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PERETOTO Y SUS AMIGOS: DE LA SELVA A LA CIUDAD Y DE NUEVO A SU SELVA

Se acercaban los finales de curso en la escuelita “Patitas Felices” de la selva amazónica, y Miss Letty les decía a sus alumnos:
- Niños, la tarea para el fin de año será dibujar el cuerpo humano.
Las caritas de los niños demostraban una gran interrogante. Y, mientras caminaban hacia la movilidad escolar, se iban preguntando unos a otros:
- ¿Ahora cómo haremos la tarea? –decía Peretoto, el oso perezoso, mientras ponía carita de no saber nada.
- ¿Dónde conseguimos un cuerpo humano? - trataba de averiguar Débora La Boa
- ¡Ya sé! –interrumpió Oto El Otorongo lleno de emoción– Atrapemos a un hombre, lo atamos de pies y manos y allí mismito lo dibujamos –los demás cachorros lo miraron como diciendo “mejor, pensemos en otra cosa”.
Ninguno de los niños había visto a un ser humano en persona porque simplemente nunca habían salido selva, sólo conocían por la explicación y los dibujos que había hecho Miss Letty en la pizarra.


- Mejor preguntemos a nuestros padres –propuso entonces con buena idea Gina La Sajina, mientras se comía un pedazo de cocotero, como siempre.
Al instante, cada uno fue para su casa muy rapidito. Querían hacer bien su tarea y no había tiempo que perder.
- Papá, ¿podrías ayudarme a dibujar un cuerpo humano? – preguntó en su casa Peretoto a Don Perezoso.
- Lo siento hijo, me siento muy cansado y prefiero dar una siestecita –le respondió lanzando un gran bostezo.
- Mamá ayúdame a dibujar un cuerpo humano –le dijo Débora a Doña Boa.
- Ahora estoy ocupada hijita, tengo que salir de compras –y la señora, muy coqueta y zigzagueante, salió deslizándose hacia el centro comercial.
- Papá, tengo una tarea muy difícil, tengo que dibujar un cuerpo humano –comentó Oto a Don Otorongo.
- Hijo, Don Venancio El Venado quiere que le repare su auto pronto, ahora no te puedo ayudar con tu tarea, lo siento –le respondió mientras metía en su maletín todas las herramientas y salía presuroso.
Al rato, los niños se encontraron cerca del gran Árbol, y en sus caritas se veía que no habían avanzado mucho con la tarea.
Al momentito llegó Wayo El Guacamayo, y observando a los chicos se echó a reír de ellos.
- Jajaja, veo que no van a hacer la tarea –se burló.
Pero muy pronto, la risa se le terminó transformando en una carita de pena y confesó sus lamentos:
- Yo tampoco he hecho nada –les dijo- Mi papá tampoco tiene tiempo para ayudarme –mientras se le resbalaba una lagrimita de tristeza entre sus plumas.
- No te pongas triste, amigo –lo animó Peretoto.
- Ya sé quién nos ayudará con la tarea…



Los amigos secaron lágrimas y salieron corriendo en busca del Gran Sabio Totú, quien todo lo sabe. Lo encontraron saliendo muy fresco de un agradable baño en el río, con la paciencia y la lentitud que su gran sabiduría le permitía.
- Gran Sabio Totú –le dijo Peretoto a la tortuga- Quisiéramos que nos ayude con la tarea de dibujar un cuerpo humano.
- Mis queridos, cachorros –les dijo- Sólo hay dos formas de poder cumplir con su tarea –les habló mientras se ponía sus enormes anteojos– La primera es: que para ver a los humanos se tiene que seguir el curso del río y salir de la selva y visitar sus ciudades, que son muy enormes y peligrosas para nosotros, conducen unos bichos donde se meten dentro y muy rápidos de un lado llegan a otro, las personas en las calles caminan muy apuradas que ni se miran ni se saludan y menos se sonríen, comen y beben cosas muy extrañas y siempre bastante, y luego ya no quieren comer y sólo quieren bajar de peso, y hasta viven en enormes árboles llenos de cemento donde ni respirar. Por eso nunca debemos acercarnos a ellos ni visitar su ciudad.
Los niños se quedaron aterrados con semejante explicación, tanto que Gina La Sajina dejó de comer su sándwich de palmeras, y a Wayo El Guacamayo se le cayeron algunas plumas de la tembladera. Pero al momento:
- Y cuál es la otra forma de hacer nuestra tarea, Gran Sabio Totú? – preguntó de nuevo Peretoto armándose de mucho valor.
- La otra forma es muy fácil, niños. Sólo tienen que copiarse de un libro que tengo por aquí… -y se puso a rebuscar entre sus cosas, lenta y pausadamente.
Los ojitos de los cachorros se llenaron de alegría pensando en que su búsqueda había terminado, en que podían realizar por fin su tarea anhelada.
Luego el Gran Totú se puso a buscar en su gran biblioteca, y después de tanto buscar y rebuscar reparó en que el libro no se hallaba ahí tampoco. Pero de pronto, entre tantas ideas y recuerdos que tiene en su cabeza, recordó que lo había prestado a la hermana de Doña Rana; tomó su teléfono y la llamó:
- Doña Rana - preguntó el gran sabio- ¿Se encuentra su hermana, por favor?
- Mi hermana, La Gran Rana, ha viajado por la mañana –respondió ésta- Ha sido invitada a una Conferencia sobre el Medio Ambiente –le contó.
- ¿Y cuándo volverá? –volvió a preguntarle el anciano.
- Vuelve la próxima semana.
El Gran Sabio Totú miró a los chicos, con rostro de tristeza también, y sin poder ayudarlos sólo les pudo decir:
- Lo siento, niños.



Los niños dejaron la casa del Gran Sabio y muy pensativos caminaban tratando de encontrar una solución:
- Bueno, creo que no hay otra alternativa –dijo Wayo moviendo sus coloridas alas y echando a volar- Iré en busca de la ciudad de los humanos y haré mi tarea. No se preocupen, que les mandaré algunas fotos y postales -les dijo todo burlón mientras se alejaba por los aires.
- ¿Y nosotros? ¿Qué haremos? –preguntó impacientemente Gina La Sajina, mientras degustaba un sánguche de hierbas como para calmar sus nervios.
- ¿Nosotros? –habló entonces Peretoto muy entusiasta- Nosotros no nos vamos a quedar sin hacer la tarea –les dijo- Seguiremos el curso del río y llegaremos hasta aquella ciudad.
- Síiiiii –se emocionó mucho Débora La Boa con esta idea- Y hasta quizás podamos ir de compras.
- Y probar nuevas comidas exóticas –se entusiasmó Gina.
- Y hasta tal vez podamos luchar con dragones –pensó Otto.
- No –les respondió Peretoto- Sólo debemos conseguir un dibujo del cuerpo humano y nos regresamos.



Y así los buenos amigos emprendieron el largo viaje hacia la ciudad de los humanos. Peretoto iba columpiándose de rama en rama, Débora se deslizaba por la maleza, Gina y Oto les seguían los pasos, todos alegres, cantando como muy buenos amigos, saludándose y sonriendo con todos los animales que veían por la ruta. Así llegaron hasta el río y fueron siguiendo su ruta; se subieron a una canoa y avanzaron muy rápido por sus aguas.
Hasta que poco a poco se fueron percatando de extraños ruidos, menos árboles, otros olores… se abrieron paso entre el follaje y las pocas ramas, y se admiraron cuando vieron la ciudad que se presentaba delante de sus ojos. No sabían si dar un paso más o no, la duda les invadió:
- Y ahora, ¿qué hacemos? –se preguntaban entre todos y volvían a mirarse.
Y entre las últimas ramas de los árboles y arbustos, vieron grandes casas, rápidos autos, hombres, mujeres, niños… y Wayo, que con las justas iba aleteando por allá al fondo, sudando muy cansado.



De pronto un olor muy agradable los invadió y sin querer queriendo dejaron la selva completamente, y como flotando en el aire, el aroma los fue llevando hasta una ventana donde se enfriaba un delicioso pastel. Era el pastel de Doña Vecina, quien descuidándose por un momento, no vio que unos lindos cachorritos se acercaban como hipnotizados por el delicioso postre. Y ya estaban a punto de darle una probadita cuando…
- ¡Aaaaahhhh! –gritaron todos: la Vecina y los cachorros por el tremendo susto.
Los animales salieron espantados como pudieron y se escondieron en el jardín de la casa de al lado.
Doña Vecina, por su parte, cogió inmediatamente el teléfono, y:
- Aló, con los guardabosques, por favor –llamó espantada, entre gritos y terrores.
Mientras, en el jardín de la otra casa, donde nuestros espantados amigos trataban de ver por el enrejado que la Vecina no los siguiera, un niño los observaba un tanto asombrado, un tantoo curioso, puesto que habían interrumpido su hora de juego.
- Hola –los saludó por detrás.
- ¡Aaaaahhhh! –volvieron a gritar los cachorros del susto. Pero luego se calmaron al ver la sonrisa enorme del niño.



- Tú eres un niño, tú eres un ser humano… –le dijo Peretoto muy entusiasmado, recordando las clases de Miss Letty.
- Sí –le contestó muy emocionado y alegre el pequeño- Y Uds. son: un oso perezoso, un otorongo, una boa, una sajina –y divisando al ave que ya estaba llegando casi en desmayos y desplumado- y un guacamayo. Mucho gusto –les dijo- Mi nombre es Adrián.
- Hola, yo soy Peretoto –lo saludó el perezoso, muy contento también y emocionado- y ellos son mis amigos: Débora, Gina, Oto y Wayo –presentándole a cada uno.
- Entonces, ¿tú? ¿eres un ser humano? –volvió a preguntar tímidamente Gina.
- Sí –le contestó Adrián- Yo soy un ser humano, que como todos tiene una cabeza, un cuerpo y unas extremidades superiores e inferiores –les dijo muy entusiasmado y sabelotodo, mientras les señalaba cada parte de su cuerpo. Los demás, atentísimos con la clase.
Y así los nuevos amigos se pusieron a jugar un momento en el jardín. Luego, el niño les mostró su casa. Y a Gina le encantó y se sintió muy gustosa cuando descubrió en la cocina la gran refrigeradora; Débora se sintió muy linda con los vestidos y joyas del armario de la mamá de Adrián; Peretoto encantadísimo, con un refresco, columpiándose en la hamaca; Oto, en el garaje, inspeccionando las diferentes herramientas para reparar distintas cosas; y el guacamayo, en el sillón del señor de la casa, con pop corn y el control remoto viendo la televisión por cable. Adrián jugaba muy feliz con sus amigos, unas veces columpiándose con el perezoso, otras encima del lomo del otorongo como caballo por toda la casa o también desplumándole algunos colores de las plumas de Wayo.



De repente, entre bostezos y ronquidos tan adormecedores, Peretoto se acordó de algo muy importante:
- ¡La tarea de Miss Letty! –gritó.
Y por un instante el silencio invadió sus rostros, se miraron unos a otros y, al momento, la desesperación se apoderó de los cachorros.
- ¿Qué sucede? –preguntó muy intrigado y preocupado Adrián por sus amigos.
Y entonces todos le explicaron lo de la tarea y la ilustración de las partes del cuerpo humano.
- Vamos –los animó el niño- Acompáñenme a la Biblioteca de la ciudad. Allí podrán encontrar todo lo que necesitan.
- Vamos, ya – dijo Oto con mucho entusiasmo.
Pero Adrián se dio cuenta de algo sumamente importante, que entrar a la biblioteca con aquellos animalitos no iba a ser posible así tan fácil.
- Un momento, no podemos ir así –les dijo algo pensativo- Tienen que disfrazarse.
- ¿Disfrazarnos? – contestaron los niños a una sola voz.
- ¡Claro que sí! -Adrián los llevó a la habitación de sus padres y los vistió con un abrigo, unos lentes oscuros y un sombrero. Los cachorros se pusieron uno sobre otro para mayor altura: Otto los cargaba a todos, luego Gina y Peretoto, Débora se enrolló como una bufanda, y Wayo los siguió volando.
Mientras tanto, respondiendo al llamado de Doña Vecina, los guardabosques seguían la pista de 5 traviesos cachorros que habían invadido la ciudad.



Adrián los llevó caminando por la ciudad, y era gracioso ver al niño de la mano con un alto señor de abrigo y sombrero que caminaba muy raro, y ni qué decir de esa colorida bufanda que tenía al cuello.
Oto y Gina miraban por entre los agujeros del abrigo y no dejaban de asombrarse por los autos veloces y ruidosos, las luces de los letreros, la gente totalmente apurada que ni se saludaban y menos se sonreían, las grandes aves de metal que volaban por los aires… en suma, un mundo extraño para aquellos animalitos.
Los guardabosques con sus perros de caza, habían llegado a la casa de Adrián, y al no encontrar a nadie, siguieron el camino usando el olfato de los sabuesos.
- Ya encontramos la pista –dijo un guardabosque con cara de malo- Pronto atraparemos a esos pequeños intrusos.
Mientras tanto, en la selva, los padres de nuestros cachorros ya empezaban a preocuparse de que los niños no llegaran a casa; uno por uno fueron llamándose a la casa del otro preguntando si habían visto a su hijo, pero nadie daba razón y ya la noticia de la desaparición de los pequeños llegó a toda la selva.


En cambio, en la ciudad, nuestros amigos llegaron al gran edificio que era la Biblioteca, y con mucha dificultad subieron los 120 escalones de la entrada. Era muy gracioso ver que ese enorme señor que acompañaba a Adrián se tambaleaba entre paso y paso como una marioneta. Felizmente nadie se dio cuenta de los amiguitos.
- Buenas tardes señor, me permite su carné –dijo la bibliotecaria en la entrada a ese señor de sombrero, lentes oscuros y graciosa bufanda.
- Mi tío no tiene carné, señorita; mejor tome el mío –intervino muy pronto Adrián mostrando su carné de biblioteca.
- Está bien, pasen y busquen el libro que deseen –respondió la bibliotecaria sin dejar de mirar a tan extraño personaje.
En uno de los estantes que decía Anatomía Humana, Adrián alcanzó una enorme enciclopedia, y abriéndola todos quedaron maravillados de las láminas de colores y con las ilustraciones del cuerpo humano.
Rápidamente cogió Adrián sus plumones y en una cartulina comenzó a dibujar la tarea, mientras los cachorros lo observaban fascinados con al arte que tenía su amiguito.
Por otro lado, con tanta distracción, Oto no se dio cuenta que su cola se había salido del abrigo y estaba de un lado a otro como si fuera una bandera al viento. De pronto…



- ¡Aaaaaahhhh! –gritó la bibliotecaria al ver la cola de Oto saliendo por el abrigo
- ¡Un monstruo! ¡Auxilioooo!! –volvió a gritar tan fuerte que todos los lectores tiraron los libros por los aires y corrieron muy asustados, y ni qué decir de los cachorritos que corrían espantados de un lado a otro.
Adrián se vio envuelto en toda esa confusión y en vano trataba de calmar a las personas.
- ¡No son animales peligrosos! –gritaba tratando de hacerse oír en medio de la confusión– Sólo quieren hacer su tarea.
Por supuesto que nadie escuchaba porque simplemente la bulla se y el loquerío se volvió atroz.
La bibliotecaria, al reconocer que eran animalitos de la selva, de inmediato cogió el teléfono y aviso a los guardabosques.
- Vengan pronto que se escapan –alcanzó a gritar antes de salir despavorida del edificio.



- Atención guardabosques, atención –anunciaban desde la central– Han visto a animales peligrosos en la biblioteca, ir de inmediato.
- Entendido, estamos en camino hacia la biblioteca –respondió el guardabosque con cara de malo y aceleró el auto.
- Jejeje, pronto atraparemos a esos intrusos –reía mientras acariciaba la cabeza de su enorme perro sabueso.
Cuando los guardabosques llegaron, por un momento no pudieron entrar porque la gente salía corriendo y gritando auxiliooooooo!!!
En toda la confusión los cachorros se escondieron por todos lados: Peretoto detrás del estante de libros para echarse a dormir un ratito y olvidarse de todo el alboroto; Oto encima del armario de los libros de mecánica; Gina debajo de los libros de cocina; Débora se deslizó entre los libros de belleza y Wayo aleteaba sobre el estante de los textos de autoayuda.
- ¡Suelten a los perros! –gritó de repente el jefe de los guardabosques.
Y al ver Adrián que esos sabuesos estaban muy furiosos y que podían hacer daño a los pequeños animalitos, salió corriendo y gritó…
- Deténganseeee!!!



Todos vieron al niño gritar con tanta energía que todos se quedaron mudos, hasta los sabuesos se escondieron detrás de las piernas de los guardias.
- ¡No hagan nada, por favor! –les dijo a los oficiales- No les hagan daño, ellos son mis amigos.
Peretoto, al ver a su amigo Adrián defenderlos muy valientemente, se bajó del estante y haciendo una señal a sus amigos se pusieron detrás del niño, y tímidamente asomaban sus cabecitas tratando de sonreír.
En ese instante todas las personas comprendieron que eran animalitos muy pacíficos, y hasta se avergonzaron por tenerles miedo. Hasta la bibliotecaria, que había gritado tanto al ver a los cachorros, ya estaba al lado de Oto haciéndole cariñitos.
El Jefe de los guardabosques le habló entonces a Adrián:
- Estos animalitos no pueden estar en la ciudad, tenemos que regresarlos a la selva.
- Está bien –respondió el niño muy apenado– ellos no pertenecen a este sitio.



Antes que se llevaran a los cachorros a la selva, Adrián abrazó muy fuerte a sus nuevos amiguitos; las niñas soltaron algunas lágrimas, Wayo también pero se limpió muy rápido para que no se dieran cuenta los demás, Oto tragó saliva tratando de contener la pena, y Peretoto lo abrazó muy fuerte.
- Nunca los olvidaré amigos -les dijo Adrián con mucha tristeza.
- Ni nosotros a ti, nuestro gran amigo humano –le contestó Peretoto –mientras le tomaba de la mano muy fuerte.
- Adiós, amigos –se despidió Adrián mientras los cachorros caminaban, acompañados de los guardabosques, hacia el borde de la selva.
Más allá, en la espesura del bosque y sin que los humanos pudieran verlos, estaban los padres de Peretoto, de Oto, de Gina, de Débora y de Wayo, mirando atentamente el regreso de los niños. Felizmente, y gracias a la colaboración de los tucanes, se habían enterado dónde estaban sus pequeños.
- Ya va a ver ese jovencito cuando regrese a casa –decía muy enojado Don Otorongo.
- Esta niña me va a oír, cuando regrese va a estar castigada un mes –comentaba Doña Sajina muy molesta.
Pero todos los padres, en el fondo, sabían que no habían tenido tiempo para ayudarlos y lo único que querían eran verlos sanos y salvos en sus hogares.



Los guardabosques y demás habitantes de la ciudad acompañaron a los cachorritos hasta donde comenzaba la selva…
- ¿No olvidan algo? –se escuchó la voz de Adrián.
Peretoto volteó con la carita llena de curiosidad:
- ¿Olvidar algo? – preguntó
- La tarea –respondió Adrián mostrando en su mano el dibujo por el cual habían salido de la selva.
Todos comenzaron a reír a carcajadas, era graciosísimo saber que se iban a olvidar la tarea por la cual salieron de la selva y armaron todo ese alboroto.
Corriendo, Adrián entregó a Peretoto el dibujo y se quedó mirando cómo los animalitos se alejaban.



Cuando llegaron a la selva sus padres corrieron a recibirlos, no pudieron ocultar la emoción y el alivio que sentían al ver a sus queridos cachorros regresar sanos y salvos.
Los niños se encontraban muy felices, no sólo porque dieron una lección a sus padres, sino que habían conocido a su gran amigo Adrián, y lo mejor de todo: Hicieron la tarea!!!
Mientras que en lo alto de una gran roca, el Gran Sabio Totú miraba muy complacido la escena, y entre mordisco y mordisco de una lechuga hablaba por teléfono...
- Aló, Doña Rana, cuándo va a llegar su hermana.... ???

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