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CIRCO

Fueron los seres más increíbles mientras existieron, tan especiales como insospechados, totalmente mágicos en extremo; saltaban liviandades con sus pasos, como levitantes silencios en ensueños; pero nunca, lastimosamente, aprendieron a volar. Y eso fueron sus lamentos, eso sus silencios, sus hechizos y sus mismas propias desgracias. Fueron la comunidad más secreta y prodigiosa, generosa y condiscípula; todos se conocían sus mutismos, sus sonrisas y sus misterios. La vez, que un hombre muy henchido de amor, a su amada una serenata de sonrisillas, le quiso sólo arrullar, salieron en sus prédicas saltimbanquis colorados, de entre selvas siempre azules, y con sillas de patas largas, le ayudaron a subir al cielo, donde su musa, en una luna, pernoctaba mil delirios.
Y subió, escalando infinitas sillas, con smoking tan albino y un buqué en una mano (de prendiditas velas, por los sigilos), trepó, de pies alzados y con marcado abdomen, de cabeza, y desde el suelo, una y una y una torre, grandísima y por las nubes, las sillas, como habichuela mágica hasta el cielo, hasta las estrellas y más arriba; la dulce amada en una luna, encandilada de puritos lindos murmullitos, el adorado arrodillado en una silla, alumbrándole puras sonrisitas, y, mil estrellitas en sus miradas, como pajarillos encantados.

Fueron los seres más extraordinarios que movieron cada músculo al compás de mil sinfónicas, y las luces, con sus sombras, fueron sus más mínimas presencias solamente.

El Gran Marqués decía, como por ejemplo, sigamos los ensueños como globos para el cielo, pero no decía nada, porque sus gestos eran sus palabras. Y vivió así todo su tiempo, con la ilusión en sus esperanzas; y la gente, lo abrazó como un regalo de un hermano, lo acompañaron en sus deseos más ilustres y, pues, también sus ardores eran sus mismas ambiciones.


Y fueron gente que vivieron sólo para servir al otro; felices todos en sus sonrisas coloradas, con carmín muy muy rojito. Tal vez, lo más cerca que estuvieron fue cuando pretendieron ser pájaros, pero las olas se les desplumaron en el viento, y entonces cayeron al suelo y ploc, con splash.

Fueron los seres más plásticos y esponjosos, tanto como plastilinas de kindergarden, y así, tan fabulosos como inocentes, sus miradas eran nuevas como de grandísimos conquistadores en juegos de niños. Llevaban sus rostros maquillados y siempre sonrientes. Con la luna en sus sol.


Una vez, el Gran Marqués, en sus paseos de delirios meditabundos, se topó con una niña, pensativa, sentadita en el suelo y atolondrada con su luna. El Gran Marqués, era ciego, se le acercó bien quijote, la niña apenas lo miró, miró de nuevo a la luna, y le dijo, la señora canta, arrulla a sus pequeños, mima sus encantos; pero nosotros, no alcanzamos a lactar de sus senos, pero en su mirada, mirando a la luna, un reflector. El Gran Marqués, asintió nomás con la cabeza, laciando chivas, pensó un momento, dentro de sus silencios, y de un aplauso doble aplauso, de entre la noche, duendecillos chinos, en volantines, los rodearon, se sentaron, piernas cruzadas, y miraditas en el entusiasmo. El Gran Marqués, entonces, sacó una pelota de tenis de un bolsillo y la lanzó al aire, mientras, del otro, sacó también otra pelotita y la lanzó también al aire; luego sacó muchas otras y se puso a jugar malabares en el aire, y su público, más que entretenido. Se acercó adonde la niña, le sacó algunas pelotitas de detrás de sus orejas, y ella, una sonrisita solamente. El Gran Marqués lanzaba las pelotas al aire y cada una más arriba que la otra. Los duendecillos chinos, pasmados, mirando en alto, en pie se pusieron entonces y más pelotas lanzaron también ellos al aire, en malabares, con la música en los vuelos. Y el Gran Marqués lanzaba, los duendecillos chinos también lanzaban, y la niña, bien prendidita, mirando nomás los altos, con sus piernas abrazadas. Los duendecillos chinos, rodeando al Gran Marqués, entre confusiones de pelotas, armónicos y precisos, lanzaban las pelotas, el Gran Marqués lanzaba sus pelotas, todos mirando al cielo, la luna, grandaza, lechosa, los duendecillos chinos lanzaban sus pelotas y con un choque potente muy potente impulsaban las pelotas del Gran Marqués, alto más alto, hasta el cielo, hasta las alturas y de un golpe, certero muy muy certero, a la luna, ésta como una vaca, leches le cayeron de sus ubres. Y la niña, llena de mucha luz, se bañó en duchas de pura leche.

Eran seres inimaginables.


El Ángel era una diosa, que, desde espumas, bajaba con los brazos estirados (con un par de sogas por su tras). Le ponían velitas a su alrededor y le cantaban sus secretos más difusos. De ahí fue por eso que los arlequines se enteraron que los toreros siempre guardan miedos en sus zapatos y las geishas, antes de cada cita, bajo sus kimonos. El Gran Marqués, andaba nomás, luego, solo, entre neblinas, y el Ángel, en su pulpito, cantaba arias de primavera. El Gran Marqués andaba y pensaba. Pensaba, pensaba en el problema, en el problema siempre de todos, tan común y tan liviano. Pensaba y requetepensaba. A veces le perseguían arlequines, títeres y waripoleras, y todos pensaban y pensaban tras sus sombras. Una vez, un trovador de feria lo acompañó, con tonadinas y a su paso, muy juntitos. Luego aceleró un paso y se le paró enfrente. ¿Quieres?, le preguntó, pero con la mirada, alzada y tentadora, una manzana; por lo demás, muy lustrosa y perfumada.
El Gran Marqués, viejo sabio y atolondrado, lo pensó sólo un efluvio y luego, sus sonrisa reflejada en el fruto y entonces un tremendo mordiscón muy jugoso. Cuando acabó y escupió las pepas, al trovador ya no se lo halló. Había desaparecido como por encanto.

El Gran Marqués se acercó así, como Peter Pan, volando, y todos, más que felices, entusiasmadísimos. Por fin podrían volar. Y los acróbatas y trapecistas, sonreían, contentísimos, iban de aquí para allá en sus trapecios y volteretas varias un montón en el aire, mientras, el Gran Marqués, levitando, en sus altos, sonreían más sus ganas. Las orquestas tronaban tonadas alegres y dengueras y los danzarines saltos y saltos en sus bailes. Felices todos. Por fin aprenderían a volar.

Eran seres alumbrados y optimistas, festivos y alongados.

Y su Ángel, negra, de pelos rubios y aleonados, los miraba y los miraba, solamente, rezando, calladita y en su lengua.

Aquella vez, entre las fiestas y el jolgorio, un macho cabrío, a un ladito, construyó su propio púlpito; solito, con adobes y un poco de agua. Luego trepó. Se quedó ahí como santo en catedral y, nadie, se dio cuenta.

Eran seres con sus destinos ya trazados. Con sus futuros envueltos en pesadillas de otros seres. Pero eso nadie lo llegó a entender jamás.


Y, mágicos como eran, en sus risas, una incógnita ansiaba atrapar. ¿Y, ¿y?, en sus rostros, al Gran Marqués, que, en los aires, alegrías nomás en su figura. Poco después bajó, como plumita, a media altura y todos toditos lo rodearon.

Eran seres que todo ansiaban aprender. Y aprendían, todo.


La vez que un pequeño niño quiso construir un enorme enorme muy enorme castillo de puros sueños, todos le ayudaron. Le prestaron infinitas alucinaciones hasta traspasar las nubes y los cimientos fueron de fuertes ilusiones. Y, el pequeño niño, comprendió, que, ante tanta tanta concordia, las fantasías pueden llegar a ser simples realidades.

Eran artistas con sus vidas, y en sus sueños, angelitos de primavera. En sus pesadillas eran tristes, tristes tristes muy muy tristes.


El macho cabrío, con sus patas como moscas, sonreía a carcajadas. Y el Ángel, de repente, enmudeció.

El Gran Marqués se quedó lelo. Aterrado como una tuna. Ya podía hablar. Pero no ver. Dijo sólo algunos balbuceos pero nadie lo escuchó. Lo creyeron loco. Nadie lo entendía con palabras. Se fueron, y lo dejaron solo. El Gran Marqués, como un viejo loco triste, se perdió entre los bosques, y solo, sólo como un solitario, vagabundeó eternidades de tenebrosidades.


Fueron seres totalmente incomprendidos. Destinados a callar, observar y nada más que sonreír, melancólicamente, a otros seres, igual que en un espejo.

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