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ECLIPSE


El sol terrible los aturde, la mirada se les pierde en vahídos, la piel la llevan echas llagas, calcinantes, heridas sangrantes por todo el cuerpo, sus pasos lentos y moribundos se entorpecen atados de pies y ahorcados, en fila, desnudos, deambulando a punta de golpes y empujones, en medio del desierto asfixiante.



La luna enciende toda la oscuridad de la noche, y deja vislumbrar un oscilante camino blanco en el horizonte del mar. Los tumbos de altamar van cargando y empujando la gran embarcación de totora, y sentado en lo alto, el Gran Señor comanda su séquito de bravos y fieles guerreros.



Los pasos rendidos se hunden en las dunas, levantando a duras penas las ardientes arenas. Las huellas quedan un momento aplicadas, y al otro instante las ráfagas de viento vuelven a ocupar el paisaje cimbreante. Los pies ampollados, en sangre viva. Las arenas se pegan al cuerpo, a la piel chamuscada y abierta. El calor es del infierno, y los prisioneros con las justas van andando casi sin andar a ningún lado.


Es fuerte, poderoso, pesados oros en las ropas. Usa una corona alta, su mirada siempre en gloria y orgullo, totalmente sereno, orejeras amplias y redondas, collares de turquesas y lapislázuli, semillas de maíz en oro y plata, bien macizo y muy recio, con un báculo de gran autoridad en una mano, brazaletes, en los dedos grandes anillos, en los pies sandalias de riquezas, extremadamente resplandeciente y lustroso.



Caminando entre aflicciones y totalmente mareados, aguardando a su fatal destino, sudorosos, quemados, inconscientes, uno mira arriba, el oro brilla en el cielo, entorpece sus arrastres, el tiempo y el espacio desaparecen en su memoria, y todos resbalan y se caen, los látigos zumban y marcan los cuerpos deshechos, los gritos se convierten en llantos, gemidos, y algunas carroñas deambulan avistando.



Los guerreros saltan al agua y arrastran la enorme embarcación, jalan con fuertes sogas; en la orilla, una multitud aguarda con ansias, los corazones se agitan desmedidos, el miedo se esparce entre las sombras, las antorchas clavadas a lo largo del margen de las aguas. El Gran Señor no toca los suelos, lo alzan en una litera, con cuidado y solícitos; de pronto, toda la gente se reverencia, rodillas en el suelo y espalda encorvada la frente en la arena.




No puede levantarse, se ha desmayado, moribundo. Los demás tratan de acostumbrarse a soportar los latigazos, sudor y sangre se mezclan en una sola gota que resbala por la piel y cae en las arenas, dura, seca, negra.



Nadie lo ve, ni se atreven. El fresco de la noche en la playa sopla las cortinas del anda, bordados antropomorfos en las telas, un aire marino y salado se respira en el ambiente, silbando los vientos y las sombras. Se escucha muy fuerte el pito de una concha marina, luego otra, y más allá una tercera se une al coral. Un cacique se acerca y le da la bienvenida, y con una indicación a sus vasallos le ofrece muchas viandas que unos misericordiosos le acercan en fila, reverenciosos, cerámicas con pescados, moluscos y piedras preciosas, telas, plumas, vegetales y animales, oro, mucho brillo, unas cuentas en unos hilos anudados se las alcanza al maestro consejero, dirige en voz alta un discurso de leyenda y de devoción a los dioses, y los vasallos inclinados y con los ojos cerrados, sospechan pesadillas de todopoderosos feroces, colmillos filudos y felinos y pelos de serpientes con lenguas viperinas, venenosas y ventosas, la sangre hirviente abrasa con estremecimiento los terrores, el frío avanza con la brisa, y las olas revientan iracundas en el mar. Un coro de flautas, pututos, caracolas y sonajas con conchas dentro retumban junto con los vientos. Se celebra la aparición del destino con chicha de jora helada y masticando hojas de coca. El Gran Señor carga siempre con su propio convite. Luego, con el canto de unas vírgenes, el cortejo levanta nuevamente las angarillas y se emprende el camino hacia el templo, iluminado todo de antorchas. El Gran Señor a lo sumo alza un solo índice, y mira el cielo, los ve acercarse. Detrás, le siguen todos, cacique, maestros, generales, músicos, soldados, el pueblo y las mujeres de la mano con sus pequeños y animales.



Los soldados deciden tomar a la vez un descanso en un tambo, se sientan extendiendo una piel de animal, descargan sus armas y morrales a un lado, y se convidan semillas de maíz, anchovetas, cangrejos, toman chicha de una bolsa de estómago de lobo marino, y mastican coca mirando el horizonte ondulante, el día muy abierto de nubes esparcidas, el calor inunda el cansancio, uno destapa otra bolsa y se refresca con agua su cabeza, se los pasa a sus compañeros y todos mitigan los ardores mojando sus pelos largos. El mismo soldado se acerca samaritano a los prisioneros y les escurre algo de agua que los desahuciados rescatan gotas en bocasecas, como leves esperanzas en el infierno.



El camino lleva unos kilómetros adelante, una larga caravana de luciérnagas rapsodas de misterios y pitidos se funden en el viento, se cruza dunas, arenas, campos, el río va regando los sembríos, el pacae cuelga de los árboles, los animales se enturbian con las luces y las presencias, espíritus en las sombras, los siguen alrededor, midiendo las marchas, temerosos todos, alabando a su Gran Señor, al fondo se divisa luces, fogatas, y unas solemnes pirámides colman el paisaje entre los arbustos, y encima la luna llena y redonda.


El sol es un dios feroz e infausto, arriba dominando el día. Los soldados miden su tiempo y se ponen en pie, con pechera de fierro, falda, sandalias ajustadas al talón y grandes y peligrosas lanzas en sus manos, colgando de sus hombros los bultos, y en una soga ahorcados y desguarnecidos unos infelices condenados.



Al Gran Señor lo llevan a una de las huacas, la más enorme, las antorchas van conduciendo a la corte hasta una amplia habitación, lo dejan solo con unas jóvenes impúberes, lo desnudan y lo vuelven a vestir con los más supremas atuendos, brilloso, imponente, lo llevan hasta el altar de una plazuela y los coloridos muros espantan horrores, gritos de dioses furiosos, fauces felinas, colmillos asesinos, ojos desorbitados, penetrantes, inquietantes, medusas aterradoras, tenaz, con rabiosas garras, mítico total, y todos con el espíritu que se lo va a llevar la muerte. La luna a un lado y el sol en el otro, negra la noche en la gloria, se van a querer ir acercando. Cuando el Gran Señor asoma por el sagrario mayor el silencio ocupa los terrores y todos se entregan en obediencia.



El funeral avanza en el desierto, celados por un omnipotente averno que los subyuga toda la jornada, todo su tiempo, sus vidas, lo eterno. A lo lejos, los diferentes verdes van extendiendo un amplio valle, más allá las formas de unas pirámides escalonadas. Las pupilas de todos se dilatan, los soldados de emoción, los descreídos de pavura, de reconocer ya su destino y paliar el largo trecho. Les hacen apurar el paso, más chicotes, incones con las lanzas por cualquier lado, y ya con el atardecer purpúreo pisan campos, y muy lejos aún el par de huacas de barro.



Suenan potentes caracolas como anuncio, el viento ruge y cantan las jóvenes como sirenas, la noche atezada con dos dioses que se miran frente a frente, se buscan, se acercan a los prisioneros a unas mesas de piedra y echados y maniatados les dan a probar un brebaje por las fosas. De una galería en un extremo una sombra va alargándose hasta aparecer una menuda presencia, una poderosa mujer tatuada en todo el cuerpo, impactante, ataviada de fulgores y pavores, sostiene en ambas manos un imperial cuchillo, con un dios con aureola de sol delineado en el mango, con las manos aguardando, y una media luna en el filo, centelleante, afilada, hace unos incisivos tajos y mete las manos para avistar venturas entre las entrañas, los alza en clemencia, arriba los dioses se mezclan, van juntándose, tragándose, la sangre la junta en un reluciente cáliz y se lo entrega en profecías al Gran Señor, que antes de beber, implora misericordias a los dioses que van alumbrando orden y esperanzas para nuestras pobres vidas.

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