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TOUR NORTE CON UN CULO DE PARADAS

Lo habíamos preparado todo de un día para otro, así de repente. Eran ya las primeras luces del amanecer y las mochilas y las moreys iban atrás, en la maletera, Coqui manejaba, Nando, de copiloto, en on con el disco de Nirvana a todo volumen, y yo, tirado en el asiento trasero, roleaba el primer bate del trip. La idea era pasar el Año Nuevo en Colán, en casa de Nando, bien relax, como esperando el verano.
La primera parada del Tour Norte, como le puso Coki al viaje, fue en Huacho. Ya no teníamos más marihuana y por lo mismo teníamos que a comprar. Felizmente Nando conocía un hueco dónde computar, le hizo doblar a la derecha de la Panamericana a Coqui, pasando el Pasamayito y nos metimos cruzando unas chacras hasta llegar al Rodeo de Manolo, como nos dijo que se llamaba ese lugar. Bajó de la camioneta y silbó un par de veces. Salió primero un chibolo calato y sucio que nos quedó mirando y, al instante, a su paso, una mujer nos dijo que su marido ya salía, y con el niño alzado en brazos entraron a la casita a medio construir. Después de un rato salió un negro alto con una pinta de ladronzaso –Nando nos había contado que el negro se había escapado de Luri y había ido a parar ahí para esconderse de la policía, pero manteniendo siempre su mismo rubro de recurseo; él lo conocía desde cuando computaba yerbita en Salamanca.
- Uy, a los años, gringuito. ¿Cómo has estado? –saludó a Nando y le tendió la mano muy humilde.
- Ahí más o menos nomás –le respondió- Voy al norte con un par de amigos y…
- Entonces, no estás más o menos –muy sapo el negro, mientras se acercaba al auto para ver quién había.- Hola muchachos, ¿Cómo están? Manolo Rojas, para servirlos –nos tendió la mano por la ventanilla y:-Por favor, no se asusten con mis fachas –nos dijo, mientras Coki y yo le contestábamos con una sonrisa y un normal nomás sambito.
- Ya, Manolo, tú dirás, ¿cómo es? –le preguntó Nando sin mucha conversación.
- Ahí, pues, siempre hay de la buena, tú ya sabes, Nandito: Scan para ustedes. Y por si acaso, dentro de un par de semanas me llega una hidropónica; la han probado, no?
- No a va ser, negro –le contestó Nando.- Pero ahora solo queremos unos ciencuenta nada más.
- ¿Qué? ¿Tan poquito? –se admiró el sambo.
- Es solo para el viaje. Allá en Piura ya compramos más. Tú ya sabes cómo es la roja por allá –le dijo Nando.
- Sí, ya sé –le respondió Manolo- Pero scan es scan, y uds. no son ningunos fumoncitos de barrio –y nos sonrió con todos sus dientes blancos.
- Ya, entonces danos setenta –le ordenó Nando sonriéndole, y cuando el negro ya estaba media vuelta adentro, la pensó mejor y le gritó:- Mejor, sácate cien de una vez.

La siguiente parada fue en un grifo. Se llenó tanque y unas provisiones como bajada. Pero ni a un kilómetro siquiera se viene a reventar una llanta. Puta madre, caballeros, tuvimos que meter mano y cambiarla. Al rato, como el sol estaba arrasador, nos estábamos achicharrando, secazos, y Supe se encontraba cerca, aprovechamos en correr unas olitas.
Luego, cuando nos llegó el hambre, nos fuimos a un kiosco donde lo único que vendían era pan chalaco y Coca-Cola sin helar. Después con el estómago engañado, continuamos con el viaje, pero antes la Cherokee tuvo que detenerse por más latas de cerveza, recoger una pavaza que se había volado por la ventana, orinar, más chelas, orinar, y almozar. Paramos en un cevichería de Huarmey, junto a la orilla y después de un par de horas más continuamos con el trip. Desierto y mar, campos por ahí, verde solo de vez en cuando, casas de quinche y adobe y techos altos, el día era caluroso y por la gente sacaba su silla y tomaban el fresco en la puerta de sus casas, viendo pasar a quien pasa, seguimos de largo a buena velocidad y a media tarde llegamos a Salaverry, bajamos a refrescarnos y a correr otras olas, luego nos metimos una bajada en una panadería, mirando el atardecer, fumando otro huiro y poniéndonos de acuerdo que ya era hora de ir a la hacienda del tío de Coqui. Pero antes Nando nos dijo que teníamos que sacar billete. Fuimos hasta uno de los cajeros de la Plaza de Armas de Trujillo y nos cagamos de la risa cuando Nando nos mostró una billetera con un culo de tarjetas de crédito y nos preguntó:
- ¿Cuál escojo? –sin parar de reírse, recontra chino y reventado.
- Cualquiera –entonces le respondí yo.- Total, todas están a nombre de tu viejo.

Llegamos a la hacienda justo a la hora de la cena. Y la única que se encontraba en casa era Mariana, una mamacita de prima, que se encontraba terminando de practicar la Marinera con un mariconcito y que iban a competir en el concurso en Febrero, en el coliseo Chimú, y ya habían ganado el del club de Las Delicias hará una semana atrás, y que también había sido Reina de la Primavera el año pasado nomás, así nos fue contando bien rápido todo mientras los tres la piropeábamos y la íbamos arrinconando y ella se iba secando el sudor con una toalla y sus ojos brillaban azules y justo, se acercó el mayordomo para preguntar si se nos ofrecía algo, y ella, sí, la cena en el comedor. Nos fue contando de todo mientras comíamos, que su papá aún no llegaba del trabajo, que la mamá se hallaba en Las Delicias con unas amigas, y que Trujillo era una ciudad tranquila y encantadora, y todos los de la mesa ya queríamos con ella: Nando no dejaba de echarle flores y solo quería que le mostrara todos los encantos de Trujillo, incluyendo ella por su puesto, como le dijo en un momento, y Coqui también quería con la prima por lo que a la prima se la arrima, y yo también de hecho, y ya entre los tres se respiraba un ambiente de cuchillos y miradas socarronas, por eso decidimos subir a la camioneta e ir rumbo a las Delicias, pues con el mariconcito seguirían las dos con el té.

En el club del balneario se hallaba la tía de Coqui con otras tías buenazas, bronceadas y lisurientas. La tía apenas vio al sobrino se sorprendió en un primer instante, luego nos miró a todos de pies a cabeza, y luego dibujó una regia sonrisa.
- Hola, mi amor. ¡Qué sorpresa! –le dijo- ¿Cuándo has llegado?
- Hoy –le respondió Coqui- Hace unas horas. Acabo de llegar con un par de amigos a pasar unos días por acá y luego nos vamos a Piura para el Año Nuevo.
- Uy, qué regio, chicos –nos dijo la tía, toda coquetona ella, nos saludó con un besito muy sonoro a cada uno- ¿Y, en dónde se están quedando? –nos preguntó.
- En tu casa, tiíta –le contestó Coqui. Y Ruth, así nomás a secas, porque todavía no se siente vieja la tía, para nada, se sorprendió de nuevo, luego se alegró nuevamente con otra regia sonrisa y finalmente comenzó segura a sacar unas cuentas para sí.
Con las señoras nos quedamos hasta que nos invitaron el whisky, sentados en un par de mesas redondas de la terraza, con una vista preciosa a la noche y al mar. Nos preguntaron todo sobre la vida de cada uno; y nosotros, les respondimos con todas las mentiras aceptables que se pueden contar a un grupo de señoras tan ricas, y ellas, a todo, puras risitas nomás. Luego, cuando nos entró las ganas ya de fumar un gran cachazo, nos despedimos muy educados y complacidos y medio picados con los gin and tonics, no sin antes Ruth indicándonos que no nos tardásemos en ir para la hacienda, que ellas ya iban ahorita para allá.
Por el camino nos llegó de nuevo la bajada y nos embutimos un sanguchazo muy grasa. Después de algunas vueltas por la ciudad, regresamos al fundo y ya estaba ahí el tío de Coqui; al señor Larco ya le habían informado que su sobrino había llegado con un par de amigos a pasar unos días por la hacienda y, que, por favor, no se preocupara por nada. Pero el tío se preocupó tan bien con la atención, que, después de ofrecernos la bienvenida, nos hizo pasar al fondo, al jardín, porque el buffet esperaba y a la comida no se le debía hacer aguardar; la llegada había coincidido con una fiesta de celebración con los máximos empresarios y hacendados de Trujillo. Y entonces, un brindis con un Pisco, un par de palmadas al aire, unas palabras de atención al tío Larco, y luego un golpe de cuchara a la copa y el maitre ordena levantar las tapas de las ollas de barro, los sabores escapan y deleitan como una Pandora y se van revelando las sazones, los guisos, causa en lapa en una bandeja, arroz con pato en una cerámica, cabrito, yuca, frejoles, pescados, mariscos, ajíes, ensaladas, panes de la región, frutas, pisco, vino, chicha de jora, cerveza, whisky, los mozos pasaban en bandejas, y el tío Larco, servido servido, muchachos, todo es para ustedes. Nosotros con el sánguche en la garganta solo queríamos vomitarlo; nos dimos una escapadita y nos fumamos otro bate como para abrir hambre y bajada.
Y luego de tremendo bajadón, otro huiro, para el desengrase. Hasta que el tío nos divisó por la casa y nos invitó a pasar a la sala porque la Santa Lucía de Moche ya empezaba a tocar las marineras. Ruth y las amigas estaban ya regias, ceñidas, bronceadas y escotadas al lado de sus maridos. Todos departían, se mostraban, se embriagaban y se buscaban haciéndose notar. Recuerdo que en la borrachera el tío Luján se separó un momento del grupo de señores que lo rodeaba y se puso a cantar a voz tenora: En Trujillo nació Dios, San Pedro en Ascope, la Virgen María en Chocope, y en Laredo nací yo… y, con la gracia de los músicos caminó hasta el centro de la jarana y, todo gordito, bamboleándose de un lado para otro, le estiró una mano a Mariana para invitarla a bailar, mientras seguía: chicha en botella, a la mujer celosa, palo con ella..., y Marianita le sonreía liadísima, dejó sus tacos a un lado y Campo para ellos dos, señores, gritó el tío Larco, y con pañuelo en derecha la marinera va redoblando en tambores, ellos esperan, se pasean luego por el salón como caballos de paso, voltean por sus diestras y se acercan, un enfrentamiento de lances y coqueteos y se dan luego las espaldas, avanzan, como chalanes de caballos de totora, con sombrero de paja y flores en el peinado, vuelven a acercarse y a cortejarse, tan liadísima siempre ella y completamente jacarandoso él, finos y elegantes, circulan y escobillan el piso ajedrezado, piesecitos pequeños y desnudos y zapatos de charol, sin insinuarse el propósito pero insinuándose, los corazones alegres, las sonrisas en los rostros y entre palmadas y silbidos, se mueven por todo la estancia, se pasean, se lucen, la gracia y la picardía no se pierden, ni si quiera en la bendita vuelta al final, cuando de lo más cercano rozan sus rostros para posar casi juntos, con el sombrero escondiendo la linda sonrisita.
Hermoso baile. Linda marinera. Preciosa ella cuando fui a su encuentro entre los aplausos. Se desconcertó en un primer instante, y aceptó con una sonrisa pícara. Ella, hermosa hasta en sus gotas de sudor, bailaba, coqueteaba y me miraba. Yo en cambio bailaba hasta el culo, pero el alcohol y los tronchos me aventaron al ruedo. Y no me importó que Coqui me hallase estado mirando con una cara de pedo, y Nando peor, porque se había puesto a afanarla ni bien la vimos, desde que la saludó y se sentó a su lado en el comedor para atrasarle a Coqui, porque desde cuando Lima se le notaba que quería con la prima, por eso cuando a Nando se lo notó que la andaba persiguiendo por toda la fiesta, Coqui se apuntó con la esposa del señor Hoyle y yo con una amiga de Ruth. Pero me llegaron al pincho todos y lo que hallasen pensando, porque después del baile le invité un vino y nos pusimos a conversar apartados de los demás. Nando creo que aceptó finalmente, aunque le haya llegado al pincho en un principio, somos patas, y él ya me había hecho una parecida con una cubana en el viaje de promo del año pasado en Miami, así que estábamos parches. Después lo vi que se fue a florear a una tía por ahí. Luego Mariana me invitó a pasar por la hacienda, me fue mostrando los alrededores y yo ya deseaba que ligara al toque. Paseamos por la piscina y quise lanzarme un clavado por graciosito, a ver si me seguía, y felizmente ella no me dejó. Me mostró el corral y todos los gallos y gallinas comenzaron a cacarear, estaba oscuro y ella aún no se dejaba, quería creo que le dijera cosas lindas, algo sobre la noche, la luna y las estrellas, y por fin aceptó en el granero, tumbados sobre la paja, le levanté la falda y ella me desabrochó el jean, mis labios se acostaron por toda su piel y eso la derretía, todo despacio, suavecito; y no le hicimos mucho caso cuando Coqui y la señora Hoyle nos pescaron entre sonrisas, porque cuando dieron media vuelta, terminamos de tirar.
Ya de mañana nos encontrábamos durmiendo todavía, entre caballos de paso y vacas lecheras, cuando de repente, nos despertó Nando que gritaba allá afuera. Nos vestimos rápidamente y salimos a ver qué pasaba. Nando quería sacarle la mierda al señor Hoyle porque éste quería sacársela a Coqui, porque este pendejo se había ido con su mujer en la camioneta. Yo les llegué a separar justo cuando salieron todos de la casa. Se armó todo un chongo de mierda, el despelote. El tío de Coqui también quería sacarle la mierda al sobrino, pero solo para que el señor Hoyle se la creyera que estaba muy molesto, porque en verdad, se le notaba que estaba orgulloso, pero no tanto tampoco, ya que a Coqui no le había ligado todo bien hasta el final, por arrechito, pues.
El tío Luján –que no era mi tío, ni de Coqui, ni de nadie, pero cuando nos saludó la primera vez nos dijo que lo llamáramos tío, nomás, nada de señor- me hizo a un lado del tumulto y me dijo así bien clarito:
- Mira, sobrino, quiero que te lleves a tu amigo y se vayan de una vez. Ya le dije a Marianita que acomodara sus cosas en mi auto. Así que mi seguridad los llevará hasta mi casa en Huanchaco. Ahí esperarán a Coqui, yo los voy a interceptar por la carretera para que les dé el encuentro. Y quédense en la playa y vacílense todo el día, para que por la noche se vayan ya para Piura, ya que a este huevón de Hoyle no voy a poder aguantarlo hasta mañana, y ahí no va a parar de buscarlos. Así que lo mejor es partir temprano, porque para gusto ya estuvo bueno, no? –y:- Toma –y me alcanzó un billete de cien dólares- Vacílense en mi nombre, quieren? –pero antes de despedirse, abrió nuevamente su billetera, sacó otro billete de cien y me dijo con una sonrisita bien picarona:- Dale a Coqui, él ganó.

Recuerdo clarito eso, se portó de la concha de su madre el tío. Le agradecí con un fuerte abrazo como a un verdadero tío, y me llevé a Nando a escondidas en medio de la trifulca. Mariana nos siguió. Y como al mediodía apareció Coqui con una cara de felicidad: lo jodimos, nos reímos y fumamos. Después, por la tarde, entramos nuevamente por el Sunkela a correr unas izquierdas.
Por la noche salimos otra vez a juerguear. Para esto ya nos habíamos peleado todos con Mariana; a ella le llegaba a la teta que nosotros fumáramos como mierda y a nosotros nos llegaba al pincho que ella nos jodiera tanto. Así que cuando ya nos estaba hartando demasiado con sus cojudecitas de por qué fuman, ah? o ya no fumen tanto, eso es droga, a cada rato, Coqui la bajó de la Cherokee y la dejó en la entrada a Chan Chan, parada en la oscura noche, llorando junto a la iglesia, y en medio de la carretera, sola; y nosotros, continuamos nomás rumbo a alguna discoteca, con la música a todo volumen, atosigándonos y cagándonos de la risa.

En una disco nos apuntamos con unas gringuitas que se encontraban haciendo turismo y que deseaban algo de acción. Nosotros, con verdadero orgullo nacional, se lo dimos. Bailamos, fumamos, cachamos y, ya casi como a las tres, se nos acabó la hierba y tuvimos que ir a comprar más. Dios unas vueltas por la ciudad buscando a alguien con cara de que nos pudiera sacar, pero, creo, todos los fumones ya se habían idos a acostar. Regresamos a Huanchaco y, como caidito del cielo, nos encontramos con unos amigos de Lima que nos invitaron un par de bates de jashís. Nos dejaron bien stonazos y nos quedamos con las gringas echados boca arriba sobre la arena mirando la luna y las estrellas. Al rato, se nos acercaron un par de policías y nos comunicaron que mejor fuéramos a otra parte, a un hostal por ejemplo, que esa era una playa decente, puesto que nosotros ya estábamos a punto de bajarles el calzón a las gringas. Así que les hicimos caso y nos fuimos, pero de pronto, nos dimos cuenta que dos Volvos oscuros nos estaban siguiendo, Coqui empezó a acelerar, las gringas no sabían lo que pasaba y se reían gritando more more more, y más la bulla de Body Count a todo volumen, todo era un total escándalo. Coqui pisaba nomás hasta el fondo y los dos autos hacían lo mismo; yo creí en un principio que querían simplemente joder, otros fumones más igual a nosotros que deseaban acelerar un poco más su noche, pero cuando escuchamos unos disparos y uno de ellos se estrelló contra un espejo retrovisor, chucha, pensamos todos, secuestradores. Coqui pisó hasta tocar fondo y la gringa de su lado, en un arranque, se le tiró encima aplastándole el pie con el que pisaba el acelerador; íbamos fácil a más de doscientos kilómetros por hora en la carretera y, cuando ya estábamos para voltear la curva del óvalo Víctor Raúl, Coqui le jaló de los pelos y la levantó de un porrazo, y justo en ese instante uno de los autos se nos adelantó y nos cerró el paso, Coqui tuvo que frenar como sea, y por poquito la Cherokee no dio vueltas de campana.
Nos hicieron bajar de la camioneta y cinco huevones bien grandazos con arma en mano rodeaban al señor Hoyle. A las gringas las ahuyentaron con un par de balazos al aire y ellas se fueron llorando e histéricas.
- Así que tú eres un cacherito de puta madre –le dijo entonces el Sr. Hoyle a Coqui, y él:
- Sí, pues. Lo mismo me dijo tu esposa anoche –le contestó, bien gallito. Pero cuando el señor Hoyle lo agarró de la cabeza y se la estampó contra el capote, a Coqui se le fue la sonrisa cachacienta y se le notó más bien una rabia impotente. Los cinco huevones nos seguían apuntando a Nando y a mí y a nosotros no nos quedaba otra que mantener nomás los brazos alzados.
Y no sé si fue suerte o Gracia Divina o lo que hallase sido pero de repente escuchamos unas sirenas y fue el sonido más hermoso que hasta el momento haya escuchado, creo yo. Fue la primera vez que me alegró la presencia de la policía. Todos en ese instante volteamos a ver el patrullero que se acercaba de no sé dónde y, aprovechando el pánico, entramos a la camioneta y el acelerador hasta el fondo, y no paramos hasta bien lejos. Volteamos a ver atrás y un patrullero se había detenido para intervenir a los seis huevonazos. Nuestros huevos, de lo corbata en que se encontraban, bajaron a sus lugar después de un rato y recién ahí pudimos abrir la boca para cagarnos de la risa.

Y, pasado el susto y el chongo, nos pusimos de acuerdo que por el momento ya era tiempo de dejar las juergas, ya que, ante todo, nuestro viaje había sido planeado como un turismo off road, con olas, naturaleza, huiritos y chicas, muchas chicas lindas. Era de madrugada y el mejor lugar para escondernos, dormir y seguir avanzando era Chicama. El mejor pretexto para correr las kilométricas izquierdas de Malabrigo. Ya después en el verano regresaríamos por Puémape, Pacasmayo, Pimentel...
Pasamos la noche dentro de la Cherokee, en la orilla de la playa, y al despertarnos, nos ganamos con todo un alucinante amanecer. Olor marino, brisa que se siente hasta con la mirada, el mar azul, gaviotas revoloteando, un largo y viejo muelle de madera, muchas embarcaciones de a dos remos y una gran grandísima tela que se extiende en anchuras y se deshilacha en perfectas izquierdas de nunca acabar. Nos quedamos cojudos y alucinados. Nos habían hablado tanto nos habían contado tanto, que estando acá no lo podíamos creer. Las olas eran larguísimas, en buen túnel, grandes secciones y nunca acababan. Era verdad, las olas más largas del mundo. Lanzamos un bate para acompañar el reggae y la impresión y nos vestimos con los wets, en total natural mystic, nos ajustamos las aletas y como patos saltando corrimos a lanzarnos al agua. Un chapuzón, el agua fría, y como un ritual con los dioses, un completo bautizo, unas remadas hasta el point y correr, solo correr. Fue realmente alucinante. Un día bien surferazo.
No nos queríamos ir pero no nos quedaba otra. Para gustos ya estuvo bueno, no, tío Luján?, pensé nomás para mí solo. Emprendimos nuevamente la aventura con el sunset a nuestras espaldas. Nando buscó alguna chicharra entre el cenicero y encontró dos. Nuestros ojos brillaron de la emoción. Prendimos la más grande y nos quedamos mirando por las ventanas, pegadotes, rojotes, alucinando los paisajes entre los acordes del buen Marley. Luego, al cabo de un par de horas, hicimos una parada en una cevichería y nos dimos un buen gusto de pescados, ajíes y marinadas. Después al salir pasamos por un grifo y llenamos el tanque y revisamos las llantas. De ahí continuamos con el trip lanzando la otra chicharrita y escuchando a los U2. Piura ya estaba cerca.

Al amanecer llegamos a Piura ciudad, y entrada la mañana a El Alto. Ahí se nos acolleró un gringo que se nos hizo bien pata, se llamaba Steve y quería que por favour lo bajáramos a Cabo Blanco, el Pipeline peruano, así como decía. Era fotógrafo profesional y trotamundos y explorador por naturaleza. La Surfing Magazine siempre le pedía nuevas fotos y por eso se encontraba entonces por estos lares; le habían hablado tanto de las playas peruanas que él tenía que estar en todas. Nos sacó con unos bates y lo subimos a la Cherokee.


Nos estacionamos frente a Panic Point y al toque entramos al agua para correr los tubos más perfectos del mundo. El gringo se emocionó tanto como nosotros y nos empezó a fotografiar desde todos los ángulos, desde la orilla, desde una peña, dentro del agua y hasta desde un bote de pescadores. A nosotros no nos quedó otra que lucirnos: dropknees, rollers, 360, spineers, aéreos y quiebres y maniobras tan diversas como alucinantes. También, las olas se prestaban, eran toboganes tan cristalinos y sorprendentes como súper potentes. Porque en una de esas, en que me hallaba entubado de lo más increíble, no me dí cuenta de que ya era el momento de salir de la ola y, en la extasiada, de repente, me chupó por los pies y de ahí a un lado, y, como un manotón de grandazo, salí volando hacia las peñas, con todo el spray que me reventó en la cabeza y me hizo remover el cerebro.
Felizmente, Nando, Coqui y Steve me auxiliaron al instante. Me llevaron hasta la orilla y rápidamente me vi rodeado por una veintena de pescadores curiosos y generosos. Tenía un pequeño corte en la frente y unos cuantos rasguños por la espalda, sin mayores complicaciones, como me dijo luego el doctor del Fishing Club. Me curaron con alcohol y agua oxigenada y listo de nuevo para el surf.
- Pagaste pato por avezado –me dijo luego el gringo, mientras almorzábamos un sudado de corvina con unas cervezas bien heladas en una cabaña del pequeño puerto.
Después nos despedimos de Steve, ya que no quería acompañarnos porque pensaba pasar el Año Nuevo entre pescadores y en Cabo Blanco, el Pip0eline peruano. Antes de irnos le aconsejamos otros points en sus aventuras, pasa por Bayóvar, le dijimos, a Punta Tur, que tiene unos trenes tubulares alucinantes, mismo Padang-Padang de allá de Indonesia, gringo, le aconsejamos, pasa por Huanchaco, por Pasamano, Pico Alto, le decíamos emocionados, recorre toda la costa y en cada puerto, en cada caleta, en cada balneario, la gente de mar te recibirá con los brazos abiertos y un plato sobre la mesa, no te preocupes, gringuito, y nos estrechamos muy fuerte las manos y un sentido abrazo. Nos regaló un buen moño de scan y nos quitamos.
Subimos hasta Máncora y Nando sabía muy bien a quién computar una rica manguito. Compró doscientos dólares y el fuerte sol y el atrayente mar nos animó nuevamente a lanzarnos al agua. Nos pusimos a correr toda la tarde, hasta que el sol bajó a esconderse en esa inmensa piel de tela. Rico, pura naturaleza. Uno y una ola, nada más. Luego por la noche enrrumbamos hacia Colán, y en la terraza de la casa de Nando, como esperando las doce, entre huiros¸ una pizza y un buen vino, escuchábamos a los Doors a todo volumen y alucinábamos la negrura del mar en el reflejo exacto de la lunas y las estrellas bamboleándose, además los fuegos artificiales reventaban la noche. Cuando de repente, timbró el teléfono y Nando se levantó de la hamaca para irse a contestar. Era su viejo, desde New York, y estab tratando de comunicarse con él desde hacía días y por fin mierda lo había localizado. Gran pendejo. No quería desearle un Feliz Año, sino, quería simplemente sacarle la mierda, porque para cojudos los bomberos, y para pendejos hay que serlos, no imitarlos, y colgó.

Coqui y yo esperábamos lo peor, después de la sacada de mierda que le iría a dar su viejo a Nando, él podía ir a parar como obrero en alguna de las fábricas del tío o lo desheredaría o en el mejor de los casos lo mandaría a estudiar al extranjero, a un país sin olas, como Bolivia, por ejemplo, lo alucinábamos y nos cagamos de la risa, los dos nomás, porque Nando, regresó a sentarse en las escaleras de la entrada, y sin prestar mayor atención, se puso a rolear un batesazo muy tranquilamente.

Luego, cuando le pasó la lengua y lo prensó en un ruedo, se puso en pie, sacó un encendedor de su bolsillo y prendió el tremendo cacho. Fumó gigantesca aspirada, la noche era oscura, pero muy iluminada con santísimas luces, el mar bañaba en idas y venidas a la orilla, se aguantó el humo y:
- Bueno, mis viejos, de New York, van a tomar un crucero por todo el Mediterráneo –nos contó, y el humo se le trataba de escapar en peditos de boca- Así que muchachos- trató de aguantar más todo lo que pudo, y siguió:- Nos espera un Nuevo Año para nosotros. Vamos al agua un rato –arrojó el humo de un tirón, se le escapó unas tosidas y cagándose de la risa se lanzó un chapuzón.

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