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AL VIEJO KID SOLO LE QUEDA UNA BALA EN SU COLT 45; Y PARA ENCIMA DE MALES, LE HAN ROBADO SU CABALLO

El sol brillaba bien arriba. El viento intenso hacia cruzar la calle algún ovillo de paja y al polvo terroso. Las señoras jalaban del brazo a sus pequeños para que entraran a casa, asustadas y curiosos ellos no dejaban de mirar hacia la calle. Algunos entre cortinas, completamente fisgones y temerosos miraban la solitaria vía. Y los dos hombres no desistían de medirse. Se observaban detenidamente. La respiración controlaba la inmovilidad de sus reflejos. Parados frente a frente a una distancia no muy lejana pero sí certera. Los músculos avisores. Las manos casi tembloro

sas solo aguardaban el primer guiño que indicara la acción. Quietos los dos, sudando interiormente el miedo que siempre corroe pero que nunca debe notarse. Las palpitaciones acorde con los instintos. ¡Bang!, se escuchó de repente un solo disparo que hizo retumbar el silencio en su propio eco. El viejo Kid quedaba aún parado en medio de la solitaria calle. Sopló el cañón de su revólver e hizo una pirueta antes de enfundárselo. Pareció que sonreía; pero no, fue tan solo un mal recuerdo que deseaba enterrar. Dio la espalda al hombre que yacía tirado en el suelo y se dirigió hacia la cantina.

- Un whisky doble –pidió al cantinero. Éste, medroso todavía, le sirvió temblando, como si estuviese viendo al diablo mismo o la más infernal alma en pena.
- Ésta va por cuenta de la casa –le dijo, y el viejo Kid se llevó el trago a la boca de un solo trancazo. Aaaaahhhggg, carraspeó el vaquero para sus adentros, y se limpió la boca con la manga de su camisa roída.

Encendió un cigarrillo: hizo rozar el cerillo contra la hebilla de su correa para obtener la flama, como todo un cowboy, esos de sombrero a la medida y espuela reluciente entre toda la suciedad, con barbita de algunos días en un rostro recio y hermético, y con una mirada que esconde secretos y venganzas y que sabe aguardar serenamente a su destino.

- No tardará en llegar el comisario –se adelantó una voz de la fondo entre los humos y humores del recinto. Pero el viejo Kid ya lo sabía. Sabía muy bien que pronto el sheriff empujaría la puerta y no tendría necesidad de preguntar y ahora qué pasó, porque ya lo sabría.
- Siempre hay tiempo para un trago, un poco de dinero extra y una mujer hermosa –respondió el viejo vaquero, a la vez que volteaba su mirada hacia una mesa de atrás donde jugaban póker.

Se dirigió a ella.

- ¿Me permiten? –preguntó muy atento a los contrincantes.
- Solo si el juego es limpio –le respondió el que aún no había hablado, el mismo que ocultaba su apariencia fofa y malhechora tras las sombras. Y el viejo Kid ni caso.


Tomó asiento y esperó los naipes.

- Otra ronda de whisky, Mauricio –gritó el primer jugador al cantinero, mientras repartía las cinco cartas a cada uno, y añadía:- Debes estar enterado que el comisario anda buscando al asesino de Gran Joe, Stuart Wayne, el Guajiro, y de este último, Hugo Reid; no es cierto, viejo Kid? –le preguntó, en medio de la oscuridad del rincón-. Y pronto vendrá, porque ya se habrá enterado que aquí se encuentra el asesino.
- Tú lo has dicho, Corredor –le contestó el viejo- Aquí en esta mesa se encuentra el asesino.

El viejo Kid tan solo podía observar las facciones del Corredor cada vez que éste aspiraba una bocanada de humo del cigarrillo, y eso le bastaba para ganarle. El otro no importaba, no lo reconocía. Los naipes se lanzaban sobre la mesa y las apuestas las recogía el viejo vaquero, pues siempre quedaban los dos, midiéndose; el otro, abandonaba a mitad de la partida para no arriesgar.

Después de algunos juegos, las puertas del recinto se empujaron y todos voltearon a ver si la autoridad hacía su ingreso. El viejo Kid y el Corredor no voltearon, siguieron en su juego, sin perderse las miradas. Silencio sepulcral, y una bala atravesando el espacio justo cuando el hombre intentaba cruzar el umbral de la cantina. El arma quedó encima de la mesa. Los dos hombres siguieron nomás jugando; el otro, tuvo también que hacer lo mismo a pesar del asombro y del miedo. Los demás, quedáronse descontrolados en su totalidad; tenían mucho miedo, pero igual pretendieron seguir en lo suyo, y la bulla continuó. El cuerpo quedó tirado en plena entrada, con el brillo del sol que se iba apagando en un rostro joven y con la sangre que le chorreaba por un hilito del agujero que emanaba de su frente. Las puertas aletearon hasta cerrarse y nadie esperó ya que el comisario Mosley impusiera alguna ley en el pueblo.

- Póker de ases –dijo nuevamente el viejo KId, mientras bajaba los naipes lentamente.
- ¡Esto es una estafa! –gritó el hombre del rincón. Se levantó muy ofuscado y quiso desenfundar su arma, pero sabía que iba a ser en vano, ya que podía muy bien morir antes de pensarlo por una segunda vez. Así que sin más, arrojó las cartas a la mesa y salió del lugar. Tuvo que desviar su marcha porque el muerto obstaculizaba la salida.

- Así que ahora solo quedamos tú y yo –le dijo el Corredor al viejo Kid cuando ya estaban solos.
- Como en los viejos tiempos –le contestó- Como en los viejos tiempos.

Jugaron hasta que las sombras casi terminan por inundar el bar, y Mauricio el cantinero tuvo que encender los candelabros.

- Póker de ases –repitió nuevamente el viejo Kid.
- Siempre lo mismo, no? –le respondió el Corredor, y arrojó sus naipes a la mesa- Siempre ganas.

Terminaron y el viejo Kid se levantó de su asiento y fue metiendo el dinero en su alforja; era mucho. El Corredor lo miraba, muy atento.

- Es hora de irnos –le dijo el viejo.

Hubo un silencio cuando los dos salieron, las miradas los acompañaron, y ellos solo atinaron a levantar el paso a la salida. Y ni siquiera miraron de reojo al asesinado.

- Parece que va a llover –le dijo el Corredor cuando se alistaban para montar a los caballos, pero éste no le respondió. Prendió un cigarrillo con la llama del cerillo en el túnel de sus manos, y emprendió la cabalgata. Corría ahora mucho viento, el sol en cualquier momento se echaba tras las montañas, pues sus luces ya se habían disgregado y esparcido como sangre de muerto por el horizonte.


Se alejaron del pueblo cabalgando sin mayor apuro. Atrás quedaban los cadáveres en el suelo, sin nadie quien los levantara. Todos guardaban profundo miedo, y dejaban las cosas tal como estaban. El cielo rojo parecía una pintura en una gran tela colgada y los dos vaqueros galopaban hacia allá, muy tranquilos, pero cuidándose cada uno del otro.

La noche les llegó cuando ingresaban a un nuevo pueblo. La lluvia no se detenía desde que las nubes se cargaban de una opacidad demasiada negra; cada vez caían más grandes los gotones, y los relámpagos tronaban en toda la oscuridad. Se detuvieron a la puerta de un burdel. Aseguraron los caballos y entraron, completamente empapados los dos.

- Ha pasado muchísimo tiempo, Kid –escuchó el vaquero cuando, de espaldas a la voz, se sacaba el sombrero y el abrigo para colgarlos en el vestíbulo. Era la madame.
- Siempre sé regresar –le respondió, a la vez que el sonreía muy gustoso en su rostro duro- ¿Cómo has estado?
- No me puedo quejar. Hay trabajo, y tengo muy lindas chicas.
- Creo que eso es lo que necesita mi amigo en este momento –le dijo el Kid mirando al Corredor, quien sin hacerse esperar abrazaba ya de la cintura a una pelirroja y subía las escaleras.
- Ahora no me molestes hasta mañana –le dijo el Corredor a mitad de piso- Partiremos temprano. Y, ah, madame –le dijo a la señora- Él correrá con los gastos. Hoy ha sido un día de mucha suerte para él –y siguió subiendo los escalones.
- Así que sigues jugando, no? –le dijo la mujer la viejo Kid cuando éste se le acercaba muy pausadamente, muy confiado- ¿Y tú, también quieres una linda chica?
- Sí. Te quiero a ti –le contestó el cowboy, antes de comérsela con un gran beso y de apretarle fuertemente y con ganas las nalgas, mientras trataba de levantarle la falda y las enaguas.
- Vamos, mejor subamos –le dijo la mujer.

La mañana despertó cuando lanzaron una piedra por la ventana de la habitación donde se hallaba el viejo Kid y la mujer, entrepiernados y desnudos los dos. El vaquero se levantó con un saltó y vio la piedra envuelta por un nota. Te queda solo una bala, viejo Kid, leyó en el papel, y ahí nomás cogió su arma y miró escondiéndose entre las cortinas. No había nada anormal allá afuera. Se vistió y revisó su Colt 45, sentado al borde de la cama. El revólver tenía solamente una bala. La sacó, la miró bien, y la guardó nuevamente. Luego, con la punta del arma, acarició el cuerpo tembloroso de la mujer desnuda y le dio un beso en la frente. Al instante, abrió la puerta del cuarto y sacó primero la cabeza para ver si había alguien. No había nadie, no había ruidos, y eso le preocupó. Ella le pidió por favor que se cuidara, y él cerró la puerta. Con extrema cautela recorrió los pasillos. Abrió la puerta y vio a la pelirroja ahogándose en su propia sangre; tenía el cuello cercenado. Entonces recorrió el vestíbulo y miró tras las ventanas, y no vio su caballo ni ningún otro. Quiso pedir uno a la mujer que todavía seguía en la habitación pero se detuvo a unos pasos. No quería más problemas y no deseaba la muerte de otro inocente una vez más. Abrió la puerta y salió a la calle. La señora salió de la alcoba al escuchar todo el barullo de las chicas y se encontró con el lamentable ajetreo, la pelirroja se hallaba tendida en una cama de sábanas de sangre; corrió a una ventana y le gritó al viejo entre lágrimas de cólera e impotencia: Mátalo, mátalo, Kid!!!

El comisario del pueblo se acercó adonde le viejo Kid que se hallaba en media calle y mirando a todos lados le dijo que por favor se marchara, pues ya sus amigos lo habían hecho.

- Y para decirme eso – le respondió el vaquero- Tiene usted que orinarse en los pantalones. Por qué no me mata de una vez –añadió- Y terminamos con toda esta leyenda. Así puede ir luego con mi cabeza y reclamar la recompensa… Se volvería muy rico. Vamos, apúnteme. Aquí, en medio de los ojos.

Pero el comisario ni siquiera desfundó su arma. Solo le dio la espalda y se fue. El viejo Kid se quedó parado, dio un grito y llamó al Corredor, pero éste no apareció solo, lo acompañaba el vaquero con quien jugaba póker en un comienzo, el comisario Mosley.

- Creí haberte matado –le dijo el viejo Kid un poco asombrado, pero no tanto tampoco.
- Qué, ya no reconoces a tus amigos –le respondió el pequeño Mosley- Siempre estuve jugando contigo y tú no te diste cuenta que era yo. Tal vez sea la buena vida de alguacil y lo que hoy no me he afeitado. Es verdad entonces que estás muy acabado.
- Aún así puedo darte un balazo en la frente y hacer que caigas al suelo para que beses la caca de mi caballo, pequeño bribón.
- Pero ya no te quedaría otra con qué matarme –le dijo el Corredor que hasta el momento, sentado en su caballo, no participaba del encuentro.

El pequeño Mosley se rió de buen agrado y le preguntó al Kid, de una vez por todas, que en dónde se hallaba el dinero.
- Tú sabes que yo no lo tengo –le dijo el vaquero- Tú sabes que yo no lo he escondido. Acaso por qué crees que ya he matado a cinco.
- Para saciar tu sed de asesino –le respondió el pequeño Mosley, muy colércio ya y aturdido- Ahora me vas a decir dónde lo has enterrado o te mato aquí mismo, con toda esta mierda de público en las ventanas como espectadores. O quieres que te lleve a mi pueblo para colgarte.
- Si me cuelgan, serás tú solo –le contestó el Kid- Porque nadie te ayudaría, no ves que todos me tienen terror.
- Yo no –le respondió el pequeño Mosley, muy irritado, muy tembloroso también, apuntándole con su arma- Sabes que soy mejor y más rápido que tú.
- ¿Por qué no lo compruebas?
- Crees que soy estúpido –le contestó muy rabioso- Si te asesino ya no sabré dónde se encuentra el dinero.
- Entonces te mataré y yo me llevaré el dinero de la recompensa que dan por tu cabeza –le dijo El Corredor, quien ya había sacado su revólver y lo apuntaba.
- Está bien, está bien –Dijo el Kid serenamente-Solo antes quisiera saber quién asesino a la chica –mientras se sacaba la correa vacía de municiones y en ella su Colt 45 enfundada y la arrojaba al suelo.
- Fui yo –le respondió el comisario Mosley- Esa maldita ramera no quería hacerlo conmigo hoy cuando fui a buscar al Corredor –guardó su revólver y sacó un cuchillo de su bota. El Corredor seguía puntándolo- Y con esta navaja la corté. La hubieras visto, Kid; me suplicaba en silencio que no le hiciera daño, y ahí me abrió sus piernas, la maldita mujerzuela. Pero demasiado tarde, ya se me habían ido las ganas, y pues le cercené el cuello. Quise reírme pero no quería hacer ningún ruido. Luego me reuní con el Corredor…
- Solo eso deseaba saber –dijo el Kid y se agachó muy rápidamente para recoger su revólver y hacer un único disparo.

El pequeño Mosley quedó tirado bocabajo, con la cara estampada en caca de caballo, y con la sangre que le chorreaba de un hilo del agujero de su frente. En su mirada aturdida, aún se podía ver su juventud mal llevada y ahora quebrantada.

Luego, el viejo Kid se levantó y alzó sus manos vacías. El Corredor le apuntaba sin mayor preocupación.
- Después de mucho tiempo la leyenda termina –le dijo.
- Ya era tiempo –le respondió el viejo Kid- Vamos, hazlo de una vez que tienes muchos testigos.
- Sí –le contestó el Corredor, y le guió un ojo.
El viejo Kid le sonrió y aceptó el disparo. Dio media vuelta y cayó al suelo con los ojos bien cerrados.

Más adelante, el Corredor se dirigió donde el Sheriff, quien ya se había cambiado los pantalones, y pidió la recompensa. Los dos caminaron hacia el banco y le entregaron una bolsa muy llena.
- Por favor, entierren al Comisario Mosley –le dijo al Sheriff- Yo quisiera llevar al viejo muy lejos, dejarlo en medio del desierto para que los buitres tengan qué comer.
- Creo que será lo mejor –le respondió el otro- Creo que será lo mejor.

El Corredor alzó al viejo Kid y lo tendió sobre su caballo, él montó el suyo y cabalgaron por la pradera. Era otra mañana muy calurosa.
- Ya, nadie te ve, Kid –dijo el Corredor cuando estaban a más de un kilómetro del pueblo.
- Sí, creo que ya –le respondió el viejo Kid, y se levantó para acomodarse bien en su caballo- Fue un buen disparo, no duele mucho.
- Sí, justo en medio de los dos pulmones y un poco más abajo del corazón –le dijo el Corredor- Fue una buena idea la del botón –añadió y le entregó el whisky. El viejo Kid tomó un trago y se echó otro poco en la herida.


Los dos vaqueros cabalgaban otra vez juntos.

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