2000).
Si esto fuera verídico y real, el deber es variar esa mentalidad perdedora en una mentalidad ganadora –en todos los ámbitos públicos y privados. La continua frase Jugamos como nunca, perdimos como siempre, nos muestra nuestra realidad más pobre y derrotista como sociedad, la de ser conformistas con lo poco o nada de valía que podamos tener. O sea, nunca jugamos bien porque nos sentimos más cómodos al perder, pues no nos otorga mayores responsabilidades. Esto nos lleva a conjeturar que somos huérfanos de talento (selección) y amantes frustrados (hinchas).
En el esquema de búsqueda el fútbol mantiene los recorridos engarzados el uno con el otro. En el recorrido 1: manipulación acción sanción, el director técnico (destinador) transfiere valores al jugador (destinatario) para que éste realice las acciones sobre la base de los valores recibidos y sancione la acción realizada; lastimosamente estas acciones por lo general nos hunden más en cualquier tabla de posiciones –ya no hay equipos más abajo que nosotros, más bien la selección peruana es el fango de la más recóndita profundidad –y pareciera que se sigue excavando más el hoyo de nuestro infortunio. En el recorrido 2: competencia performance consecuencia, el jugador adquiere la competencia necesaria para realizar la acción, la realiza (bien logra el objetivo o lo pierde), para finalmente reciba las con secuencias por sus actos, lastimosamente también, por más que la competencia de los deportistas sea de lo mejor (pues la mayoría de los seleccionados juegan en el exterior, obteniendo mayor experiencia en el juego y en las técnicas), el resultado siempre les es adverso.
Como espectadores, hinchas, fanáticos o simpatizantes de la blanquirroja, buscamos identificarnos con nuestra selección, pero ésta nos muestra nuestra realidad más recalcitrante. «La inocencia perdida ha dado lugar a una serie de actitudes cínicas en relación a la conducta de los jugadores fuera del juego del terreno» (Sánchez León, 2008:22). Buscamos identificación en un seleccionado que más se interesa en sus propios intereses que en lo colectivo. «No olvidemos que sin alma no hay camiseta y que sin camiseta no hay selección» (Ibid).

El gol es el orgasmo del fútbol*
Para el fanático solo existe un gran discurso: el gol. Se va al estadio, se escucha por radio o se ve por televisión solo para gritarlo, para experimentar una particular alegría, un sentimiento triunfal más allá de la cotidianidad que tal vez no ofrezca. El gol es la distensión del encuentro. «El gol como querer-ser corresponde al espíritu del espectáculo» (Milton, 14.02.08).
Quien tiene la pelota, quien sabe recabarla, y comprometerse a llegar hacia el arco contrario, es quien tiene mayores posibilidades para la victoria; «la conjunción con la pelota se presenta como condición de posibilidad para anotar gol. En ese sentido, el valor de la posesión de la pelota como objeto es modal, esto es, orientado a la conjunción con el gol que, en relación con dicho valor modal, se perfila como valor de base. No obstante, a otra escala, dicho valor de base se redefine como valor modal con relación al triunfo.» (Quezada, 1999:171).
Lo trágico en lo nacional es que escasea el gol del triunfo en cada encuentro. Y las falsas esperanzas nos han convertido en una sociedad matemática para cotizar alguna chance clasificatoria. «La esperanza que reposa en los cálculos matemáticos es sólo una venda en los ojos colocada por el insaciable negocio de los periodistas deportivos, que alimentan la vana ilusión de un pueblo» (Sánchez León, 2001: 29). Los medios de comunicación nos venden una falsa ilusión –porque la herida futbolística necesita operación quirúrgica de urgencia- porque es una necesidad que nos han creado y les otorga su propia existencia en pantalla o en titulares de periódicos.
«En los últimos diez años ese ha sido nuestro logro en el fútbol: colocar entre o a doce futbolistas en algunos clubes decentes y gozar cuando ellos vencen o participan en alguna final importante. (…) Triunfos individuales, sumamente personales –válidos, por cierto-, que no significan que el fútbol peruano como sistema, organización, institución, torneo interno, semillero o capacidad de formación haya mejorado y mantenga un estándar competitivo en la región.» (Sánchez León, Ibid).
La representación futbolística como simbología de vida y la esperanza en unos cuantos jugadores de trascendencia global, nos conducen por linderos interrelacionados de la narratividad y la pasión, aspectos de modalidad del querer-deber y el saber-poder no concretan un ideal (esperanza), se quiere y se debe ganar como en todo juego, hay algunos que saben y pueden (al menos más que el promedio del equipo), pero no se da. Y los artilugios se desprenden como pandora, por todos lados, de todos los calibres, opiniones que alimentan un espejismo grato para la ilusión pero discordante con la realidad: el árbitro, el entrenador, la cancha, los jugadores, la prensa, los dirigentes, las vedettes… se trata de justificar un chivo expiatorio, pues las pasiones exacerban la inutilidad en acciones violentas muchas veces. La impotencia de la frustración.
En el aspecto de la temporalidad el querer en pasado conduce a una nostalgia, a un todo tiempo pasado fue mejor. Pues bien, el pasado no está mal tampoco. No se ganó una copa mundial pero se crearon ídolos, se formaron formas semánticas de juego, se fundaron identidades, se creó toda una mitología del fútbol peruano –que durará establecido porque el pasado no se desliga de/con ningún tiempo tampoco. Pero tampoco se desea vivir solo de cada vez más viejas anécdotas o valses alentadores de compositores en el Olimpo de criollos (porque hasta ellos también son elementos mitológicos, para la música y el fútbol). Si se tiene esperanza se tiene fe, confianza en que se necesita un cambio de actitud y de mecha goleadora –porque solo de actitudes ya no se ganan las luchas modernas. El querer en futuro fomenta una pasión de la esperanza. Si hay esperanza hay alguna posibilidad, nos dice el discurso cristiano, occidental. Lo lamentable que querer en presente (si lo hubiera) nos muestra una falsa esperanza contraria a todo sueño, pues éste se halla en las lides emocionales y lo otro con un pie más en la intención, aunque el resultado de dirección no puede ser una realidad más cruda y desalentadora. Nuestra falsa esperanza nos motiva a un sí se puede, mientras que nuestra realidad nos dice esto somos, esto hay.
La esperanza que podamos tener antes de un encuentro de selección se torna in crescendo conjuntamente con el massmedia: televisión, radio, prensa, además de comentarios cotidianos; manipulación de ajuste con esperanza victoriosa, el ansia de celebración, un motivo de orgullo patriotero. Una esperanza que al desarrollarse el compromiso nos va confesando que es falsa, mediática, y que nuestra pobreza de juego y anulación de goles, nos estampa con nuestra más sencilla realidad: el fútbol peruano cambiará cuando el peruano cambie su manera de jugar al fútbol, como representación simbólica de su vida misma.


Conclusiones
+ El fútbol, como juego profesionalizado vertido en deporte, es un elemento multidiscursivo de representación de vida en la sociedad. Es una simbología de lucha de vida, enfrentamiento agonístico: ethos y thánatos en el mismo juego.
+ El fútbol es un ritual de carnavalización. Por noventa minutos de juego se abandona el mundo real (sin abandonarlo realmente) para ser partícipe de un mundo de fantasías.
+ El espacio futbolístico se halla inmerso de tensiones por todos lados con fuerzas centrípetas, una olla a presión que al terminar el encuentro los discursos narrativos del fútbol se inmiscuye en la cotidianidad, las intensidades pasionales se diluyen pero la extensión narrativa se desprende democráticamente.
+ El jugador de fútbol es el nuevo héroe nacional. Tiene trascendencia internacional y es símbolo de distinción, y además de alejar la pobreza a su entorno –por lo que también puede relacionarse como un nuevo Atlas cargando su propio mundo. Es quien crea las excepcionalidades y quien crea la ilusión. Son los protagonistas y la motivación principal por la que el espectador busca alejarse de su cotidianidad.
+ El hincha es el jugador de las tribunas. Sentado, parado o alentando, fija siempre sus expectativas en su ideal de representación: el jugador de fútbol. Entre tribuna y cancha el diálogo es continuo, activo, a gritos.
+ Al identificarse una masa geográfica como un sentimiento cultural, una pasión activa, el individuo –en este caso, espectador, simpatizante, hincha o fanático- busca una asociación como nación en una representación ideal. Así, se crean aspiraciones representativas: el jugador es seleccionado nacional por la implicancia que es el mejor de la sociedad (por eso ni el más hincha no juega, por su ineptitud frente al balón, falto del saber-poder).
+ Las frustraciones ejecutadas reflejan un espejo de la realidad. Si el fútbol es reflejo de vida, y nuestro fútbol es tan pésimo, entonces nuestra sociedad también anda de malas, por más falsas esperanzas que nos proponga en manipulación la televisión o los demás.


Bibliografía
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Biliografía virtual
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Morfología futbolística. Las oposiciones en el fútbol (5.09.06)
Un sistema conceptual del fútbol (5.09.06)
Los grandes goles. Una semiotización del gol (14.02.08)
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El partido de fútbol como ritual. En:
www.efdeportes.com/efd85/ritual.htm


[1]* Frase tomada del libro El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano.

1 comentario:

Milton dijo...

Actualizo. El blog que citaron, milton.bitacoras.com, está en estos días inactivo. Se Pueden ver los textos aquí citados en miltonbitacoras.wordpress.com
Gracias por la atención.

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