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ESE TORO ENAMORADO DE LA LUNA

Cuenta la leyenda que la luna quiso dar a luz un bebé, pero no del sol, por más que éste quería y la deseaba, sino del toro que andaba enamorado de la luna. Lloraba de amores al verlo intentando besar y abrazar al mar con el reflejo, corría en estampida por los viejos tablones del largo muelle, y al final, saltaba, splash, se zambullía y tratando tratando de nadar volvía hasta la orilla, tiritando, y borbotando agua de sus fauces, se cubría con una toalla embobado ante la alfombra albina que moviendo el ombligo danzaba en la noche.
Otras veces subía hasta la cima de un alto monte y le ofrecía un ramo de rosas cantándole serenatas con su potente voz tenora. La luna, se derretía en una anchísima sonrisa estampada en bótox, y todavía con lagrimitas por lo muy sensible. El sol, mientras, con el tremendo orgullo refunfuñando pataletas, veía todas las escenas gobernando inmune en los altares del cielo; extremo de calor y fuego alumbraba potente e inclemente, los campos se secaban, las lluvias se indignaban por no poder desprenderse de las nubes, los relojes se disolvían blandamente como mantequillas, y las playas se atestaban de muchedumbres por ingresar al agua. No podía permitir que su idolatrada de siempre, pero nunca cumplida, podría haberse fijado en un animal y carnudo todavía negro. Se empecinó en no dejar lugar ni en las noches a su amada no correspondida, y todo el día, desde lo alto, gobernaba ardores a sus vastas, calor y más calor derretían cosas y hastiaba momentos e instantes se volvían más que eternos. Los rayos ultravioletas ancharon aún más el hoyo de la capa de ozono y el calentamiento global afectó mayormente al mundo, los glaciares empezaron por derretirse, los mares aumentaron su caudal, y aumentó la población de zancudos y cucarachas.
Pero el amor, profuso y querendón de los díscolos enamorados, creció tanto como las tiranías del madrugador. La presencia de la luna tan cerquita a estos parajes, hizo crecer y perturbar las mareas de los océanos, los grandes peces se agitaron, los más pequeños se columpiaron entre las enormes olas, y el agua terminó empapando frescuras a todo este mundo redondo y globalizado. Esa misma noche, totalmente iluminada de brillos y de candor, la luna bajó ante los encantos y palabras sinceras de su macizo apasionado. El toro la llevó de la mano hasta un verde y extendido prado, las flores prendían mil y un colores, las aves cantaban arias primaverales, tendió un cuadriculado mantel sobre la grama, el aroma perfumaba naturaleza, de una canasta sacó algunos bocaditos, algo de caviar, galletitas de soda con atún, bombones, trufas, gomas azucaradas, un tamal de Supe que partió en delicados trozos para darle de comer en avioncito en la boquita, y para celebrar la unión, un dulcesísimo vino de misa para el brindis. Las estrellas coqueteaban sonrisillas solapadas durante todo el largo y ardoroso apareamiento. La luna, después de su grato momento, encendió un cigarrillo; y el toro, mientras, acariciaba mansamente sus ternuras.
Al cabo de algunos meses, la hinchazón de la luna alumbró los frutos de su pasión; por eso, en recuerdo de este amor, en el pueblito de Pucará, en los andes peruanos, la tradición manda que al construir una casa, en el tejado, se acomode un torito blanco como signo de fuerza, protección y respeto por este amor tan desenfrenado y particular. Pero, con el paso del tiempo, los nuevos pobladores ya no pintaban al toro de blanco por falta de dinero para la chupeta, pero siempre lo acomodan a la altura de los tejados, para que en las noches se halle más cerca al perfume de su amada, la grácil luna. Por otro lado, el sol, nada contento con el desliz y furibundo en exceso, recorre aparentemente al mediar la primavera sus estrellas, en vigilia por si vuelven a juntarse los rendidos enamorados, y, además, como aún no sabe ni identifica al semental, mandó a castrar y a convertir en bueyes a esos animales para las labores agrícolas. Aunque por ahí andan diciendo que han visto a la luna peinándose en los espejos del río, y que el toro la está mirando entre la zarza escondío… pero ese es otro cantar.

1 comentario:

Lully, Reflexiones al desnudo dijo...

Ese toro, esa luna...la leyenda... suspiro y me vuelvo poetisa.

Un abrazo cálido y besitos para acariciar tu espíritu!

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