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LA FIESTA DE LA MAMÁ ARMINDA

Todos en casa de la abuela siempre sabíamos cuándo había fiesta por el ajetreo de la cocina. El olor seco y penetrante de la leña inundaba todos los ambientes de la casa, llenándola de una mágica y envolvente bruma totalmente gustosa. Los chispazos como cohetecillos del carbón me asustaban cuando me entrometía en esos terrenos, a veces vedado y otras de invitado estrella, porque del hazte a un ladito de mi mamá también recibía el a ver, prueba esto de alguna tía. La cocina no era muy grande, simplemente espaciosa, y donde se podía sentir más vivamente el calor, el hogar. También tenía de real maravilloso, como toda casa grande de pueblo del norte. Porque la casa de la abuela Arminda era enorme, de una puerta daba hasta al fondo a un portón en la otra calle por el corralón, de techos altos y con tragaluz de dos ventanales encima del comedor. Al lado a la entrada de la cocina, en el enrejado de la ventana, siempre vimos a la Rosita, un guacamayo que sólo la Mamá Arminda daba de comer sin que le picara las manos. Nunca vimos al animal bajarse de esas rejas, ese fue todo su espacio, ahí cagaba, meaba, y la Mamá Arminda le daba de comer en su pico aguileño. Todo un adorno colorido que extendía sus largas alas y se movía entre esas rejas cagadas y oxidadas y entre gárgaras repetía solamente Arminda Arminda. Hasta que una vez bajó, y sólo unos cuantos lo vieron, mi papá y mis tías Gladis y Eufemia. Un día antes de la muerte de la abuela, y como para despedirse de ella, que ya solamente podía encontrársela quietecita y en su silla de ruedas, la Rosita se le acercó, se le trepó en un hombro, le habrase dicho algún secreto al oído y, bajando ventosa extendiendo sus artríticas alas, cruzó el comedor, el salón de la televisión, la sala principal y, en la calle, echó a volar sin nunca más volver.
Cuando había fiesta, desde la puerta siempre abierta de la calle se podía ver el movimiento apurado de allá al fondo en la cocina, entre luces y sombras del humo envolvente de la aromática leña. Una fiesta central era su cumpleaños, veintiocho de diciembre, después de Navidad y día de los inocentes. Y para narrar mejor mi historia contaré que cada año, después de los regalos, mi papá partía con su esposa y sus cuatro hijos hacia Laredo, en Trujillo, en su Toyota de los ochenta. Parábamos en media noche en los enormes comedores de carretera en Huarmey, pero entre moscas y rostros con sueño siempre la comida será de restaurante de carretera, así que ahí nomás, paso. Llegábamos cuando el día recién despertaba y entre lágrimas de emoción de la abuela nos esperaba ya con el mantel largo del comedor. Y por más que mis padres le decían que no se preocupara, que nosotros nos íbamos a atender, o que en el desayuno no comíamos tanto; nada, cualquier acto en contra a sus ofrecimientos no solo podía parecerle un pecado, sino sobre todo una falta de total cariño. Y pues con qué cariño nos atendía, con qué amor: panes, bizcochos, leche, quáker, café, panisada, queso, caldo de gallina, huevos, tamal, mermelada, mantequilla, té, chocolate, panteón, y si mi papá osaba contradecirle parabienes diciéndole que nosotros –los chicos- estábamos acostumbrados solo al jugo en el desayuno, ella nos lo preparaba. Y vaya alguien a decirle que no.
Después, o mientras nos empachábamos de tanto gusto y afecto, iban llegando a saludarnos los hermanos de mi papá, mis primos, las tías, y como siempre la puerta de la calle abierta, entraba algún amigo, y como nunca faltaba un plato, se lo sentaba a la mesa. A la viejecita le gustaba celebrar siempre su cumpleaños con víspera y joroba y hasta el Año Nuevo si es que se podía, reunida con sus hijos, nueras, yernos, nietos, familia y amistades.
Un recuerdo claro y alegre de la Mamá Arminda es de la mano con un gran cuchillo y con la otra una copita pidiendo su Coca-Cola (sin gas, porque sufría de diabetes) y con bala, como le decía al Pisco. Ahí empezaba todo. Sin delantal; cosa curiosa porque no se ensuciaba mayormente, usaba un trapo para limpiarse las manos y más tarde se cambiaba y arreglaba; porque de coqueta nunca he conocido a una más que ella. Con el filudo cuchillo iba al palomar, piu piu piu las imitaba delicadamente a las palomitas y se cargaba con los pichones más robustos, les doblaba la cabeza sin miramientos y les hacía un profundo corte en el tragadero para desangrarlo en un balde; luego el agua hirviendo para desplumarlos. La Mamá Arminda comandaba la tropa, y las hijas y las nueras la seguían, una picando cebolla, otra moliendo el ají en el batán, haciendo el arroz, la otra con la sopa, fileteando el pescado, desplumando el pato, los pichones. Ese era su ejército, ese era su cuartel. Sin vidrios en las ventanas ni puerta en la entrada, la cocina era el único ambiente en la casa permanentemente abierto y entregado. Sólo mujeres, un matriarcado impuesto por hijos y esposos.
Para la hora del almuerzo ya el tremendo calor del sol era muy bien mitigado con algunas cervezas. Solo con ese pretexto los hombres podían traspasar a veces los límites de la cocina para brindar con las cuñadas y las hermanas. De otra manera no, pues podían ser rápidamente corridos con cucharones de palo. En el comedor las conversaciones eran animosas, bulleras y contagiosas, la cerveza y el vino destilaba felicidad, y destilaba también hambre por la hora. En la cocina, de la solidaridad emanaban vivas sensaciones, como un cuarto de inventos donde se guisaban los más eminentes sabores y sazones. El agradable y entrañable olor de las ollas llenaba los pulmones y perpetraba más las ganas del apetito. De afuera, se podía apreciar y sentir como un lugar abierto, entre algunas sombras y pocas luces, con humores sensuales que desfilaban de las cazuelas, y donde la armonía y el compañerismo solo pueden invitar a preparar los mejores alimentos. Y así iban desfilando, de dos en dos, con ambas manos ocupadas, sobre el mantel largo, a un lado las botellas y las copas, primero un ceviche muy norteño como entrada, pescado blanco en generosos trozos, yuca, camote, cebolla, cancha serrana, un trozo de choclo, adornado con una hoja de lechuga, y en sorbos ardientes la leche de tigre. Luego, ni bien levantado el pequeño platillo, un caldo de pichón, sumamente sustancioso, hirviendo, la papa amarilla casi derretida, los fideos como finos cabellos de masa blanca, hierbas flotando encima de la grasa, ají en un platito y en otro limones partidos, pan serrano en la panera, y hasta se tienen que sacar los pañuelos para secarse el sudor de la frente y de donde sale. Después, el arroz con pato. Un total y extremo broche de oro para empezar la jarana.
Los comensales ya se hallaban con el botón del pantalón desabrochado por el tremendo banquete, desparramados en sus propios asientos, y quien quiera repetición que avise, nomás. La tropa vuelve a sus cuarteles con los platos vacíos, a lavarlos mientras el tierno cabrito descansa bañado en chicha de jora. La cocina nunca descansa, la fogata siempre anda encendida, y mientras la leña arde el amor nunca se apaga. Entretanto, a los chicos nos mandan a traer el equipo de sonido de la casa de un tío en la otra calle. Del comedor solo se levantan para ir al baño, al fondo, como yendo al corral. Y a esta hora ya las voces se levantan de buenos ánimos y las carcajadas contagian a los ecos que rebotan de las altas paredes. A esta hora, también, siempre, iba llegando mi tío J.J. de Virú, con esposa, primo y un cargamontón de pavos atados a las patas y sacos de frutas de la chacra para los sobrinos. Mi tío Orlando descorcha otro vino, mi tío Wilson destapa otra cerveza y fiesta fiesta, dice muy reilón, mi papá en la cabecera de la mesa junto a mi tío Norberto, el mayor de todos, y junto además celebran con amigos de la infancia, de la casa, del barrio, del pueblo. Entre mis hermanos y el gordo Marco conectan los enchufes del equipo; mi papá se acerca, saca unos discos y ksets que había traído, y la Sonora Matancera retumba por los parlantes.
La cocina nuevamente se empieza a agitar, a servir a los recién llegados, a freír unas cachangas para bajar el almuerzo, zandías, pacae, manzanas, uva para nosotros los chicos desparramados en los sillones viejos viendo la televisión. Ya conforme avanza la tarde y aparece la noche, van llegando más familiares, más amistades, del comedor se trasladan todos a la sala, el baile y las cervezas envuelven el ambiente de pura jarana y alegría. Y al borde de la medianoche, los grandes salen a la calle, y de pronto mi tío Orlando con un cigarrillo prende la primera avellana que retumba en los cielos, y todos brindan por la cumpleañera. Todo un espectáculo de luces y fuego artificiales, y las sonrisas y los abrazos solo pueden hincharle de amor a la Mamá Arminda.
Dentro la gente continúa bailando, y de la cocina sale el seco de cabrito, suavecito, con un buen trozo de yuca y el baño picoso del guiso sobre el arroz. Y de los ollones siempre alcanza para todos, y hasta sobra para el aguadito. Mi abuela, sentadita en su trono de cumpleañera va repasando con la mirada si a todos le han servido, sino, con un gesto le indica a la nuera o a la hija que vaya a atenderse. Para ella, su más grande felicidad es haber podido llenar la barriga a todos los invitados. A esas horas el piso retumba de tanto taconeo, tanto los Latin Brothers como Hugo Blanco y su orquesta, más luego una marinera con pañuelo blanco con la Santa Lucía de Moche. La jarana tiene para rato cuando se ve a unos tíos que salen cargando unas cajas para comprar más cervezas. A nosotros, en cambio, el sueño nos vence después de tanto cohetecillo y rascapié, y los conchitos de vino y cerveza que hemos juntado y probado a escondidas nos tienta a dar grandes bostezos, y nos quedamos dormidos en las camas, en los sillones, despanzurrados junto a algunos tíos borrachos.
Para la mañana siguiente, la única que está levantada desde muy temprano es la Mamá Arminda, que ya compró leche fresca, todos los tipos de pan, roscas azucaradas, biscochos, quesos, jamón y papaya y piña para los nietos. El suelo está completamente sucio de pisadas, puchos y chapas de cerveza. La tía Eufemia llegó también temprano para empezar con la barrida, le siguen mi mamá y mi tía Gladis, por ahí también Jeaneth. Conforme nos despertamos vamos desfilando para ir al baño. Luego nos sentamos a la mesa, e igual que siempre, hay de todo y las atenciones solo crean un poco de vergüenza, porque hasta con lo que sobró del pato en la cocina han preparado un aguadito para el desayuno. Y pues como dice mi tío Wilson, que ya va llegando y se va sentando, antes de llegar a Trujillo deberían pesarnos para saber con cuánto de más volvemos a Lima. Mi papá le dice a la abuela nuevamente que no se preocupara, que nosotros comeremos igual que los demás, pues ella ya nos estaba preguntando si queríamos algo especial, tal vez un bistek con papas fritas, como están acostumbrados a comer allá, sonreímos y le teníamos que gritar fuerte al oído porque no escuchaba ya y no le gustaba andar con los audífonos. Ay, Armindita, le decía mi tío Orlando, cariñoso, recién llegando, porque todos sabíamos muy bien que nunca cambiaría, e igual iba a hacer lo que ella y su buen corazón cocinara con sus blancas y rollizas manos.
Mi mamá se quedaba con la abuela y mis tías recogiendo las tazas y preparando el almuerzo para el día central: el veintiocho. Llegarían más tíos de Lima, el tío Antonio, hermano de la Mamá Arminda, que pasaba con los gallos de pelea para ir hasta Pacasmayo, los Bocanegra del Rímac, y de Trujillo los Solís. Mis hermanos y mis primos mayores se iban a nadar a la Mochica; yo, por mi parte, me arrinconaba en el auto junto con mi papá y mis tíos –para esto ya había llegado mi tío Norberto con una Coca-Cola bien helada para apagar la sed de los resaqueados. Íbamos a Trujillo, a los alrededores del Mercado Central, a comprar whisky, vino, pisco y cerveza, de paso una lustrada de zapatos, mi papá compraba king kong y natilla para la casa, y antes de volver, tomábamos unos jugos surtidos y unos sánguches de chicharrón en la juguería que está al lado de la iglesia San Agustín.
Era increíble ver al regreso los preparativos, la gente, las mujeres, el movimiento en esa gran casa, en esa amorosa y sabrosa cocina. Y si ayer había sido un día de fiesta, de antesala, el de hoy era más que especial. Un chilcano de pescado para sorberlo levantando el plato hondo, un chupe de camarones frescos y extremadamente exquisito, las gotas de sudor y las carcajadas con las ocurrencias de mi tío Wilson en dúo con el Macate contagiaba la mesa familiar, las cervezas corrían alrededor, era ver a toda la familia muy alegre y unida, y los amigos en la mesa siempre son familia, afuera cada uno con su vida y su historia, alrededor de la mesa, alimentando y llenando el estómago de pura felicidad, y si alguien pensaba que ahí quedaba la cosa, mi tía Salomé va trayendo una fuente de jalea y le sigue mi tía Lucha con otra de parihuela.
Siempre recuerdo a la Mamá Arminda en la cabecera de la mesa, entre mi papá y mi tío Orlando, totalmente feliz, sonriendo, rodeada de amor y de familia, llamándome de repente a su lado para engreírme, contándome la misma historia de siempre y que me gustaba que me contara aunque ya me la sabía, totalmente de agasajo, haciéndome recordar que el lunar que yo tengo en el rostro ella también lo tiene y también lo tenía su padre, empachándome de abrazos y de besos hasta ahora en mis más íntimos festejos y recuerdos. Y la fiesta de la Mamá Arminda recién comenzaba.

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