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DON QUIJOTE DE LA MANCHA EN MIRAFLORES

Casqueteando, las herraduras de su caballo contra el duro pavimento de la ancha avenida, cruza el óvalo como si la vida le importase una fantasía vuelta realidad, los autos detenidos en el semáforo lo ven nomás pasar, el sol se va agachando por debajo allá al fondo, bajo el acantilado, lento, traqueteando el fierro de su armadura con cada trote, la lanza en una mano, el escudo en la otra, el sudor que se deja resbalar por entre sus chivas, canas, senil ya, y entre cafés y tabacos algunos reconocen esa infranqueable triste figura cuando pasa frente al Haití, escuálidos, él y su caballo, confundiéndose en medio de los apurados vehículos y combis vocingleras que él trastoca con dragones de colores que arrojan el humo por detrás, Loco, piensan todos, detiene su flaco penco Rocinante en la Calle de las Pizzas, como frenando su marcha y buscando alguna respuesta a su destino, se acercan las muchachas que primero le muestran los menús y luego lo miran como atendiendo a algunas ganas, pero él, boato en su cabalgadura, inmuto en las señales, los cambistas se le acercan también con calculadora en mano y al más chato y panzón lo confunde con su fiel escudero, deleitándose, Vamos, Sancho, Vamos a luchar contra dragones y tiranos, le dice

de repente entusiasmándose nuevamente, y el gordito de tiranos y dragones sólo conoce a los políticos por teve, Vamos a rescatar a mi bella damisela de la torre del castillo, lo arenga, y éste de mujeres sólo sabe de las que aparecen más de noche por el parque o las que ve en primera página de periódico, junto a la nalga el muertito, y no sabe si reírse de buena fe o seguirle simplemente la corriente, piensa que es un añejo orate escapado del Larco Herrera, y más que por pena, lo alienta a continuar hacia adelante, total, ya el sol se halla acariciando el mar de la Costa Verde y el día no se le ha presentado bueno por las alzas continuas del dólar y las bajas de los euros, y, Quizás, este viejito me pueda alcanzar algunas chelas, se dice, muy ganadoramente en el retozo, y, Chela?, inquiere de pronto el boyante, Dulcinea es el nombre de mi más fina señora, pero el mofletudo le sigue como siempre la cuerda, coge las riendas del caballo y lo jala haciéndole cruzar el parque Kennedy, avanzan por la avenida Larco, y la escena parece sacada de las fertilizas zonas de La Mancha,
alguno que otro niño que los ve quiere también un paseo en ese enjuto cuadrúpedo y fastidia al rechoncho y a la madre que lo retiene del brazo porque Quiero una foto, quiero una foto, gritando y llorando en berrinche, mientras, Rocinante, con las justas un suspiro de relincho porque si tose cae o queda ahí nomás estampado contra el pavimento, otros en cambio corren a los lados vendiéndoles golosinas, poniéndose de más tristes y sucios por alguna limosna, pero el grande hidalgo, si no fuera porque piensa que sólo son enanos o duendes cariados, se persigna volteando a la Catedral de Nuestra Señora que se halla atrás en el parque y continúa con la marcha, porque los maleficios o manzanas embrujadas de nada le atosigarían a su tamaña depresión de no encontrar la grata ilusión en esta antigua ciudad de los Reyes y que dónde estarán ahora o dónde huyeron con tanto desparpajo y chifladura, aprietan la partida hasta llegar nuevamente al óvalo pero ahora por el otro lado y el caballero se asombra demasiado, no tanto por la pileta que nunca ha visto salir el agua para arriba y arribota, sino por inmensa torre de concreto, Ahí, en el Piso 14, le señala el rollizo estando al pie del edificio Caracol, y entonces, seguro y determinado, el longevo salta del rocín totalmente envalentonado, y Sancho, mientras, le entrega las bridas al valet parking de La Tiendecita Blanca,
Estaciónalo junto a la Montero, le bromea, y no te olvides de darle agua, y entran, el respetable en armadura y el panzudo escudero con chaleco granate y un pañuelo en la nuca por el sudor del verano, toman el ascensor y el regordete aprieta el último número para embebecimiento mágico del honorable que cree que éste no sólo es un simple paje sino un prodigioso circunspecto discípulo del viejo Merlín, o, tal vez, sean los adelantos alquimistas de este país de maravillas donde hasta la depresión y la angustia se vuelven institucionales al contagiarse entre la gente, y la rapidez y el ingenio se tienen que volver nomás necesarios para combatir la lágrima y el hambre, y en un santiamén, aparecen en el torreón del castillo, o para efectos, en el último piso del edificio, donde el anciano como pordiosero frente al vitral de una pastelería, se embelesa con esta villa de los encantos, tan arriba y tan pegado a los ventanales, que por momentos hasta se olvida de su doncella y del rescate, que, felizmente, no tiene que pagar suma astronómica ni combatir contra destructores secuestradores, el fiel escudero paga los dos boletos de la entrada con los dólar de la suerte y el morisco los deja ingresar corriendo el seguro de la puerta, y dentro del antro la oscuridad invade hasta la bulla entera del recinto, los parlantes tululan desmembrando la música y los láser más contagiantes del desenfreno, las mujeres gritan ríen y hasta lloran algunas por unos cuantos forzudos encuerados, pero esto al andariego no le llama la atención ni le incumbe, porque con la mirada detrás del catalejo sólo busca y ansía encontrar a su damisela, pero ninguna que realmente pueda ser tan auténtica como su cortejada, todas se lanzan con los hercúleos y les entregan billetes en sus bragas para que se vayan desvistiendo, maniáticas y menopáusicas, y Sancho, el gordinflón se halla ya en la tarima, revolcándose de aplausos y catarsis de las mujeres, se siente el hombre más ilustre de sus sueños, el apolo más deseado de su olimpo, se desabrocha el chaleco granate, la camisa sudada, y la guata enorme se le despilfarra por efecto de Newton y la manzana, el noble caballero con las justas esboza una mueca, y descansando sus ardores de pesquisa se sienta junto a la barra, deja a un lado la lanza y el escudo, pide una copa de algún tinto y un sorbo rápido se lleva a sus desganos, se peina con su diestra casi jalándose sus pocas canas de la cabeza como desencantándose a su enturbiada inquisición, voltea a un lado como quien no quisiera estar ahí y más bien estar junto a su galanteada, y la ve, no lo cree en un primer relámpago, pero es ella, no es su ilusión ni el tinto del seco y volteado, ella le sonríe, le sonríe!!!
y él radiantísimo de obnubilación, su corazón se le acelera como manada de potrillos corriendo apurados por su libertad, se acerca y se le arrodilla en cortejo, le ofrece sus afectos y su valía y la mozuela se ilumina por coquetería y por lección ya aprendida, y dos hoyuelos en su carita chaposa y una boquita de chicle de menta pintada de carmín rojo bien bien rojo, de pronto le pide al gentilhombre para ir afuera, Por ejemplo a algún lugar donde poder estar los dos solitos, y el preclaro pasmadísimo cree ya estar viviendo en las nubes, se bajan de las patilargas banquetas y el señor ya no sabe qué hacer viéndola así, en lentejuelas y con portentosos atrios, no puede dejar de someter la mirada y detenerse sobreexcitadísimo en un largo suspiro al aire viéndole tan sólo un pequeño hilo que le cubre sus mesoneras más conspicuas que se van de un destino al otro con cada paso empalagoso, en la entrada le colgó el largo sacón rosa y hasta se olvidó de Sancho dejándole a él también muy esplendente con su público, bajaron por el ascensor casi sin hablar mucho, tan sólo algún que otro monosílabo tenue, humedeciendo sus labios carnosos y bermellones entre sonrisa y guiño, al veterano como que se le nubló en algo la mirada al salir a la calle y desfondarse con las luces prendidas de la noche, pero nada más importante que el justo aroma delicado de su amada, ella llamó al taxi estacionado en frente y A la Costa Verde, le dijo, subieron al auto y el caballero no le importó mucho dejar a su jamelgo, ya luego lo recogería, mientras deliraba más y más cuando bajaban por el empedrado de Balta, la mujer de sus sueños con las piernas cruzadas y el abrigo corrido a una pierna, casi ya no la distinguía mucho, su vista se le añublaba y sus ojos se le cerraban ya poco a poco, lentamente hasta quedarse profundamente dormido, en letargo eterno, tendido y desnudo muriéndose de frío en las arenas de la playa.

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