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LA JAULA DE LAS LOCAS (o por el bienestar de nuestros queridos hijos)

Alexandra es de ese tipo de amor platónico que todos tenemos en la vida y que muy pocos logramos alcanzar. Y no sé por qué pero la dejé marchar, así sin más, sin que me opusiera; ella simplemente un día cogió una maleta, abrió la puerta y se marchó, sin un adiós.

Y ahora, después de tantos años, comienzan a llegar los recuerdos culposos, los que te saludan con una sonrisa y te despiden con un qué idiota que fui. Pero así es la vida, el tiempo pasa y ella ya está casada, y cansada también. Porque sino, cómo se puede entender que después de todo este tiempo me haya telefoneado a altas horas de la noche para decirme:
- Claudia te necesito.

Te extraño a montones, me confesó la tarde siguiente cuando nos citamos en un café.
Me habló de su matrimonio y de lo mal que marchaba su relación; sabía que su esposo la engañaba, intuía un no sé qué, pero sí, segura cien por ciento, y después de todo, por qué no, acaso también ella no tenía algo de culpa, ya no sentía lo mismo, ahora le hastiaba todo, le dolía, recordaba, y todo tiempo pasado fue mujer, pues, me dijo. Quería ir a algún lugar, vamos que quiero arrancarte la blusa a mordiscos y la falda a arañones, me sonrió con unas ganas que recordaba de antes y ya la ansiaba más, sabes qué, me susurró, estoy sin ropa interior y ando en aguas, se tomó un trago con gusto y picarona en su mirada.


No aguantamos mucho y las ganas y los recuerdos y lo linda que estaba ella me excitaron íntegramente, nunca antes me había sentido así, tan distinta, tan verdadera, tan mujer; la extrañaba desde siempre. Fueron tantos años que la ilusión supo convertirse casi en un delirio. Fuimos para el baño y corrimos el cerrojo; instintos y caricias supieron recordar muy bien nuestras pieles de ausencias y lejanías, los labios se unieron en suaves alianzas y nuestras lenguas en francas luchas, la tocaba, me tocaba, la levantaba, nuestro arrebato llegó a tanto que los alaridos avivaron a los parroquianos del lugar, y los gritos y los golpes de puerta, no pudieron apagar nuestro magnífico frenesí. Al final, les abrimos la puerta, sonreímos abrazadas y felices, nos dimos un gran beso de película en medio del café, hasta alzó su pierna para atrás, y le solté el velo que le cubría su castaña cabellera. Luego salimos del lugar.


Fuimos para mi casa e hicimos el amor, solo desenfrenadamente. Por fin nos sentíamos en verdadera libertad; nos quedamos tendidas en la cama, echadas juntas, pegadas, sudadas, con el gusto y las ansias de más en el sabor, le di un beso y me levanté para traer una botella de whisky. Tomamos algunos sorbos con cierta amargura por la nostalgia de momentos de un dulce pasado; antes, ella guardaba mis cartas de amor y nuestros recuerdos en una cajita musical. La misma clase de matemáticas que antes en la universidad nos causaba un infinito fastidio, ahora nos producían carcajadas. Y brindamos y brindamos. Si no hubiesen existido aquellos días cuando descubríamos placeres innegables, nunca nos hubiésemos dado cuenta que a nosotras no nos gustaba nadita cuando los chicos se esforzaban por hacernos sentir según ellos mujer. Y brindamos y seguimos brindando.

Más luego llegaron las confesiones conservadas como dentro de una cajita musical, con la balerina rota. Te extraño mucho yo también, le dije, siempre me gustarás muchísimo, Alexandra, le fui sincera, mi corazón se agita a mil y siempre será así. Y sabes por qué, porque estoy enamorada de ti y porque a la vez te siento tan inalcanzable, eres así como la estrella a quien le rezo y le pido desde mi ventana. Pero eso no me importa, o mejor dicho, trato de que no me importe, porque como se dice, la llamita de tu amor siempre arderá dentro de mi ser; igual que la tuya en mí, me respondió, y lo volvió a repetir, igual que la tuya en mi, mi Claudita, y nos quedamos un instante en silencio.


Luego me pidió perdón por haberse ido hace tantos años así de repente, sin darme siquiera un por qué, y fue porque se encontraba muy confundida, era joven y escuchaba mil voces, la familia, el qué dirán, y yo creía en todos, sentía demasiado, pero la inmadurez me llevó por el camino correcto, me confesó; qué mentiras, no? Yo traté de explicarle que eso no tenía ya importancia, que yo ya sabía todas tus confusiones desde siempre, tuve otras relaciones también, le dije, los años cierran heridas. Sí, pero hay heridas donde la cicatriz permanece, me respondió; y así como hace quince años me había cerrado la puerta, perdón, mi amor, pero ahora es el turno de él, su esposo, y con llave, todavía, agregó. Sí, porque el malnacido no le hacía gozar, nunca le supo llevar a algún clímax, parecía hasta asqueado también a veces, muy delicado, y ella no era ninguna cualquiera. Claro que no, se hallaba en todo su esplendor, con un cuerpazo espectacular, fruto de esfuerzos en dietas y spinnning, su porte elegante siempre ha sabido vestirse muy a la moda, y no era la primera vez que le sacaba la vuelta a su marido. Había tenido algunos flirts con algunos hombres de negocios muy guapos, algunos compañeros de trabajo de él, y se sinceró también al decirme que sí, alguna vez también subió a algún muchachito a su auto y se lo llevó a un hotel.

Pero ninguno la supo satisfacer como yo le hice sentir, me dijo. Brindamos por ello y siguió. Se iba a divorciar e iba a luchar por la custodia de sus niños. Para formar una verdadera familia, me dijo, tú, yo y los niños; qué dices?, me preguntó. Tomó un gran sorbo y siguió. Y hasta vamos a hacer que ese imbécil vaya a la cárcel por no moverse bien. Sí, lucharemos por una ley en que castiguen a los maridos que no sepan tirar, y si es posible iremos hasta el Congreso. Tomó otro sorbo y continuó. Y de paso, por qué no luchamos también para poder casarnos con la mayor libertad y respeto. Y luego se echó a reír a carcajadas, con gran estrépito, hasta se puso a aplaudir y a toser por las grandes risas, y poco a poco se fue quedando en silencio, se quedo pensando, tal vez. Se llevó la botella a la boca y así, parada y desnuda como estaba sobre la cama, cayó con el último sorbo.

Se quedó a dormir hasta el otro día. Yo me quedé echada a su lado, a sus pies, y me quedé pensando un buen momento. Luego me levanté y la cubrí con las sábanas. Me acerqué hasta donde el teléfono y llamé a su casa para insultar a su marido, le iba a decir de una vez por todas lo que Alexandra no podía decirle, que le dolía mucho cada vez que se la metía, y no por lo que sentía, sino más bien por lo que no sentía. Pero contestó su hijita; le dije que su mamita se encontraba en esta dirección, a ver apunta mamacita, y que se iba a quedar a dormir, sí, que no se preocupara, está bien, mi amor, chaucito, besitos a tu hermanito también, los quiero mucho, tu tía Claudia, y colgué. Me puse a llorar, y lloré el resto de la noche, viéndola ahí a Alexandra, sin nada que ocultarme. Toda una bella mujer de treinta y seis años, una señora ama de casa que un tiempo atrás dejó la casa paterna por ir a vivir en una pensión estudiantil con una amiga, y que después de algunos años ya no quiso dormir más conmigo y se fue, abandonando también los estudios para ir en busca de un título mejor: madre de familia, con dos niños preciosísimos a los que recién conocía por las fotografías de su cartera, y con un esposo también lindísimo, como de figurín. Lloré a mares porque ya era muy tarde, el tren ya había pasado. Ella ya había hecho su vida y yo la mía. Ella tenía una familia y yo amantes de paso. Nada se podía hacer, tan solo dejarlo todo como siempre.

A la medianoche llegó Carla, mi pareja, y me encontró a sus pies, con lágrimas de aguante ahogando mi propio ser. No nos pedimos explicaciones, ni por qué llegaba tan tarde ni quién era la mujer a quien arrullaba, tal vez porque no importaba, o quizás porque su tratamiento la obligaba a no sobresaltarse con sus fuertes emociones. Cogió sus cosas y las guardó en un maletín; me arrojó las llaves por la cara y tiró la puerta con gran arrebato al salir. Por un momento pensé que me iba a destrozar la habitación o realizar tremendo escándalo, como ya antes lo había demostrado, pero como no hubo nada de eso pensé que su régimen ya había concluido. Alexandra se despertó algo conturbada por el portazo y no pasa nada, le tuve que decir, solo una paciente menos a quien tratar, duerme nomás, hermosa y traté de adormecerla con caricias. Pero ya no durmió.

Sonó el timbre y quédate aquí, mi amor, le dije, y le di un besito en la frente. Abrí la puerta y me encontré con Pablo, su marido. Se encuentra Alexa, me preguntó. Le hice pasar y se sentó en un sillón. Miraba a todas partes pero menos a mí, me obviaba con la atención. No me importó que estuviese desnuda y más bien me llenó de orgullo que Alexandra prefiriese mi cuerpo antes que el de ese galán. Así que totalmente soberbia, inflé mis pechos, y le dije que esperara un momentito, iba a llamarla. Me pareció horrible que él la llamara Alexa, cuando todo su nombre completo, Alexandra suena de lo más lindo. Pero no tuve que avisarle quién había llegado, ya que me encontré con ella que salía de la habitación. También desnuda. Bajó a la sala y no esperó ninguna pregunta de él, se lo dijo todo de frente y sin tapujos.

Él se quedó mudo, y luego nos miró a cada una, de pies a cabeza. Sonrió con algo de picardía, y después dio una gran carcajada. Nosotras nos miramos y no podíamos comprender su algarabía. Se fue apagando poco a poco en risas y quiso encontrar las palabras precisas para poder expresarse; halló seguridad y se confesó. Era homosexual también. A él no le gustaba mucho eso de andar metiendo y sacando, y más bien le encantaba, sí, cuando algún hombre se la metía.

Por un largo momento nadie dijo nada. Solo nos miramos. Pero luego apareció un estallido de risas y tanto tiempo y nadie sospechaba nada. Alexandra y Pablo vivían vidas unidas pero también muy apartes de la familia. Él frecuentaba algunos clubes de gays, y ella, a parte de sus levantes, se abstenía con falsas caricias que la soledad y la imaginación le soñaban. Todo fue jaleo, jolgorio, tantas mentiras y silencios para que un día rebosara el secreto. Pero, ¿y los niños? Los chicos eran la adoración de ambos. Por ellos, sus vidas no dudarían en darla. Llegó nuevamente el silencio y Alexandra se puso a llorar. Pablo se levantó de su asiento y trató de consolarla sentados juntos en el sofá. Se abrazaron, se besaron, y los dos lloraron juntos. Alexandra se acurrucó a sus brazos y yo me senté en el sillón. No pude aguantar más, mis lágrimas brotaron ante esa escena, pues yo ya sabía el final.

Me sequé las lágrimas y fui hacia su lado. Traté de callarlos y les dije que tenía una posible solución. Ellos se calmaron y me escucharon con suma atención. Les dije que tal vez con un tratamiento psiquiátrico se podía buscar una salida al problema y podían tratar de llevar una vida la menos mejor, más normal, acaso. Ellos se abrazaron y se secretearon con un tierno beso. Sí, solo por el bienestar de sus hijos queridos tratarían de alejar sus inclinaciones, al menos; o por lo menos harían el intento.

Para esto necesitarían la ayuda de un especialista que les orientase, y bueno, sin mayor desánimo, acepté el ofrecimiento sin ningún inconveniente.

Alexandra y Pablo se marcharon de mi casa muy juntos y abrazados, y esta vez yo cerré la puerta. Me quedé otra vez sola y otra vez tan pequeña en una casa tan grande que tendría que limpiar y arreglar, pues antes de empezar con las sesiones y terapias, iba realizar una pequeña fiestecita de despedida de la vida homosexual solapada a la renovada vida marital de Alexa y Pablo. El fin de semana realizaremos una orgía y Pablo traerá a su pareja. A los niños los va a cuidar una niñera a la que contratarían por toda la noche.

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