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PAN DE FLORES

Su vida es probar sabores. Va por el mundo destapando ollas y, con cucharón de palo, empina el codo para oler y comer sazones. También se pasea por los mercados, entre aromas y colores, caseros y caseritas, con la canasta en una mano, chequea precios, pesa, y mete solo fresco.
De ahí, caminando por el malecón, con vista al mar en el horizonte, cantando arias de primavera, o la cancioncita pop de moda, llega hasta su edificio, saluda al portero, a quien invita un tamal de Supe, un agradecimiento con ambas manos apretadas del maestro, recibe los sobres del correo, y empuja el botón del ascensor, sube, al séptimo piso, da las vueltas a la llave de la puerta y deja las bolsas sobre la mesa, se acerca a la sala, coge el control remoto y por la radio se escucha a Luz Casal con el bolero Piensa en mí, vuelve a la cocina y va guardando los productos en la refrigeradora, prepara el arroz con palillo, coge el cuchillo y desmenuza la gallina, las partes más pretenciosas las ahoga en una olla para que hirvieran en agua, también un par de huevos, en la mesa, extiende unas hojas de bijao, y mientras, se acerca a la ventana y mira el mar, en una mano sostiene una copa de pisco sour, en el agua hay muchos tablistas, a las olas se las ve como un corduroy blanco deshilachándose, es una buena mañana calurosa, sonríe sintiéndose de buen agrado y saborea el aperitivo, regresa a la cocina y paso a paso va preparando un juane, amasa el arroz y acomoda las presas de la gallina, huevo y unas aceitunas, luego envuelve todo y cada uno en las hojas,
las anuda y los guarda en una olla más grande, a fuego medio. Hace unas llamadas por teléfono, y al poco rato tocan la puerta unos vecinos, la mesa ya está servida. El cocinero nunca puede comer solo. Después de un grato entremés los invitados parten, con la sonrisa de satisfacción y el botón de la barriga desanudado. Él va a su oficina, toma asiento y enciende el computador. Revisa su correo y tiene muchas invitaciones, Madrid, India, Japón, Francia, Australia, Alemania, Arabia, Miami, Egipto, Colombia… entre muchos otros. No sabe qué elegir, todas les parecen cada cual tan apetitosa como exótica. Su trabajo es ir por el mundo probando sazones y metiendo su cuchara donde le apetece. Se sacó su gorro alto y blanco y pomposo y lo dejó sobre el escritorio. Se tomó otro sorbo de un acholado y se puso a pensar, a ver a su alrededor, en el librero tenía muchos libros de receta y de investigación de su autoría, en la paredes colgaban fotos en parajes del rededor del mundo, algunos trofeos como recuerdos, medallas, muchos papeles sobre la mesa, subió los pies en ésta, una foto de su abuela junto a un horno de leña, alegre y bonachona, ofreciendo un pan recién horneado, miró el techo, miró sus zapatillas gastadas y de marca, miró a la ventana, una tarde en el horizonte, y vuelta la canción a repetirse, y como a lo lejos, la puerta a medio abrir, “si tienes un hondo penar piensa en mí / si tienes ganas de llorar piensa en mí”, y entonces dejó caer unas lágrimas, sin más. En el fondo de su corazón, el corazón también cocinaba una pena. Pero solo una. Aunque de todas formas una pena. El amor no está. Ahora se toman más saladas, lágrima tras lágrima caen y rebotan en el caldo. Sale a la calle, y sobre los cables telefónicos las palomas esperan un no sé qué en el cielo, y se picotean escarbándose las plumas. No sabe qué hacer y se pasea por las calles de la ciudad, anda por plazas y huariques, le dan aprobar primicias y deleites, y para él todo le sabe insípido, sin ganas.
En su corazón, sólo valses y boleros. La extraña. Su reina en su castillo. Encerrada en su habitación viendo dibujos en el Discovery Kids. Liadísima sobre todo. Y en su alma “Acuérdate Hermelinda, Acuérdate de mí”. Cocinaba en su programa del mediodía y mezclaba ingredientes, especias y las amas de casa y sus comensales llorando por las penas de sus recuerdos frente al televisor. Porque los sabores son recuerdos. Y los recuerdos son memoria de niño, de vida, de momentos. Y recuerda la cocina de niño, también. En el horno de leña junto a la abuela, preparando panes y bizcochos. Luego con su madre, entre caldos de casa y mazamorras moradas. Con su papá acompañándolo en la chalana, con un ron para el frío y pescando pejerreyes y también algunos resfriados. Y con ella, como en un sueño, al final del muelle de Agua Dulce, extiende un mantel a cuadros y saca los pescados, limones, ají y demás de la canasta de paja. Y para completar el ceviche, se agacha para recoger unos yuyos del mar y los acomoda en la fuente como adorno. Un día de sol con gaviotas y pelícanos que entran a bañarse al agua, y una chicha morada para el brindis. Ahora, ella ya no está. Se fue con un gringo a buscar mejores horizontes por otros husos horarios, antes que él fuera famoso, antes que lo considerasen cheff y de la cocina a leña pasar a su propio restaurante con estrella Michelín. Y así también es la vida, él extraña un amor que ya se fue y las caseras en los mercados le reclaman el alto consumo de cebollas de las amas de casa, y los hijos las enormes tristezas por un amor que no sienten a la hora del almuerzo, y los perros la falta de huesos para chupar. Pero entre esas tardes, entre melancolías y dubitaciones, se encontraba un día saliendo de misa de la iglesia de Barranco, y entre los humos de sahumerios y anticuchos, vio a una linda jovencita vendiendo flores, inspirada de una grácil tristeza igual que él.
Se acercó a ella, le compró todos los racimos, y con las justas ella pudo esbozarle una frágil sonrisa de la que él quedó prendidamente regocijado, tan empachado de amor que le invitó una porción de choncholí con mollejitas, choclo y papas sancochadas, y luego, para deleitar más el buen momento, caminaron bajando hasta el mirador, tan lento y pausado todo como para enternecer y recordar todos los detalles de esa primera vez, y hasta tuvo la grata inspiración de acariciarle su dulce mano que ella dejó tomársela entre sonrisitas de humildad y enamoramiento. Contemplaron un anochecer que despertaba las ansias cálidas del verano, y después de hacerle ver las estrellas en esa noche de puro amor, en la mañana ya, en la habitación de su departamento, la vio, la admiró y se puso a contemplar la amable inocencia de esa suave mujer durmiendo su desnudez a penas cubierta por unas sábanas blancas. Acarició tiernamente los contornos delicados de su figura, corrió su ondulada cabellera detrás de un oído, y le dio un beso dócil y profundamente lleno de un amor sincero. Salió hacia la cocina, y con los pétalos de las rosas preparó una encantadora masa para pan, silbando suavemente arias de primavera. Para cuando ella despertó, el aroma de los panes no solo invadía las habitaciones de todo el departamento, sino también en todas las habitaciones de todos los departamentos del edificio, y hasta de toda la ciudad y balnearios. Y en eso la vio parada en el marco de la puerta de la cocina, como detenida en el tiempo y en el espacio, sensualmente cubierta con su chaqueta de cocinero, feliz, sonriendo íntegramente de gula amorosa, y lo único que él pudo ofrecerle por más que quería darle todo, fue un pan de flores recién salido del horno con mucho y total afecto veraz y solidario.

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