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PEPITO QUECHUA

Pepito Quechua se encuentra atrapado dentro de una caja de cartón. Se halla arrinconado, temblando, agazapado, lloriqueando, y con infinito mucho miedo. Pepito Quechua no sabe qué hacer, es un niño, y la oscuridad, le carcome su pobrecito ser. Pepito Quechua se siente pobre, indefenso, y la caja le parece un gran inmenso ataúd. Lloriquea, pero sin lagrimitas, y sus murmullos, no palpan siquiera un solo gramo de luz. Destapo entonces la caja, la abro como una caja de payaso, y a Pepito Quechua, entonces, la claridad lo ahoga hasta inundarlo por completo. Se le dibuja una ancha sonrisa en su carita mal lavada y se emociona en alucinaciones. Se trepa a la barda y salta para afuera como todo un grandísimo conquistador. Su corazoncito, por mientras, no deja de correr. Tartamudea, y es la imaginación. Me pide un plumón, y se lo doy, me pide otros, y también se los doy, me pide crayolas, lápices, lapiceros, acuarelas y muchas muchas témperas y todo todo le doy. Pepito Quechua no puede más que embargarse en emociones y dibuja un sol, un mar, un árbol, dos, tres, una arboleda, un bosque, un delfín, un corazón, una sirena, un capitán, y todo todo un mundo muy colorido, pintoresco y muy reilón. Pepito Quechua se entusiasma solamente entonces en mudas admiraciones, no flotan sus emociones, felizmente, y corre y corre y salta, salta y ríe, juega, da mil vueltas, ríe, carcajea, un trillón de vueltas y jajajás con jijijís en alegrías, con la boca abierta y los dientes blanquísimos y la lengüita aturdida, empachado en turbaciones.
Su corazoncito, acosadísimo, a mil, cien mil, un billón y pumpumpumpum; mira el cielo, azul, azulísimo, el sol, reluciente, refulgente, la luna, al otro extremo, aduquesada, con rostro de fulanito de periódico viejo, dibuja unas estrellas y éstas se ponen a danzar, las deja volar, un simple soplido y ellas se van, se alejan, a coquetear por ahí, mira al cielo, sentadito, y no sé, piensa, dice, se dice, coge unos Faber y se deja resbalar unas líneas curvas y unos puntos en el aire, quieto, concentrado, unos pecesitos, unas florecillas, un candelabro antiguo, un chancho rosa, una elefanta tímida y muy veleta. Ja, sonríe. Sonríe y se levanta. Dibuja un delfín, azul y muy celeste, y le pone capa y un antifaz. Te llamo –le dice, y se pone a pensar un ratito, calladito y mirando para arriba, curiosín:- Orejitas, sonríe y no le dibuja unas orejas. Dibuja otra capa, infesta y bien poncho, y se la anuda al cuello. Dibuja unos cohetecillos, rojos y con un interruptor on/off y se los pega a sus ojotas. Los contempla, los alucina, los mira y les escribe ACME en un costadito; y se sonríe. Luego le dice Vamos, vamos a Orejitas en gestos manuales, pone en on a los cohetes, estos se inflan en destellos, y los dos, se van a volar ensueños. Se echan a volar por todos los cielos y por todos los amres, por todos los campos y por todos los desiertos y (Espera, espera, le dice de repente a Orejitas y se empina como para explorar las dunas, y como no atisba ningún oasis, saca un plumón azul de su pequeño morral y se pone a pintar una fresca laguna.
Orejitas no aguanta mucho y se lanza un clavado y se moja, nada y juega, chapuceando chapuceando. Pepito Quechua sacia su sed de arenal primero y luego se desafloja sus ojotas por el talón y las deja a un ladito de la orilla y junto a su pequeño morral. Nadan los dos y se divierten en extremos, se alegran, juegan, chapucean, dibuja entonces un tanque de oxígeno y una máscara acuática y se lanza nomás hasta las profundidades, Orejitas por su tras, burlando algas y destapando conchas por si encuentra alguna perla. Se pasean por ahí y se animan a buscar un tesoro –el mapa lo habían encontrado dentro de una botella ahogada- la cruz indica una corbeta hundida y carcomida, verde algas pegadas en las maderas. Flotan los corales, andan las sardinas, un buzo pasa, los ve, los saluda y se marcha; pepito Quechua y Orejitas topan sus miradas, se les ensalzan las pestañas y un Oh, qué fue?, por el asombro. Vuelven a lo suyo, no escarban mucho, se emocionan, topan nuevamente sus miradas, se les elevan aún mucho más las emociones y un gran Oh, con burbujitas para arriba, un cofre de piratas verdaderos. Salen a flote y llegan hasta la orilla. Arrastran el cofre a buen recaudo y tratan de calmar aunque sea un poquitito sus conturbaciones y exasperantes agitaciones. Abren el cofre y oh, sorpresa, unas toallas. Pepito Quechua ya las había dibujado) luego a andar por todos lados y también por ahí. Así llegaron hasta una ciudad prohibida, donde las calles no tienen nombre, y Pepito Quchcua, entonces, por eso, se puso a inventar algunos, andándose despistado y soberano, con sus manitas dentro de sus bolsillachos huecos, por las aceras desasfaltadas y, mientras, Orejitas, volaba nomás por ahí, sobre su cabecita, como globo de fotógrafo playero. Muy ufano él, paseandero. Se puso a caminar por las calles y las calles entonces se le juntaron, se le unieron, lo rodearon y lo encerraron. Un rodeo sin huida. Pepito Quechua pretendió encender nuevamente los cohetecillos pero el on ya no quiso funcionar. Trató, trató y nada. Había dibujado unos cohetes marca ACME pero tomado como modelo de uno de los del Coyote; el Correcaminos como siempre bip bip y fuga por la carretera; Orejitas bip bip también y también fugó, voló simplemente, por los aires, asustado. Pepito Quechua quedó entonces mal parado y cayó, quedó tendidito en el frío suelo y no pudo siquiera cubrirse con su capa porque ésta era infesta y se hallaba muy muy percudida. Sus emociones ahora se le turbaron en lamentos y quiso llorar, pero sus lagrimitas de rocío no osaron siquiera resbalar por su piel; los cohetecillos quedaron en el suelo, desperdigados, y dejáronse sentir ante él, completamente culpables. Pepito Quechua no se movió, no se movía, como muertito caidito de un último piso, no podía moverse. Inclinó su miradita tan sólo un poquito, mismo moribundo, y el cielo seguía siendo azul pero ahora más azul y oscuro que antes, y las estrellas seguían coqueteando por ahí, en sus respectivos lugares, y la luna también, ahí, aduquesada, con fulanito de última hora, y el sol, al otro extremo, refulgente y señorial; lejanos, totalmente lejano todo. Los Faber – Castell desperdigados por el piso se habían chorreado del morral y Pepito Quechua tan sólo los miraba, echadito así como se hallaba, tendidito, muy muy compungidito. Los corredores se estrechan y no son palomas volando en flecha. Se estrechan y se juntan, se unen, no se estrellan, sólo se abrazan, entre ladrillos y concreto, y pues con las paredes, nadie pues puede. Y Pepito Quechua, lo sabe muy bien. Sabe que tal vez puede pintar, dibujar, colorear, pero será siempre todo como la pizarra de un triste profesor. Y no hay marcha atrás, los pasos con la espalda al frente son demencias absolutas. Las paredes terminan rodeándolo y lo encierran, completamente, y crecen, crecen, y crecen como humitos de chimenea, y él, pues es tan pequeño que qué puede hacer, brincar como para encender la luz? Pepito Quechua no es mayor claustrofóbico pero es un niño y las bardas son tan altas que hasta parecen las de un torreón medieval sin princesa ensoñadora que acaricie sus más minuciosos sollozos. Las paredes nomás crecen, crecen y crecen, hasta casi tocar las alturas como basquetbolistas turcos. Y Pepito Quechua, prefiere nomás seguir así, tendidito, en el suelo, y quisiera mucho dormir, no despertar y soñar, soñar y soñar. Pero Pepito Quechua sabe también muy bien que su realidad no se lo permite. Me pide entonces un último deseo, en sus tristezas, sólo uno, pero Pepito Quechua, pobre niñito, tiene que saber que en esta vida los genios nunca salen de lámparas maravillosas, sino, que viven dentro de botellones de pisco añejo, como pasitas muy maduras.
Pero Pepito Quechua es un niño todavía, la inocencia y la ternura le brotan como frutos de primavera, y la imaginación y la fantasía le despierta hasta por sus poros. Una luz entonces de un gran foco fluorescente, sobre su cabecita, allá arribota, y una anchísima sonrisa de nuevo en su carita. Levanta su mirada, y la Luna, ensoñadora, como de poeta romanticón, aduquesada y tendida sobre una hamaca, un Fulanito cualquiera con una soga en sus manos, deja nomás caer la pita. Pepito Quechua se asegura bien y de un impulso, la Luna en un tango y Pepito Quechua, bien cogidito, vuela vuela por su mundo, por los aires de todititas sus fantasías; hasta quedar exhausto. Ya aquí nomás Luna, auí nomás Fulanito de última hora, les dice y cae sobre un campo verde, muy muy verde, Gracias, muy infinitas muchas gracias, y pisa entonces sus realidades. Dobla una rodilla sobre el aire y la otra sobre el fresco gramado y se reverencia, se persigna con su diestra y besa el pasto húmedo lleno de rocío con la más profunda fe del más austero alumnito en su primera comunión. Totalmente puro. De blanco ahora. Y por su poncho, comienzan a atravesarle unas dulces alitas, y pues si es todo un regio chalancito norteño alado. Agacha sus pestañitas, éstas se entremezclan, deja caer su mentoncito como un hechizo y aparece de repente en una nubecilla un sombrero de paja sobre su cabecita, y sonríe destapando su travesurita. Todo un angelito de verdad, de mentira, de verdad. Pepito Quechua se inclina y contempla su mundo con ojitos de alucinado. Qué maravillosas pueden ser las suertes, piensa, qué hermoso puede ser lo grato, dice, se dice, aspira la vida a sus pulmoncitos y la naturaleza le inflama sus más encantadores aromas dentrito suyo. Infla su pechito y es un campeoncito de natación cantando el himno un lunes por la mañana; luego, arroja el airecito poco a poco y entonces se pone a correr con una anchísima sonrisa, corre y corre corre que te corre, contento a mil, a diez mil, a un millón, sin supersticiones ajenas y andarín feliz, sudadito de gotitas por su frentecita cobriza y por sus bigotitos debiluchos y su barbilla imberbe y su pechito huesudito y de pechoeperro también., por su espaldita arqueada y por entre los pelos trinches trinches, suda, y las gotitas saladitas caen dejándose resbalar sin mayores pretensiones. Las imágenes pasan por los lados y se alejan más atrás y Pepito Quechua, corre nomás, solamente corre, estira sus bracitos y una cruz es su cuerpecito de niñito, y angelito también, un poco traviesón, y entonces vuela; echa a volar entonces. Sus alitas aletean suavecitas y es tan natural que los pajaritos lo confunden con el vientecito tenue del mediodía en un parque a la hora del pic-nic. Pepito Quechua vuela y no es Supermán ni el Señor Gavilán, vuela y mezcla sus pestañitas delicadamente y se deja nomás llevar, simplemente, por ahí, entre nubes de algodón y corderitos bonachones. Se da media vuelta, ahí, en pleno vuelo, y se ufana boca arriba con sus bracitos cruzados tras la nuca y una piernita sobre la otra rodilla. Tal cual pantalla gigante en frente suyo: ve pasar la Luna, un saludo, una risa, blanquísima, aduquesada, el sol refulgente, las nubes pomposas, las aves dispersas, un delfín capado, las estrellas coquetísmas, un globito de fiesta rojo, un yunque en caída, una flor amarilla, un girasol alegre y... ¿qué?... ¿un delfín?... recién se da cuenta, un stop en su vuelo, Orejitas, recuerda, se levanta (así nomás en el aire mismo Peter Pan) y Orejitas, grita, flota y le grita, ¡Orejitas!, pero Orejitas no lo escucha, no tiene orejas y Pepito Quechua recién también se percata de ello y lo recuerda. Regresa volando más veloz que un fusil de circo y si es todo un angelito de la guarda que se olvidó la olla encendida en la cocina y pues él también quiere y ansía una dulce compañía que no la abandone ni de noche ni de día y por eso pues, creo, lo persigue. Se le para enfrente y Orejitas por poco lo choca, levanta su mirada y se admira con tamaña emoción. Perdón, le pide disculpas entonces el delfín. Perdón, perdón, pedoncito, y se tira un pedito, Perdón, se avergüenza, se ríen, y Pepito Quechua sabe que tras ese rojo antifaz a la mentira no se le puede esconder en la mirada. Sonríe, y Está bien, le dice, le da una palmadita sobre su grasoso lomo, No te preocupes, le añade y sabe muy bien también que si no le dice aquello no podrá perdonarse ni con veinte golpes duros al pecho. Vamos, nomás, le dice y las alegrías les vuelven a los dos. Vuelan juntos y los dos se atragantan en miradas, en aquellas que habían sido alguna vez y ojito ojito nomás ahora, como de bebito, Mira eso ahora uno y también Mira eso otro el otrito con su aleta y paseando nomás los dos sin desmayos. Vamos para abajo, le dice de repente Pepito Quechua y le propone: ¿A ver quién gana?, cuando ya está en picada y parece todo un proyectil. Todo un sabido pues Pepito Quechua, todo un tremendo sabiondo y muy muy cruelón, como todo niñito también. Llegan hasta un cementerio de aviones y Pepito Quechua me pide un favor: Un lapicero negro, y se lo doy.
De punta fina y desde mil setecientos sesenta un par de caballeros sobre sus corceles y luchando. Cambia su mirada de bellaco en un disimulo y rápidamente la oculta por una sonrisita y una chispa y mirando al delfín. Vamos, Orejitas, le dice, Vamos a jugar. Se pierden entre turbinas y Pepito Quechua cae sentado atrapando un timón, arroja al piloto automático de un manotón egoísta y pilotea un Lancer sin ventanas. Se aburre, salta y corre, como loquito, apuradito, como dentro de máquinas de pimball. Orejitas lo llama entre ecos, de por allá al fondo y lo confunde, con gracias, risitas, monerías y Pepito Quechua se deja entonces conturbar, corre corre y lo persigue. Corren, corren, se ven, no se ven, lo oye, no lo oye, sólo uno escucha, Pepito Quechua sí que exagera, y mucho todavía, ríe fuerte y su boquita destartalada para las estrellas (y que si no fueran estrellas él ya se las hubiera comido con canchita de cine y sentado en la última fila, con una Inca Kola bien helada y con cañita). Voltea su mirada en un esquivo, voltea también sólo medio cuerpecito, los pies bien plantaditos, y dibuja un Señor Pistolón con el lapicero que le dí y tan sólo una bala, de plata. Se la esconde como sorpresa y voltea a mirar a Orejitas, de frente y a los ojos.Su rostrito tan serio que atemoriza. Orejitas se perturba, Pepito Quechua le muestra el Señor Pistolón y le apunta. Un cañón largo largo y un hoyo negro negrísimo. Orejitas se asusta, no, no, con sus aletas gachas y se agacha y empuña su mirada, asustado, asustadote. Pepito Quechua desenvaina el seguro, Por el abandono, le recrimina, desea jalar el gatillo y le sigue apuntando, le apunta y no, no puede. Cae al suelo, sus rodillitas se estampan como matasellos, y no, no puede, suelta el arma, sus deditos dejan de aprisionar y cae entonces también en mil lamentos. Perdón, suplica, Perdón, y Orejitas no sabe qué hacer, es un delfín capado y con un rojizo antifaz y tan sólo, Levántate, le ordena.
Y, vuelan entonces nuevamente juntos, y, Pepito Quechua, tras su alborotada sonrisita que no cabe más en sus tremendotas alegrías, sabe muy bien que encontró un gran grandísimo amigo. Y vuelan, simplemente vuelan, por ahí...

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