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ENTERRANDO A PAPÍN

Papín me contó una vez que su primer bate de marihuana lo fumó a los quince años más o menos, cuando se hallaba cursando el tercer año de secundaria y unos amigos le invitaron. Siempre contaba se reunían a la salida en el parque de la vuelta del colegio y se fumaban cigarrillos lejos de los curas y profesores. Eran los primeros tabacos y Papín era más que un experimentado en esos menesteres, cargaba cajetilla en el bolsillo y fumaba en los baños o en las canchas de fulbito cada vez que se tiraba las horas de clases. La primera vez que le rompieron la boca también fue en el parque de la vuelta del colegio. Una amigo del grupo había llevado esa vez un bate ya roleado que le había robado a su hermano mayor, lo prendió, aspiró, y tosió al instante con mucho estrépito, tanto que los demás se rieron y se burlaron en su cara; menos Papín, él cogió el bate y lo fumó, le dio un par de toques más o menos moderados y hasta golpeó en cada uno de ellos aguantándose el humo antes de arrojarlo lentamente, luego lo pasó. Así fue de mano en mano hasta que se acabó. Después todos se pusieron a joder al amigo porque decían que no les había hecho efecto en lo más mínimo, se burlaban pero éste no les hacía caso, había cogido una flor de por ahí y solamente la miraba, la olía, la alucinaba. Papín en cambio se echó bocarriba sorbe el pasto y se quedó pegadote mirando el cielo; sonreía a veces pero no sabía por qué; se sintió muy bien, me contó, y eso le gustó, muchísimo.


Papín fue mi esposo, padre de mis dos hijos, mi completa adoración, pero lastimosamente, un drogadicto de porquería. Yo lo amé con todas mis fuerzas, desde que lo conocí. Pero ahora me doy cuenta que no fue suficiente para salvarlo de su propia muerte. Hoy, lloro a más no poder su lejanía, y me consuelo entre lágrimas aguantadas abrazando fuertemente a mis criaturas; ellos, muy chicos como son, aceptan la muerte como un simple sueño; pero yo, hay veces que ya no puedo más, los recuerdos en la ausencia desgarran mi piel y mis entrañas y no sé ya qué más hacer.
Nada, me dicen los amigos, la familia, sigue tu vida, me recomiendan, eres joven, hermosa, y puedes hacer nueva familia con tus niños. Pero yo pienso que para dejar atrás el pasado y enterrarlo si se quiere, hay que primero hacer el hoyo y velar al muerto como se merece. Aunque así muchos puedan decir que Papín no se merece nada, ni mis lágrimas siquiera, tal como ya me lo han dicho por ahí. Pero es porque a Papín nadie lo supo conocer como yo lo conocí. Por eso es que ahora, con todo el valor que me supo dar la vida, entierro al muerto tal como se merece, entierro a Papín, mi amor, tal como él se lo merece. Con todo mi corazón y su profundo dolor.

Cuando acabó el colegio, se puede decir que Papín era ya todo un marihuanero y de los más ejercitados. Había consumido todo tipo de yerbas y sabía distinguir muy bien las calidades –la roja de la ponzoña o el scan de la roja- con el solo tacto o con el simple olor de la misma. Conocía todos los huecos de abastecimiento y era amigo de todos los paqueteros que le vendían grifa; y si por ahí se encontraba con alguno fiero, él le bajaba los humos al toque, con esa altanería que sabía ostentar por no tener miedo a nada, o al menos, en él no se le notaba. Tal vez esa fue una de las cosas que más me atrajo de él cuando lo vi la primera vez. Recuerdo que me encontraba en Punta Hermosa veraneando con mi familia y él se hallaba con unos amigos. Corría olas a pecho bien al fondo con unas aletas y yo lo observaba desde la orilla mientras tomaba sol junto a una amiga. Corría las olas más grandes y con la mayor destreza. Pero en una, cuando ya la había bajado muy bien, se viene a estrellar contra un tablista que salía y éste le termina haciendo un corte en la frente con la punta de la tabla. Luego del revolcón los dos llegaron hasta la orilla y cada uno se despojó de sus enseres. Se insultaron, se empujaron, se formó todo un tumulto alrededor, y Cari, mi amiga, me pasó la voz que el tablista que peleaba era Pacho, mi hermano mayor. Fui corriendo, y Papín, que hasta ese momento yo no sabía quién era, le estaba sacando la mugre a mi hermano. Tuvieron que intervenir mi papá y unos tíos para lograr separarlos. Pacho, furioso y moreteado como estaba, le insultó y lo maldijo y lo arrojó sintiéndose el mismo rey de la playa; tenía un ojo hinchado y toda la cara muy enrojecida. Papín en cambio no tenía nada, ni un rasguño siquiera; salvo el corte en la frente del que le chorreaba mucha sangre y del que se cubrió con un polo que le alcanzó uno de sus amigos; no decía nada y parecía que no le hacía caso a Pacho; solo lo miraba y trataba de calmar su arrebato respirando hondamente. Cuando mi papá y mis tíos llevaban a mi hermano para la casa, él tuvo la humildad de pedirles disculpas, luego levantó sus cosas y se fue con su patota. Yo lo quedé mirando antes de dar media vuelta y regresar a la casa; lo vi en medio de la manchita que se alejaba y lo vi caminando con ese orgullo altanero que saben tener los buenos gallos peleadores cuando hacen enterrar el pico al contrincante, y creí que nunca más lo iba a volver a ver, y me dio mucha pena.
Pero me equivoqué. Volví a verlo nuevamente en la noche. Me hallaba con unas amigas en una discoteca y él también estaba ahí, tomándose una cerveza, con un parche en la frente, conversando con alguien, y mirándome de cuando en cuando. Ya me había dado cuenta de ello, y también Cari, que me decía, mira, te está mirando, y yo entonces volteaba y lo miraba, pero él, muy tímido, o muy sabido, perdía su mirada por ahí. Lo noté voladote, stonazo; no sé por qué; tal vez por su mirada despistada cuando se hacía el que no me miraba y se sentía el interesante, como alucinado; no sé. Uno que fuma sabe reconocer a otro que también fuma; y yo, también fumaba mis huiritos de vez en cuando con mis amigas.


Al otro día, un domingo, me desperté temprano y salí como siempre al balcón a desemperezarme mirando al mar. No había mucha gente, solo uno que otro haciendo footing y alguna que otra señora haciendo orinar a su cachorro. En el agua había un tipo que corría a pecho unas campanas; lo vi bien, y sí, era él. Me quedé observándolo un rato, contemplándolo, y se me ocurrió entonces una idea. Me lavé y me arreglé en un instante y salía a la playa con un libro. Me senté en la orilla, muy cerca de su toalla, y me puse a leer, fingiendo que no notaba su presencia. Él corría y las olas lo revolcaban hasta la orilla; en una de esas, me vio. Entró nuevamente al mar y empezó a correr varias de las más grandes y con la mayor destreza; las bajaba de costado, se entubaba, y se hacía unos buenos rollers. Al final salió cansado y con la satisfacción que sabe entregar la mar; se quitó las aletas y fue a secarse con su toalla. Se quedó mirando el mar con los brazos cruzados, luego cogió su canguro y sacó un bate. Lo prendió y el humo pasaba por mi lado y el olor era muy agradable. Me dieron unas ganas enormes de meterle unos toquecitos a ese mañanero pero no sabía cómo hacer para pedirle, pues me daba mucha vergüenza. Mientras, él, fumaba nomás y me miraba de reojo. Bajé entonces el libro y decidí pedirle. Él volteó, no se puso ni serio ni me mostró alguna sonrisa, solo se me acercó y me tendió el brazo.
- Cuidado te ven de atrás –me dijo, y miró hacia mi casa. Yo me admiré primero y luego le sonreí y acepté el joint.
- No te preocupes –le respondí-. Salieron temprano para Lima. Han ido a buscarle una buena crema contra los golpes para mi hermano –le contesté, y él me sonrió.

Nos quedamos conversando casi toda la mañana de una y otra cosa. Yo no dejaba de mirarlo y él no dejaba de hacerme reír; cosa que con los efectos de la marihuana era muy fácil esbozar aunque sea una pequeña sonrisita. Él no tenía casa en la playa pero se quedaba en la de un amigo. Vivía en San Felipe y siempre andaba con marihuana en los bolsillos. Nunca le faltaba un moñito en la billetera porque era de buena suerte, decía él.

A las dos semanas, estando en la misma discoteca, nos besamos por primera vez, y cuando me fue a dejar, se me declaró. Ya para esos días había hacho que se amistara con Pacho, fumaban sus porritos y se los veía cada vez más juntos, como dos grandes amigos. A mí me encantaba verlos así, me agradaba que mi hermano y mi enamorado fueran muy buenos amigos.

Yo me hallaba feliz de la vida y ese verano fue para mí uno de los más maravillosos que he vivido. Descubrí el amor al lado de Papín y fumábamos marihuana a montones. Cuando llegó el otoño me dio mucha pena, pero recuerdo que Papín me abrazó muy fuerte y me dio un beso en la frente, y me dijo:
- El verano termina cuando uno desea que acabe –y nos quedamos mirando el atardecer, fumando un batecito, sentados en la orilla, y abrazados por el ariecito y la neblina.

En abril entré a estudiar a la pre Católica para postular a la facultada de Psicología y Papín por su parte estudiaba Mecánica Automotriz en el Senati. Ya solo nos veíamos en las noches, y Papín cada vez que me iba a visitar siempre llegaba volado; me decía que era para relajarse y yo no le decía nada porque luego me fumaba otro con él y también me lograba relajar de tanto estudio.

Ya cuando ingresé a la universidad, un día fui a buscar a Papín a su casa, y como no estaba ahí, su mamá me dijo que lo podía encontrar en el parque. Entonces fui a buscarlo y ahí lo encontré, en una esquina reunido con unos amigos; pero antes de llegar hasta allá él me dio el encuentro. Lo noté raro, y vi que del grupo de la esquina todos tenían unas facciones media extrañas, así como él, con los ojos bien saltones y encrispados. Pero como no había ido a pelearme no me importó siquiera de que cuando le di un beso me adormeció la boca como anestesia.

Los siguientes días, cuando iba a buscarme, lo notaba igual o hasta más altanero que de costumbre. Sus ojos los llevaban como inyectados y su respiración se le hacía más agitada y dificultosa. ¿Qué te sucede?, le pregunté una vez ya muy ofuscada por su comportamiento de superhombre y angustiado a la vez, y él, muy frescote, se molestó ahí mismo, se levantó de lo que estaba sentado en el sofá, y me dijo:
- Estoy coqueado, ya. No me jodas, por favor –y se largó.

Al día siguiente fue a buscarme a la universidad para pedirme disculpas. Me dijo que se había portado como un estúpido y que se sentía muy mal por todo lo sucedido, me pidió que por favor lo perdonase, porque en verdad no se había sentido él mismo, había sido otro el que había actuado en ese estado. Yo lo escuchaba y me le mostraba sumamente orgullosa, dejaba que siguiera con sus súplica y casi casi lo tuve arrodillado a mis pies; pero lo quedé mirando a los ojos y no pude aguantas más su arrepentimiento, lo amaba muchísimo y no podía tenerlo alejado de mí, y deseaba también ayudarlo, si es que ese era su problema; y al final, cedí. Nos sentamos en una banca y le pedí que me explicara todo lo referente a la cocaína. Él me quedó mirando, muy seriote, y después nomás soltó una carcajada; bueno, me dijo, así que quieres saber todo lo referente a la coquita, no?, y entonces me dio toda una cátedra referente a esa droga. Yo lo escuchaba muy atenta, misma chiquilla aplicada escuchando a su profesor, y me quedé así, con toda la intriga por saber cómo era eso, por aunque sea poder darle un jaloncito; pero no se lo dije.

Poco a poco ya Papín jalaba no cada fin de semana como me había dicho, sino ya cada vez más seguido. Su manera de ser había cambiado totalmente, y sobre todo su mirada. Ya no era el mismo relajado de antes, el muchacho que andaba de nube en nube, sino que ahora era más activo, mucho más activo, pero rápidamente se cansaba; necesitaba más dosis, y ya para cualquier cosa tenía que jalar, jalar y jalar; si íbamos a una fiesta tenía que jalar, si íbamos a pasear tenía que jalar, y para todo tenía que tener su coca. Una vez lo pedí que me diera a probar, y después de haberle insistido tanto, aceptó.
Ya estaba empezando a sentirse el calor nuevamente y entonces fuimos a pasar un fin de semana en la casa de playa. Me robé las llaves y les dije a mis padres que me iba a ala casa de Cari. Papín se encargó de llevar un pacazo se skunk y un par de falsos de coca. La pasamos bacán y más locazos que nunca. Probamos distintas cosas y nos divertimos hasta acabar con todo. Jalamos tanto que el lunes cunado me quise levantar para ir a la universidad no pude, la cabeza aturdida todavía me dolía demasiado y el cuerpo me pesaba más que una roca.

Así llegó de nuevo el verano y nos la pasamos fumando y jalando. Más chinos y duros que nunca. Habían veces que Pacho me pedía un moñito y yo no podía negarle, porque si yo también no le pedía de los suyos le robaba de los que guardaba entre sus cajas de zapatos. Papín ya no dormía en la casa de su amigo, sino ahora habían acondicionado el cuarto de mi hermano con una cama más. Los dos se llevaban más que bien y qué no hacían juntos; paraban voladotes y alucinaban todo de todo; cuando les legaba la bajada no había refrigeradora ni alacena que se salvase porque ellos arrasaban con todo; yo a veces los seguía, pero como que algunas me hacían a un lado y se iban; llevaban como una especie de hermandad en todo lo que realizaban y todo lo demás podía ser un simple carajo.
Por ese tiempo también me llegó el chisme que Papín y Pacho se hallaban en muy malos pasos. Ya no solamente consumían droga así en plan de vacilón sino que también la vendían, y así pues como muy en serio la cosa. Yo no hice mucho caso de esto, porque uno sabe bien que nunca faltan los envidiosos y malpensados que solo tratan de desprestigiar la vida a los que les va yendo bien; y a Papín y a Pacho les estaba yendo muy bien; habían formado una empresa de confección de ropa para mujeres y eran sumamente pedidos sus modelitos. Habían empezado así como jugando pero rápidamente la empresa se puso en pie y de ahí ya no tuvieron quien los detuviese. La gente llegaba a la casa o el teléfono timbraba a cada instante solicitándoles las mercancías. Mis padres se sentían muy orgullosos por ver como su hijo, del que pensaban que iba a ser un vago toda su vida, pues había abandonado la carrera de economía en la Pacífico, salía adelante; a Papín lo querían como a un hijo y yo me sentía feliz, recién había acabado su carrera como mecánico de autos y se lo notaba muy entusiasmado queriendo poner un taller en cualquier parte de la ciudad. Lo veía menos, pero era porque andaba muy ocupado viajando de aquí para allá vendiendo ropa.

En menos de un año Pacho y Papín había recorrido todo el Perú vendiendo ropa para mujeres en la camioneta de mi hermano. Ya pensaban comprarse otra, una más acorde a sus necesidades y de acuerdo al marketing que deseaban proyectar, pues querían tener una tienda exclusiva y un taller propio, para ya no estar yendo de allá para acá por todo Gamarra por las telas y la confección. Mi papá les ofreció un préstamo para que pudiesen realizar sus objetivos, ya que se los veía tan animados que hasta daban ganas de meterse de socio, decía él. Pero ellos, ni hablar; solo los dos, después ya contratarían más empleados. Pero antes, para poder contar con un capital fuerte fuerte, decidieron hacer un viaje por un mes a los Estados Unidos.
Pancho vendió su camioneta y Papín su Volkswagen para comprar los pasajes y solventar en lago la bolsa de viaje y todo el capital de la empresa se invirtió en producción. Se fueron con un gran cargamento y muy seguros a lo que iban. Recuerdo en el estacionamiento del aeropuerto nos fumamos un huirito muy conchudamente, y Pacho, cuando se lo pasó, le dijo:
- Para darnos un poco de tranquilidad y mantener la calma, no? –y se carcajeó de la risa mirando a Papín, que no pudo aguantarse el humo y se mandó una gran tosida.

Mientras ellos estaban por allá, yo no pude dejar de escuchar que la gente andaba diciendo que Pacho y Papín se habían ido como burriers y que hasta tratarían de ver la forma de hace conocido su pequeño cartel. Esto lo escuchaba en las discotecas y en las playas, pero yo no hacía caso porque la gente lo decía en son de broma y por joder, además, Cari, que tenía ya varios meses en amores con mi hermano, me aconsejaba no hacer caso a esas tonterías, ya que sabíamos muy bien que el negocio de los muchachos era la ropa. Y por eso simplemente nos resbalaba todo lo que decían por ahí.

Pasó el tiempo y Pacho y Papín regresaron. Pero no al mes como habían previsto, sino al año. Yo me enfurecí en un primer instante cuando Papín me lo dijo pro teléfono; sabes amor, me dijo, creo que nos vamos a quedar un tiempecito más de lo pensado; y yo, qué?!, un mes acaso no es suficiente; pero él, sí, pero es que por acá los negocios van yendo viento en popa; y yo entonces qué egoísta, me decía, si es por el bien de Papín; cuánto tiempo más te vas a quedar, le pregunté ya recapacitando; y él, un mes más o menos; y a mí, qué me quedaba, está bien amor lindo, cuídate, besos, nomás le dije. Y así pasó un mes, y después vino otro y otra llamada por teléfono, y luego otro mes y también otra llamada por teléfono, y así pues un año. Cuando volvieron, eran ya otros, tenían otra imagen. Se les veía más maduros y más empresariales, y solo tenían veintiún años cada uno. A mis padres les enorgulleció ese cambio; a mi madre se le acabaron los dolores de cabeza y mi padre ya tenía de qué ufanarse los domingos en el club. Y por el lado de mi amor, su mami se hallaba tan contenta por su hijito que siendo tan jovencito conseguía ya todo lo que su pobre padre nunca pudo mientras tuvo vida.


Papín volvió más cariñoso que nunca; flaco y más amoroso que antes. Me engreía en todo; todo lo que yo pedía, él me lo compraba. Me iba a recoger a la salida de clases en su último modelo que recién se había comprado y siempre me esperaba con una rosa, un chocolate, una tarjeta, o con cualquier cosita; era bien detallista y a mí me hacía completamente feliz.

Un día, ya para los exámenes finales, me esperó, dice, más de dos horas en la puerta de la PUCP. Cuando me vio salir, se me adelantó en el camino y me abrió la puerta con una anchísima sonrisa. Estaba voladazo y muy contento. Me ofreció un bate que prendió por el camino pero yo le dije que no, que tenía otro examen al día siguiente y tendría que estudiar hasta la madrugada. Pero me insistió tanto que me dijo que quería transmitirme toda la felicidad que llevaba consigo en ese momento y que aunque sea le diera un par de toquecitos, que me iba a dar una gran sorpresa. Le hice caso y nos fumamos todo el cacho. Llegamos hasta La Victoria y se metió a un pampón de la Av. México. No había nadie. Bajó del auto, me abrió la puerta, y me dijo:
- Amor, éste es nuestro futuro –y se dio toda una vuelta con los brazos extendidos, feliz, extremadamente feliz-. Acá pondré un gran taller de mecánica –se sacó sus gafas y me quedó mirando a los ojos de bien cerquita-. Y le pondré tu nombre: Automotriz Soledad –y añadió:- Pero además, como prueba de mi gran grandísimo amor, quiero que todos los papeles estén a tu nombre –y me cogió de la cintura, me dio un beso y me dio mil vueltas en el aire.

Nos casamos el verano siguiente. Papín tenía veintidós y yo aún no cumplía los veinte. Todo era felicidad, un real sueño. Mis padres lo querían y yo lo adoraba. Nos mudamos a un departamento que alquiló en San Isidro y yo continué con mis estudios. Después de la luna de miel en el Caribe él se dedicó a administrar el taller de mecánica y siguió también con los negocios que tenía con Pacho. Pusieron un taller de confecciones en San Miguel y una boutique en Chacarilla. Cuando la enrumbaron en buen camino nos dieron a Cari y a mí la administración. Luego hicieron otro viaje a Estados Unidos y de ahí a Europa y regresaron al par de meses con un nuevo negocio bajo las mangas. Alquilaron un gran penthouse en un céntrico hotel miraflorino e inventaron una discoteca. Contrataron a un diseñador de moda español y el ambiente quedó alucinante y de lo más chic. Luka’s Discoteque se llamó el nuevo ambiente in de Lima y todo el mundo high iba ahí a divertirse.

Éramos jóvenes y nos iba muy pero muy bien; y como aún no teníamos hijos gozábamos de las noches. Parábamos en el Luka’s y las juergas no acababan nunca. Hasta que una vez Papín me ofreció un ácido y todo un nuevo mundo empezó ahí para mí. Recuerdo que me quitó el bate que tenía en la boca y me lo pisó al suelo, ahí en la oficina donde nos encontrábamos también con Pacho, Cari y Juani, un amigo de los chicos, me dijo prueba, esto es mejor que esa huevadita, y me lo puso en la lengua.

La discoteca tuvo una gran temporada hasta que cerró, cuando aún gozaba de todo su esplendor y apogeo. Pacho y Papín adujeron que ya se habían cansado, ya se habían aburrido de ese negocio y mejor era acabarlo, y nada mejor que en todo su esplendor. Después de la última noche, luego de la gran stoneada que nos metimos, Papín me mostró unos pasajes y me dijo:
- Vamos a darnos unas grandes vacaciones –mientras manejaba, y no de regreso a casa como yo pensaba, sino con dirección al aeropuerto. Yo me admiré pues no teníamos ni siquiera las maletas, pero él, muy loco como siempre, me contestó:- Sí, así nomás, vamos. Ya arreglé todos los negocios. Vamos al aeropuerto que allá nos esperan Pacho y Cari para irnos a Miami –me dio un beso en la mejilla y siguió mirando al frente, a la autopista, haciendo algunas muecas de vez en cuando mientras miraba también por el retrovisor.- Ah, pero antes tenemos que pasar un par de días por Bogotá para arreglar unos asuntitos pendientes.
Y como yo me encontraba completamente drogada me emocioné también con su locura y con la extravagancia de viajar en un avión privado en el Grupo Aéreo 8. Y así, después de haber pasado no un par de días como me dijo sino todo un mes entre Bogotá, Cali, Medellín y el D.F., llegamos a Miami y nos hospedamos en el Marrito. Ahí, nos amamos y nos coqueamos toda una semana entera en donde no salimos de la suite ni para abrirle a los del servicio. Después nos mudamos a Coral Gables y nos alojamos en una grandísima mansión que le habían prestado a Papín y a Pacho. Así nos la pasamos la gran vida organizando fiestas y reuniones todos los días, sociabilizábamos noche y día y siempre había alguien más en casa a parte de nosotros.

Al mes recién nos enteramos que el dueño de ese tremendo caserón era Juani, el amigo inseparable de los chicos allá en el Luka’s. Recuerdo que una mañana apareció y nos saludó a Cari y a mí, que nos encontrábamos tendidas al sol en la piscina con una fuentecita con caviar, piñas coladas y mucha coca, y siguió de largo, tan ajetreadito como siempre, tan perseguido como siempre también, se juntó con los muchachos y se puso a conversar con ellos un momentito nomás, entre miles de llamadas que recibía y realizaba, después se levantó de su asiento ayudado por sus dos manos huesudas que cayeron rapidito y se despidió, con besitos volados nuevamente a la pasada, y se marchó.
Por la noche los cuatro salimos a cenar al Chalán y los chicos decidieron en ese momento que ya era hora de abandonar Miami. Ya se habían aburrido también, dijeron, y no dejaron que nosotras opináramos al respecto; muchos cubanos, muchos peruchos, muchos ticos, dijeron, así en son de burla, y se rieron. Luego regresamos al Marriot y la suite que los muchachos habían separado ya se encontraban ahí nuestras cosas. Pacho pidió unos vinos y del baño Papín sacó una bolsa de coca. Jalamos tanto que de los duros que nos hallábamos a Cari le entró la depre; nos habló de su vida y de lo mortificada que se hallaba por lo que hacía con ella; nos sacó en cara de lo drogados que siempre parábamos y hasta nos llamó drogadictos de porquería en su estado de desesperación; nos confesó que para mantenerse así tan delgada ella necesitaba de mucha coca todos los días. Y hasta que en un ataque de histeria y locura se aventó hasta la mesa en donde se hallaba la cocaína y se puso a aspirar todo lo que pudo de la bolsa; llorando, sufriendo mucho; luego fue corriendo hasta el balcón e intentó arrojarse al vacío. Felizmente su poca lucidez no le permitió hacerlo, ni Pacho tampoco, que fue tras ella y la abrazó justo cuando ya tenía medio cuerpo tambaleando de la baranda. Luego los dos se encerraron en el baño.
Papín y yo nos echamos en la cama, y nos quedamos conversando sobre lo sucedido, bien pasmados, e intentando terminar de jalar lo poco de coca que quedaba.

Volvimos a Lima al año, después de habernos paseado por todo el mundo. Regresé a la universidad, pero me retiré a medio ciclo. Mi cabeza la tenía un mundo y ya no podía dejar de jalar; la angustia me perseguía como una dulce tentación. Felizmente no me faltaba mi coquita en ningún momento. Aunque los continuos ataques de Cari me hacían recapacitar, pero solo un momentito nada más, luego no me importaba nada y seguí jalando y jalando, pidiéndole más a Papín, robándole de sus mercancías o comprándole a sus mismos distribuidores sin que él se enterara. Para esto, yo ya sabía muy bien que los muchachos traficaban con drogas de todo tipo, y que los de narcóticos los identificaban como Los guapos de Punta Hermosa, y que hasta operaban como un cartel internacional muy respetado. Esto no me tomó por sorpresa ni me alarmó, en lo más mínimo; primero porque ya me había enterado hacía mucho tiempo, no era ninguna tonta, y segundo porque la que me contó bien fue Cari en uno de sus continuos ataques y yo como siempre me hallaba pasada de vueltas. Y más bien me encantaba la idea de saber que tenía tanta droga tan cerca de mí, y todavía para escoger. Y así probé de todo; con Papín viajaba a otros mundos, a otras realidades, y me sentía alejada de todo mal. Éramos la pareja más loca de toda la ciudad y todos lo sabían; y a nosotros eso nos encantaba, nos hacía sentir unos verdaderos dioses del Olimpo.

Al poco tiempo Cari se internó por sus propios medios en una clínica de rehabilitación de Miami. Pasó un par de meses encerrada y Pacho no fue un día siquiera a visitarla. Cuando la fui a recoger el día que le dieron de alta me dijo que ya Pacho no le interesaba para nada en su vida; me contó además que era un desgraciado, un mentirosos de porquería y un mal padre, ya que tenía tres hijos de distinta mujer, y todavía en diferentes ciudades, una pequeña de siete en Miami, otra de cuatro en Cali y un pequeño de dos añitos en Barcelona, y eso lo sabía muy bien Papín, solo que no decía nada porque entre los dos se cubren todas sus cochinadas. También me pidió que por favor recapacitara y que ingresara a la clínica, que me amara a mí misma, y yo entonces le contesté que no se preocupara, porque ya no me drogaba mucho, me hallaba en un tratamiento con unas pastillas para controlar la angustia y junto con la meditación me estaba yendo bien. Pero no le hice caso a mi amiga, es más, la odié en ese instante por todo lo que me había contado de los muchachos y no le creí nada, pero no le dije nada tampoco. La dejé en México, como me pidió que lo hiciera, en una casita que se había comprado en Guadalajara para dedicarse a la artesanía, y yo ahí nomás regresé a Lima. A la semana siguiente me entraron unos mareos, tuve algunos vómitos, y entonces Papín me llevó al médico. Me realizaron todo tipo de análisis y luego el doctor me dio la noticia: tenía un mes de embarazo. Papín se emocionó, se puso tan contento que la día siguiente se puso a buscar una casa más grande. Me quitó todas las pastillas antidepresivas y me arrojaba los cigarrillos cada vez que me veía con uno en los labios. Me engrió muchísimo y no dejó que yo hiciera algo en la nueva casa, puesto que las tres sirvientas lo hacía todo por mí. Y entonces la angustia volvió con más fuerza, trataba de controlarla pero no podía; era como una culebra que se retorcía de ganas dentro de mí y que poco a poco se volvía tan furiosa que la sentía como una grandísima anaconda que solo necesitaba de un poco de droga para saciar la tensión, al menos por un instante. Y a escondidas me tenía que escabullir para robarle su coca, y recién ahí, cuando aspiraba un poco, me tranquilizaba; pero solo por ese momentito nada más.

Un día del séptimo mes me llegaron unos fuertes dolores que ya no pude aguantar. Papín se hallaba por Europa y regresaba la semana entrante, justo para los preparativos del parto. Yo me hallaba sola en la inmensa casa, a las muchachas les había dado el día libre por ser un domingo de fiesta, y pues tanto eran los dolores que en mi desesperación traté de calmarlos con coca. Me puse a buscar por toda la casa, porque ya Papín me había hallado una vez jalando y en su locura había escondido todo resquicio de droga, pero logré hallarla bajo el inodoro. Era una bolsa llanecita de cocaína que la abrí despedazándola en dos; me llevé tanto como pude a la cara hasta no sentir ya casi nada de vida.
Cuando recobré la memoria estaba en un cuarto de hospital. Papín sostenía de las manos y lloraba desconsoladamente con su cabeza contra mi vientre, peor que un niño. Entre lágrimas me dijo que nuestro hijo había muerto. No pregunté más, no sabía a quién echarle la culpa, y entonces maldije a Dios odiándolo con todas mis fuerzas.

Para cuando me dieron de alta le pedí a Papín que me internara en una clínica de rehabilitación. Me había dado cuenta, después de tanto llanto, que nadie más que yo era la culpable de todo lo sucedido. Papín me llevó a Francia y me internó en un centro que recién abría sus puertas a todos los fármacos dependientes en una isla frente a Nantes. Pasé algunos años ahí por la tranquilidad del ambiente y Papín decidió mudar sus negocios para hacerme compañía; abastecía heroína, crack y trips a todas las discotecas de París.

Al principio le fue bien, pero lastimosamente la heroína y los malos socios lo fueron consumiendo rápidamente. Se hallaba cada vez más flaco, la cara la tenía toda chupada y su mirada delataba sus ojeras. Una vez, cuando lo desvestí para hacer el amor, le descubrí todo su brazo pinchado, negro, infectado, como un volcán en erupción, y hasta sus pantorrillas también. Esa vez se sintió muy triste, porque me había jurado antes de mi internamiento que él también iba a dejar de drogarse para ayudarme a salir adelante, y me había fallado. Pero cómo se puede creer en la palabra de un drogadicto. No quiso siquiera escuchar mis palabras de aliento, de fe, que le quise dar, y más bien se fue, como huyendo.

A los dos días volvió, llegó todo dopado pero siempre muy elegante, y me hizo el amor. Luego, cuando acabó de vestirse, se arrodilló a mis pies descalzos y los besó con gran ternura.
- Perdón, amor –me dijo-. Perdón, amorcito de mi vida y de mi alma –llorando, sufriendo. Yo lo levanté, porque ya pesaba cualquier cosa, y lo besé. Él me abrazó, muy fuerte, y sentí que no quería soltarme. Luego me dijo:- Me voy, me persiguen –se zafó de mí, se secó las lágrimas, y se fue.

No supe más de Papín hasta tres meses después. Ya había salido de la clínica y me encontraba embarazada nuevamente. Lo vi en una foto del Le’Monde y lo habían atrapado en un local de venta y consumo de heroína. Inmediatamente lo fui a buscar y los policías me permitieron hablar con él unos minutos después de tanto ruego, pero él no quiso charlar conmigo, su orgullo y vergüenza no le permitía siquiera mirarme a la cara. Busqué abogados esa misma tarde y a la semana lograron sacarlo, después de haber pagado una fuerte fianza que se encargó de cubrirla Pacho de no sé qué parte del mundo donde se encontraba. Felizmente se hallaba muy drogado cuando lo apresaron y fue fácil apelar a la justicia francesa de que se trataba de un simple yonquie. Además Papín no tenía antecedentes en ese país, pero sí en Estados Unidos, España, Londres, Colombia, Argentina, Bolivia y Perú, como logré enterarme luego. Había sido más bien todo un milagro el que lo hayan dejado salir, me explicó así uno de los abogados.

Mientras buscábamos la manera de ir a algún lugar, Papín se sentía como un niño al que saben que lo van a castigar por su travesura. Pero qué castigo podía recibir: siempre lo amé tantísimo. Hice las maletas y nos fuimos a México. Cari nos recibió en su casa y Papín no aguantó mucho tiempo sin dejar de consumir. Se escapó nomás al día siguiente. Cari me aconsejó una vez más que lo dejara, que ya no tenía por qué estar muriéndome por un hombre que tanto mal me había hecho, que tantas desgracias me había hecho pasar. Lloré a su lado y le confesé que estaba encinta, y que no podía abandonarlo ni olvidarlo porque lo amaba por sobre todas las cosas, así enfermizamente, y sabía muy bien que él en el fondo también. Me dijo que era una tonta, que vivía en tiempos pasados y que no quería abandonar amores de juventud.
- El verano ya acabó, amiga mía –me dijo, tratando de consolarme con un abrazo-. Por favor, vive ya tu vida.

Pero mi vida se la había consagrado a Papín. Regresé a Lima a los dos meses, cuando después de haberlo buscado por todas las calles y plazas, en todas las noches y en todos los hospitales, y también en las comandancias y hasta en las morgues; luego me enteré que había salido del país con destino desconocido. Llegué a preguntarle a Pacho si sabía algo de él, pero entre los dos siempre existió una gran alianza donde se cubrían las espaldas. El tiempo pasó y me tuve que quedar en mi casa a esperar a dar a luz.

Pero un mes antes se presentó una mujer con una pequeña a la casa. Me estaba esperando pues yo había salido de compras. Me dijo que deseaba hablar conmigo y la hice pasar. Era una muchachita alta, morena, flaquísima, y que en un tiempo se notaba había gozado de gran belleza; la pequeña, de unos dos o tres añitos más o menos, era muy linda, graciosita, y tenía un aire medio familiar. La chica se hallaba enferma, se le cotaba a grandes leguas, y me causó tremenda pena.
- ¿Espera un hijo de Papín? –me preguntó de frente dejándome admirada y en interrogante.
- ¿Lo conoce? – le dije.
- Perdón –me respondió ella, muy atenta en sus modales-. Sí, lo conozco. Y muy bien, señora –y vi entonces a la pequeña que se entretenía con los adornos de la sala-. Sole, deja, por favor –le riñó ella muy maternalmente.
- Se llama Soledad –le pregunté.
- Sí –me contestó-. Papín le puso ese nombre. Siempre la amó demasiado. Hasta ahora, y así también será siempre.

Y así me enteré que Papín tenía otra mujer, una hija, y que la señora se hallaba enferma de sida, igual que Papín, solo que él recién ahora último se había contagiado, mejor dicho ella lo había contagiado recién hace un par de meses. Me aguanté las lágrimas en ese momento y traté de sacar fuerzas de cualquier lado para quedarme quieta; me puse a contemplar a la pequeña, era la imagen de Papín.
- Los doctores dicen que solo me quedan algunas semanas –me contó la mujer-, y no tengo familia ni a quién acudir. Si vine hasta aquí, porque vengo desde Miami, es porque tomé una decisión muy difícil e importante; y en esto tuvo mucho que ver Papín. Siempre me habló de usted, más bien dicho, siempre hablaba de usted, por eso siempre la vi con envidia por los celos, aunque no dejaba de sentir agrado por las cosas que escuchaba. Es por ello que sé que es una gran mujer, con un gran corazón. Por eso vine señora, para que me concediera este inmenso favor.

La mujer se fue y la pequeña Soledad se quedó conmigo. Después de dar a luz, al mes exactamente, la muchacha murió en un triste hospital de La Florida, sola y abandonada. Yo fui la única persona que estuvo presente en su entierro, junto a la pequeña Sole.

De Papín solo me llegaron bolas, rumores, chismes; que se encontraba en tal país, que se hallaba en tal cárcel, que lo había visto tirado en tal calle, que andaba así, o asá, y cuántas cosas más. Todas mentiras, seguramente. Pasó el tiempo y los niños crecieron. La pequeña Sole empezó a llamarme mamá y el pequeño Papín comenzó a dar sus primeros pasitos. Cada vez que los veía jugar me entraba una ternura inmensa, pero pronto pensaba en su padre, mejor dicho, siempre pensaba en él, no había momento que en mi mente no andaba su imagen. Lo amaba muchísimo, y cada noche lloraba en silencio, abrazando fuertemente a mi almohada, sintiendo el vacío de su lado de la cama. Y así, después de tantos recuerdos, de tantas lágrimas y tantos pesares, lo vi una última vez.

Habían pasado tres años de su huida, y yo, para tranquilizarme, pasaba los últimos días del verano en Punta Hermosa. Los pequeños correteaban por la orilla y yo los miraba esperando la hora del atardecer. Y fue entonces que Papín apareció y se me acercó, lentamente, sin dejar de mirarme. Estaba flaquísimo, su piel la levaba pegada a los huesos, llevaba manchas por su cuerpo y su cabeza andaba rapada; estaba triste, pobre, pero en su mirada el amor refulgía por un perdón. Me ahogué en mis emociones corriendo a su encuentro y Papín se me tendió entre lágrimas y angustias. No quisimos decirnos nada, no podíamos tampoco, nuestros labios no nos permitieron un descanso. Lloré, lloré tanto y tanto él, que los pequeños se nos unieron y nos quedaron como extrañados. Y con toda la razón, si era la primera vez en sus viditas que veían besar a su madre, y todavía con tanta pasión y frenesí. Y también la primera vez que veían a ese hombre que era su papá.
Les conté a los niños que él era su padre, que recién volvía de sus interminables viajes, y ellos, con la inocencia y dulzura que los caracteriza, empezaron a abarrotarle de preguntas; por qué lugares había estado, a quiénes había conocido, si no les había traído regalos y muchas cosas más. Papín les respondió todas sus interrogantes y les habló de mundos maravillosos, de parajes lejanos que alguna vez recorrimos juntos y de personajes extraños y extravagantes que algún tiempo conocimos o que tal vez fuimos nosotros mismos. Luego, de sus bolsillos sacó un par de cadenitas con un cristo de dije y se las colgó a cada uno en sus cuellitos; ellos, le dieron un beso y un fuerte abrazo, y él, mil besos y millones de abrazos, sin dejar de aguantarse los lagrimones que se le resbalaban de sus emociones. Después metió nuevamente la mano en uno de sus bolsillos y sacó un disco; se lo entregó a la pequeña Sole y le dijo que por favor fuese a verlo junto a su hermanito, que era una muestra de los otros mundos. Los niños se fueron corriendo, completamente curiosos y felices; pues ya conocían su papá.

Yo tampoco podía aguantarme las lágrimas. No nos preguntamos nada; quizás porque sabíamos que eso sobraba, que eso estorbaba. Fue como una primera vez; nos sentamos a ver el atardecer, abrazados y compungidos; y entonces Papín sacó su billetera que parecía se hallaba vacía y solo arenas, de un lado sacó un moñito de marihuana muy apretado, y también un papel.
- El de la buena suerte –me dijo, y los dos sonreímos.
Lo roléo y lo prendió; sus manos huesudas temblaban. Le dio un gran toque de angustia y me lo pasó. Lo fumamos todo, y luego nos quedamos en silencio, pegadotes, hasta que la primera estrella apareció. Pedí un deseo y estoy segura que también Papín pidió lo mismo. Me dio un beso y se echó sobre mis piernas. Lo acariciaba y me miraba, en completo silencio, con profundo amor, hasta que finalmente me dijo, como un susurro o un último suspiro:
- Amor, le verano ya acabó; y las suertes también; ya todo terminó –y entonces el silencio nos envolvió, la noche nos cubrió, y le tuve que cerrar sus ojitos porque él ya no podía ver nada más. Su vida había acabado, al final del verano; y yo, tuve que llorarle hasta hoy, hasta esta última lágrima que me tienta el recuerdo.

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